Capítulo 10 #4
Ya había comenzado a prepararse para ello. Sin embargo, ella inclinó ligeramente la cabeza, como si hubiera encontrado algo en su argumento digno de tomarse en serio. Aquel pequeño gesto de consideración le agradó más de lo que le habría agradado que ella le diera la razón.
—Puede que tenga razón —concedió ella.
Se sintió absurdamente decepcionado, hasta que ella continuó.
—Pero si una historia se basa solo en el sentimiento, entonces exige un dominio extraordinario del lenguaje.
Las palabras mismas deben convertirse en arte.
Deben cargar con lo que de otro modo sostendría la estructura.
Ritmo, imagen, la disposición de una oración...
cada elemento debe ser lo bastante fuerte para soportar el peso.
De lo contrario, el sentimiento se derrama por todas partes y acaba por no significar nada.
Su voz era serena, reflexiva, completamente desprovista de afectación. Eso era lo que la hacía convincente. No parecía estar haciendo alarde de su inteligencia. Simplemente la poseía, y al poseerla olvidaba, por un instante peligroso, que alguien pudiera objetar.
Adrian se sorprendió observando su boca mientras hablaba, con una atención tan inmediata que rayaba en lo indecoroso.
Memorizó la forma de sus labios, el leve movimiento en la comisura cuando un pensamiento cobraba nitidez, y la manera en que sus ojos se iluminaban cuando perseguía una idea más allá de la cautela.
Entonces ella lo miró directamente. Él bajó la vista al plato. El gesto fue tan abrupto que se despreció por ello. Tomó el cuchillo, aunque no quedaba nada que cortar.
Su abuela emitió un pequeño murmullo de satisfacción.
—Bueno... Al menos uno de vosotros puede hablar de un libro sin que suene a parte militar.
Julian se rio.
—Me siento herido, Su Excelencia. Estaba preparando una observación de gran delicadeza.
—Nunca has preparado nada delicado en tu vida, querido muchacho.
—Cierto —Julian sonrió—. Retiro lo dicho.
Durante el resto de la cena, no volvió a mirar a la señorita Grey. Aquello le costó más esfuerzo del debido. Miró a su abuela cuando hablaba, a Julian cuando se reía, a lady Octavia cuando ofrecía alguna crueldad elegante disfrazada de conversación.
En todo momento, sabía exactamente dónde estaba sentada la señorita Grey.
Sabía cuándo levantaba la copa. Sabía cuándo su abuela hacía algún comentario en voz baja y en la boca de la señorita Grey asomaba una sonrisa.
Sabía cuándo lady Octavia se dirigía a ella de nuevo solo con la mirada, y cuándo la señorita Grey bajaba al fin los ojos en prudente retirada.
Para cuando las damas se retiraron, Adrian se sentía como si hubiera librado una batalla conducida enteramente bajo el mantel.
***
Después de la cena, escapó del salón antes de lo que aconsejaba la cortesía.
El corredor era más fresco, más tenue y gratamente desierto.
Las velas ardían en apliques de pared, y cada llama oscilaba como agitada por un aliento invisible.
El aire traía aromas mezclados de velas extinguidas, madera vieja y lluvia filtrándose en la piedra en algún lugar fuera de su vista.
Adrian se detuvo bajo un retrato de su abuelo y soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Su Excelencia?
Matthew aguardaba un poco más allá en el corredor, con un paño doblado sobre el brazo.
Al parecer esperaba para preguntar sobre algún arreglo, aunque su expresión cambió al ver a Adrian.
La formalidad de la velada lo había dejado más pulcro de lo habitual, con el abrigo cepillado y el cabello domado hasta donde la naturaleza lo permitía, el rostro atento.
—¿Qué ocurre? —preguntó Adrian.
Matthew miró hacia las puertas del comedor y luego volvió a mirarlo.
—Nada urgente, Su Excelencia. Solo que la señora Walters deseaba saber si debe prepararse el carruaje para el señor Fairholt antes de las once, o si es probable que se quede despierto fingiendo que una copa más es cosa de amistad.
A Adrian se le torció la boca.
—Con Julian, una copa más es siempre un deber moral.
—Eso mismo dice de todo aquello a lo que debería resistirse.
Siguió un breve silencio, pero no incómodo. Entonces los ojos de Matthew se iluminaron con picardía. Era una expresión tan familiar que por un momento pareció borrar los años.
—La cocinera dice que el caldo tuvo buena acogida esta noche —le dijo—. Lo que demuestra que el nivel de la familia ha bajado.
Adrian lo miró. Solo hizo falta la frase.
El caldo... el caldo de la cocinera... Los años se desvanecieron.
Volvieron a ser niños, muertos de hambre después de alguna escapada prohibida a los establos, acurrucados en el pasillo trasero mientras la cocinera juraba que ningún niño cristiano podía tener hambre una hora antes de la cena.
Ella les había dado un caldo tan claro que Matthew lo había alzado a contraluz y declarado que había descubierto una nueva forma de lavar cucharas por dentro.
Adrian se había reído tanto que se atragantó, y Matthew, encantado con su éxito, repitió la ocurrencia durante semanas hasta que incluso la pinche de cocina amenazó con pegarle.
Ahora, sin pensarlo, Adrian comentó:
—Al menos el caldo de esta noche no requería un mapa para encontrar la carne.
El rostro de Matthew se iluminó con una carcajada. El sonido envolvió a Adrian con un calor inesperado.
—Santo cielo, lo había olvidado —Matthew seguía riendo—. Le dijiste a la cocinera que había más alimento en el vapor.
—Tú le dijiste que había muerto de vergüenza antes de llegar al cuenco.
—Y me dio un coscorrón.
—Te lo merecías.
—A menudo lo merecía —Matthew sonrió—. Aunque no por el pastel.
La risa de Adrian escapó antes de que pudiera contenerla. No fue estruendosa ni desenfrenada, pero fue real.
—Te comiste un pastel entero destinado a mi abuela.
Matthew se llevó una mano al pecho con dignidad ofendida.
—Era un muchacho en crecimiento.
—Culpaste al perro.
—El perro parecía culpable.
—El perro estaba dormido.
—Tenía cara de culpable.
Adrian sacudió la cabeza, todavía riendo en voz baja.
—Tenías jugo de ciruela en el cuello.
—Y tú juraste que era sangre de una heroica herida en el patio de los establos.
—Me obligaste a jurarlo.
—Eras el joven amo. Supuse que tus mentiras tendrían más autoridad.
La risa los envolvió a ambos entonces, más plena y menos contenida.
Matthew echó la cabeza hacia atrás, y Adrian, por un instante peligroso y luminoso, sintió que la antigua complicidad regresaba tan naturalmente como respirar.
El corredor, las velas, el abrigo formal sobre su espalda, todo pareció difuminarse en torno al recuerdo de dos niños compartiendo pastel robado en el desván del establo mientras su abuela exigía justicia y el perro dormía ajeno a su deshonra.
Matthew comenzó:
—¿Recuerda, Su Excelencia, cuando escondimos el resto de...?
Entonces se detuvo... o quizás Adrian se detuvo primero. La risa se apagó de golpe. Se quedaron frente a frente en el corredor, todavía sonriendo, y en el silencio que siguió, no hubo necesidad de hablar.
Contenía todo lo que habían sido: las carreras por la hierba mojada, los planes susurrados, los castigos compartidos, aunque no en igual medida; Matthew siguiendo adonde no debía y Adrian olvidando, cuando estaban solos, que uno de ellos heredaría y el otro serviría.
Por primera vez desde su regreso, Adrian sintió lo natural que era aquella cercanía. La antigua confianza parecía haber estado aguardando bajo las formalidades con que la había sepultado.
Entonces el título regresó.
Su Excelencia.
Pareció resonar desde las paredes, desde los retratos, desde los suelos pulidos, desde la misma casa que los había criado de forma desigual. Sonó como una puerta al cerrarse.
Era el duque de Ravensford. Matthew era su ayuda de cámara. La verdad siempre había estado allí. La infancia solo había hecho más fácil ignorarla.
Adrian cerró el puño a un costado. Pensó en la blandura de su padre, en sus fracasos, en cómo el afecto no lo había salvado de la debilidad, del ridículo ni de la ruina.
Pensó en Octavia observando cada frontera que se desdibujaba.
Pensó en sirvientes que hablaban con demasiada libertad, en hogares que perdían el orden, en propiedades que se deterioraban bajo una indulgencia disfrazada de bondad.
Se aclaró la garganta. La sonrisa de Matthew vaciló antes de que Adrian dijera nada, como si él también hubiera oído cerrarse la puerta.
—Asegúrese de que el fuego de mi estudio se mantenga encendido hasta medianoche —dijo Adrian. Su voz sonaba formal, incluso para él mismo—. Y que cepillen el abrigo gris. Quizá salga a cabalgar temprano si aclara.
La expresión de Matthew se recompuso de inmediato.
—Sí, Su Excelencia.
Las palabras sonaron mal.
Adrian deseó, con violencia repentina, poder retirarlas. Deseó poder decir: Recuerdo. No he olvidado. No me avergüenzo de lo que fuimos.
En cambio, asintió. Matthew retrocedió. Fue solo un paso, pero fue suficiente.
—Me encargaré de ello —respondió—. Su Excelencia.
La distancia regresó. Esta vez fue peor, porque por un momento no había estado allí en absoluto.