Capítulo 8
E ra la primera vez que asistía a un baile de debutantes.
Si mi madre fuera consciente de lo mucho que nos había cambiado la vida en tan poco tiempo, pondría el grito en el cielo.
Estaba acostumbrada a buscarme en algún rinconcito de la biblioteca, ajeno al mundo que tan poco me importaba.
Pero si me sumía una noche más en las letras de uno de los ensayos del anterior propietario, quizá todo lo que mantenía en pie a Harrowshire se reduciría a cenizas.
Por eso había hecho todo lo posible para ataviarme con uno de los mejores trajes que conservaba sin estrenar.
Lo acomodé a mi cuerpo como si se tratara de una segunda piel.
No me agradaba demasiado el tono chocolate de la levita: ajustada con sus botones dorados sobre mi pecho y larga hasta mis pies.
Tampoco la camisola de algodón que me coloqué con vergüenza y rehusando la ayuda de mi ayudante de cámara. Elegí un corbatín en color rojo que creí que combinaba a la perfección con la tela, pero después me pareció una mala idea.
Pero lo más difícil fue entrar en aquel salón donde el sonido del violín me hacía cosquillas en los oídos.
Donde las miradas de la alta sociedad se posaban en mí con una mezcla de decepción y molestia.
Mi cuerpo se tensó en consecuencia. Era más fácil dar media vuelta y volver a casa.
Mi corazón latía desesperado en mi pecho, rogando por esa pequeña oportunidad por muy minúscula que fuera, pero no tenía permitido rendirme.
Me hice paso entre la multitud. Mi madre me había advertido que, aunque los susurros de los invitados estuvieran repletos de veneno, no dejara mi educación a un lado.
Asentí. Esbocé más de una sonrisa e intenté que el oporto no me supiera amargo en la garganta.
Representar un papel jamás se me había dado bien, pero Albert Digory me había sugerido que fuera parte de aquel evento, como si pudiera encontrar la solución a mis problemas.
No podía estar más equivocado.
—Me temo que los Brighton han tenido poco ojo invitando a un ladrón como Rutherford.
El tono de la dama que pasó por mi lado estaba tan cargado de burla que sentí cómo mi respiración se agitaba por momentos. Una carcajada no tardó en acompañarla, como si algo en mi atuendo estuviera tan mal acomodado que era objeto de mofa para los presentes.
«No debería estar aquí, no sirvo para ser un conde», pensé tan angustiado que incluso la pieza musical empezó a resultarme incómoda.
Retrocedí unos pasos, los suficientes para alejarme de la larga mesa rectangular donde los panecillos de mantequilla empezaban a escasear.
Lo único que se me ocurrió fue acercarme a algunos conocidos de mi padre, saludarlos e intentar afianzar unos nuevos vínculos, pero fue imposible.
Cada vez que estrechaba mi diestra con alguno de sus antiguos amigos, se marchaban de mi lado, recordándome que los Rutherford éramos unos apestados de la sociedad.
¿Cómo esperaba mi padre que lo sacara de prisión si nadie apostaba por mí?
Angustiado, me pellizqué el puente de la nariz.
Podía acercarme a cualquier joven debutante que aún conservaba su carné de baile vacío.
Pero incluso la muchacha menos agraciada del salón rehusaría bailar una pieza conmigo.
Poco importaba que yo fuera un muchacho joven, de apenas dieciocho años; los delitos de mi padre pesaban tanto para la sociedad que mi madre y yo no tendríamos ninguna esperanza.
El gélido aire de la noche me erizó la piel. No podía soportar las incómodas miradas sobre mí. Era como si mis manos estuvieran manchadas de sangre. Como si hubiese sido yo quien deseara algún mal al marqués de Cornualles.
El vaho que escapaba de mis labios se deshacía sobre mi cabeza, convirtiéndose en parte de la noche estrellada que tardaría en olvidar.
Lamentaba profundamente no estar en Harrowshire, lejos de aquel mundo donde todo era una gran mentira.
Caminé por la hilera de setos, cortados de forma ovalada, que conducían hacia uno de los laberintos mejores cuidados que jamás había visto.
Podía escuchar el chapoteo del agua, el aleteo de las aves nocturnas, además del ligero sonido de unos pasos que me cortó la respiración.
¿Y si me tendían una nueva emboscada?
—¿Quién está ahí? —pregunté con voz grave a la oscuridad—. Me veré obligado a enfrentarlo si tiene el propósito de aparecer con malas intenciones.
—No es mi deseo, milord.
Aquella voz fue similar a una melodía. Tenue. Fugaz. Como los primeros acordes de un arpa: elegante y dulce al mismo tiempo.
Mi piel se erizó en consecuencia, arrastrándome de nuevo a aquel callejón donde creía que iba a morir en cuestión de pocos minutos. En mi mente el disparo rompía el silencio de la noche, hacía huir a aquellos malnacidos y me daba la paz que tanto necesitaba para no caer de lleno en el abismo.
Era ella. La joven que se había atrevido a salvarme, incluso sabiendo que estaba en desventaja.
Apenas podía ver su rostro en la oscuridad. Tan solo veía su menuda figura, con las manos entrelazadas sobre su vientre, mientras elevaba la barbilla en mi dirección. No sé si esperaba encontrar al hombre herido que halló en el callejón, o a un caballero con una gran historia detrás.
—Penélope —susurré con cautela—. ¿Has venido a salvarme de la aristocracia?
Ella rio en consecuencia, no parecía ofendida por ello.
—En realidad he venido a atraparte, Jaime Rutherford.
—¿Atraparme? ¿Me he convertido en parte de una cacería a la que no me han invitado?
Sus palabras me provocaron un profundo nerviosismo en la boca del estómago. Pensé que deseaba cobrarse haberme ayudado, y yo no tenía el suficiente capital para ello. Abrumado, retrocedí unos pasos. Lo único que pasaba por mi mente era conseguir un carruaje y volver a casa.
—No era mi intención asustarte —comenzó a decir ella, rechazando por completo mi lejanía—. En realidad, estoy al tanto de la situación de tu familia. No ha sido una sorpresa notar el rechazo dentro del salón.
—¿Una joven como tú no debería desear estar lejos de mí?
—Deseo que estés lo más cerca posible.
El silencio que nos envolvió fue tan confuso como agradable. Noté cómo la vergüenza se arremolinaba en mis mejillas; agradecía que no pudiera ver el sonrojo en ellas. Pero me costaba comprender que anhelase mi presencia, como si yo pudiera ser interesante para alguien como ella.
—¿Qué quieres de mí, Penélope? —dije en un hilo de voz que terminó quebrado en mis labios—. Los Rutherford somos una mancha en el historial de la sociedad londinense. El error de un progenitor que se dejó llevar por la ambición. No puedes desear a alguien así a tu lado.
—Me temo que no me he presentado debidamente. —Penélope tomó ambas puntas de su vestido y me regaló una de las reverencias más bonitas que jamás había visto—. Soy la princesa Penélope de Austria y quiero hacerte una propuesta que será beneficiosa para los dos.
—¿P-princesa? ¿Propuesta? —Parpadeé tan confuso que el frío de la noche dejó pasó a un calor abrasador. Notaba el sudor caer por mi espalda, lento y desesperante, provocándome unas incómodas cosquillas—. ¿Por qué alguien como yo podría ser beneficioso para alguien como tú? Perdón, Su Alteza. Yo...
—Penélope —respondió ella con voz tenue—. Puedes llamarme así.
—No tengo nada que ofrecer.
Ella no parecía compartir mi opinión. Sus largos cabellos danzaban al son de sus elegantes movimientos. A pesar de no poder disfrutar de cada detalle de su figura, era notoria la educación que esculpía su seguridad.
—He sabido que tu padre está en prisión por ser cómplice de un asesinato —comenzó a decir sin ningún tipo de tapujo—. También que parte de las joyas de Odette Stanley estuvieron escondidas en Harrowshire durante mucho tiempo. Por eso la sociedad no apuesta por ti.
—Harrowshire, la propiedad que alquiló mi padre hace años, es difícil de mantener.
He usado las joyas de mi madre para pagar, pero ni siquiera una mujer de su posición tiene tantas para que la situación me funcione durante demasiado tiempo.
Necesito aliados para no perder mi título. Necesito seguridad para...
—Para mantener los cimientos de tu realidad —concluyó ella.
No me permitió ocultar mi sorpresa. Era como si conociera bien la frustración que sentía con la situación.
Mi padre, el gran conde de Rutherford, siempre habló con orgullo de su posición y, sin embargo, ni siquiera sus apoyos más cercanos querían saber nada de él—.
A pesar de mi título como princesa, ser mujer tiene demasiados límites que por mí misma no puedo quebrar.
Nada me gustaría más que poder dar voz a tantas situaciones en la Cámara, pero solo puedo esperar a ser casada y usada como estrategia política.
—Suena demasiado triste, si me permites decirlo.
—Por eso te necesito, Jaime. —Penélope extendió su diestra hacia mí.
No me tocó en ningún momento. Tan solo la dejó en el aire con la esperanza de que yo accediera a estrechársela—.
Cásate conmigo y tendrás mi protección. A cambio serás mi voz en la Cámara.
Llevarás a cabo cada uno de mis deseos por mí.
—Nadie aprobaría esto.
—¿Deseas que alguien sea tu escudo contra todo aquel malnacido que desea hacerte daño por los crímenes de otro?
—insistió una vez más, provocándome un respingo—.
Seré una espada invisible para ti. Igual que nuestro matrimonio.
Te prometo que una vez que seas mío y yo tuya, nadie podrá hacernos daño.
Me mordí el labio inferior, pensativo. Era una oferta tan jugosa que debía tener una letra pequeña en algún lugar.
Por más que intentaba buscarla, no la encontraba entre cada sílaba repleta de seguridad que Penélope me ofrecía.
¿Debía apostar las cenizas de mi hogar en un matrimonio que carecía de amor?
—Protégeme —respondí. Mis dedos buscaron los suyos; los entrelacé poco a poco entre los míos para concluir un trato que no tenía ni pies ni cabeza—. Protege a mi madre de la enfermedad que quiere arrebatarle la vida y seré tuyo hasta el final de mis días.
—Trato hecho.