Capítulo 10
Q uerida Penélope:
He dejado de contar el número de cartas que hemos intercambiado.
Recuerdo que comenzó como una herramienta para conocernos, pero ha resultado uno de mis momentos más agradables del día.
Poner voz a mis palabras se ha convertido en un pasatiempo que me aleja por completo de mi papel como conde; de mi máscara de impenetrabilidad en la Cámara que poco dice de cómo soy.
Sabes bien que siempre me agrada preguntarte sobre Sophie: si ha escrito unas nuevas líneas de su novela o si es la nueva guardiana de los sueños de la reina madre.
También querría pensar si has decidido preparar tu propio pastel de grosellas, pero sé que hacerlo sería una de tus tretas contra tus hermanos mayores.
Esta carta poco tiene que ver con la amistad que hemos forjado, va mucho más allá de la propuesta que me ofreciste hace cuatro años.
Deseo verte.
Anhelo que vuelvas a Londres y podamos negociar la invisibilidad de nuestro matrimonio.
Te imagino frunciendo el ceño una vez que hayas llegado a la línea anterior, pero llevo tanto tiempo escondiendo lo que somos que me frustra sonreír y ocultarme detrás de ti.
Mi madre ha organizado para el próximo mes una fiesta en mi honor. Supongo que debe ser terrible para ella que su único hijo cumpla veintidós años.
A mí poco me importa ese tipo de festividades, las disfrutaba en familia cuando no era consciente de todo el dolor que supusimos para los demás. Por ello, si pudiera pedir algo a mi esposa... sería que volviera a casa.
¿Sería mucho pedir?
Con afecto,
Jaime Rutherford
La celebración se llevó a cabo en la mansión de Killian Anderson, un caballero inglés que destacaba en la Cámara por sus fieras ideas tradicionales.
Era un terrateniente con una gran obsesión por Escocia.
Contaba con tierras en el norte y estaba casado con una muchacha que nadie había visto nunca entre la alta sociedad.
Pero lo más asombroso era que había muerto en silencio, dejando una gran herencia a su hijo Cormac.
El salón era de un tono ocre. Con el ligero movimiento de las velas, tomaba un tono dorado que recordaba a la grandeza de la que tanto alardeaban los franceses.
Los ventanales, amplios y terminados en media punta, ampliaban la estancia lo suficiente para abarcar a toda la sociedad británica.
El ligero movimiento de las cortinas se recogía en unos alzapaños de pasamanería fina que creaban siluetas tras ellas, como si los amantes prometieran encontrarse en alguno de los tres balcones.
Por la sala salpicaban unos sillones de respaldo curvo, escondidos tras enormes columnas de mármol: aprovechaban su posición para ser los guardianes de las conversaciones más indecorosas. Rumores. Además del descanso de alguna dama.
Pero lo que más me calmaba era no ser el objeto de miradas de nadie. Que mi presencia fuera una sombra más entre los invitados que reían, conversaban y buscaban un pequeño compromiso que sacar a la luz. La música acariciaba mis oídos, con la dulzura del arpa y la gravedad del violonchelo.
—¿A que es preciosa?
Mi madre sonreía de oreja a oreja. Era su primera fiesta tras tanto tiempo en cama. Adoraba verla contenta, como si el mundo le hubiera regalado la oportunidad de disfrutar de lo más valioso que iba a perder: su propia vida.
—Dijiste que sería algo íntimo —suspiré con cierto pesar—. Pero estoy sorprendido.
—¿Sobre mi gran gusto en la decoración?
—A nadie parece disgustarle que los Rutherford hayamos organizado un evento en mi honor. —Me costó pronunciar cada una de las sílabas, notaba su ligero gusto amargo en el paladar—. Supongo que todos desean saber qué familia ha tenido la valentía de protegernos.
—Jaime, querido, incluso yo estoy intrigada.
No le había dicho a mi madre que Penélope, princesa de Austria, era la mujer con la que había contraído matrimonio cuatro años antes. Hice todo lo posible por contarle la noticia con pinzas para que no preguntara demasiado, pues la primera vez que di voz al tema, lloró desconsolada por mí.
«Lamento tanto que hayas tomado esta decisión por culpa de tu padre. Has perdido la oportunidad de amar por un error que nos está costando la vida», dijo angustiada.
—Prefiero que la conozcas en persona.
—¿Y cómo es?
Las cartas que habíamos compartido me dieron la oportunidad de saber que Penélope tenía siete hermanos. Era terca e impulsiva. Adoraba los largos paseos a caballo, pero jamás la verías zurcir por placer. Le encantaban las grosellas, los paseos nocturnos y ser libre.
Esa palabra aún me aturullaba la mente. Sus deseos de independencia me parecían tan respetables como me preocupaban.
Pensaba que nuestras breves conversaciones serían lo suficientemente cordiales para poder tratarnos con educación.
Pero cuando empezó a ser parte de mis lamentos relacionados con las duras palabras de mi padre, creí que podríamos comprendernos.
—Es una caja de sorpresas —respondí con una ligera sonrisa en mis labios—, la flor más dulce y afilada que jamás he conocido.
—Debe ser una mujer asombrosa.
—Lo es.
La noche transcurría para mí con una mezcla de nervios que me atoraban el estómago.
Cada saludo venía acompañado de palabras invisibles a las que nadie quería dar voz.
Las miradas, avivadas por la envidia, pasaban desapercibidas entre susurros y cordialidad.
Pero, en esos momentos, poco me importaba.
Quería ver a Penélope. Deseaba mostrarle al hombre en que me había convertido desde que me había dado la oportunidad de ser intocable.
A pesar de que la fama de mi padre me seguía precediendo, había conseguido saldar parte de sus deudas.
Es más, me aventuré a pedir un encuentro con Arthur Stanley, el marido de la difunta Odette.
Me ofrecí a ser uno de los patrocinadores de Marnie Watts, su cuñada más grande, para su próxima temporada.
Pero, a pesar de su agradecimiento porque fuera su aval social, prefirió mantenerme lejos de su familia.
Al menos logré dar un paso por mí mismo, sin la gran necesidad de que mi madre hablara por mí. Me sentí pleno por ello, como las veces que me atrevía a ser parte de las reuniones de la Cámara: con mi opinión, realmente de Penélope, y mis discursos, que a veces avivaban el odio hacia mí.
Ya no me sentía tan niño. Era como si la presencia de mi esposa hubiera supuesto una despedida a la parte más indefensa de mí.
Por eso deseaba que fuera parte de la danza de las jóvenes que, ilusionadas, bailaban con los caballeros más ilustres de la sociedad.
Anhelaba que se presentara a mi lado, no como la mujer que movía mis hilos, sino como parte de todo lo que estaba construyendo.
Sin embargo, toda la ilusión que destilaba cada una de mis extremidades fue apagándose poco a poco. Por más que la buscaba entre los invitados que se sumaban a la velada, ella no aparecía por las dobles puertas del salón.
Esperé paciente. Utilicé los mejores discursos para explicar su ausencia, pero cuando mi madre decidió que era el momento de servir la tarta que había ordenado al servicio de nuestro hogar, sentí que el mundo se me venía encima.
Ya no me gustaba demasiado ser el centro de atención. Me sentí un completo iluso por pensar que Penélope podría compartir ese interés hacia mí; que decidiría presentarse en mi cumpleaños para agarrarse de mi brazo sin motivo.
«Las princesas no sienten ningún interés por los cobardes», me dije a mí mismo con amargura.
El ligero olor a nata, con unas notas dulces que me hacían cosquillas en la punta de la nariz, quedó eclipsado bajo el agradable aroma a chocolate.
La armoniosa melodía que escapaba de los labios de mi madre apenas era inaudible para mis oídos.
Cada uno de mis sentidos estaba embotado entre la duda y la decepción.
No importaba allá donde mirara, porque el festejo tendría que ver una vez más con los deseos de mi madre de hacerme feliz.
Mis labios se curvaron hacia arriba. Era consciente de que la felicidad no hacía brillar mis iris, pero si la única forma de ser feliz era a través de Molly Rutherford, no me importaba profesarle mi amor, dejándole un beso en la mejilla.
—Gracias, madre.
—Piensa un deseo en una noche como esta, Jaime —respondió ella sonriente—. Dicen que pueden convertirse en realidad.
«Quiero que esté aquí», pensó frustrado mi subconsciente, sabiendo que jamás lo conseguiría.
¿Por qué daba por sentado que había perdido algo que ni siquiera tuve la valentía de reclamar?
Sorprendido por mis propios pensamientos, busqué respuestas a mi alrededor sin éxito.
Me había conformado con recibir las migajas de los demás; a las fugaces muestras de cariño que siempre recibiría de mi madre, incluso en los días más grises.
Pero, por miedo, jamás me atreví a exigir lo que yo deseaba y quería que dejara de ser así.
«Iré a Viena a por ella y la traeré a Harrowshire conmigo. Es una princesa y nunca estaré a la altura, pero una vez que sepan que soy su esposo no habrá vuelta atrás».
—¿Ya lo has pensado? —preguntó mi madre sacándome de mi ensoñación.
—Sí, e iremos a por él lo más pronto posible.