Capítulo 7
L a actitud del conde de Brighton me recordaba a la de un sabueso. Firme. Obediente y anhelante de cualquier caricia que pudiera ganarse del rey. Su sonrisa era tan fingida como la de un depredador buscando amistad con su presa, solo con la intención de hincarle el diente.
Me desagradaba que su mansión en Berkeley Square se hubiera convertido en un desfile de debutantes solo para ganarse la aceptación de la aristocracia.
Si su fiesta resultaba un auténtico éxito, todo lo invertido no tardaría en darle sus frutos.
Por eso había decorado la entrada con un camino de flores blancas; para simbolizar la pureza de las muchachas que entrarían a su hogar en busca de un marido.
El gran salón de baile, que conectaba con la parte trasera del jardín, vestía sus mejores colores a pesar de los primeros resquicios del otoño.
La grandeza de las plantas empezaba a perderse poco a poco, dispuesta a sumirse en un profundo sueño hasta la próxima primavera.
Pero lo que más me molestaba era que Londres supiera que mi hermano y yo éramos los invitados de la Corona.
Porque habíamos pasado de ser invisibles a la mejor apuesta para los hombres más codiciosos de la sociedad.
—Levanta la barbilla, Penélope.
Nikolas me amonestó en un tenue susurro.
Si hubiéramos estado a solas quizá habría puesto los ojos en blanco, pero sabía comportarme delante de todo aquel que deseaba utilizarme.
Al fin y al cabo, era un secreto a voces que él no era el emperador y que yo no tenía alrededor ningún pretendiente lo suficiente poderoso para ser intocable.
—Te desagradaría hacerlo y ver cómo cada uno de los caballeros presentes te mira como si fueras más accesible que una manzana —me quejé de lo más molesta.
—Pero no es así —me recordó Nikolas mientras me extendía una copa de champán—. Yo elegiré quién es el más adecuado para ti.
—¿Por qué hemos accedido a ser parte del evento?
No estaba dispuesta a decirle cuánto se equivocaba.
Era evidente que tarde o temprano buscaría a alguien para mí, pero me rehusaba a que fuera sin mi consentimiento.
Mis hermanos sabían lo caprichosa que podía llegar a ser y, si yo no era escuchada, no accedería a ninguna de sus órdenes.
Mi padre me enseñó que la mujer contaba con un papel débil dentro de la sociedad, pero también podía ser poderoso si podía utilizarlo como deseaba.
Por eso alzaba la voz. Por mí y el futuro que empezaba a vislumbrarse poco a poco en la lejanía.
«Ojalá Sophie hiciera lo mismo», pensé con cierta angustia.
—El conde de Lifford ha sido muy hospitalario con nosotros —comenzó a decir Nikolas mientras movía la cabeza a modo de saludo—. Nos invitó al evento y sería de mala educación no asistir.
No me gustaba demasiado la temporada londinense.
La sonrisa de las jóvenes de apenas dieciséis años parecía tan cargada de ilusión como de intenciones.
Yo era unos años mayor que ellas y jamás me habría imaginado ser parte de un acontecimiento tan macabro como el de buscar esposo.
Puede que mis deseos de encontrar a un pobre diablo para mis planes no fueran los más acertados, pero como princesa prefería hacer presión por mi posición que por mi género como mujer.
—Burocracia sin sentido. —Fingí un bostezo—. Necesito refrescarme un poco, volveré enseguida.
—Pen, no hagas de las tuyas —advirtió él con el ceño ligeramente fruncido—. Hay guardias por todas partes. Espero que no pienses en salir de la mansión.
—Por supuesto que no.
«Porque lo que necesito puedo encontrarlo aquí».
Reverencié a Nikolas antes de ampliar la distancia con él; adoraba molestarlo, pero no quería ser parte de uno de sus castigos.
Siempre que creía que me desviaba del camino correcto, me obligaba a pasar la tarde zurciendo en una esquina de mi alcoba.
Por eso preferí deambular a mis anchas por el gran salón, donde las madres les pisaban los talones a sus hijas para que encontrasen el futuro más provechoso y perfecto.
La muselina amarilla, casi dorada, de mi vestido parecía captar todo retazo de luz que iluminaba el salón.
Llevaba un lazo ajustado sobre la cintura, que realzaba ligeramente mi busto, pero no lo suficiente para ser indecoroso.
Las mangas en forma de globo estaban adornadas con perlas cosidas a mano, que decoraban toda la tela.
Amber me había ofrecido unos guantes largos antes de salir, para que el único trocito de piel que se viera de mí fuera por encima de mis pechos.
La larga cola que ocultaba mis manoletinas también escondía el suelo por el que caminaba, convirtiéndome en una de las mujeres más observadas de la velada.
—¿La noche no supera sus expectativas, Su Alteza?
La voz de Jeremiah O’Kelly, el primogénito del conde de Lifford, detuvo mis pasos.
Habíamos coincidido en un par de ocasiones durante el desayuno.
Parecía un caballero cauto desde fuera, pero no era la primera vez que Nikolas y yo habíamos oído a su padre reprenderlo.
En sus ojos marrones brillaba una pizca de astucia que dulcificaba sus facciones.
Su rostro parecía cincelado por los mismísimos dioses y, aunque no lo dijera en voz alta, era muy consciente de ello.
—El matrimonio me parece un tema banal.
Él rio mostrándome cada uno de sus blanquecinos dientes. No tardó demasiado en ofrecerme su brazo, para que lo acompañara a la larga mesa con panecillos con mantequilla, pasteles decorados con frutos secos y algún que otro glaseado.
—Y, a la vez, demasiado necesario para alcanzar ciertas metas —concluyó mis palabras, dándome un panecillo que rechacé con la mano libre—. Mi padre parece contento con su visita, princesa. Si me permite decirlo, no parece nada convencional.
—¿En qué sentido? —pregunté con cierta curiosidad—. ¿Se refiere a que no permito que las palabras se me atraganten? Tener hermanos mayores y pequeños siempre me ha dado la libertad para decir todo lo que pensaba.
—Debió crecer en un ambiente estupendo.
—No tengo queja alguna de ello.
La fama de Jeremiah no destacaba por ser la más limpia de Londres. Nikolas había comentado que apostaba demasiado a las cartas, tanto que su padre había tenido que pagar sus deudas. No me parecía la mejor opción como esposo, tampoco como aliado.
—¿Puedo preguntarle por qué ha venido a Londres?
—Simple curiosidad —respondí sin más—. Adoro Viena, pero necesitaba escapar de ella durante unos días.
«Además, anhelo demasiado mi libertad».
—Quizá podría acompañarme la próxima vez al GreenHorse.
—La voz de Jeremiah estaba cargada de intenciones.
Supuse que había escuchado alguna de mis conversaciones con Nikolas acerca de mi interés por el mundo de los hombres, pero imaginaba que no me lo daría sin nada a cambio—.
Las partidas de cartas suelen ser bastante interesantes.
—¿A cambio del favor de mi hermano? Muy astuto por su parte, sin duda.
—Una alianza entre nosotros. —Jeremiah tomó mi mano libre, se inclinó sobre ella hasta rozar los labios sobre el dorso de esta—. Ambos tenemos unos deseos que no nos permiten alcanzar, juntos podríamos conseguir todo lo que nos propusiéramos.
Fui incapaz de contener una carcajada. Sabía que podría haberlo hecho si lo hubiese deseado, pero preferí mofarme de sus intenciones mientras alejaba mi mano de él.
—No se lo tome a mal, pero si me casase con usted, mi libertad peligraría.
—Por supuesto que no.
—Puede que no sea nada experimentada en el ámbito social londinense, pero los caballeros como usted solo ocasionan problemas.
—Mis labios se alzaron poco a poco hacia arriba, en una mueca que pareció disgustarle—.
Si quisiera perder antes de intentar aspirar a la victoria me hubiera dejado ver con usted mucho antes.
—¿Cómo puede ser tan osada?
—Porque soy una princesa austriaca —concluí extendiéndole la copa vacía que había paseado por el salón—. Y no nos conformamos con la comida sin haber degustado el postre.
Jeremiah apretó los dientes con rabia. Mis palabras debieron herir tanto su orgullo que había pasado a ser terriblemente desagradable para él.
Me permití ofrecerle una reverencia a modo de disculpa, pues si quería un arma dentro de la Cámara que pudiera usar contra los deseos de mi hermano, no podía ser él.
Mi mirada se deslizó curiosa por el salón, donde nadie era consciente de cómo el futuro conde de Lifford blasfemaba contra mi familia. Pero poco me importaba cuando aquel caballero que encontré en un callejón cerca de GreenHorse entraba en la fiesta siendo el objeto de miradas de todo el mundo.