Una dulce propuesta para un conde
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Prólogo
L os pasos de Nikolas sonaban tan peligrosos como los de un depredador. Fuertes. Decididos. A escasos centímetros de su próxima víctima, que en este caso debía ser yo.
Me mantuve serena en mi sillón favorito.
Nuestro padre fue un enamorado de la decoración francesa.
Solía traer de sus viajes muebles que poco tenían que ver con la ornamentación del palacio, pero siempre encajaban a la perfección.
Me maravillaba la madera oscura de los reposabrazos, vestida con su tapiz verde bosque repleto de flores.
Mis hermanos estaban cansados de escucharme decir que mi trono sería similar, pero siempre aseguraban que, si la línea sucesoria acababa con la corona sobre mí, nuestro hogar terminaría reducido a cenizas.
—No puedes estar pidiéndome eso. —La voz de mi hermano advertía lo poco que le gustaba tratar el tema conmigo.
No era la primera vez que le pedía algo que escapaba de mi función dentro de la familia, pero si le presionaba quizá podría conseguir un ápice de lo que deseaba—.
Tu lugar está en Viena, esculpiendo centímetro a centímetro tu educación como princesa.
—Conozco todo lo que debo acerca de mis funciones, pero eres consciente de lo aburrido que me parece.
—Todos cumplimos un deber, Pen —advirtió con su típico gesto en el que engurruñía la nariz en señal de desagrado—. El tuyo está aquí junto a madre.
Mi molestia se acentuó en mis labios, los torcí en un mohín incómodo, como si fuera una niña otra vez y hubiera roto mi muñeca favorita.
Nikolas sabía que no me conformaba con las normas, podía acatarlas cuando no viera una vía de escape hacia el mundo del que intentaban protegerme.
Siempre habían sido así desde la muerte de nuestro padre, que falleció tras liderar el congreso de Viena y asegurarse de que, gracias a la gloria de nuestra familia, Napoleón había dejado de ser un problema.
Pero mi tío estaba en el trono. Nikolas estaba desesperado por reinar y yo solo quería dejar de ser un mueble más de nuestro silencioso hogar.
—No pido que las miradas de tus aliados recaigan sobre mí —advertí con cautela, pero tenía la batalla perdida—.
Solo que me lleves a Londres contigo. Amber puede acompañarme mientras lidias con tu papel en la Cámara de los Lores.
Y con suerte nos alejaremos de las protestas de madre, de las exigencias de nuestro tío y...
—Penélope. —Nikolas acabó con cada una de mis ensoñaciones.
No había nada más que discutir si tiraba de cada una de las sílabas de mi nombre en un destacable gesto de advertencia—.
Gobernar no consiste en acomodar a tu gusto un peón en un tablero.
Las redes de aliados se tejen con paciencia y con fingido desinterés.
Puede que seamos intocables, pero solo hasta que comenzamos a ser un problema para otra persona.
Mi respuesta es «no». No puedes acompañarme a Londres.
Te quedarás aquí con nuestros hermanos hasta que consiga un matrimonio adecuado para ti.
Me dispuse a recordarle que mi intelecto era lo suficiente alto para ir a su lado.
Quería traerle a la memoria que, mientras la mayoría de nuestros hermanos aprendían tarde a cabalgar, yo solo lo hice con cinco años.
Habría disfrutado rememorándole en cada uno de los idiomas que sabía hablar que podía ser no solo la hija pequeña de un monarca, sino la pieza clave de una estrategia, pero tuve que callarme como de costumbre.
—Permíteme protegerte —susurró mientras depositaba sus labios en mi frente—. Padre no me perdonaría que no lo hiciera.
Sus largos dedos acariciaron mi cabello.
Lo hacía con delicadeza, como si temiera dar un tirón sin querer y que todo se redujera a cenizas.
Así era mi familia conmigo. Temían que mi piel se resquebrajara, les aterrorizaba que mi belleza austriaca se redujera a cenizas y no pudiera utilizarse en un futuro.
Yo odiaba cuando buscaban en mis ojos grises a la niña y no a la mujer que era.
Por eso me desagradaban mis mechones cobrizos, ondulados y que caían por mi espalda.
Odiaba las pecas que ocultaba bajo el ligero maquillaje, e incluso los ojos rasgados de nuestro linaje.
Si mis hermanos habían nacido para reinar, yo lo había hecho para dirigir.
—¿Por qué debo esperar a que un hombre me dé valor, hermano?
—Mi pregunta debía quedar atascada entre mis dientes, pero mi lengua cobró el protagonismo que nadie deseaba escuchar—.
Yo, como princesa, podría buscar la debilidad en uno de ellos.
Después de todo, nací con un propósito. ¿No sería igual de adecuado que orquestara los movimientos de mi esposo desde la sombra?
Nikolas engurruñó la nariz de la misma forma que cuando era un niño. Siempre que le desagradaba una decisión que no estaba estipulada en su cabeza, mostraba con cada facción de su rostro lo mucho que le desagradaba.
—Mi respuesta seguirá siendo la misma, Pen —hizo una breve pausa para advertirme que daba por concluido el tema—: no vendrás conmigo.
Su contacto comenzó a quemarme. Me desagradó tanto que no me importó mostrarle claramente mi rechazo.
No quise centrarme en el atisbo de culpa que asomaba por sus ojos grises, pero estaba cansada de que mi familia me tratase como una niña malcriada: hablar era sinónimo de problema y eso era lo que veían en mí.
—Hagamos un trato —sugerí. Mi mirada se deslizó hasta mis uñas, decoradas con un ligero toque rosado que yo misma había elegido—. Si consigo entrar en los lugares que, como mujer, tengo prohibidos, me permitirás vivir a mi manera.
—Ningún hombre con un poco de seso aceptará tus chiquilladas, hermana.
Fingí no haber oído su protesta. Tan solo me limité a ladear la cabeza con suavidad para no mostrar emoción que pudiera señalar; batí ligeramente mis pestañas y susurré:
—Todo hombre cuenta con un pasado repleto de malas decisiones que, como esposa, seguro tendré que solucionar. No es muy diferente al papel que me quieres dar, ¿no es así?
Nikolas apretó la mandíbula, no iba a decirme cuánto me equivocaba en mi interés por controlar a un esposo que no pudiera acallar mi voz. Pero estaba deseando recordarme que me daría de bruces con la realidad, lo conocía lo suficiente para saber que su mirada me lo advertía.
—Marcharemos a Londres esta misma noche —dije con ese tono autoritario que odiaba—. Elegiré a un pobre diablo que necesite mi favor y, cuando consiga tener poder, te recordaré que mi intelecto no es tan diferente al tuyo.
—Y, si no es así —atacó mi hermano con aquel tono brusco que utilizaba para hacerme pequeña—, volverás a nuestra segunda residencia con madre.
Estarás una vez más bajo su tutela y, cuando crea que necesito un matrimonio para unir lazos con otros países, serás la bandera blanca que fortalezca mi posición.
—Trato hecho.