Una dama disfrazada para el duque sombrío Capítulo 12
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Capítulo 12

La tarde libre de Rosalind llegó con un cielo tan azul y delicado que parecía casi desconsiderado de su parte ser tan hermoso mientras ella se entregaba al engaño.

Había pasado la mañana en las habitaciones de la duquesa viuda, donde esta había puesto reparos a su chal, a su tostada, a su escabel y, finalmente, al mismísimo sol por entrar en un ángulo inadecuado para ojos ancianos.

Sin embargo, al mediodía se había cansado de mandar, o al menos de la presencia de Rosalind, y la despidió con un ademán de su mano huesuda.

—Ve, si debes. Tienes esa cara.

—¿Qué cara, Su Excelencia?

—La de una joven que finge no querer estar en otro sitio. Es tedioso. Pero vuelve antes del té.

Rosalind hizo una reverencia, ocultó tanto su gratitud como su alarma, y escapó antes de que la duquesa pudiera cambiar de opinión. Se preparó a toda prisa y salió volando de la casa solariega con la cabeza hecha un lío.

El pueblo con su mercado quedaba un poco más allá de la finca, lo bastante cerca para ir a pie, pero lo bastante lejos para parecer otro país.

El camino olía a setos húmedos, hierba pisoteada y el polvo tibio que levantaban las ruedas de los carruajes. Los pájaros discutían en los árboles con toda la solemnidad de miembros del Parlamento, y cada paso que la alejaba de Ravensford aliviaba algo en el pecho de Rosalind.

Sin embargo, la libertad, como todo placer que había conocido últimamente, venía entretejida con un hilo de miedo.

Encontró a Thomas esperando cerca del puesto del pollero, con el sombrero calado y un hombro apoyado en el poste de madera, como si no tuviera más propósito en el mundo que sopesar el precio de los gansos.

Se irguió al verla, y aunque su rostro apenas cambió, la calidez de sus ojos la alcanzó antes que él.

—Rosalind —susurró él a modo de saludo.

Ella no pudo evitar sonreír.

—Pronuncias mi nombre como si te aliviara descubrir que no me han asesinado desde tu última nota.

—Me alivia descubrirlo —dijo él. Su mirada recorrió el rostro de Rosalind, como si de verdad buscara alguna señal de daño—. ¿Estás a salvo?

—Tan a salvo como puede estarse viviendo bajo el techo de quienes sospecho culpables de robo, fraude y asesinato.

Él frunció el ceño.

—Esa respuesta no está pensada para tranquilizarme.

—No pretendía ser una nana.

Caminaron apartándose del bullicio del mercado, hacia una hilera de puestos donde cintas, guantes, libros usados y trastos viejos se exhibían bajo toldos a rayas.

A su alrededor bullía la animada confusión del comercio: vendedores pregonando precios, niños escabulléndose entre faldas y un caballo espantando moscas con las patas.

Al inspirar, el mercado le llegó por capas. Primero, el olor frío y metálico de las monedas pasando de manos enguantadas a palmas callosas. Después, el calor de levadura del pan recién hecho y el aroma verde y machacado de las hierbas pisoteadas por las botas.

Luego venía el olor dulzón a sidra de las manzanas amontonadas en cestas de mimbre y el almizcle aceitoso de los arneses de cuero y los zapatos lustrados.

Por último, desde un puesto cercano, los pasteles calientes exhalaban mantequilla y azúcar en el aire fresco de la mañana, un aroma tan rico y dorado que, por un instante peligroso, olvidó qué la había llevado allí.

Solo cuando llegaron a la sombra de un toldo, Rosalind bajó la voz.

—Thomas, he encontrado algo.

El rostro de él cambió al instante.

—¿Qué?

—Una carta en la biblioteca. Iba dirigida a lady Octavia.

—Rosalind —dijo él con honda preocupación.

—La dejé exactamente como la encontré —se apresuró a responder ella, aunque eso no pareció tranquilizarlo.

—Esa no es la parte que más me alarma.

Ella le lanzó una mirada, pero el corazón había empezado a latirle más deprisa al recordar el cajón, el papel quebradizo y la odiosa pulcritud de aquellas palabras.

—Era de un bufete de abogados —continuó—. Harbin y Lowe. La carta mencionaba el asunto Whitcombe y solicitaba una reunión para ultimar los detalles.

Thomas se quedó inmóvil.

—Harbin y Lowe —repitió.

—Sí. ¿Los conoces?

—No... Pero los conoceré.

Sacó un pequeño cuaderno del interior del abrigo y anotó el nombre con cuidado. Tenía la mano firme, pero había una tensión en torno a sus labios que a Rosalind no le gustó.

—El asunto Whitcombe —repitió en voz baja—. Dios.

—Es algo, Thomas. Tiene que serlo.

—Lo es —convino él—. Y también es la prueba de que estás mucho más metida en esto que cuando empezaste.

—Lo sé.

—No, no creo que lo sepas —dijo él. Cerró el cuaderno y la miró de frente—.

Cada semana que pasas en esa casa aumenta el riesgo.

Cada pregunta que haces, cada cajón que abres, cada persona que te observa demasiado rato...

Todo se acumula, Rosalind. Si te pillan, no te tratarán como a una dama de compañía curiosa que se extralimitó.

Preguntarán por qué estabas husmeando. Preguntarán quién te envió. Y si descubren tu verdadero nombre...

—No lo harán.

Él negó con la cabeza.

—No puedes estar segura.

Ella apartó la mirada. Una mujer cercana escogía naranjas de un cajón, palpando cada una con desconfianza experta.

Un niño pasó corriendo con un cucurucho de dulces apretado en el puño.

El mundo seguía con su bullicio de siempre, indiferente a documentos falsificados, padres muertos e hijas que vivían bajo nombres falsos.

Thomas se acercó más y su voz se suavizó, aunque no su urgencia.

—Rosalind, si te pillan, nadie en esa casa te protegerá.

Las palabras no deberían haberle dolido. Se había dicho lo mismo muchas veces. Y sin embargo, oírlo de él, de la única persona que conocía su verdadero rostro bajo el nombre prestado, volvía la verdad más tangible.

Pensó en la mano fría y apergaminada de la duquesa viuda sobre la suya, en la mirada de Adrian desde el otro lado de la mesa, en la risa de Lucy en el cuarto de los criados. Y luego pensó en la sonrisa de lady Octavia.

—No —bajó la mirada—. Quizá no.

La expresión de Thomas se endureció. —No lo digas con tanta calma.

—Si no lo digo con calma, puede que empiece a asustarme, y entonces tendrás que ser sensato por los dos. Sería agotador.

—Ya estoy agotado.

Ella sonrió, pero la preocupación de él no disminuyó. La miró a los ojos con esa sinceridad que siempre amenazaba con desarmarla. Pocas personas en el mundo miraban a Rosalind Vale sin ver un inconveniente o un misterio, una criada o una impostora, una pariente pobre o una heredera oculta.

Thomas solo veía a Rosalind. Era un tipo de bondad peligrosa.

—Sabes cuánto me importas —susurró.

El mercado pareció, por un momento, retroceder, y Rosalind sintió que las palabras se asentaban entre ellos, convertidas en algo demasiado cálido y pesado. Siempre había sabido que a Thomas le importaba.

La lealtad de él estaba tan entretejida en su vida que a veces olvidaba que no venía de la sangre.

Había caminado junto al dolor, el peligro y la insensatez con el mismo paso firme.

Había mentido por ella, la había buscado, había temido por ella, y nunca le había exigido que fuera menos de lo que era.

Le tomó las manos antes de que pudiera decir más. Eran manos familiares, manchadas de tinta cerca del pulgar, cálidas a pesar del aire frío de la mañana. Las apretó con suavidad y le guiñó un ojo, porque la ternura la hacía valiente de una manera y cobarde de otra.

—Soy cuidadosa —le aseguró.

Él enarcó las cejas.

—Soy casi siempre cuidadosa —se corrigió con picardía.

Él frunció el ceño. —Eso es peor.

—Soy cuidadosa con inteligencia.

—Esa no es una categoría reconocida de seguridad.

—Debería serlo. Yo destacaría en ella.

A su pesar, esbozó una sonrisa. Rosalind le apretó las manos una vez más antes de soltarlas.

Bajo las bromas, la gratitud afloró con tanta intensidad que casi dolía.

Qué bendición tener a alguien en el mundo cuyo primer instinto fuera protegerla, alguien con quien podía contar a cualquier hora, con cualquier clima, bajo cualquier nombre.

No podía permitirse depender demasiado de él. Pero podía estar agradecida.

Thomas guardó el cuaderno. —Haré averiguaciones sobre Harbin y Lowe. Con cuidado —añadió, antes de que ella pudiera hablar—. De vez en cuando también practico esa virtud.

Ella soltó una risita. —Siempre te he admirado por eso.

—No, qué va.

—No —admitió—. Pero quizá empiece hoy.

Siguieron caminando entre los puestos. El mercado estaba en pleno apogeo, todo color y movimiento.

Las manzanas rojas se apilaban en brillantes pirámides, los ramos de flores tardías se inclinaban en cubos de hojalata y las cintas ondeaban como mariposas atrapadas en la brisa.

Una mujer vendía saquitos de lavanda desde una cesta.

La rueda de un afilador silbaba y echaba chispas. Un violinista se había apostado cerca de la posada y tocaba una melodía demasiado alegre para su destreza.

Rosalind se detuvo ante una mesa de baratijas viejas. Era precisamente el tipo de mesa junto a la que nunca había podido pasar de largo.

Había hebillas deslustradas, tabaqueras agrietadas, un dedal abollado, dos broches de luto, un abanico de esmalte astillado, una llavecita de latón y varios collares enmarañados en una bandeja de madera.

Objetos que una vida había abandonado y que aguardaban otra. Siempre le parecían llenos de susurros.

Cogió un collar. No era valioso. La cadena estaba ennegrecida por el tiempo, y el colgante contenía un pequeño óvalo de cristal azul engastado en metal desgastado, bonito solo para quien tuviera gusto por las cosas melancólicas.

Rosalind le dio la vuelta en la palma de la mano.

El reverso estaba rayado, como si alguien hubiera intentado grabar unas iniciales y se hubiera detenido tras la primera marca vacilante.

Thomas la observaba con expresión cariñosa y divertida. —¿Sigues rescatando huérfanos de las mesas?

—No es huérfano —lo corrigió—. Está... temporalmente entre historias.

—Ah. Perdóname —respondió, llevándose la mano al pecho.