Capítulo 8
Adrian no tenía previsto detenerse en la posada. La idea había sido de Matthew, aunque él no la había planteado así.
Se había limitado a mencionar, con estudiada inocencia, que el mozo de cuadra de El Zorro y la Linterna sabía más sobre el estado del camino del norte que cualquier hombre de la finca, y que ya que Adrian andaba preguntando por las rutas de los arrendatarios y los retrasos en las entregas, quizá le convendría escuchar un relato práctico en lugar de uno filtrado por la nerviosa conciencia del administrador.
Ahora, mientras salían bajo el letrero de la posada hacia la estrecha calle, Matthew seguía hablando.
—...y si Pritchard dice que el puente está en buen estado, Su Excelencia, yo lo interpretaría como que aún no se le ha caído encima a nadie importante.
Adrian lo miró.
—Un criterio exigente.
—Hay que ser justo con el hombre.
—No me interesa ser justo con el hombre.
—Eso ahorrará tiempo, entonces.
Adrian casi habría respondido en el mismo tono, pero entonces la puerta de la posada se abrió y salió la señorita Grey. Se detuvo tan en seco que la capa se le movió sobre el hombro.
Durante un extraño segundo, ninguno se movió. Adrian la miró, luego miró hacia la puerta detrás de ella. El Zorro y la Linterna era un establecimiento bastante respetable, pero no el tipo de lugar donde esperaría encontrar a la dama de compañía de su abuela a media tarde.
El rostro de ella cambió casi imperceptiblemente. Solo alguien que estuviera observando con demasiada atención lo habría notado. Adrian, por desgracia, estaba observando con demasiada atención.
—Señorita Grey —la saludó.
Ella hizo una reverencia.
—Su Excelencia.
Matthew, unos pasos detrás de él, guardó silencio.
Adrian volvió a mirar hacia la posada.
—¿Qué hace usted aquí?
La pregunta le salió más brusca de lo que pretendía. La señorita Grey no se inmutó.
—La duquesa viuda quería un té concreto —aclaró—. En el mercado no lo tenían. La esposa del posadero a veces guarda productos importados para los viajeros, y esperaba que tuviera algo apropiado.
Era una respuesta perfectamente razonable.
Sin embargo, tenía las mejillas encendidas, ya fuera por el frío o por haber sido pillada en algo impropio de una dama.
Un rizo oscuro se le había escapado junto a la sien.
Con una mano enguantada se sujetaba la capa cerrada a la altura de la garganta, y sus ojos se encontraron con los de él con compostura estudiada.
Debería haber aceptado la explicación y seguir adelante.
En cambio, algo en él quería tantear aquella superficie, presionar hasta que aflorara la verdad.
No porque una dama de compañía le debiera explicaciones de cada paso que daba, sino porque ella lo inquietaba, y le disgustaba que alguien bajo su propio techo lo hiciera sentir así.
—Ya veo —respondió.
Los dedos de ella se tensaron brevemente sobre la capa.
Una grieta, entonces. Pequeña, pero visible.
Matthew se removió detrás de él, y Adrian cayó de pronto en la cuenta de cómo debía de verse aquello: el duque de Ravensford plantado en la calle, interrogando a la dama de compañía de su abuela a las puertas de una posada mientras su ayuda de cámara observaba.
—Regresamos a la finca —le dijo—. Puede acompañarnos, si lo desea.
La señorita Grey parpadeó, como si la oferta la hubiera pillado desprevenida.
—Es muy amable, Su Excelencia.
—Es pura practicidad. El camino es el mismo.
—Por supuesto.
Aquello debería haber disipado cualquier atisbo de ternura que se hubiera colado en el momento. Pero no fue así.
Echaron a andar. Matthew se quedó unos pasos atrás, con la discreción natural de un sirviente y la atención nada natural de quien escucha cada palabra. Adrian no volvió la vista, pero lo sentía allí igualmente.
El camino que salía del pueblo se estrechaba entre muros bajos de piedra y setos desnudos por el invierno.
El cielo estaba pálido, el aire húmedo con promesa de lluvia.
La señorita Grey caminaba a su lado guardando una distancia calculada: ni tan cerca como para tomarse confianzas, ni tan lejos como para que su oferta resultara absurda.
Durante varios minutos, ninguno habló. Adrian estaba acostumbrado al silencio. Lo prefería, casi siempre. El silencio no exigía fingir. No hacía preguntas ni ofrecía consuelo ni le recordaba lo que había callado.
Este silencio, sin embargo, estaba claramente habitado: por la posada que dejaban atrás y por la mentira que no había terminado de creerse.
Y la presencia de la señorita Grey a su lado parecía aguzarle los sentidos: el crujido de la grava bajo los zapatos de ella, el leve aroma a aire frío y lavanda que se aferraba a su capa, el modo en que mantenía la mirada al frente como si pudiera obligar al propio camino a convertirse en terreno neutral.
Miró hacia adelante.
—¿Qué tal le va en su puesto?
La pregunta sonó tan rígida que parecía tomada de un manual. A su lado, la señorita Grey se tomó un momento antes de responder.
—La duquesa viuda me mantiene ocupada.
Siguió otro silencio. Oyó a Matthew toser detrás de ellos. Sonaba sospechosamente a risa contenida. Adrian lo ignoró.
—Lo que preguntaba —dijo Adrian— es si la situación le resulta tolerable.
La señorita Grey lo miró. Había cautela en sus ojos, pero también algo más vivo, oculto bajo la superficie.
—La duquesa es... una mujer de opiniones firmes.
Adrian volvió la cabeza.
—¿Es esa —preguntó, conteniendo una sonrisa— una forma diplomática de decir que mi abuela es imposible?
La comisura de los labios de ella se curvó, pese a su evidente esfuerzo por impedirlo.
—No me atrevería a llamar imposible a Su Excelencia.
—No. Por supuesto que no.
—No en voz alta.
Fue tan rápido, dicho con tal sequedad, que Adrian casi no lo pilló.
Entonces estuvo a punto de reírse. La risa le nació inesperadamente en el pecho.
La contuvo antes de que escapara del todo, pero no antes de que la señorita Grey lo advirtiera.
Los ojos de ella se abrieron ligeramente, como si la posibilidad de haberlo divertido fuera tan inesperada para ella como lo era para él.
Adrian apartó la mirada.
—Mi abuela siempre ha sido un personaje difícil.
La confesión se le escapó antes de poder contenerse.
La voz de la señorita Grey se suavizó, aunque solo un poco. —¿De verdad?
—Sí. —Mantuvo la mirada en el camino—. Mi abuelo, por lo que cuentan, temía muy poco en este mundo. Deudas, enfermedades, escándalos, malas cosechas... Nada de eso lo alteraba. Pero cuando mi abuela estaba de mal humor, se retiraba a la biblioteca alegando correspondencia parlamentaria urgente.
La compostura de la señorita Grey se quebró.
Se rio, y el sonido lo pilló completamente desprevenido.
No era la risa comedida de una subordinada que busca complacer a su empleador, ni la risa pulida de una mujer adiestrada para agradar.
Era cálida, repentina, y se desvaneció casi tan pronto como llegó, como si ella misma se hubiera sorprendido al oírla.
Parecía más joven cuando reía, no infantil, precisamente, pero menos a la defensiva. Sus ojos dispares se iluminaron, su boca se suavizó, y algo vívido cruzó su rostro antes de que volviera en sí y lo ocultara.
Su propia expresión cambió en respuesta. Lo sintió suceder. La línea rígida de su boca se relajó. Alguna parte de él, largo tiempo en desuso y mal gobernada, se inclinó hacia una sonrisa.
Entonces cobró conciencia de Matthew detrás de ellos, de la distancia entre duque y dama de compañía, empleador y subordinada, decoro y riesgo.
Adrian se contuvo. Volvió a mirar hacia delante.
—Mi abuela negaría la historia —añadió, más dueño de sí.
—Estoy segura de que lo haría con convicción.
—Hace la mayoría de las cosas con convicción.
—Lo había notado.
Esta vez, no la miró. No podía arriesgarse.
El silencio que siguió fue diferente del anterior, menos tenso, quizás, pero más peligroso precisamente por eso.
Ahora había algo en él que no había estado allí un momento antes: el recuerdo de su risa, el amago de sonrisa de él, y la soltura que se había abierto brevemente entre ellos como una puerta que ninguno debía cruzar.
Detrás de ellos, los pasos de Matthew seguían constantes. Adrian se preguntó, irritado, cuánto habría oído. Todo, probablemente.
Continuaron hacia Ravensford Park bajo el cielo encapotado.
La señorita Grey no volvió a hablar. Tampoco Adrian.
***
Adrian fue a la biblioteca esa noche porque la casa estaba más tranquila a esas horas. En verdad, también era el único momento en que Ravensford Park no parecía exigirle nada.
Entró en la biblioteca con la única intención de recuperar un viejo mapa catastral del armario inferior, cerca de la pared oeste. En cambio, encontró a la señorita Grey.
Estaba acurrucada en el hueco de la ventana, medio oculta tras la caída de la pesada cortina verde. La luz de las velas la envolvía pálida, iluminando el borde del libro abierto en su regazo. Era grande, encuadernado en cuero, y a todas luces lo bastante antiguo como para exigir dedicación.
Levantó la vista al oír la puerta, y la sorpresa le ensanchó los ojos dispares. La visión de aquellos ojos aún le producía ese leve y molesto tirón en la memoria, como un hilo enganchado en algo demasiado profundo para alcanzarlo.
Entonces el momento se rompió. Se puso de pie tan deprisa que el pesado libro casi se le escurrió de las manos. Lo atrapó contra el pecho e hizo una reverencia, entorpecida por el peso del volumen.
—Su Excelencia.
—Señorita Grey.
—Le ruego me disculpe. —Miró una vez a los estantes, luego de vuelta a él—. Debería haber pedido permiso.
—¿Para qué?
—Para usar la biblioteca.
La respuesta llegó tan tarde, tan visiblemente improvisada sobre la marcha, que Adrian la miró un segundo sin responder. Luego, para su propia sorpresa, sonrió.
Se oyó a sí mismo continuar antes de que la cautela interviniera. —Puede usar la biblioteca cuando sus deberes se lo permitan.
Ella bajó la vista al libro que sostenía en brazos. —Gracias, Su Excelencia.