Capítulo 12
J aime
Marchfeld vestía sus colores más lúgubres para un día de caza.
La noche anterior las nubes habían creado una capa de oscuridad que había roto en una larga tempestad.
Aún se conservaban los restos de lluvia que embarraban la larga llanura cercana al Danubio.
Pero Nikolas, el actual heredero, había asegurado que era un gran día para la caza de liebres y faisanes.
Era la primera vez que me unía a una afición como aquella.
Jamás había disparado un arma, pero tampoco sentía ni el más mínimo interés.
Sin embargo, quería demostrarle a Penélope que su influencia no era lo único que me hacía enfrentar la vida; mi madre había pasado años en cama y sentía mi mente desgastada con tanta pregunta acerca de una esposa de la que me empezaba a interesar y de la que no podía hablar.
—¿Y usted, Rutherford? —La voz del conde de Batithany me sacó de mis pensamientos. Caminaba unos pasos por delante de mí con sus botas negras hasta las rodillas—. ¿Cree que podremos decirle a la cocinera del palacio que prepare una de las bandejas grandes de liebres en honor al futuro emperador?
—Espero que disfrute de nuestra pequeña expedición.
—Y dígame —preguntó Elías Kultz, príncipe de Collalto, un pequeño principado al sur de Viena—. ¿Qué hace un británico por nuestras tierras?
—Verán, llevo unos años regentando el título de conde —comencé a decir con lentitud mientras alzaba las piernas sobre la alta maleza; esperaba no tambalearme y quedar en ridículo—.
Y poseo mi lugar en la Cámara de los Lores.
Sin embargo, creo que a veces los londinenses podemos ser un poco tercos a la hora de negociar las mejoras de nuestro país.
Por eso pretendía buscar un negocio con su nación para poseer mayor credibilidad.
Elías chasqueó la lengua en una actitud despreocupada. El ligero crujir de una rama lo puso en alerta lo suficientemente rápido para esconderse detrás de un árbol; comprobó si su arma estaba cargada y esperó unos diez segundos para disparar.
En el silencio de la madrugada, el tiro rompió la tranquilidad de la cacería y provocó que las aves escondidas en los árboles más cercanos levantaran el vuelo despavoridas.
Mis acompañantes no dudaron en aprovechar la oportunidad para apretar el gatillo: una, dos y hasta tres aves cayeron al suelo en un tosco golpe.
—¿Y de qué trata ese negocio?
—Exportación de té inglés a cambio de su cristal de Bohemia.
Batithany se rascó la nariz con la manga de su traje, poco le importaba si el blanco de este tomaba un color negruzco tras nuestro paseo.
—¿Cuenta con el capital? —preguntó sin un ápice de interés—. ¿Con la reputación? No se lo tome a mal, pero hacer negocios es un asunto importante. Poco me agradaría ver que no sale bien.
Las preguntas se agolpaban en mi mente. Una detrás de otra, creándome una profunda incomodidad. El interés de aquellos dos hombres tan solo se centraba en contentar a Nikolas, el hermano mayor de mi esposa. Nuestra conversación era impersonal, como si destilara un ligero aburrimiento.
—Mi familia ha sufrido unos inconvenientes en los últimos años y está mejorando su situación.
—Dicen que el príncipe Andrew cuenta con algunos comercios en Londres —dijo el conde, ajeno a mi conversación—. El precio del café es alto, pero es parte de los desayunos de la aristocracia.
—¿No es así en el ámbito editorial también? —preguntó Elías con cierta curiosidad, se echó la escopeta al hombro y esperó a que estuviéramos a su lado—. Aunque esa ridícula By a Lady, la autora que escribió Sentido y sensibilidad , debe estar mofándose del éxito que una mujer no debería disfrutar.
—Eso me recuerda al ridículo decreto de su Cámara, Rutherford —añadió Batithany—. ¿Una mujer viviendo de manera independiente? ¿Los liberales de su país han perdido el juicio? Solo aumentarán la prostitución con semejantes tonterías.
«Vuestra princesa consideró que era conveniente construir alas para las mujeres», pensé en contestar.
—En realidad fue mi decisión.
Me observaron incrédulos. Con una mezcla de extrañeza y decepción.
Sabía bien que el poder que residía en un hombre era demasiado suculento como para abandonarlo a favor de los demás.
Sin embargo, compartía el pensamiento de Penélope: las cadenas del caballero son la libertad de la mujer que exista a su alrededor.
—Supongo que ese es el motivo por el que su vida vaya en picado —concluyó Elías priorizando la conversación con nuestro otro acompañante.
Si mis deseos de ir a la cacería eran inexistentes, en ese momento solo quería marcharme al palacio para decirle a mi esposa que tenía razón.
Mi fama me precedía. Con ella a mi lado era intocable, pero sin su presencia tan solo era un pobre diablo con mala suerte por el que nadie quería apostar.
Penélope
Molly Rutherford era la mujer más inteligente que jamás había tenido el placer de conocer.
No solo tenía una educación incomparable, sino que hablaba varios idiomas y se había encargado, hasta caer enferma, de la administración de Harrowshire.
Mientras dábamos un paseo a caballo por los alrededores del palacio, hablaba sin vergüenza de la decepción que le había supuesto su marido.
Sabía que jamás mataría ni a una mosca, pero su temor a llevarle la contraria a Lucas Watts, el padre de Daphne —actual esposa de Arthur Stanley—, lo condujo a la perdición.
Durante todos aquellos años, recibía misivas de un hombre que le rogaba a su mujer por un poco de cariño.
Pero la madre de Jaime se negaba por completo a retomar una vida que la había destrozado.
Parecía exigente con los suyos, pero a la vez consideré que su verdadera esencia empezaba a aflorar una vez que se encontraba a sí misma.
—¿No ha considerado ir a verlo a prisión? —pregunté con cierto interés. La fortaleza no era lo mío. Siempre pecaba de impulsiva más que de orgullosa. Por eso mis hermanos me solían amonestar—. Puede que el enfado se pierda una vez que lo vea en persona.
—Estoy bien —respondió ella aminorando el ritmo de la yegua castaña sobre la que estaba sentada—.
Desde que no está con nosotros, empiezo a ver ciertos matices del verdadero Jaime.
Siempre lo he protegido demasiado por miedo a que el mundo lo destrozara y quizá lo he convertido en un hombre débil.
Pero todo esto solo me lleva a una pregunta, Su Alteza: ¿está utilizando a mi hijo con algún fin?
Abrí los labios dispuesta a encontrar mi mejor excusa, incluso Linda, mi yegua blanca, se ladeó hacia el lado opuesto del camino al notar cómo mi pie derecho rozaba su lomo.
No sabía muy bien qué contestar. Sería una cínica si, después de invitarla a pasear por mi hogar en busca de información sobre Jaime, le mintiera.
Había descubierto en aquella mañana que el nuevo conde de Rutherford había sido un niño tímido y de gran corazón.
Disfrutó de las atenciones de su madre; de los libros hasta altas horas de la madrugada.
Jamás se lo vio con malas compañías ni tenía interés en disfrutar del placer como hacían los demás.
Tan solo era un hombre dulce que intentaba cuidar de los suyos a su manera.
«Incluso estoy anonadada de que, con ocho años, tuviera la valentía de ayudar a la hija de un duque de Harrowshire porque estaba perdiendo a su bebé», consideré. La piel se me erizaba al pensar en un chiquillo inocente, preocupado por el bienestar de una desconocida a la que intentaba salvar.
—Así es —admití en un susurro.
Molly me miró con una mezcla de decepción y enfado. Lo noté cuando apretó las riendas de su yegua con impotencia.
—Cuando me dijo que se había comprometido con alguien para levantar los cimientos de Harrowshire, consideraba que esa persona vería lo que yo veo en él: transparencia. Pero me temo que me he equivocado.
—No es mi intención, lady Rutherford. Como princesa, mis metas están muy limitadas. Él necesitaba mi ayuda; y yo, la suya. Eso es todo. Aunque no esperaba que viniera en mi busca.
—Puede que Jaime haya actuado por interés, pero sé bien lo sentimental que puede llegar a ser —respondió ella, atravesando una de las partes más embarradas del camino; la tormenta de la noche anterior había hecho estragos por los alrededores, así que debíamos estar alertas de cualquier árbol caído o charcos profundos—.
Su interés no se centra en la estrategia, sino en la persona que existe detrás.
Y algo me dice que esa curiosidad le va a provocar más de un dolor de cabeza.
—Supongo que debo ser un desastre como nuera. —Reí para aligerar la tensión que existía entre nosotras.
Molly curvó sus labios hacia arriba en una mezcla de intriga y diversión. Esperó a que estuviéramos a la par para elevar una de sus finas cejas, ladear la cabeza, complacida, mientras que susurraba:
—Nadie dijo nada de que así fuera —respondió con la misma educación que había empleado en mí durante todo el trayecto—. Es más, en ningún momento he considerado que lo seas, pues es solo una mentira, ¿no es cierto?
Me quedé sin palabras.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien que no era de mi familia me dejaba sin argumentos.
Mi mirada estaba clavada en ella. No estaba enfadada ni tampoco tenía intención de darle un discurso sobre lo consciente que era de eso.
Pero ¿por qué no había desechado la idea de que fuéramos familia?
Ella pareció percatarse de lo mucho que me habían desubicado sus palabras, abrió sus labios para regalarme una de las tantas disculpas que llegaban a mis oídos debido a mi posición, pero cuando una estridente carcajada escapó de mis labios noté que sus hombros se relajaron.
—Parece que lo he considerado mío sin ni siquiera serlo...
—Así se empieza, Su Alteza —susurró Molly—. Y una vez que deseas dejar de pensarlo, te das cuenta de que no puedes escapar de tal emoción.
—¿De cuál se trata?
—La atracción.