Una dulce propuesta para un conde Capítulo 2
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Capítulo 2

E l GreenHorse era el lugar donde todo caballero de Londres huía de sus problemas.

Mi padre siempre solía estar allí, pululando alrededor de Lucas Watts a una distancia prudente y en continua alerta.

Yo no era muy partidario de pasar las noches fuera de Harrowshire.

No encontraba la diversión en la bebida, tampoco en el placer carnal que arrastraba a los hombres a no volver a casa.

Disfrutaba de un buen libro. De las continuas historias de mi madre cada vez que pasábamos tiempo juntos al lado de la chimenea.

De sus sueños, que quedaron opacados bajo los deseos de mi padre y a los que nunca daba voz porque, según ella, no merecía la pena.

Me gustaba la vida. Me agradaba transitar cada trocito de ella como si se tratase del pétalo de una flor. Así, me deleitaba con cada detalle que pasara inadvertido para los demás y que, para mí, resultaba especial.

Cuando el carruaje se detuvo frente al club supe que mi rutina de cabalgar por Harrowshire a primera hora de la mañana debía esperar.

A nadie le importaba si mi forma de organizarme el día me hacía feliz, la única prioridad era que Albert Digory, uno de los socios de mi padre, quisiera escucharme antes de mandarme al infierno.

Pero no tenía opciones si deseaba que todo volviera a ser como antes: necesitaba que el conde volviera a casa.

—¿Lo espero, milord? —dijo Mortimer, nuestro cochero, cuando me vio apearme del carruaje—. Quizá sea su noche.

—No es necesario —respondí con una sonrisa afable que solía utilizar con todo el mundo—. Vuelve a casa, Mort. Ha sido un día largo, ¿no crees?

El rostro repleto de arrugas de Mortimer se relajó con mis palabras.

Cuando era niño temía que su aspecto encorvado fuera el disfraz de uno de los monstruos de mi niñez.

Pero su nariz en forma de bota y la tos que le hacía convulsionar debido a su adicción a los puros hablaban de un hombre conformista que buscaba un jornal para seguir manteniendo sus vicios.

—Tiene razón, pero siempre hay que cuidar de los niños.

«Imagino que ese debo ser yo», pensé con cierta frustración, pero no sería el primero ni el último que me tenía bajo su ala para que no terminara en problemas.

Deseché cada una de mis incomodidades cuando apoyé la diestra sobre la puerta y tiré de ella. Nadie debía percatarse de que era mi primera vez en el club; que estaba perdido en una situación que no tenía ningún entusiasmo por vivir.

Una bofetada de humo me impregnó las fosas nasales, tuve que contener el deseo de toser bruscamente para que nadie se diera cuenta de mi presencia.

Lo único que había aprendido cuando era observado por los demás consistía en elevar el mentón y fruncir el ceño para parecer peligroso.

Mi mirada se deslizó con fingida impaciencia alrededor de la barra, buscaba a Albert con la desesperación de un niño que quiere volver a casa, pero apretaba los puños para recordarme que no podía serlo en esos momentos.

Los caballeros de la barra se giraron para comprobar quién era el forastero, me miraban fijamente con una sonrisa de oreja a oreja.

No necesitaba saber qué decían para reconocer que la mofa recaía en mí como de costumbre.

Intenté hacerme paso entre partidas de cartas a medio terminar; entre negocios que solo necesitaban un último estrechamiento de manos para cerrar el trato.

Apoyé los codos sobre la madera que me separaba del camarero y apreté los dientes para no pedir un vaso de agua.

—Oporto —dije sin más.

El olor a alcohol me hizo engurruñir la nariz, prefería mil veces un poco de agua con limón que conseguía saciar mi sed a sentir el regusto dulzón de la bebida en el paladar.

Sin embargo, le di un trago para aliviar los nervios, aunque no sé si lo conseguí o difuminó un poco más mi visión del lugar.

—Pero mirad a quién tenemos aquí.

Owen Bowers era el único barón que tenía un asiento en el Partido Liberal.

Siempre había tenido una gran rivalidad con mi padre.

La mansión donde vivíamos, Harrowshire, era conocida por alquilarse por temporadas.

Solían hacerse los mejores bailes, eventos, e incluso la monarquía extranjera pasaba su estancia allí.

Sabía de primera mano que sus jardines eran una auténtica delicia visual.

El dulce olor de los rosales se mezclaba con las primeras gotas de rocío de la mañana y provocaba tal paz en mi corazón que rogué a mi familia extender nuestro periodo allí todo el tiempo posible.

Para muchos era símbolo de prepotencia, para mí era libertad.

Porque a nuestro alrededor no había nadie que pudiera juzgarnos; teníamos un trocito de mundo para nosotros.

—Bowers —saludé con cordialidad. Mis dedos jugueteaban con el cristal de mi copa. No tenía intención alguna de avivar unas rencillas que no eran mías.

—Dicen que no sales de Harrowshire —continuó con ese tono lleno de sorna que no me sorprendía en absoluto.

Owen se puso de espaldas a la barra, demostrándome que su posición privilegiada, a pesar de su título, iba unida a la cantidad de aliados que tenía tanto dentro como fuera de la Cámara—.

¿Debemos entender que es tu madre quien lidera ahora a la familia Rutherford?

—Si fuera así, parte de Londres estaría en llamas —respondí sin ni siquiera pensar, adoraba lo suficiente a mi madre para que nadie dijera una mala palabra de ella—.

La inteligencia de una mujer supera a la de todo caballero, pero no podremos saberlo ya que se encuentra indispuesta. Así que la situación es solo mía.

Owen acortó la distancia conmigo. Era amenazante, como si quisiera recordarme que estaba solo en un mundo en el que apenas me había movido. Sus ojos marrones me advertían que me encontraba en peligro, porque ninguno de los presentes iba a mirar en mi favor.

—¿Seguirás aprovechándote del legado de la pobre Odette Stanley?

Su pregunta me erizó la piel. Recordaba a la perfección a la primera esposa de Arthur Stanley.

Una joven dulce que había vivido su niñez en Cornualles al lado del muchacho que sería su marido; tenía un gran ingenio para la creación de joyas.

Y el mero capricho de un hombre había acabado con su vida en Harrowshire, como si su intelecto solo sirviera para ser un inconveniente para los demás.

Era muy joven cuando la muchacha murió. Su muerte fue el declive que llevó a nuestra familia a estar en el punto de mira.

—Lo que ocurrió fue una tragedia en la que yo no tuve nada que ver —me defendí como si realmente necesitase aclamar que era inocente—. No quiero problemas, Bowers, solo estoy buscando a alguien.

—¿Y el dinero que tu padre nos debe?

Uno de los hombres que jugaba a las cartas arrastró su silla para levantarse.

Su altura era mucho más destacable que la mía.

Alto, de espalda ancha y media melena que acariciaba sus hombros.

Por más que rememoraba en mi mente, no conocía a aquel caballero, pero él parecía estar muy puesto en mi familia.

Su ceño fruncido y la forma en la que estiraba su cuello me alertó lo suficiente para que mi cuerpo se tensara.

—Estoy encargándome de Harrowshire, lo único que busco es...

—¿Y las deudas? —me cortó de manera abrupta.

Un nuevo gesto hizo que sus acompañantes se levantaran de sus lugares, el poco oporto que había bebido me supo amargo en la garganta—.

Rutherford solo era un cobarde; el perro de Lucas Watts hasta que el marqués de Cornualles decidió pararle los pies.

¿Crees que se limitó a observar y a cumplir órdenes?

Ese nivel de vida no es propio de un conde.

—M-mi padre no tenía...

«Cálmate, no muestres tus debilidades».

—¡Me debe cien de los grandes! —protestó otro, la distancia se reducía a cenizas; dejaba de ser una advertencia y se convertía en una completa amenaza—. Y ahora me los darás tú en su nombre. Ese pobre diablo se ha librado de saldar todo lo que tiene fuera, pero tú lo pagarás con creces.

La tensión comenzaba a palparse en el ambiente, el entorno tranquilo donde todo caballero pasaba su pequeño tiempo de placer había pasado a un segundo plano.

Tan solo yo me había convertido en el blanco de unos, mientras los demás alertaban a uno de los hombres del dueño para que toda disputa quedara fuera de su club.

Aproveché ese instante para salir a la calle, necesitaba respirar el aire negruzco de Londres.

Mortimer, como le había pedido, se marchó a casa dándome tregua para saldar los problemas de mi padre.

Me lamenté por ello al no ver ningún carruaje por la avenida, así que aproveché uno de los callejones contiguos al club para ir en busca de uno.

La noche me convertía en una sombra más de la capital británica; una repleta de secretos que solo quería adherirse a la pared de cada edificio.

Mientras mis pasos me advertían que la salida estaba cerca, tras mis pies sonaban unos mucho más aterradores.

Los condes no solían meterse en problemas, al menos de una forma tan directa, pero cuando alguien aferró con fuerza mi diestra supe que no podría escapar de la situación.

—No eres bienvenido, Jaime Rutherford —me advirtió una voz, no sé si fue Owen o solo un canalla que deseaba obtener unas monedas asustándome.

Tan solo zarandeé mi cuerpo sin éxito, ganándome un golpe en la espalda que me dejó sin respiración—.

Paga tus deudas y vete de Londres. Los ladrones como tú solo tienen un destino en nuestra ciudad y el tuyo comienza su cuenta atrás.