Capítulo 3
—¡E sto es una locura, Su Alteza!
Los pequeños pasos de Amber a mis espaldas me parecían similares a los de un patito detrás de su madre: torpes y apresurados.
Mis zancadas fueron más amplias, como si utilizara la distancia con mi sirvienta para disfrutar solo un poco de su frustración.
Pero era cierto que lo hacía.
La situación no podía parecerme más divertida, especialmente desde que había dado esquinazo a Nikolas y nos apresurábamos por los callejones de la capital británica en busca de un poco de diversión.
—Si su hermano se entera de que hemos salido a hurtadillas, nos llevaremos una buena reprimenda.
—Querrás decir que tú te la llevarás, ¿no es así?
Mis palabras debieron ser como un jarro de agua fría para ella.
Llevábamos tantos años juntas que prácticamente nos habíamos visto crecer la una a la otra.
Amber conocía a mi familia lo suficiente para tener un voto de silencio a nuestro favor, pero cualquier inconveniente podía suponer una consecuencia para ella.
Curiosa, giré la cabeza, ganándome una mirada repleta de frustración, que solo intenté suavizar con una tenue sonrisa.
—De acuerdo —susurré a modo de derrota—. Sé que no es propio de alguien como yo tal contestación, pero estamos en Londres, lejos de las directrices de mi familia. ¿No es el mejor momento para derrocar la soberbia de Nikolas y su ridícula apuesta?
—¿Una princesa no debería hacerlo desde su seguro palacio?
—Solo aquellas que no sienten curiosidad. —Chasqueé la lengua, ganándome un suspiro por su parte—. Me temo que yo no soy de ese tipo.
Amber prefirió guardar silencio, sabía que tenía la batalla perdida conmigo y más cuando era mi primera vez fuera de Viena. Londres contaba con miles de secretos que ansiaba descifrar: rutas, personas con influencia y, especialmente, anhelaba que mi voz fuera escuchada.
Mi institutriz me había advertido en más de una ocasión que una dama no debía salir sola durante la noche.
La promiscuidad no era una característica que conjuntara demasiado bien con una princesa.
Quizá mi lugar en la familia real me proporcionaba privilegios para no ser rechazada por la sociedad, pero no significaba que pudiera deshacerme de cada consecuencia de mis actos: si no era una mujer casada debía ir acompañada de mi carabina, sino de mi esposo o de un hermano.
Y, a pesar de que sabía bien qué debía realizar una mujer, me limité a hacer todo lo que me viniese en gana.
¿Acaso las oportunidades no estaban para aprovecharlas?
Los callejones cercanos a GreenHorse, un club de caballeros conocido en la ciudad, parecían detenidos en el tiempo.
La luz de las lámparas de gas apenas dibujaba unos pequeños claroscuros en la parte más oculta, como si los monstruos dormitaran en la parte más lejana de la calle principal; en un profundo sueño que nadie quería interrumpir.
Unos jadeos captaron mi atención. Mi corazón se emocionó y preocupó a partes iguales. Le hice un gesto a Amber para que se mantuviera en silencio: si se trataba de una pelea era mejor no intervenir.
Con la capa cubriendo nuestros rostros y el ligero pisar de nuestras manoletinas intentamos pasar desapercibidas.
El sonido de los golpes haciendo crujir piel y huesos me provocó un escalofrío.
Era consciente de que no debía mirar, que poco tenían que importarme las amenazas ni los quejidos de aquel hombre escondido entre sus matones.
Quizá era un estafador que se estaba llevando su merecido, o solo un pobre diablo que tenía demasiadas deudas para hacerles frente.
Sin embargo, mi curiosidad se acentuó, no porque fuera una víctima de aquellos hombres que lo rodeaban, sino porque se daba por derrotado sin ni siquiera levantar un brazo.
Durante mi vida había conocido a muchas personas influyentes. La mayoría de los caballeros que pisaban el palacio de mi familia solo tenían la intención de encontrar su lugar en la corte; un buen fondo que hacer crecer, o un matrimonio viable.
Era una de las primeras veces que una persona del sexo opuesto me parecía débil y vulnerable; como si hubiera perdido las ganas de vivir.
—¡Penélope! —dijo Amber captando mi atención—. Tenemos que salir de aquí inmediatamente.
—Ese caballero parece estar en problemas.
—Lamento decir que nuestro objetivo esta noche es salir ilesas de su improvisada expedición. —Amber tiró de la manga de mi vestido. Era una señal que me advertía que su paciencia empezaba a crisparse—. No salvar a un desconocido que puede ser peligroso.
Amber tenía razón. No conocía de nada a aquel individuo para que me llamase tanto la atención.
Ni siquiera podía ver desde mi posición un poquito más de él que no fuera su cara amoratada y llena de golpes.
Pero me parecía una injusticia. Una similar a la que vivían las personas que se encontraban en el último escalón de nuestra jerarquía.
Y consideraba un despropósito que un título pudiera definir a la persona y no sus logros.
Aunque, en cierta manera, me aprovechaba de ello.
El ligero chasquido que escapó de mis labios hizo que Amber se santiguase a mi lado.
Sabía bien que no tenía solución, que haría y desharía a mi antojo si así me lo decía mi instinto.
Removí las manos bajo mi capa de terciopelo rojo en busca de la única herramienta que me hacía sentir segura: podía parecer ilusa cuando salía sin ningún guardia a mi alrededor, pero consideraba que estaba preparada para enfrentar cualquier inconveniente.
El calor del metal me hizo cosquillas en la yema de los dedos.
La sostuve con mi diestra notando mis emociones a flor de piel.
Era una pequeña pistola de chispa de la colección de uno de mis hermanos; heredada por mi padre y con una gran historia en la guerra que las almas ajusticiadas con ella parecían gritarme entre las manos.
Ignoré los sollozos que reverberaban en mi mente. No debía importarme si su precisión había sido certera o solo una mera ilusión. Lo único de lo que estuve segura fue de alzarla al aire, provocando que Londres guardara un ensordecedor silencio.
—¿Un disparo? —preguntó uno de ellos buscando al causante.
—Debe ser algún malnacido que cuenta con su favor —maldijo otro entre dientes.
Aproveché que acortaba la distancia con nosotras para tomar la mano de Amber y escondernos en el callejón—.
Maldita sea... Espero que haya quedado claro, Rutherford.
No eres bienvenido al GreenHorse ni a ningún rincón de Londres.
No hubo respuesta. Tan solo se alejaron, como si hubieran acabado un trabajo bien hecho. Mantuve a Amber a mi lado, sabía que le aseguraría a Nikolas que le daría un infarto junto a mí, pero solo le susurraba que me diera una de sus tantas oportunidades.
Un profundo quejido volvió a ser prioritario en aquel trocito de oscuridad.
Se mezclaba con una respiración agitada y tal cantidad de palabras que ni siquiera era capaz de comprender.
Podría haber saciado mi instinto de supervivencia dándole una segunda oportunidad a aquel malnacido, pero necesitaba un poquito más de aquella adrenalina.
Me importó poco mi posición, mi locura de aquella noche e incluso el calor que aún sentía en la mano con la que había disparado.
Quería saber de quién se trataba.
El repiqueteo de mis pasos pareció alertarlo.
Apoyó su espalda en la pared, como si quisiera recomponerse de la paliza que le habían propinado.
Tenía un aspecto lamentable para llevar un traje de muselina de calidad.
En mi mente, aquel malnacido, pues no había visto más que los golpes que le daban en la cara.
Pero me sorprendió que su media melena oscura cayera despeinada a ambos lados de su cabeza; que su destacable altura, bajo la sombra de la noche y agazapada en el suelo, no dibujara signos de encorvamiento.
De hecho, parecía bastante joven y temblaba ligeramente como un niño asustado.
—¿Q-qué quieres de mí?
Su pregunta me pilló desprevenida. Esperaba un insulto relacionado con mi sexo.
Una amenaza demasiado grande para esa boca jadeante, pero jamás que yo podría querer algo de él.
Mis labios se curvaron hacia arriba en un gesto tan divertido como cargado de intenciones.
Me incliné en su dirección con una mano extendida en una silenciosa ayuda a la que no pensaba dar voz.
—Me ha parecido que necesitabas auxilio.
Él rio. Lo hizo con tanta sencillez que me contagió. No supe cuál fue su motivo para ser feliz cuando lo habían molido a golpes, solo veía que se aferraba el costado entre risas; balbuceaba e intentaba encontrarme en la oscuridad.
—Diría que necesito demasiado.
Su mano se entrelazó a la mía mientras me agradecía el gesto. Fue difícil que se mantuviera en pie, pero una vez que se puso a mi lado, me di cuenta de que nuestra diferencia de alturas era bastante notoria.
¿Cómo era posible que un hombre tan grande hubiera sido tumbado como el mismísimo Goliat?
—¿Necesitas que avise a un carruaje para que te lleve a casa?
—Tu nombre —dijo con la voz rota, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse de pie—. ¿Puedo saber quién ha sido la valiente que ha roto el cielo por mí?
—Penélope —respondí sonriente—. Aunque creo que mi pistola no tiene la fuerza suficiente para romper el firmamento.
—A mí me ha parecido que caían las estrellas e incluso que sería mi final.
No pude contener demasiado mi carcajada. Su tono era una mezcla de seguridad y miedo, como si hubiera estado convencido de que moriría en ese preciso instante.
—¿Puedo saber el nombre de mi caballero caído?
—Jaime. Jaime Rutherford.
—La vida te ha dado una segunda oportunidad, Jaime —dije con un ápice de picardía en mi voz—. O puede que ahora me pertenezcas y estés en deuda conmigo.
—¿Y será así? Porque no es la única a salvar, por lo que tengo entendido.
Me puse de puntillas para admirar con horror su labio partido, los pómulos hinchados por los golpes y el ojo izquierdo que apenas podía abrir. Parecía un cuadro. Uno repleto de agonía. Aunque me daba la impresión de que su dolor era mucho más profundo que la sangre reseca que caía de su nariz.
—Entonces espero que no la olvides, pues suelo ir armada.
—La recordaré si volvemos a encontrarnos, Penélope.
—Lo haremos —le aseguré—. Nadie tiene la oportunidad de encontrarse conmigo y no saldar sus asuntos pendientes.