Capítulo 9
P enélope
Gretna Green no era una opción. Por más que había elaborado con Amber todo plan posible para escaparme de la mansión, Nikolas no tardaría en interceptarme.
Podía fingir que no estaba pendiente de mis movimientos, pero solo tenía que dar un paso en falso para tenerlo respirándome en la nuca.
No deseaba que me mandara a Viena, molesto y limitándome.
Los días siguientes me encargué de averiguar si existía alguna iglesia anglicana a las afueras de Londres.
La mayoría de los sacerdotes estaban en contra de romper la ley por unas pocas monedas, pero sabía que cerca de Weatherwind, un pequeño pueblo próximo a Stansted, que una vez brilló de una manera similar a la capital, se encontraba St. Margery: una modesta capilla que se sustentaba con la buena voluntad de su gente.
O eso había descubierto Amber mientras cotilleaba con el servicio de los O’Kelly.
—¿Estás segura de que accederá a casarnos?
—preguntó Jaime, incómodo en el carruaje.
No estaba muy convencido de dónde acomodar su pierna derecha; la movía sin descanso con una mezcla de inquietud y duda—.
No he pedido tu mano. Tampoco tengo el permiso de tu padre.
Si eres menor de veintiún años será imposible demostrar que ha dado su bendición.
—Tengo veintiún años —revelé mientras disfrutaba de la sorpresa en sus ojos—. Además, mi padre no podría estar de acuerdo con mis deseos porque falleció hace un tiempo.
—Lo siento, debo ser un insensible.
—¿Por no haber investigado sobre mi familia? —Elevé una de mis cejas con curiosidad. Me gustaba verlo inquieto, como si temiera que mi humor se crispara y todo llegara a su fin—. Prefiero que no sepas demasiado.
—¿Por qué?
—Es más fácil que te traten como a un igual si no conocen tu origen.
Jaime pareció meditar mis palabras con calma.
Mediante los primeros rayos de sol que se filtraban a través del carruaje, pude disfrutar de su barbilla bien perfilada; la ligera barba que empezaba a poblar sus pómulos y parte de sus mejillas; lo despeinado que se veía su pelo oscuro tras el improvisado viaje que habíamos decidido hacer sin ni siquiera organizarlo de manera minuciosa.
Pero lo que más me sorprendía de aquel hombre era la inocencia que reflejaban sus facciones.
Era como si me permitiera guiarlo a través de una cuerda que conducía al vacío y estuviese dispuesto a caer en él.
—Deberíamos aprovechar nuestra llegada a Dowrties para hablar sobre las condiciones de nuestro matrimonio. —Carraspeó él con la intención de llamar mi atención—. Durante la fiesta de los Brighton dijiste que serías como una espada invisible para mí. ¿Nadie sabrá que nos hemos casado?
—No —respondí de manera tajante—. Puede que sea irrelevante en la línea sucesoria de mi familia, pero soy una princesa. Si mi hermano Nikolas descubriera que estoy tomando decisiones sin su consentimiento, me mandará a un convento.
—Es decir que me darás el «sí, quiero» y no volveré a verte.
—Mantendremos el contacto a través de misivas —concluí con una ligera sonrisa en los labios. No me preocupaba unir mi vida a la de un pobre desgraciado. Me convenía lo suficiente para hacer de las mías y poder mofarme de Nikolas—. Todo aquello que necesites será respaldado por mí desde las sombras.
—Y yo seré tus ojos en la Cámara, ¿no es así?
—En efecto.
Jaime volvió a su habitual silencio. Lo usaba cada vez que algo se escapaba de su control. Para él un matrimonio abarcaba un aspecto más tradicional, mientras que para mí era una transacción.
—¿Y si deseo que vuelvas?
—No puedes tomar esa decisión si yo no quiero, Jaime.
—Es decir que no tengo voz como de costumbre.
La conversación acabó con una frustración con la que yo no quise lidiar.
Estaba tan acostumbrada a enfrentar los gruñidos de los hombres de mi alrededor que el de Jaime ni siquiera me afectó.
Centré mi mirada grisácea en el campo de girasoles que empezaba a perder nitidez con el otoño.
Me pareció hermoso. Libre como a mí me gustaba, y solo esperé que la incomodidad del momento cesara cuando nos bajáramos del carruaje.
Convencer al sacerdote de St Margery para que fuera el artífice de nuestro casamiento no fue un inconveniente.
El hombre, de unos cincuenta años, se desvivía por el bienestar de su pueblo.
Por supuesto, como había visto en muchas ocasiones, no solo se centraba en vivir de la caridad, sino también de todo negocio u oportunidad que pudiera brindarle cualquier aristócrata con dinero.
No fue una sorpresa que todos mis pecados fueran solventados por mil seiscientas libras que, curiosamente, habían caído de mis bolsillos en su confesionario.
Tampoco me sorprendió que mi caridad fuera recompensada con la ayuda de algunas muchachas de Dowrties, que se encargaron de enlazar mi cabello en una larga trenza repleta de flores frescas.
No me había molestado en elegir un vestido de novia.
Esa mañana me atavié con uno rosado, de mangas bombachas que tuve que conjuntar con unos guantes plateados y hasta los codos.
No llevaba detalles. Tampoco los necesitaba para el viaje.
Pero debía admitir que disfruté de la sencillez; del silencio y de lo que estaba a punto de hacer.
Iba a elegir mi destino sin necesidad de exponerlo sobre una mesa familiar.
—¿No te arrepentirás de esto?
Amber untó su dedo meñique en el carmín vegetal que siempre utilizaba para adecentarme, lo llevó a mis labios con delicadeza, esperando una respuesta por mi parte.
—Estoy segura.
—Un matrimonio es para toda la vida.
—Mis sueños también lo son —aseguré, elevando con lentitud mi mentón—. No se negará a nada por el bien de su familia.
Ella suspiró. No le agradaba mi imprudencia, tampoco que Nikolas tardara en enterarse de cada uno de mis planes.
—Los años pasarán —advirtió mientras apoyaba ambas manos sobre mis hombros—. Un caballero no tiende a ser paciente. Ahora lo es porque no tiene alternativas.
—Espero que tengas razón.
Mi boda se celebró un 3 de octubre, oficiada por el padre Goodwille en la pequeña capilla St Margery; en Dowrties.
El silencio que nos envolvió no fue extraño.
Tampoco advertía de que fuera una mala opción.
Mientras yo llegaba al altar, Jaime me esperaba con las manos entrelazadas.
En la solapa de su chaqueta descansaba un pequeño ramillete de flores blancas que conjuntaban a la perfección con las que decoraban mi pelo.
Pero lo que provocó un respingo en mi corazón fue la ligera sonrisa que dibujó para mí cuando estaba aterrorizado.
Una vez que llegué a su lado, me atreví a entrelazar mi meñique con el suyo, en una silenciosa promesa de que todo iría bien.
Él pareció notarlo, así que agradecido y quizá un tanto imprudente, presionó sus labios sobre mi frente: odiaba las promesas vacías, pero aquella que susurraba protección me pareció tan real que deseé que fuera cierta.
Solo esperaba no despertar nunca de mi propia mentira.
Jaime
2 semanas después
Los rumores acerca sobre mi destitución cayeron en saco roto para la desgracia de los caballeros que eran parte de la aristocracia.
Por más que habían exigido al rey una explicación acerca de mi posición en la Cámara, Jorge no estaba dispuesto a dejarse ningunear por varios aristócratas que no seguían sus órdenes.
Se había decretado, para el pesar de todo el mundo, que las acciones de mi padre quedaran desligadas de su familia. Fue una suerte para nosotros que Harrowshire pasara a ser nuestra sin deudores amenazándonos día sí y día también acerca de los pagos.
Todo mi mundo, aquel que estaba por deshacerse bajo mis pies, volvía a pertenecerme solo a mí como conde. Pero lo que más me inquietaba era escuchar como los hombres más pudientes de Londres chillaban consternados en el interior, angustiados por mi nueva oportunidad.
Penélope tenía razón.
El mundo disfrutaba con el mal ajeno. Resultaba más sencillo señalar al débil que escuchar sus intenciones.
—¡¿Cómo es posible que siga siendo parte de esta Cámara?! —Escuchaba desde las puertas que separaban la sala del pasillo—. Rutherford era un mequetrefe sin criterio; el perrito de Lucas Watts. Él y su familia deben pagar por sus crímenes.
—El rey ya ha hablado sobre ello.
—Alguien debe haberle comido el seso.
—Quien haya protegido a ese cobarde debe tener mucho más poder que nosotros —advirtió otro. Podía escuchar los fuertes pasos, como si pisara con rabia por mi nueva oportunidad en la sociedad—. ¿Qué habrá hecho para conseguirlo?
«No te acobardes ahora. Es tu momento de hacer las cosas como hombre, no como un niño», pensé mientras me infundía fuerzas.
Conté hasta diez, lo amplié hasta veinte y abrí las dobles puertas que separaban mi mundo de la peor calaña de Londres. El silencio se hizo vigente en la sala, que pasó de criticarme a fijar su mirada en mí con una mezcla de sorpresa y frustración.
El mutismo me supo dulce en el paladar. Era mi mejor arma cuando el mundo creía que alguien como yo jamás llegaría a sentarse en el lugar de mi padre.
Por eso, disfruté del repiqueteo de mis pasos, del tintineo del reloj de bolsillo que bailaba en mi pantalón.
Pero la guinda del pastel fue cuando me acomodé en el lugar que nos pertenecía a los Rutherford, con una mezcla de aburrimiento e interés.
—Caballeros, lamento haberme incorporado a esta reunión de manera tan tardía —comencé a decir con el orgullo que mi padre utilizaba para dirigirse a mí—. Espero que tengan un segundo para ponerme al día sobre la situación en Londres. ¿Cuál es el primer punto que tratar?
Si esperaba que sacasen sus mejores armas contra mí, no podía estar de lo más equivocado, pues incluso las serpientes pueden envenenarse con su propia ponzoña. Y, esa mañana, había sido yo el detonante.