Capítulo 5
E l conde Lifford, en busca de ganarse el favor del rey, había decidido hospedarnos en su residencia principal en Mayfair.
El revuelo que se generó en relación con nuestra visita y la aceptación del monarca creó cierta incomodidad entre la aristocracia.
Según me había dicho Nikolas, el favorito para dejarnos su hogar fue nada más y nada menos que el actual duque de Norfolk.
Pero, tras las súplicas de aquel hombre, demacrado por el paso del tiempo y la cantidad de deudas que se agolpaban a su espalda, eso supuso un acto de misericordia para el monarca, que decidió apostar por su hospitalidad.
La mansión no decía demasiado desde su exterior.
Era de un tono oscuro, como si el paso del tiempo hubiera mermado tanto en sus paredes que la humedad dibujaba sombras sobre ella.
No fue mucho mejor en la planta inferior, donde las velas iluminaban lo justo y necesario.
Me recordó a las noches de tormenta, donde nuestra madre se unía a nosotros en nuestra alcoba para acallar nuestros sollozos.
Aprovechaba la oscuridad de la habitación para contar historias, que conseguíamos imaginar en cuestión de poco rato.
Y los momentos más tenebrosos de la madrugada se convertían en los que siempre deseábamos repetir.
—¿Me estás escuchando, Penélope Claudina?
La voz de mi hermano me sacó de mi pequeña ensoñación.
Llevábamos pocos días en Londres y aún no había tenido el placer de cruzarme con Nikolas, así que el muy descarado había aprovechado para abrir las cortinas de mi alcoba para despertarme.
Como no tenía intención de levantarme de la cama, llenó una copa de agua fría y me la echó a la cara, ganándose una pataleta por mi parte.
Amber había intentado aliviar mi mal humor cepillando mi larga cabellera con tanto mimo que acepté que me hiciese un medio recogido trenzado que cayese por mi espalda.
Preparó un pequeño desayuno con té, huevos escalfados y los pasteles de merengue que tanto me gustaban.
Pero el índice acusatorio de Nikolas señalándome mientras intentaba comer me sacaba de quicio.
—Sí, hermano.
—¿Qué acabo de decir?
—Que la próxima vez serás más cortés si no quieres que el golpe de Estado lo provoque yo. —Sonreí de oreja a oreja con tanto cinismo que él suspiró—. ¿Esperabas una disculpa? No estoy de humor para pronunciarla. No sé cuál será el motivo, la verdad.
—¿Cuándo comprenderás que es peligroso que salgas sin escolta?
—Tuve cuidado —aclaré dejando mi taza de porcelana a un lado, con desgana—. No me vi envuelta en ningún problema.
—Solo disparaste el arma de Andrew y te metiste en una pelea. Nada nuevo en tu historial de imprudencias.
Mi mirada se centró en Amber, que encogió los hombros en una silenciosa disculpa. Sabía bien que se preocupaba de mi bienestar, pero si Nikolas tenía la capacidad de sacarle la verdad no me servía de nada que me acompañase.
—Si fuera por ti me tendrías escondida en una cajita de cristal —le recordé sin temer su ceño fruncido—. Entiendo mi posición. Soy una princesa que no heredará jamás tu lugar. Entonces permíteme hacer todo cuanto desee.
—Con cautela, Pen.
Su ceño se fue suavizando de manera paulatina, como si toda la ira se hubiera esfumado.
Se inclinó sobre mi silla, impidiendo que siguiera jugueteando con el pastel; apoyó su frente sobre la mía, dejando escapar todo el aire conteniendo en sus pulmones.
Y fue suficiente para que mi molestia fuera mitigando poco a poco.
—Seré invisible para toda persona que quiera usarme en su interés.
—Sé buena, correcta y educada —enumeró mi hermano como siempre hacía—. Cada una de esas características proporciona inteligencia.
«No lo creo así», pensé, pero no le di voz para no contradecirlo.
—¿Cómo va la situación en la Cámara?
Nikolas se alejó en cuanto toqué el tema, arrastró la silla más cercana a mí y se sentó cruzando su pierna sobre la otra. Odiaba que me inmiscuyera en la política de un país; decía que no era propio de una mujer.
—Hay un gran revuelo con la destitución de un caballero —comentó con cierto interés—.
Parece que el conde de Rutherford estuvo implicado hace diez años en un asesinato que no quedó demasiado claro.
Y ahora se ha encontrado parte de las joyas de la joven que murió.
Su hijo es el siguiente heredero y al parecer no es demasiado querido entre la aristocracia.
Se rumorea que el rey pretende quitarle su título.
—¿Puedo saber el nombre de mi caballero caído?
—Jaime. Jaime Rutherford.
Abrí los labios mostrando mi sorpresa, pero intenté fingir un bostezo para que Nikolas no se percatara de ello.
Estaba realmente sorprendida. El destino era tan caprichoso que no era la primera vez que sabía de aquel caballero herido que encontré en el callejón de Londres.
La curiosidad me susurraba que investigara acerca de aquel pobre diablo triste y acobardado, pero aún no tuve el placer de hacerlo.
—¿Puedes opinar sobre ello?
—No tiene nada que ver conmigo —respondió sin más—, pero no me fiaría. Entendería la posición de los demás de quererlo fuera de la Cámara: si su padre era un cobarde sin escrúpulos, su hijo no será diferente.
—Un hijo puede compartir sangre, pero no tiene escrito en ella que tenga intención de seguir los pasos de su padre.
Dejé la cuchara, aburrida de destrozar el pobre pastel sin llevármelo a la boca.
La conversación había empezado a incomodarme, pues sabía lo drástico que podía ser mi hermano cuando se trataba de tropezar.
Siempre decía que fallar era sinónimo de derrota y nosotros nunca lo haríamos.
Pero yo no estaba de acuerdo. La naturaleza humana tendía a fallar continuamente.
Si la perfección existiera en cada aristócrata, no anhelarían más poder.
—Si es así, nuestra familia tiene una fama ejemplar —comencé a decir con aquel tono que tanto le desagradaba; delicado y un pelín soberbio—.
Nuestro padre consiguió acabar con Napoleón.
Ninguno de nuestros hermanos ha estado involucrado en ningún conflicto.
Entonces ¿por qué no puedo ser parte de la Cámara?
—Porque solo pueden sentarse en ella los hombres.
—Es injusto.
—Tus ideas destrozarían el mundo, Penélope —advirtió mi hermano, pellizcándose el puente de la nariz—. No solo me has hablado de que una mujer debe tener el derecho de marcharse si un hombre la hace infeliz. Me has pedido que tu hermana Sophie publique un libro, como si fuera...
—¿Una mujer con inteligencia? —Terminé yo sabiendo que podríamos acabar en una discusión—.
¿Tanto miedo causa a los hombres como tú que una mujer pueda ser lista?
Lamento decirte que nuestra hermana posee mucha inteligencia, pero prefiere actuar como si fuera tonta.
Lástima que se calle cuando no debería hacerlo.
—Entiendo que te frustre la situación.
—¡Por supuesto que lo hace! —enfaticé molesta. Moví las manos de arriba abajo para dejarle claro lo mucho que me enfadaba—. La labor de una mujer es solo un complemento para los hombres. Si yo entrara a la Cámara, al menos nuestra hermana...
—No va a pasar, así que olvídalo.
No pude evitar torcer los labios en un mohín molesto.
Mi institutriz me había advertido en más de una ocasión que mostrar las emociones no proporcionaba beneficio, sino una profunda vergüenza a nuestro futuro marido.
Pero a mí poco me había importado; prefería no perderme entre las florituras de una sociedad que no me aceptaba.
—Tengo tiempo de demostrar cuánto te equivocas.
—¿Acaso has encontrado esa herramienta tan eficaz que necesitas para ganar nuestra apuesta?
Ladeé la cabeza de manera inocente. No necesitaba hablar demasiado de mis intenciones.
Si la primera noche me había escabullido de la mansión para conocer la zona no fue por mero capricho, sino para admitir cuánto deseaba tocar lo prohibido.
GreenHorse me miraba desde la otra acera con orgullo e impenetrabilidad.
Poco me importaba no ser un caballero para entrar en él.
Tarde o temprano lo conseguiría. Y, si no era allí, sería en un salón exclusivo para ellos; me aburría sobremanera estar con madres primerizas y con bebés que no dejaban de llorar.
—Dicen que la venganza se sirve en plato frío, Nikolas —susurré con suavidad—. Y no suelo aceptar una apuesta sin saber que voy a ganarla.
Él me observó largo y tendido, como si esperara que mis ojos grises mostraran debilidad cuando no pretendía tener ninguna contra él.
Atrevida, como siempre lo era, cogí su diestra solo para hacerme girar con ella en un silencioso baile.
Apoyé la espalda en su pecho, admirando la ridícula decoración de cuadros familiares que no mostraban ni un ápice de vida.
—¿Vamos a empezar una guerra por un capricho, hermana?
—Pensaba que no lo dudarías.
Nikolas suspiró.
—Vas a ser mi peor dolor de cabeza, Penélope.
—Lo seré.