Capítulo 14 #2
Rosalind se enderezó despacio. Sus dedos se cerraron en torno al medallón y lo ocultaron bajo el cuello del vestido. El metal conservaba el calor de su piel. Se obligó a bajar la mano, luego a mantener el rostro sereno, modesto, levemente desconcertado.
—Era de mi abuela, Su Excelencia.
—De su abuela.
—Sí.
—¿De verdad? —La pregunta sonó suave.
Rosalind le sostuvo la mirada. Sintió el peligro como una hoja tan cerca que enfriaba la piel, pero que aún no cortaba.
Cada instinto la empujaba a explicar demasiado, a decir que el medallón era viejo, sin valor, sentimental, nada.
Pero las explicaciones engendraban sospechas, y el miedo se hacía más visible cuando adornaba en exceso la verdad.
—Mi abuela tenía muy poco —dijo en voz baja—. Pero eso lo conservó.
Lady Octavia la miró un instante de más. No había ira en su expresión, ni sorpresa. Todo había desaparecido casi al instante, oculto tras la máscara tersa de su rostro. Pero Rosalind había visto el primer destello de reconocimiento, agudo e involuntario, como un fogonazo de luz sobre el acero.
Entonces Octavia se volvió hacia la señora Walters.
—Habrá que limpiar la alfombra antes de que la mancha se fije. Asegúrese de que esta vez se haga bien.
—Sí, Su Excelencia.
Y así fue como el mundo se reanudó. Lucy volvió a inclinarse sobre la porcelana rota, con la respiración entrecortada.
La duquesa viuda observaba a Lady Octavia con los ojos entornados, aunque Rosalind no sabía si por irritación o por curiosidad.
Rosalind recogió un último fragmento y lo depositó en la bandeja con los demás.
Tenía las yemas de los dedos húmedas de té.
Un corte diminuto se le había abierto junto al pulgar, tan fino que no lo había notado. Ahora sí lo notaba.
Cuando por fin la excusaron para ir a buscar otro paño, el pulso le martilleaba con tal fuerza que el corredor parecía tambalearse bajo sus pies.
Caminó deprisa, pero no tanto como para llamar la atención.
Dobló la esquina junto al pasaje oeste con una mano apoyada suavemente sobre el medallón oculto bajo el vestido.
Reconocido.
Lady Octavia lo había reconocido, o sospechado, o recordado algo tan próximo al reconocimiento que la diferencia quizá no bastara para salvarla.
Rosalind se había enfrentado al peligro muchas veces en su imaginación, pero la imaginación siempre era generosa con el valor.
Disponía las amenazas con orden, proporcionaba discursos y permitía alzarse con dignidad en el momento justo.
El miedo real era menos indulgente. Aflojaba las rodillas, secaba la boca y hacía que cada puerta pareciera a punto de abrirse hacia la ruina.
Giró bruscamente hacia el siguiente corredor y casi chocó con Adrian. Él se detuvo a tiempo. Ella también, aunque por poco.
Durante un instante en suspenso, el miedo que la había atenazado se transformó en otra cosa. Su cuerpo recordó el jardín antes de que la razón pudiera intervenir. Una oleada de calidez la recorrió, instintiva, ante la sorpresa de verlo.
Alzó la vista y sonrió, pero no con la sonrisa calculada de Lilian Grey. Aquella sonrisa era suya.
—Su Excelencia —dijo en voz queda.
El rostro de Adrian permanecía perfectamente inmóvil.
La miró con la expresión de quien saluda a una silla, una puerta, un objeto doméstico cuya existencia exige reconocimiento pero no sentimiento alguno.
Llevaba la corbata anudada con precisión militar, el abrigo impecable, la postura tan rígida como si la noche anterior jamás hubiera existido.
—La señorita Grey.
Asintió una vez. Luego se apartó.
No hubo nada descortés en el gesto. No la desairó. No la reprendió. Simplemente le dejó paso y siguió por el corredor sin añadir palabra. Rosalind se quedó donde estaba. Escuchó sus pasos alejarse hasta que doblaron la esquina y se perdieron.
La calidez se fue disipando poco a poco y dejó algo mucho más duro en su lugar.
No había esperado nada de él. Se lo repitió de inmediato.
No era ninguna tonta. No había imaginado confidencias, promesas ni ternura.
Él era un duque; ella, una dama de compañía al servicio de su abuela, y ni siquiera eso en realidad.
Una conversación a medianoche en un jardín no alteraba el rango, ni el peligro, ni la verdad de sus nombres.
Y sin embargo, su frialdad dolía. Dolía porque él había sido diferente en la oscuridad, porque ella había sido amable cuando él necesitaba amabilidad, porque durante un breve y necio instante había creído que él la había visto no solo como la señorita Grey —una asistente útil, una curiosidad de ojos dispares—, sino como algo más próximo a quien ella era en realidad.
Al parecer, la luz del día lo había devuelto a la normalidad.
La ira llegó como un alivio. Primero contra él, al ver con qué facilidad se refugiaba tras su título y el decoro, como si los sentimientos fueran una indiscreción que había que barrer antes del desayuno, y al recordar con qué rapidez un hombre podía aceptar consuelo en la oscuridad para luego negar, a la luz del día, que lo hubiera necesitado.
Después, la ira se volvió contra ella misma.
¿Qué había esperado? ¿Gratitud? ¿Una mirada más tierna? ¿Un reconocimiento secreto en un pasillo de la misma casa a cuyos dueños engañaba?
Estúpida. Imperdonablemente estúpida.
Habían asesinado a su padre. Habían arrastrado a su madre al exilio y la enfermedad. Su abuela había muerto llevándose sus secretos a la tumba. Lady Octavia acababa de mirar el medallón Whitcombe como si un fantasma hubiera entrado en la habitación.
Y Rosalind estaba allí, en un pasillo, dolida porque Adrian Blackmoor le había dedicado un frío gesto de asentimiento.
Apretó la mandíbula.
No.
No sería esa mujer. No cambiaría su propósito por un estremecimiento del corazón, ni permitiría que un hombre solitario de manos firmes y noches en vela la distrajera de la ruina que se ocultaba tras el apellido de él.
Dio media vuelta. Había paños que recoger, notas que contestar, habitaciones que registrar, sirvientes a los que escuchar y un bufete de abogados que desenmascarar.
Y ahora, además, un medallón que esconder y una mujer a la que vigilar.
Lady Octavia había dejado ver, por un breve instante, que algo podía perturbar su impecable compostura.
Rosalind estaba decidida a averiguar qué era.