Capítulo 11
P ara mi paladar la victoria nunca había sido tan agradable.
Los primeros pasos de Jaime dentro de la Cámara habían proporcionado a las mujeres de la realeza una nueva ley que las respaldaba: las últimas hijas legítimas más apartadas de la línea sucesoria podrían vivir bajo la tutela de un tutor o un familiar hasta que contrajeran matrimonio.
Y si no era el caso, se convertirían en parte de la unidad doméstica.
Podrían buscar su propio jornal a través de la escritura, instruyendo a los niños más pequeños o solo siendo parte del hogar que el rey les había asignado.
Para los hombres era una bendición que no hicieran ruido y, para ellas, podían tener libertad ajena a los palacios y mansiones estipulados, además de dar voz a todo lo que mantenían oculto.
Esta ley quizá no era demasiado beneficiosa para la sociedad, pero permitiría a mi hermana Sophie que se marchara con los Hearthry si Nikolas era coronado.
Después de todo era una muchacha educada, pero ajena a todo papel aristocrático que se le impusiera.
Siempre tenía la nariz metida en alguno de sus escritos, pues la hacían tan feliz que poco quería saber del matrimonio.
Y yo deseaba darle a mi hermana esa libertad que como princesa no tenía.
Mi siguiente cometido era que las niñas pudieran ser instruidas no solo en educación, sino también en historia, filosofía e idiomas.
Para ello sabía que el hombre debía dar su consentimiento, así que se me había ocurrido que una muchacha culta podía dar reputación a su familia.
Salir sin carabina debía dejar de ser un problema siempre y cuando no fuera vista en una situación comprometida, además de que las asociaciones benéficas podían ser lugares donde lograran pasar el rato sin necesidad de ser juzgadas.
Podía conseguirlo poco a poco. Las interacciones de Jaime debían ser simples y concisas.
Por lo que había descubierto, el líder de la Cámara era un liberal que buscaba más prestigio para la clase obrera.
Mis ideas le agradaban solo por esa búsqueda de una igualdad que se veía imposible, pero escuchaba.
Dialogaba y, a pesar de las discusiones que tenía mi marido con su propio partido, siempre conseguíamos calmarlos aumentando los aranceles en un treinta y tres por ciento: se favorecía al terrateniente, pero frustraba al consumidor.
También se mantenía el poder de la iglesia, que seguía siendo una parte importante del partido.
Además de un pilar que me frustraba en relación con el matrimonio: la voz del enlace solo era escuchada si él hablaba.
«Poco a poco conseguiré que una mujer y un hombre sean iguales dentro de un matrimonio», pensé convencida.
—Pen. —Amber me sacó por completo de mis pensamientos.
Me pasaba la mayoría del tiempo hablando con Jaime sobre las innovaciones que tan poco iban con los conservadores, pero la realeza iba ligada de la mano del partido, por lo que habría sido extraño posicionarnos por completo en la oposición—.
Jaime Rutherford se encuentra en la salita de té que usamos para los invitados extranjeros.
Mi posición no era la propia de una princesa.
Estaba cerca del ventanal de mi alcoba, tumbada en mi diván de terciopelo rosa con las piernas alzadas en el respaldo.
La situación permitía que la falda de mi vestido cayera por encima de mis muslos, mostrando la parte más sensible de mi cuerpo.
Amber no se sorprendía de lo escandalosa que podía llegar a ser.
Tan solo suspiraba y me recordaba en más de una ocasión que podría entrar algunos de mis hermanos sin tocar, cosa que tampoco me importaba.
—Creo que he entendido mal el nombre de nuestro invitado.
—En absoluto —susurró ella con resignación—. Te advertí que los hombres no se dejan manipular para siempre.
—¿Y qué desea?
—Hablar con su esposa.
«Porque no fui parte de algo tan simple como su veintidós cumpleaños».
—¿Conoce Nikolas ese pequeño detalle?
—Por el momento no.
Me había negado a dejarme ver en la mansión de los Anderson.
Durante aquellos cuatro años permanecí en la sombra, ejecutando toda orden que me placía.
Era divertido escuchar a mi hermano hablar de las novedades de Londres como si no fuera la causante de ellas.
Disfrutaba de su sorpresa; de lo mucho que se ofendía por unos derechos que empezaban a dejar de desdibujarse sobre nosotras.
Y, cuando le diera el jaque que tanto me sabía dulce en el paladar, le recordaría en cada cena familiar lo poco astuto que había sido con la situación.
Pero por el momento prefería seguir disfrutando de cada uno de mis hilos desde la comodidad de Viena: con interés, pero sin hacer demasiado ruido.
—Qué fantástica noticia. —Sonreí mientras me incorporaba sobre el diván—. Supongo que no tengo escapatoria.
—Me parece que no.
Un ligero suspiro escapó de mis labios, pero no debió ser lo suficiente lastimero para que Amber quisiera lidiar con la situación por mí.
Me adecenté mi vestido azul cielo, dejé caer los mechones anaranjados que alzaba con un pasador en forma de libélula que Andrew me había traído de uno de sus viajes y fui a enfrentar al único hombre que había usado a mi antojo.
La salita que usábamos para los invitados extranjeros era una minúscula habitación con una mesa circular y unos sofás con estampados florales.
No destacaba demasiado por las molduras de madera talladas en forma de enredadera, pues parecían a medio acabar, ni tampoco por la breve decoración existente.
Era suficiente con la tetera dorada que se utilizaba para la ocasión; con el emblema de nuestra familia y las iniciales de nuestro apellido.
Los sirvientes que se encontraban a ambos lados de la puerta tiraron de las manillas, dándome paso con una silenciosa reverencia. Los nervios afloraban en mi piel. Era más fácil poner voz a mis órdenes en una carta que enfrentar al hombre que había elegido como mi marido.
La última vez que nos vimos fue a los pies de la capilla St Margery. Sus manos estaban entrelazadas con las mías y prometíamos ante el padre Goodwille que estaríamos juntos para siempre.
¿Habría cambiado mucho en aquellos cuatro años?
Mi mirada grisácea se deslizó con suavidad por la diminuta estancia en la que me estaba esperando. No sabía bien cómo debía saludarlo, pues nuestra relación en persona había sido breve e interesada.
—Penélope.
La forma en la que susurró mi nombre fue tan suave como la caricia de una sábana. Me pareció notar cómo disfrutaba de cada sílaba como si fuera un delicioso manjar. El ligero nerviosismo que afloró en mi estómago me advirtió que su presencia me sacaba por completo de mi zona de confort.
Jaime no se encontraba solo. Iba acompañado de una mujer de cabellos castaños, alzados en un tirante moño.
Ocultaba el tono violáceo de sus ojos tras capas de maquillaje, pero me daba la sensación de que arrastraba un gran sufrimiento.
Me observaba con una mezcla de sorpresa y pleitesía, como si yo esperara una reverencia cuando ni siquiera sabía bien cómo reaccionar.
—Conde de Rutherford. —Mi saludo provocó una ligera incomodidad en su mirada, no le había agradado mi poca cercanía—. No esperaba su visita.
—He sentido la necesidad de presentarle a mi madre quién es mi esposa. —Sus palabras me dejaron anonadada. Jaime no destacaba por ser una persona seria e impulsiva; parecía un cachorro perdido que no sabía cómo volver a casa—. Y ya que rehusaste la invitación, he pensado que podíamos venir a verte.
La sonrisa que se dibujó en mis labios fue tenue y tensa. Era imposible que mi elección me estuviera causando inconvenientes. Cuando lo encontré en aquel callejón supe que vestía miles de problemas de los que podría aprovecharme, pero no contaba con que quisiera reclamarme.
—¿Me permitiría hablar con su hijo a solas?
Su madre dio un respingo, como si no tuviera ninguna duda de marcharse. Parecía asustada, como si su pobre diablo se hubiera metido en miles de inconvenientes de los que no sabría salir.
Cuando la puerta se cerró me fijé en nuestra diferencia de altura. En la forma en que nuestros mundos rozaban con la intención de solaparse. Seguía manteniendo aquellas facciones cinceladas por los mismísimos dioses; una mirada afable y ese condenado olor a canela que lo acompañaba a todos sitios.
Jaime alzó su diestra en mi dirección, tenía la intención de acariciar una de mis mejillas, pero no iba a hacerlo sin mi consentimiento.
—¿Puedo?
Se me secó la garganta ante su pregunta. Notaba la ligera duda en cada vocal, temblorosa pero a la vez decidida. ¿Por qué deseaba tenerme cerca cuando ya tenía todo lo que podía anhelar de mí?
—¿Por qué has venido?
—A por ti —concluyó él sin más.
Una carcajada escapó de mis cuerdas vocales. Fue tan estridente que incluso sentí el ligero resquemor en la garganta. No podía emprender un viaje de casi un mes solo para asegurarme que venía a por mí.
—Te dije que esto solo era un matrimonio por conveniencia.
—Me temo que no me es suficiente —dijo él dejando escapar un profundo suspiro—. Llevo tiempo pensando que tu ayuda me ha permitido respirar, pero qué clase de hombre soy si ni siquiera puedo proporcionarte un futuro.
—Lo haces a través de tus intervenciones en la Cámara.
—Deseo que hagas público nuestro matrimonio —concluyó Jaime sin ni siquiera darme tiempo a pensar mi siguiente jugada.
Depositó la mano sobre una de mis mejillas, tímido pero interesado—.
Se me acaban las excusas, Penélope. Llevo años construyendo un castillo de mentiras a nuestro alrededor.
Estoy cansado de que se juzgue a la mujer que me ha elegido, incluso si ha sido con el fin de utilizarme.
—Me temo que eso no es posible.
—¿Por qué motivo?
—He tomado decisiones que en mi posición no tengo permitidas —resoplé un tanto incómoda con la situación—. Mis hilos son los que mueven esta unión, Jaime. Sin ellos tú volverás a ser la sombra de un criminal; y yo, una mujer sin voz.
Mi respuesta no pareció agradarle. Poco a poco fue retirando el contacto en mi piel como si quemara. La duda hacía que sus ojos brillaran con más intensidad; quería decir tanto a lo que no daba voz...
—Puedo conseguir aliados en Austria. Ahora soy tu esposo y me apoyarán.
—¿Crees que reclamarme calmará la furia que supone para más de uno tu apellido? —pregunté con una mezcla de enfado e ironía—. Inténtalo. Si lo consigues marcharé contigo a Londres. Seré tuya. Marcarás las pautas de nuestra mentira y yo guardaré silencio.
—Yo no deseo que seas un jarrón, Pen —comenzó a decir con suavidad—.
Si algo me han mostrado tus misivas es lo mucho que puedes conseguir alzando la voz.
Solo quiero que vuelvas conmigo a Harrowshire, que me permitas cortejarte, y puede que los cimientos de nuestro egoísmo traigan consigo algo real.
Mis mejillas se tornaron ligeramente rojizas con su gran declaración de intenciones.
Había visto a tantas mujeres perder la voz por un hombre que temía un matrimonio concertado que terminara con aquel desdichado destino.
Por eso prefería hacer y deshacer a mi antojo, incluso si eso suponía una represalia con mi familia.
—El amor no se construye, Jaime. Eres demasiado inocente considerando que en el mundo existen las personas buenas cuando todo tiene un objetivo y un fin.
—Dame esa oportunidad.
Él inclinó su cabeza para mirarme. Intentaba por todos los medios que la conversación fuera equilibrada: ni intentaba someterme ni achicarse contra mí.
Noté cómo mi corazón daba un vuelco dentro de mi pecho.
La sensación caldeó cada centímetro de mi piel, dejando a un lado que yo misma había sellado nuestros destinos.
—Si consigues al menos dos aliados, mi rey, puede que vaya a cualquier lugar del mundo contigo.
—Te aseguro que lo conseguiré sin tu influencia.
—Estoy deseando verlo.