Una dama disfrazada para el duque sombrío Capítulo 2
100%

Capítulo 2

—¡Por favor, Arthur! ¡Tienes que decir que sí! —Rosalind bajó las escaleras a toda prisa, saltando los peldaños de dos en dos.

—Ya tienes mi respuesta, Rosalind. Y suplicar no va a cambiarla. —Lord Arthur Harcourt, vizconde de Strathmore, cruzó el vestíbulo en dirección a la puerta principal. Al verlo acercarse, el lacayo se apresuró a abrirla.

—¡No estoy suplicando!

—¿Estás segura de eso?

—¡Estás siendo muy injusto! —Rosalind estaba a mitad del vestíbulo en ese momento, pero se detuvo y pataleó en señal de protesta—. Si madre estuviera aquí... o padre, dirían que sí.

Arthur había tenido la intención de ignorar las protestas de su hermana pequeña. Como no tenía ni idea de cómo lidiar con las emociones y obsesiones de una chica de catorce años, siempre le resultaba más fácil evitarla cuando se ponía así.

Por lo general, cualquier capricho al que se hubiera aferrado acababa pasando con el tiempo, y así Arthur podía evitar decepcionarla.

Últimamente, decepcionarla parece lo único que hago...

Sin embargo, ante la mención de sus padres, fallecidos hacía tres años, Arthur se detuvo en seco. La puerta abierta estaba a apenas metro y medio, pero no podía atravesarla, no mientras su hermana pequeña estuviera al borde de semejante tristeza.

—Rosalind... —Suspiró y se volvió, dedicándole una mirada compasiva—. Sabes muy bien que nuestros padres nunca habrían aceptado algo así.

—Podrían haberlo hecho. —No parecía muy convencida.

—Lo dudo —dijo con una risita mientras se acercaba a ella.

Ella retrocedió como si fuera a darse la vuelta y huir, pero cuando él se acercó más, dejó caer los hombros.

Se parecía tanto a su madre que a Arthur le resultaba imposible enfadarse con ella: su cabello negro, sus rasgos suaves y esos ojos oscuros, demasiado inteligentes para alguien tan joven e inexperta.

Arthur la sacaba más de una cabeza. Compartía el mismo cabello negro que su hermana, pero sus rasgos eran más afilados y severos, sus ojos grises, y su expresión siempre taciturna. No es que fuera de los que se enfurruñan o fruncen el ceño, pero su rostro siempre daba esa impresión.

Con su hermana ya más calmada, Arthur le puso una mano en la espalda, intentando reconfortarla.

Sin embargo, fue un gesto incómodo, y ambos lo notaron. Arthur amaba a su hermana menor con todo su corazón, pero ella ya no era una niña pequeña, ni tampoco una mujer. Estaba en esa edad en la que aún quería comportarse como una niña, mientras la sociedad exigía que la trataran como a una dama.

Esa etapa incómoda de su vida era difícil de sobrellevar. A Arthur le habría gustado abrazarla, bromear con ella, incluso concederle su deseo porque veía cuánto lo anhelaba.

Por desgracia, es hora de que la trate como a una mujer... aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo, del mismo modo que sé que ella tampoco lo desea.

—Es solo un erizo —dijo Rosalind con evidente tristeza—. ¿Por qué no puedo tenerlo como mascota?

—Un erizo no es una mascota para una señorita —le dijo—. Sé que quizá no estés de acuerdo, pero es así.

—Pero...

—Esto no está a discusión —la interrumpió—. Y no tengo tiempo para estas cosas.

—Nunca tienes tiempo —hizo un puchero—. Siempre estás ocupado.

Hizo una mueca, consciente de la verdad que encerraban sus palabras.

—Lo... lo siento, Rosalind. Pero desde que murió padre, me corresponde cuidar de los dos. Ojalá pudiera pasar más tiempo contigo como antes, pero me necesitan en otra parte.

Era un argumento débil, y la expresión de su hermana lo confirmaba.

Aunque Arthur estaba realmente ocupado, con negocios que dirigir, reuniones que organizar y eventos a los que asistir, la verdadera razón por la que él y Rosalind se habían distanciado en esos tres años era su incapacidad para conectar con ella.

Al fin y al cabo, tenía catorce años, estaba creciendo muy deprisa, y Arthur simplemente no sabía cómo convertirla en el tipo de mujer que enorgullecería a sus padres.

Así que la ignoraba, inventaba excusas para evitar pasar tiempo juntos, y en el proceso, probablemente empeoraba las cosas aún más de lo que ya estaban.

Bien hecho, Arthur.

—¿Cuándo volverás? —exigió saber—. ¿Pronto? —Sus ojos se iluminaron con esperanza.

Hizo una mueca.

—Ya te lo dije, estaré fuera varios días. Es el fin de semana del compromiso de Logan y lo pasaré en su finca. Pero cuando vuelva, te prometo que hablaremos de esto —añadió sin convicción, sabiendo que no serviría de nada.

—¡Bien! —Le apartó la mano y retrocedió—. Vete. Yo no... no quiero un erizo de todos modos. —Lo fulminó con la mirada, con la barbilla temblándole, y se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.

Arthur la vio marcharse con un nudo de culpa en el corazón, invadido por la vergüenza. No deseaba otra cosa que ir tras ella y disculparse... quizá incluso ceder y dejarla quedarse con el maldito erizo.

No... ya no era una niña pequeña, y no debía tratarla como tal. En cuanto a cómo debía tratarla, eso era otro misterio, uno que no estaba más cerca de resolver.

***

Una hora más tarde, Arthur todavía estaba pensando en Rosalind.

Estaba en su club de caballeros, sentado en un reservado del rincón con su mejor amigo, Logan Hathaway. Se habían reunido para hablar de negocios, pero una vez zanjado el tema, Logan había pasado a hablar de la fiesta de compromiso del día siguiente.

—Cecily está entusiasmadísima —explicó Logan mientras daba un sorbo a su jarra de cerveza. Lucía una amplia sonrisa, y sus ojos marrones tenían ese brillo que aparecía siempre que hablaba de su futura esposa—. No ha hablado de otra cosa en toda la semana.

—¿Ah, sí? —murmuró Arthur distraído, sin prestar atención a su amigo.

—A veces me pregunto si le importa con quién se casa —bromeó—. Si todo este compromiso no será más que una excusa para organizar fiestas y ver a sus amigas.

—Posiblemente…

Logan entrecerró los ojos.

—Que haya pedido que todos los invitados varones asistan desnudos es preocupante, pero ¿quién soy yo para negarle algo así?

—Serías tonto si lo hicieras.

—Muy bien, basta ya.

Logan dejó su jarra y miró fijamente a Arthur.

—Arthur, ¿qué te pasa?

—¿Qué?

Arthur parpadeó, volviendo en sí, y por fin reparó en cómo lo miraba su amigo.

—¿Qué he dicho?

—No estás prestando atención.

—Sí que estoy.

Logan resopló.

—Entonces, ¿te parece bien presentarte mañana completamente desnudo? ¿Eso es lo que dices?

—¿Qué?

Arthur parpadeó.

—¿Desnudo? ¿De qué…?

Se calló al ver la mirada desdeñosa de Logan.

—Vale, me has pillado. Estaba en las nubes.

—¿Algo de lo que deba preocuparme? Ten en cuenta que, si no tiene nada que ver con la boda, no puedo ayudar. Cada minuto que paso despierto…

Sacudió la cabeza.

—Hazte un favor y no te cases nunca. Deja eso para los que estamos hechos para ello.

Arthur se rio mientras apartaba de su mente los pensamientos sobre su hermana pequeña. La tensa relación que mantenían no era algo nuevo, ni se resolvería con una tarde de reflexión. Mejor dejarlo para después, por si acaso surgía alguna solución.

—Estabas hablando de la fiesta de compromiso de mañana —dijo Arthur mientras se centraba en su amigo—. Por la que, claramente, estás que no cabes de emoción.

—Mejor.

Entrecerró los ojos desde el otro lado de la mesa.

—Por favor, mañana intenta al menos fingir que lo estás disfrutando. Por difícil que te resulte.

—Seré la viva imagen del decoro.

Logan resopló.

—Lo dudo. Aunque eso me recuerda…

Chasqueó la lengua.

—Sabes quién estará allí, ¿verdad? Mejor que te vayas preparando.

—¿Quién? —preguntó Arthur con curiosidad.

—La mejor amiga de Cecily, nada menos.

Miró fijamente a Arthur.

—Lady Lorelei…

Y arqueó una ceja.

El nombre no debería haber causado ningún efecto en Arthur.

Como venía siendo su costumbre desde la muerte de sus padres, había pensado poco en las mujeres de la alta sociedad, y menos aún en la idea de cortejarlas.

Simplemente no tenía tiempo, y además sabía que nadie se lo agradecería si lo intentaba.

Arthur nunca había sido conocido por sus inclinaciones románticas.

Sin embargo, al oír el nombre de Lorelei, el estómago le dio un vuelco inesperado. ¿Era culpa? ¿Era curiosidad? ¿Era la cerveza, que no le sentaba bien? No sabría decirlo.

—¿De verdad?

Se esforzó por parecer indiferente.

—No tenía ni idea de que fueran tan cercanas.

—Eso me sorprende —respondió Logan—. Tú y Lorelei siempre tuvisteis una relación bastante… tensa. La conoces desde que erais niños, ¿no?

—Nunca fuimos amigos.

Logan resopló.

—Y con razón.

Arthur hizo una mueca, y de nuevo el estómago se le encogió con lo que debía de ser culpa.

Habían pasado años desde que había oído hablar de Lorelei Ashford, o siquiera pensado en ella. Probablemente por una buena razón. De niños, Arthur no negaría que había sido bastante cruel con ella, del mismo modo que estaba seguro de que ella lo odiaba por ello.

¿Por qué fui tan malo con ella? La verdad es que no lo recuerdo, ha pasado tanto tiempo…

Intentó imaginarla. Era menuda, de cuerpo esbelto y cabello oscuro. Lo que más recordaba eran sus ojos, grandes y azules, siempre fijos en él. De joven, su mirada le resultaba incómoda.

Tenía la sensación de que ella lo veía de un modo que no le gustaba… como si viera más allá de su fachada de seguridad y de su necesidad de ser querido y admirado por sus iguales.

—Éramos niños —dijo con desdén, y dio un trago apresurado a su cerveza—. Y fue hace años. Vamos, dudo que ella siquiera me recuerde.

Logan resopló.

—Los dos sabemos que eso no es verdad.

—¿Qué es esto? ¿Me estás pidiendo que no la moleste como solía hacer?

Puso los ojos en blanco.

—Por favor, Logan, ya no soy un adolescente. Si veo a lady Lorelei, me acercaré a ella, me disculparé, y asunto zanjado.

—¿Disculparte? ¿Tú?

Se encogió de hombros.

—He madurado, ¿o no te has dado cuenta? Tus preocupaciones son innecesarias, y me ofende un poco que hayas pensado siquiera en expresarlas.

¿Y si tiene razón en preocuparse? Si la memoria no me falla, fui bastante cruel con la pobre chica. Y aunque apenas he pensado en ello desde entonces, me pregunto si Lorelei podrá decir lo mismo…

—Solo asegúrate de ser amable —insistió Logan—. Es la mejor amiga de Cecily, y no quiero que la disgustes.

Arthur hizo un gesto con la mano para tranquilizar a su amigo y le aseguró una vez más que no tenía nada que temer. Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más inevitable le resultaba comparar cómo había tratado a Lorelei con los problemas que tenía ahora con su hermana.

Había muchas cosas en las que Arthur era un experto, como había demostrado en los últimos años al asumir el papel de patriarca y sustento de la familia tras la muerte prematura de sus padres.

Las mujeres, sin embargo, eran un terreno que aún no había logrado dominar. Y que probablemente nunca dominaría.

Por esa razón, Arthur siguió pensando en Lorelei Ashford mucho después de regresar a casa aquella misma noche. Se sentó a solas en su estudio, intentando trabajar, pero incapaz de dejar de pensar en la niña tímida a la que solía atormentar sin piedad.

Recordó la cruel broma de la rana. Revivió cómo solía burlarse de ella por su tartamudeo. Y se encogió de vergüenza al recordar las bromas que le gastó en la adolescencia.

Debería haberme disculpado con ella hace años…

a decir verdad, nunca debería haber hecho nada de eso.

¡Pero era un adolescente estúpido! No pretendía hacer daño con la mitad de lo que hice.

¿Por qué debería sentirme tan culpable por errores cometidos cuando era demasiado joven para saber que los estaba cometiendo?

Le costó un gran esfuerzo —mucho más del que debería haberle costado— apartar por fin a Lorelei Ashford de sus pensamientos.

Al final, Arthur decidió que no tenía motivos para sentirse culpable y, desde luego, ninguna razón para disculparse.

Si llegaban a hablar y esos temas surgían en la conversación, quizás le pediría perdón.

Probablemente, ella ni siquiera recordaría lo que había hecho, ni a él... Esperaba que así fuera, del mismo modo que esperaba haber cambiado tanto como afirmaba.