Una dama disfrazada para el duque sombrío Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—¿Es tu madre…? —Su tía se rio al ver que Hopper se animaba, pues había reparado en Lorelei sentada frente a él. Lentamente, se incorporó, y entonces su tía lo alzó en el aire y se lo pasó.

Lorelei cogió a Hopper y lo acomodó en su regazo.

—Me alegro tanto de que estés aquí —comenzó su tía una vez que Hopper se hubo acomodado. Mientras hablaba, apareció otro lacayo con una tetera y se dispuso a servirles una taza a cada una—. Me preocupaba que te enviaran a quedarte con uno de tus hermanos…

La tía Theodora negó con la cabeza.

—Pero estoy segura de que esto te parecerá mejor opción.

—Oh, eso espero.

—No lo esperes, querida —dijo su tía—. Tenlo por seguro. Mira a tu alrededor. Compruébalo tú misma. Puede que algunos piensen que este lugar es un poco extraño, de eso no me cabe duda. Pero tú y yo…

Guiñó un ojo.

—Aquí, las normales somos nosotras.

Lorelei hizo todo lo posible por no sonreír demasiado abiertamente —nunca había sido de las que mostraban mucha emoción, pues eso solía acabar en que la juzgaran y se burlaran de ella.

Pero ante todo lo que estaba ocurriendo, y lo que su tía le decía, se preguntó si quizá, por una vez, podría hacerlo. Y con total libertad.

Era extraño pensar que Lorelei no tuviera más relación con su tía. Con veinticuatro años, solo se habían visto un puñado de veces, y la última hacía ya años. Dados sus intereses comunes, Lorelei se preguntó por qué sería así… «¿Quizá mis padres temían que fuera una mala influencia para mí?».

—Es demasiado pronto para entrar en detalles sobre lo que haremos en la próxima Temporada —continuó su tía mientras daba un sorbo al té—. Muchas cosas, te lo prometo. Pero, como estoy segura de que sabes y esperas con ansias, mañana es la fiesta de compromiso de la señorita Cecily, ¿verdad?

—Así es —dijo Lorelei con entusiasmo—. ¿Te lo dijo mi madre?

—Sí, y me hizo prometer que irías.

—Por supuesto que iré, es mi mejor amiga.

—Lo sé —dijo su tía—. Creo que tu madre simplemente da por hecho que, cuando se trata de socializar, preferirías no hacerlo.

Resopló.

—¡Será una velada magnífica, de eso no me cabe duda! Además, he oído que muchos de tus amigos también estarán allí.

—Oh…

Lorelei se concentró en su té, de pronto avergonzada. No tenía muchos amigos…

—Sí, quizá.

—¿Sabías que lord Strathmore es el mejor amigo del novio? —continuó su tía alegremente—. Recuerdo que vosotros dos erais muy unidos de pequeños.

Los ojos de Lorelei se abrieron de par en par y su cuerpo se quedó paralizado.

«Lord Strathmore… ¿amigos? Oh, no…»

No dijo nada mientras su conciencia se rebelaba; esa sensación familiar que le exigía encerrarse en sí misma para protegerse. Siempre era así cuando se veía ante un conflicto, y Lorelei no tenía forma de evitarlo.

Así que permaneció sentada en silencio, forzó una sonrisa e hizo todo lo posible por no aparentar que su mundo se estaba derrumbando.

—Cuando terminemos aquí, te enseñaré la casa —continuó su tía mientras acariciaba a Biscuit y bebía su té—. Oh, sí, será divertido. Y después…

Siguió hablando, al parecer encantada de escucharse a sí misma.

Mientras tanto, Lorelei seguía paralizada. Aunque estaba contenta de estar allí, y aunque tenía la certeza de que la próxima temporada podría ser una de las mejores que recordara, también se preguntaba si habría alguna forma de evitar la fiesta de compromiso.

«Lo que fuera con tal de no volver a ver a Lord Strathmore… lo que fuera».

***

Lorelei volvía a tener seis años. Era un día soleado y estaba con su padre visitando la finca de Lord Strathmore.

El hijo de este, Arthur, era unos años mayor que Lorelei, y los mandaron fuera a jugar juntos.

Lorelei llevaba una cesta que creía llena de las tazas y platillos que solía usar para sus fiestas de té imaginarias.

Debió de dejarla en algún momento, o apartar la mirada, porque cuando la abrió para enseñársela a Arthur, ¡una rana verde del tamaño de su cabeza saltó de golpe y se le echó encima!

—¡Tendrías que verte la cara! —Arthur se había reído de ella mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Venga, no llores. ¡Solo era una broma!

Lorelei había llorado. Había corrido a contarle a su padre lo que Arthur había hecho. Y su padre, que nunca había sido cariñoso, le dijo que no armara tanto alboroto por lo que claramente era una broma.

Cuando Lorelei tenía diez años, aún en pleno desarrollo, tartamudeaba cuando estaba nerviosa o asustada. Por eso apenas pasaba tiempo con nadie fuera de su familia más cercana, pero eso cambió cuando Lord Strathmore fue de visita. Trajo consigo a su hijo, Arthur, y los dejaron a solas.

—¿P-p-por qué hablas así? —se había burlado Arthur.

—Y-y-yo…

No había sido capaz de articular palabra.

—H-h-hoy estaría bien —se había carcajeado, sacudiendo la cabeza—. En serio, Lorelei, ¿qué te pasa? Estás un poco tocada del ala.

Lorelei había huido de la habitación llorando y se había escondido en el jardín trasero hasta que Lord Strathmore y su hijo se marcharon. Cuando su padre se enteró, se puso furioso y la acusó de grosera y de haberlo avergonzado.

Cuando Lorelei tenía catorce años, Arthur había convencido a un chico que le gustaba de que fingiera estar enamorado de ella, solo para burlarse de Lorelei delante de todos cuando ella le confesó que sentía lo mismo.

Cuando Lorelei tenía dieciséis años, la noche de su debut, Arthur había hecho que todos los chicos de su edad prometieran no bailar con ella. Había pasado toda la velada sola, angustiada, deseando que se la tragara la tierra.

Lorelei negó con la cabeza.

«Aquello fue antes y esto es ahora… quizá haya cambiado… quizá no sea tan terrible verlo después de tanto tiempo. Y quizá me salgan alas y eche a volar».

Lorelei estaba tumbada en la cama, mirando el techo mientras Biscuit exploraba la habitación. Había pasado el día con su tía, una experiencia maravillosa que confirmaba que esta temporada podría llegar a disfrutarla.

Sin embargo, a medida que avanzaba el día, el siguiente se acercaba inexorablemente. Era la fiesta de compromiso de Cecily, y aunque la había esperado con ilusión —en la medida en que podía, dada su desconfianza hacia la gente—, Lorelei habría preferido hacer cualquier otra cosa antes que asistir.

Quería creer que Arthur Harcourt había cambiado.

Necesitaba dejar el pasado atrás y rezar para que él hubiera hecho lo mismo.

Le habría encantado no estar tan obsesionada con viejos agravios y poder así pasar página.

Por desgracia, el mundo no funcionaba así, y desde luego Lorelei tampoco. Arthur le había hecho daño más veces de las que podía contar; lo odiaba tanto como le temía, y sabía que eso no cambiaría nunca.

Y lo que era peor, dudaba que él hubiera cambiado lo más mínimo.

Biscuit se le subió a la tripa y ella lo estrechó contra sí para consolarse. El gato ronroneó y le dio un lametón, recordándole que aún había alegría en el mundo, que había quienes la querían… aunque fueran animales.

—Ya no soy aquella niña pequeña, Biscuit. He crecido. He cambiado. Mañana lo demostraré.

Miró a su gato en busca de consuelo; este le lamió la mano, la miró y pareció darle la razón… o eso quiso creer ella.

Lorelei siempre había tenido un don especial con los animales, pero los humanos eran harina de otro costal. Y aunque le gustaba creer que lo había superado, intuía que su asistencia a la fiesta de compromiso demostraría justo lo contrario.

Así era la vida de Lorelei: nunca fácil, siempre llena de obstáculos, y rara vez le daba motivos para sonreír.