Una dulce propuesta para un conde Capítulo 1
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Capítulo 1

M i padre, el gran conde de Rutherford, siempre decía que un hombre debía mostrar impenetrabilidad en cualquier situación de su vida.

De esa forma, nadie podía ver sus debilidades y contaba con cierta ventaja dentro de un círculo social, una cacería o un simple evento de temporada.

Pero por mi parte, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no engurruñir la nariz mientras me sumía en los oscuros pasillos de Newgate.

El oficial que tenía delante me observaba de soslayo, con una mezcla de decepción y burla.

Supongo que se preguntaría por qué un caballero como yo temblaba como una hoja al imaginarse cómo sería la vida dentro de una cárcel pestilente y lejana a la luz.

—Es por aquí.

No contesté. Tan solo tensé mi espalda con la fingida frialdad que siempre llevaba conmigo. Las cadenas de los presos tintineaban con fuerza en busca de una libertad que me pedían entre gruñidos y que yo ignoraba agachando la cabeza.

—Diez minutos —advirtió con un tono amenazante el oficial—. En Newgate no existen privilegios para los pecadores. Todos son iguales ante la justicia, no debería olvidarlo, milord.

«No será el primero ni el último que me recuerde que no existe justificación para él», pensé con un nudo en la garganta.

Un insignificante gracias escapó de mis cuerdas vocales. Sonó quebradizo, como si tuviera adherido a cada sílaba un trocito de mi temor. El oficial se marchó con el mismo tono burlesco con el que me había recibido y ni siquiera fui capaz de decirle nada por ello.

La habitación de paredes de piedra en la que me encontraba no era mucho mejor que los pasillos repletos de humedad por los que me había guiado.

Estaba desnuda, con una larga mesa de madera que se utilizaba para las visitas.

Deslicé mi mirada alrededor, como si buscara a algún pobre diablo en mi misma situación, pero todo prisionero que se encontraba acomodado a la fuerza frente a su esposa, madre o hijo parecía más curtido en la vida que yo.

Sus miradas hablaban de historias que no era capaz de comprender.

Sus ceños fruncidos advertían que un mal gesto por mi parte podría suponer una consecuencia.

—Jaime.

La voz de mi padre me alejó por completo de mi deseo de esconderme. Estaba tan acostumbrado a estar ajeno a los problemas que el arresto de mi padre había trastocado por completo mi vida.

¿Cómo podía ser el actual conde de nuestra familia si me atemorizaba respirar?

«Cálmate. Cálmate, Jaime».

Me acomodé en uno de los largos bancos de madera que se encontraban frente a mi padre.

Tenía un aspecto lamentable. Su rostro rechoncho había desaparecido, dejando paso a un hombre desaliñado; con una barba que jamás vi en él y unos pómulos bastante prominentes.

Pero lo que más me sorprendió, tras cartas repletas de súplicas porque fuera a verle, fue cómo inclinaba la cabeza en mi dirección.

Él, que siempre me había tachado de inútil. Él, que gritaba a los cuatro vientos que solo sabía esconderme tras las faldas de mi madre.

—Mírate, ya no pareces un chiquillo. —Rutherford, como así lo conocía todo el mundo, mostraba su tono quebradizo ante mí.

Quería mostrarme que, a pesar de sus continuas palabras repletas de decepción, me había echado de menos—.

Ha pasado casi medio año desde que me arrestaron y pensé que ya no vendrías a verme.

—La situación en Harrowshire no es la mejor en estos momentos.

—Nervioso, eché mis mechones oscuros hacia atrás.

Su arresto había provocado que los sucesos en la mansión que habíamos alquilado pesaran más que el prestigio de nuestra familia.

Poco importaba si una vez celebramos las mejores fiestas, lo único que recordaba la sociedad londinense era la avaricia de mi padre—.

Intento mantener a nuestra familia en el mismo lugar que la dejaste, pero nadie desea hacer negocios con nosotros.

—¿Cómo está tu madre?

—Su salud ya era algo frágil —le recordé como si yo conociera a su esposa mucho mejor que él—, le está costando salir del lecho. Pero es una mujer fuerte, solo necesita que le recuerden que todo volverá a ser como antes.

—Sucederá cuando vuelva a casa —concluyó él entrelazando las manos.

Tenía los codos apoyados sobre la madera y el ligero movimiento de sus muñecas hacia tintinear sus grilletes—.

Escúchame bien, Jaime. Sé que he sido demasiado duro contigo durante todos estos años.

Te acusé de inútil cuando realmente estás manteniendo los pilares de nuestra familia.

Ahora que has cumplido los diecinueve años tienes que ser el conde implacable que nuestra familia necesita.

Los apoyos vienen y van. Solo necesitas saber cuáles son tus mejores cartas.

—¿C-cómo esperas que haga eso? —Un ligero tartamudeo escapó de la punta de mi lengua.

No era la primera vez que sucedía. Siempre que me sentía perdido, o notaba que el peso de mi familia aparecía para dejarme en vergüenza, no sabía bien dónde esconderme—.

No me preparaste para ser conde. Lo único con lo que puedo lidiar es con el tema administrativo de la mansión.

Mi padre no dejó pasar mi debilidad, levantó una de sus cejas con el deseo de amonestarme por ello. No era la primera vez que encontraba en sus ojos decepción, él esperaba tener un Julian Redfield y aparecí yo.

—Tienes que sacarme de aquí —respondió él controlando su mal humor—. Lo que sucedió con Odette Stanley no fue cosa mía. Es cierto que robé alguna de las joyas de su colección, pero no existen motivos suficientes para tenerme aquí para siempre.

—Es un delito, padre.

—Hay canallas que ni siquiera se atreven a esconderse —se quejó dando un golpe sobre la carcomida madera que no separaba—. Y yo solo tuve un socio un tanto exigente que me llevó de bruces al infierno.

La frustración que sentía me impedía respirar con normalidad. Mi pecho subía y bajaba con desesperación. No solo había perdido mi estabilidad cuando arrestaron a mi padre en el jardín de nuestro hogar, desapareció el único sustento económico que nos permitía tener una vida plena.

¿Acaso no lo comprendía?

—Estoy vendiendo las joyas de madre para subsistir —confesé con tal vergüenza que rogué porque nadie más pudiera escucharme—. No sé qué más puedo hacer. Pides apoyos cuando nadie confía en mí, ni siquiera yo soy capaz de hacerlo.

Rutherford no tardó en abandonar su tono apacible para regalarme la indiferencia de un padre descontento con su hijo.

Por más que le recordara que sus decisiones nos llevaron al abismo, siempre consideraría que la decepción solo venía de mí; del hombrecillo que rechazó ser conde por miedo al fracaso.

—Escúchame bien, Jaime —comenzó a decir mientras hacía rechinar los dientes—.

Tu madre no hará desaparecer su enfermedad para esconderte entre sus brazos.

No enseñé a mi hijo a comportarse como una niña asustada cada vez que la vida le hace frente.

Eres un Rutherford. Tienes una responsabilidad conmigo y con la familia.

Y, si no quieres terminar mendigando a los muchachos que estudiaron contigo una mísera moneda, harás lo que yo te pido.

Cada una de sus verdades fue como un jarro de agua fría.

Crecí con sus palabras repletas de ponzoña.

Con su indiferencia y las discusiones con mi madre sobre cuál sería el destino para una decepción como yo.

Pero lo que más me sorprendía era como mi padre utilizaba su destreza en los negocios para dar por sentado que me daba una oportunidad.

Una pequeña e insignificante que podía carecer de valor, pero única para mí.

El sabor de la ilusión se adhería a mis papilas gustativas, deseaba tanto su aprobación que me mantuve en mi asiento, esperando sus directrices.

Después de todo, un perdedor como yo, que solo era visto como una extensión de un conde, no podía avecinar nada bueno.

—¿Qué es lo que debo hacer?

Derrotado, esperé sus consejos, o quizá se trataban de los hilos invisibles que necesitaba para utilizarme a su antojo.

Pero era lo único que tenía para que mi castillo de naipes no se redujera a cenizas.

Y si tenía que dejarme ver como el nuevo conde de Rutherford, lo haría solo para ser invisible de nuevo.