Una dulce propuesta para un conde Capítulo 4
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Capítulo 4

N o tenía a nadie.

Me di cuenta de ello cuando conseguí llegar a Harrowshire y mi madre puso el grito en el cielo.

Lo supe porque, a pesar de los golpes que recibí noches atrás, nadie vino a mi hogar para saber si me encontraba bien.

Mi padre había conseguido que, poco a poco, nos convirtiéramos en unos apestados de la sociedad.

Si desaparecíamos de un día para otro nadie lloraría nuestra pérdida, pues él se había encargado de determinar nuestro destino.

Ese hecho podría haberme hecho más fuerte, pero me asusté.

Notaba el peso de mi familia hundirme los hombros, como si unas manos invisibles apretaran hasta dejarme marcas en la piel.

Me pasé los días siguientes al incidente del GreenHorse sentado en el sofá favorito del conde de Rutherford, pensativo y demacrado.

El papel que había tomado en poco tiempo era demasiado grande para mí.

Cada vez que lo pensaba, notaba un nudo en el pecho, dejándome casi sin respiración.

Pero tenía que existir una solución. Alguien escucharía que las decisiones de mi padre no tenían nada que ver con nosotros. Y ¿qué pasaría mientras tanto?

«No enseñé a mi hijo a comportarse como una niña asustada cada vez que la vida le hace frente. Eres un Rutherford. Tienes una responsabilidad conmigo y con la familia».

La voz de mi padre hacía eco en mi cabeza. Me recordaba que tenía un deber con él ahora que estaba en la cárcel. No podía escaquearme. Tampoco tenía la oportunidad de justificar que me había pasado la vida en la biblioteca para no escuchar sus largos discursos de cómo ser un verdadero hombre.

¿A quién podía recurrir para que me extendiera la mano?

La dulce carcajada que resonó en el callejón volvió a mis oídos una vez más. Mi mirada se perdía en la danza de las llamas que crepitaban en la chimenea. Pero yo seguía apoyado en la pared, jadeante, con la sensación de que mis músculos se desgarrarían si me movía demasiado.

El repiqueteo de aquellos pequeños pasos me erizó la piel.

Pensaba que mi final estaba cerca. Nadie daría un disparo al aire si no tuviera bien controlada la situación.

Pero allí estaba esa mujer; con la seguridad adherida a su cuerpo como una segunda piel.

Incluso bajo la oscuridad de la noche, donde apenas vislumbraba más allá de su voz.

—¿Cómo te encuentras?

La voz de mi madre me sacó por completo de mi ensoñación, di un respingo y me pellizqué el puente de la nariz con una mezcla de confusión y timidez.

—No deberías estar levantada —la amonesté sin ni siquiera mirarla—. El médico me ha comentado que tenías algo de calentura y que debes reposar.

Molly Rutherford no contestó de inmediato, hacía todo lo posible para llegar hasta donde yo me encontraba, fingiendo estar en plena forma.

Podía escuchar su respiración jadeante, la ligereza con la que arrastraba sus pies y los pequeños descansos que hacía durante el trayecto de la puerta hasta el sofá.

—Una madre no puede dormir en paz si su hijo ha recibido una tunda que apenas le permitía mantenerse en pie.

—Mamá —protesté. Sus largos y finos dedos me acariciaron los mechones que salpicaban mi coronilla. Con la mano libre se sostenía tras de mí queriendo parecer impenetrable cuando no era cierto—, no debemos fingir que todo está bien.

—Fuiste a ver a tu padre, ¿no es cierto?

Elevé mi mentón para encontrarme con su mirada violácea, ahora más apagada por la cadena de sucesos que estábamos viviendo.

—Desea que lo saque de prisión —comencé a decir con lentitud, no quería que alzara la voz y protestara por los deseos de mi padre.

Solo necesitaba que me escuchara unos instantes—.

Cree que Albert Digory sigue siendo un aliado para él, pero GreenHorse ha vetado su nombre, como imaginarás.

Necesito aliados. Necesito solucionar todo este tinglado antes de que...

—No tienes que hacer nada, no lo has provocado tú.

«Ahí está una vez más el lado maternal que adoro de ella y que siempre utilizo para esconderme del mundo», pensé con frustración.

—No tenemos dinero suficiente para mudarnos —le recordé con cautela—. Dentro de su despacho aún hay joyas de la fallecida mujer de Stanley. No las utilizaré para sobrevivir. Es volver a empañar su memoria una vez más. Por el momento podemos costear la residencia y tu tratamiento.

—Podemos obviar eso último.

—No —negué en rotundo—. Prefiero vivir en el jardín o en un escondrijo de la biblioteca antes que perderte.

—Mi amor —susurró con dulzura mientras se acomodaba en el sofá que tenía a mi izquierda.

Su diestra cogió la mía y se me encogió el corazón al notar cómo ardía su piel—.

Podemos marcharnos lejos de Londres. No debes demostrarle a tu padre que eres el hijo que deseaba tener. Eres perfecto tal y como eres, Jaime.

Me encantaría decirle que me parecía suficiente.

De hecho, siempre me lo había creído cuando era un niño.

Pero no podía esconderme detrás de ella mientras escribía misivas a algún familiar lejano para que nos acogiera.

Tenía que lidiar con la situación, al menos de manera temporal, hasta que mi padre saliera de prisión.

La mirada de Diane Redfield vino a mi cabeza. Recordaba su gesto de dolor cuando, de niño, la ayudé a salir de Harrowshire. Nadie pareció darse cuenta de que tenía la frente perlada por el sudor; que no dejaba de moverse desesperada en su asiento hasta que una mancha roja coloreó su vestido.

Tenía sobre unos ocho años o nueve años cuando se celebró aquella fiesta en la que murió Odette Stanley. En la que nuestra vida se tambaleó y en la que una joven Diane luchaba por la vida de un bebé que nunca llegó a nacer.

¿Y si ella me brindara una oportunidad?

Su hermano, el actual duque de Redfield, poseía una gran influencia en Londres.

Quizá, si conseguía que me escuchara, podría dejar de vender mis colecciones más preciadas para tratar a mi madre.

No era porque echara de menos lo material, pero llegaría el momento en el que no tendría nada más que vender.

—La perfección es una irrealidad, mamá —dije mientras me levantaba de mi asiento.

Me sacudí un poco el traje, como si volviera a estar sucio y desgarrado; mantenerme de pie durante bastante tiempo iba a ser complicado, pero debía intentarlo—.

Tengo que tratar un asunto. Vuelve a la cama, te llevaré un té con miel más tarde.

—¿Dónde vas?

—A buscar oportunidades.

Redfield Hill House parecía estar ardiendo a mediodía.

El viento azotaba con tanta ferocidad las amapolas que rodeaban sus tierras que su danza era similar al movimiento de las llamas.

Noté un ligero pellizco en el vientre mientras el carruaje se acercaba a la mansión.

No era tan grande como Harrowshire, pero las cuatro columnas decoradas con las espirales de capitel le proporcionaban tanta elegancia como respeto.

No conocía demasiado la historia de la familia Redfield, solo sabía que se criticaba la forma en la que se educaba a sus hijos.

Diane y Julian fueron formados como iguales, sin importar su género ni edad.

Tampoco se privó a la más joven de elegir un esposo, aunque saliera mal.

Eran libres dentro de nuestra sociedad. Como si las protestas fueran invisibles para ellos.

—Bienvenido a Redfield Hill House —susurró el ama de llaves que me esperaba a los pies del carruaje—. Me temo que el señor Redfield no tenía ninguna reunión hoy.

Incómodo, miré alrededor. Desde mi posición, la planta superior de la mansión me pareció mucho más terrorífica, como si alguien tras las cortinas estuviera esperando una respuesta equivocada de mis labios.

—En realidad venía a ver a su hermana Diane. ¿Puede decirle que Jaime Rutherford necesita verla con urgencia?

Aquella mujer me escrutó con la mirada, no parecía demasiado contenta de que viniera a ver a la pequeña de los Redfield, pero se limitó a asentir antes de entrar en la mansión.

Esperé durante largos segundos que parecieron convertirse en horas.

No me gustaba estar en medio de la nada, deslizando mi mirada de izquierda a derecha por si era atacado de nuevo.

Sabía que mi aspecto no era el más agradable debido al tono violáceo de mi ojo y la herida de mi labio, pero no podía esperar hasta que mis heridas cicatrizaran.

Las dobles puertas de la mansión volvieron a abrirse, no sé si esperaba que aquella mujer hubiera dulcificado su ceño fruncido.

Lo único con lo que no contaba era que el mismísimo Julian Redfield saliera de sus dominios para recibirme en la puerta.

Llevaba un traje de corte italiano blanco, con una chaqueta larga por la espalda y ajustada con botones dorados a su pecho.

Apretaba los puños con fuerza, pues tenía los nudillos blancos de tanto contener sus ganas de que me marchase.

—¿Qué estás haciendo aquí, Rutherford? —La pregunta de Julian no era curiosa, sino certera y fulminante—. Nadie ha mandado una invitación de Harrowshire.

—Deseaba ver a Diane —respondí con sinceridad—. Sé que han pasado muchos años de lo sucedido, pero me gustaría...

—Mi hermana no necesita este tipo de... círculos . —Su última palabra me resultó tan cargada de veneno que no pude evitar encoger los hombros—. Te agradecimos lo que hiciste por ella hace diez años. No me gustaría revivir sus recuerdos más difíciles.

—No lo pretendo, duque —aseguré dando unos pasos hacia adelante, algo nervioso por su postura, pero tuve que alejarme de manera inmediata—.

Entiendo que mi situación no es la más privilegiada en estos momentos.

Usted conoce al marqués de Cornualles, por lo que imagino que ya sabe que mi padre estuvo implicado en el asesinato de su primera esposa.

No pretendo justificar su implicación, pero mi familia está al borde de la crisis y pensaba...

—Escúchame bien, Rutherford. —Julian elevó su dedo índice en señal de advertencia, lo apoyó en mi pecho de una manera tan punzante que me encogí—.

Fue decisión tuya ayudar a Diane ese día.

No esperes un favor a cambio por tu buena voluntad.

Mi hermana necesita estar tranquila. Ha sufrido suficiente para que abras sus heridas del pasado.

—No deseo eso.

—Entonces si le tienes un poco de estima, desvincularás su vida de la tuya.

Me mordí el labio inferior con frustración.

Jamás olvidaría la mirada repleta de agradecimiento de Diane mientras se sostenía en mí, adolorida.

Aún recordaba su media sonrisa, los pequeños quejidos que hacían eco en la parte trasera de la mansión para poder marcharse sin ser vista.

Pero si mi presencia abría las heridas de esa noche, prefería no ser egoísta y retirarme de manera inmediata.

Si algún día deseaba volver a coincidir conmigo, la recibiría con la misma sonrisa que ella me dedicó en su peor momento de vulnerabilidad.

Lo que yo necesitara en ese momento para que mi mundo no cayera a mis pies poco importaba.