Una dulce propuesta para un conde Capítulo 6
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Capítulo 6

M e había pasado toda la noche a los pies de la cama de mi madre.

Su fiebre no remitía. Era como si existiera una fuerza que quisiera arrancármela de los brazos, dejándome completamente solo.

Sus susurros, agónicos y repletos de dolor, me provocaban un pellizco en las entrañas.

Si se me acababan los medicamentos que el galeno me había dado a regañadientes durante su última cita...

—Señor Rutherford, tiene visita.

La voz de Mery, la sirvienta personal de mi madre, me sacó de mis pensamientos.

No tenía ningunas ganas de separarme de ella.

Sentía tanto temor por darle la espalda y que su respiración se detuviera para siempre que ni siquiera mi alcoba parecía un lugar seguro para mi mente.

Los continuos prejuicios de todo caballero que me conocía martilleaban mi cabeza: niño. Afeminado. Débil.

Mi cuerpo temblaba. Notaba cómo cada músculo se tensaba en mi interior, acelerando los latidos de mi corazón para dejarme sin respiración.

Cuando el aire era incapaz de llegar a mis pulmones, me asustaba y volvía a la única zona de confort que jamás me fallaría: la mujer que yacía entre la vida y la muerte.

—¿De quién se trata?

—Albert Digory —respondió Mery mientras jugueteaba con sus manos, estaba tan nerviosa por la situación de su señora como yo—. Me he tomado la libertad de llevarlo al salón y servirle un refrigerio.

—No importa —susurré cansado.

Me incorporé tambaleante; las horas arrodillado a los pies del lecho habían pasado factura a mis rodillas, pero no me arrepentía de haber protegido su sueño.

Esperé a que el hormigueo cesara para que nadie notara lo torpes que eran mis movimientos.

Cuando conseguí mantenerme sereno, me dispuse a encontrarme con Albert: la única esperanza que nos quedaba a mi familia y a mí.

Albert Digory se encontraba de pie en el salón interior donde solíamos tomar el té.

Su incomodidad estaba latente en sus hombros, tensos como el filo de una espada.

Incluso parecía que la chaqueta beis que ataviaba su cuerpo se rasgaría cuando se diera cuenta de mi presencia.

Quizá su carencia de cabello no lo hacía el hombre más atractivo, pero su mirada grisácea hablaba de una experiencia que yo jamás tendría en el ámbito de los negocios.

—No sabe cómo le agradezco que haya decidido visitarnos, señor Digory —dije con una ligera sonrisa en mis labios—. Las circunstancias no son las más favorables para los Rutherford, pero agradezco que siga siendo de confianza para nosotros como amigo de mi padre.

—No se equivoque, Rutherford.

El tono de Digory destilaba el cansancio de un tema que empezaba a disgustarle.

Mantenía sus ojos en el papel de flores verdes que mi madre había insistido en cambiar la Navidad pasada.

Decía que los colores de un hogar debían ir acorde a las buenas sensaciones que les provocaban a propietarios.

Pero mi padre puso en el grito en el cielo ante el cambio, tanto que pasó a tomar el desayuno en el jardín delantero.

—No he venido a Harrowshire para ser un aliado de su familia —confesó él—. Lo que ocurrió en GreenHorse fue un despropósito, pero debe entender que su padre ha pecado de ambicioso. Es más, el rey considera en destituir a su familia.

—¿D-destituir?

Abrí la boca para defender los resquicios que quedaban de mi familia.

Si era capaz de expresar todo lo que estábamos viviendo, quizá aquel hombre sentiría un poco de compasión por nosotros.

Pero la voz no estaba dispuesta a hacer vibrar mis cuerdas vocales.

Tampoco tenía intención de emitir otro sonido que nos ayudase de alguna forma. Frustrado, me mordí el labio inferior.

¿Qué palabras tenía que escoger en un momento como aquel?

—Siento que mi amistad con los Rutherford debe llegar a su fin —concluyó Albert sin ni siquiera haber tocado el oporto que Mery le había ofrecido—. Existen prioridades y esta no es una de ella cuando puede suponerme problemas.

—N-no puede hacernos esto —tartamudeé frustrado—. Carezco de oportunidades para encargarme de mi familia. Mi padre no dejó nada para mantener Harrowshire. Tampoco puedo pagar los medicamentos para mi madre.

—No les deseo ningún mal, pero todo castillo de naipes termina por caerse.

La mirada acusatoria de Julian Redfield vino como un amargo recuerdo a mi mente.

Una vez, mi inocencia me hizo ayudar al más débil sin ningún tipo de deuda.

Mi viaje a Redfield Hill House estuvo protagonizado por mi propia desesperación, pero la negativa de Albert Digory solo avecinaba mi caída en sociedad; nos dejarían desplomar y admirarían nuestra desdicha desde la mejor posición.

—¿Sugiere que prenda fuego a Harrowshire porque así lo desea la aristocracia londinense?

—Al menos será recordado con pena, no con desagrado.

Su respuesta no me gustó demasiado. Me frustraba que no mostrara ni un ápice de empatía hacia nosotros. Era como si mi familia fuera un problema para su brillante reputación, así que debía acabar con la suciedad que le impedía relucir con luz propia.

—Me niego en rotundo.

Albert se sorprendió de mi negativa, pero no esperaba extender nuestra conversación durante demasiado tiempo; deseaba desligarse de nosotros cuanto antes.

—Nos deja a la deriva —continué impidiéndole que se marchara tan rápido—. ¿Pretende que elija la mejor carta de despedida para mi muerte y lo acepte? Puede que sea un cobarde, pero no un perdedor.

—Ahorrémonos todo esto, Jaime —suspiró él, pellizcándose la nariz—. Este es el final.

—He sabido de familias que han tocado fondo y han resurgido de sus cenizas con una reluciente reputación. ¿Cómo puedo hacer algo así?

Él suspiró por mi pregunta, retrocedió unos pasos, inquieto, y deambuló en el pequeño espacio, incómodo y pensativo.

Podría haberlo dejado pasar. Solo tenía que empujarme; amenazarme en el peor de los casos, para hacerme guardar silencio, pero vi pena en sus ojos grises: no por mis padres, sino por mí.

—Para que eso sucediese deberías olvidar al Jaime Rutherford que desea mantenerse aislado de la vida en sociedad —comenzó a decir con tal reproche que no pude evitar encoger los hombros—.

Londres odia al cobarde, por lo que no puede admirar al muchacho que se esconde detrás de esa faceta.

Tampoco cuentas con logros, un matrimonio ejemplar o amigos con poder.

¿Qué esperas que admiren tras las manchas de sangre que decoran tu apellido?

Angustiado, me llevé las manos a la cabeza.

Mis dedos tiraban de alguno que otro de mis mechones.

No podía quedarme de brazos cruzados. No podía dejar que mi madre muriese por miedo a que yo recibiera otra paliza.

Tenía que buscar una imagen que, aunque no tuviera nada que ver conmigo, fuera lo suficiente fuerte para protegernos.

Aunque no ser yo mismo me provocara un profundo pavor.

—Las mentiras hacen grande a un hombre —respondí con lentitud—. Entonces crearé una lo suficientemente realista para que los Rutherford volvamos a ser intocables.

—Eso no sucederá. —Rio Albert—. Nadie creerá el cambio sin hechos. Un caballero debe hacer visibles sus intenciones con los demás para no ser considerado un fraude. Y me temo que siempre lo has sido, no solo para tu padre, sino para todo el mundo.

La fuerza con la que mantenía la conversación se evaporó de un plumazo. Si la rabia me había dado ferocidad en algún momento, ya no había ni un ápice de ella en mí. Era como si toda la valentía que acumulé en mi interior no existiera.

Albert acomodó su diestra en mi hombro. Noté el apretón. Firme y decidido. No sé si esperaba infundirme ánimos o recordarme que todo estaba perdido.

—Los Brighton darán una fiesta el próximo viernes —anunció él cerca de mi oído—. Puede que sea una buena oportunidad para crear los cimientos de tu mentira, si es que puedes levantarlos por ti mismo.

—¿Por qué me lo cuentas?

—No tienes aliados, Jaime. —Hizo una breve pausa—. Nadie dijo que no pudieras tener conocidos.