Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Veintidós

La tensión en el desayuno era palpable. Cada vez que uno de nosotros se reía o alzaba la voz, todas las cabezas se volvían hacia nosotros. Las miradas de reojo de los otros escuadrones ya ni siquiera eran sutiles: la sospecha rezumaba por sus ojos.

—Parece que Colmillo de Hierro se cree de la realeza ahora —murmuró Jax, fulminando con la mirada la mesa vacía del escuadrón—. Podrían tener la decencia de comer como el resto de nosotros.

—Están en una misión de reconocimiento con la infantería —dijo Cordelle en voz baja—. Al parecer, pronto nos tocará a nosotros.

—Genial —murmuró Naia, clavando el tenedor en los huevos—. Qué ganas de arriesgar mi vida yo también.

Miré al otro lado de la sala y mis ojos encontraron instintivamente a Zander.

Estaba sentado con Guardia de la Corona, demasiado sereno mientras bebía de una taza.

Cada vez que me atrevía a mirarlo, su mirada parecía estar ya esperando la mía: aguda, penetrante.

Como una serpiente observando a su presa.

Dios, era guapo, de esa forma peligrosa que grita «no te fíes de mí».

Y eso era exactamente lo que era: un depredador envuelto en palabras suaves y esa estúpida sonrisa demasiado perfecta.

Los ojos del hombre incluso se tornaban humo negro cuando estaba enfadado o a punto de desatar su Fuego Oscuro.

Aparté el pensamiento de mi mente y alejé la bandeja.

—Voy a volver a nuestra habitación —le dije a mi escuadrón—. Quiero asearme antes del entrenamiento.

—Voy contigo —se ofreció Riven.

Negué con la cabeza.

—Estoy bien. Nos vemos en la habitación.

El aire estaba demasiado cargado en el comedor y necesitaba espacio.

Apenas había salido por la entrada lateral cuando unas manos me agarraron. Unos dedos se cerraron sobre mi boca y me arrastraron tras la esquina del edificio.

Me debatí con fuerza, pero otro brazo se cerró en torno a las costillas y me inmovilizó los brazos contra los costados. El primer puñetazo me dio en el estómago y gruñí, doblándome sobre mí misma. Otro golpe se estrelló contra las costillas y me dejó sin aire.

—Quédate en el suelo —gruñó una voz.

Me impulsé hacia arriba y clavé el hombro en la barbilla de alguien. Una bota me golpeó en la corva y caí con fuerza, raspándome la cara contra el suelo.

Giré la cabeza lo justo para ver a uno de ellos: encapuchado, con la cara medio cubierta por un trapo. Pero cuando levantó el brazo para asestar otro golpe, la manga se le subió. Un tatuaje le rodeaba la muñeca: un colmillo retorcido rodeado por una cadena negra.

Colmillo de Hierro.

El dolor estalló de nuevo en las costillas y se me nubló la visión.

El rugido de Kaelith partió el aire como un trueno, distante pero inconfundible.

¡Aguanta! La voz de Siergen rugió en mi mente, aguda y urgente.

Pateé a ciegas y sentí el satisfactorio crujido de la bota al impactar contra una mandíbula. El hombre se tambaleó hacia atrás soltando una maldición.

El suelo tembló bajo mis pies y entonces el fuego —brillante y feroz— estalló en el patio. El calor abrasó el aire y mis atacantes huyeron; sus capuchas se desvanecieron en las sombras como humo.

Tosí y rodé sobre el costado. El mundo giraba, pero capté el destello de escamas rubí cuando Siergen aterrizó con un estruendo atronador de alas. Su aliento de fuego aún persistía en el aire, con el humo brotando de las fosas nasales.

¿Estás bien? Su voz retumbó en mi cabeza, áspera pero con un toque de preocupación.

Me puse de pie a duras penas, sujetándome el costado.

—He estado mejor.

Kaelith viene, advirtió.

Estoy bien. Siergen me salvó. Envié el pensamiento a Kaelith.

Presta más atención a tu entorno. Los nobles de sangre pura no son tus amigos. Supe que había dado la vuelta y regresaba hacia la isla.

¿Se refería a Zander? Tae y Eilvin eran básicamente plebeyos a ojos de los nobles.

Lo haré.

Los ojos de Siergen se entrecerraron. Debes informar al jinete de Hein de este ataque.

—Más tarde —me encogí de dolor al moverme—. Necesito ir al baño a limpiarme.

Sus escamas brillaron bajo la luz de la mañana, con el humo escapando de entre los labios. No creas que esto ha terminado, advirtió. Quienquiera que los haya enviado, no se detendrá.

Sabía que tenía razón. Y tenía una idea bastante clara de para quién trabajaban.

Regresé a nuestra habitación y me aseé lo mejor que pude.

La habitación quedó en silencio absoluto en cuanto salí del baño. Había frotado la camisa con la esperanza de que las manchas no se notaran, y el labio había sanado en su mayor parte, pero no lo suficiente para ocultar lo que había pasado.

Los ojos de Jax se clavaron en mí de inmediato y se entornaron con sospecha.

—¿Qué coño ha pasado, Ashe?

Todos los ojos se volvieron hacia mí. Riven cruzó la habitación en segundos y me rozó la cara con los dedos, con sorprendente delicadeza.

—¿Quién te ha pegado?

Me aparté de ella y me dirigí a mi litera.

—Me atacaron después de salir del comedor —mi voz era firme, pero aún saboreaba el cobre en la comisura de la boca—. Llevaban equipo negro. No era armadura de jinete, pero uno de ellos tenía un tatuaje de Colmillo de Hierro en la muñeca. Siergen intervino.

—Están muertos —siseó Tae, con la voz afilada de rabia.

Negué con la cabeza mientras tragaba el dolor de las costillas.

—Se sabe que los asesinos se ponen tatuajes falsos para implicar a otros. Puede que quieran que creamos que fue Colmillo de Hierro.

El aire cambió: nadie se movió, nadie habló.

—¿Crees que ha sido la Orden? —la voz de Naia era baja, casi vacilante.

—Es posible —dije, estrujando la manta entre los dedos—. Necesito más información antes de acusar a otro escuadrón.

—Esto es una puta mierda —gruñó Jax, yendo y viniendo cerca de su litera. Cerraba y abría los puños como si estuviera deseando golpear algo.

—No podemos tomar represalias sin pruebas —dijo Cordelle en voz baja, sin apartar los ojos de mí—. Pero dijiste que te arrastraron detrás del comedor, ¿no?

Asentí.

—Puede que haya huellas. Voy a comprobarlo.

—Voy contigo —dijo Tae, con la voz todavía cargada de rabia.

—Buscaré a Zander —se ofreció Naia—. Probablemente sea el único que nos creerá si esto fue obra de la Orden.

—No necesito a Zander —murmuré—. Estoy bien.

—No estás bien —replicó Riven—. Si Siergen no hubiera aparecido...

Se calló, tragando con dificultad.

—Quien hizo esto no intentaba asustarte: intentaba matarte.

Sus palabras me golpearon en el pecho, y por un momento no pude respirar. Tenía razón. No se habían contenido. Quien había enviado a esos hombres quería verme muerta.

—Estaré bien —repetí—. Pero quien haya hecho esto se va a arrepentir.

—Joder que sí —murmuró Jax—. La próxima vez que vayas a algún sitio, iremos contigo.

—De acuerdo —añadió Ferrula, con el rostro pétreo.

La puerta crujió al abrirse, y Cordelle y Tae entraron con expresiones sombrías. Supe antes de que hablaran que lo que habían encontrado no me tranquilizaría.

—Hemos comprobado la zona —dijo Cordelle en voz baja—. Las huellas de las botas... son del equipo estándar de los escuadrones.

Solté un bufido.

—Eso no demuestra nada. La Orden podría conseguirlo.

Tae se cruzó de brazos.

—Puede, pero ¿podrían colar a varios asesinos en el castillo durante el desayuno? ¿Sin que nadie se diera cuenta?

Se me revolvió el estómago. Tenía razón. El momento, la precisión... era demasiado calculado para ser casual. Quien había ordenado el ataque conocía mi horario, sabía dónde estaría. No era fruto del azar. Era deliberado.

—Están intentando ponernos paranoicos —murmuró Naia, yendo y viniendo cerca de la ventana—. Quieren que desconfiemos unos de otros.

—Pues está funcionando —espetó Jax—. Si no podemos confiar en nadie, ¿qué coño hacemos?

—Confiamos unos en otros —dijo Riven con firmeza—. Es lo único que podemos hacer.

La habitación se quedó en silencio ante sus palabras, cargada de promesas tácitas. Mi escuadrón, mi nueva familia, no iba a irse a ninguna parte. Tramara lo que tramara la Orden, no iban a destruirnos.

—Vuelvo enseguida —dijo Cordelle de repente, dirigiéndose a la puerta.

—¿Adónde vas? —pregunté.

Se detuvo el tiempo justo para sonreír.

—A traerte un té. Parece que te vendría bien.

Cuando regresó unos minutos después, Cordelle me entregó una taza humeante; el aroma de las hierbas me acarició el rostro. Agarré la taza como si fuera lo único que me mantenía anclada a la realidad.

—Gracias —murmuré, con la voz más suave de lo que pretendía.

Cordelle se encogió de hombros.

—De nada. Pero deberías saber que me crucé con Zander. Creo que sospecha algo.

—Puede que Kaelith se lo haya dicho a Hein.

Riven frunció los labios.

—¿Tu padre realmente ordenaría que te mataran?

Di un sorbo y el calor se extendió por mi pecho.

—No siempre me odió —susurré, pensando en Cyran—. Cuando era pequeña... antes de que Dalila muriera, creo que de verdad le importaba.

El escuadrón se quedó quieto, esperando en silencio, como si supieran que necesitaba desahogarme.

—Me traía cintas para el pelo o dulces, cosas que decía que mi madre me habría dado si estuviera viva —dije, con la mirada fija en el té—.

Creo... creo que de verdad lo intentó al principio.

Pero después de que Dalila muriera, fue como si me convirtiera en una carga, algo que administrar en vez de querer.

Luego Solei me entrenó, y él se dio cuenta de que tenía potencial.

Dejé de ser su hija ese día. A partir de entonces solo fui un recurso.

Riven extendió la mano y cerró los dedos sobre los míos.

—Nunca fuiste solo un recurso.

Logré esbozar una sonrisa temblorosa.

—Díselo a Cyran.

—Olvídate de él —dijo Jax—. Ahora nos tienes a nosotros.

—Eres familia —añadió Naia en voz baja—. Resolveremos esto juntos.

Tragué saliva y asentí. Por primera vez desde que Cyran me había dado la espalda, sentí algo sólido bajo mis pies. Daba igual lo que la Orden hubiera planeado o lo que mi padre hubiera hecho: sabía que no lo afrontaría sola.

La puerta se abrió de golpe, y todos giramos la cabeza hacia ella.

Zander Rayne entró como si fuera el dueño del lugar, con el rostro duro.

Sus ojos oscuros, como una tormenta apenas contenida, recorrieron la habitación antes de posarse en mí.

No eran del todo negros, pero estaban peligrosamente cerca.

—¿Qué coño ha pasado? —Su voz era un gruñido grave, de esos que te dejan sin aire.

Tragué saliva.

—Me atacaron —mantuve la voz firme, pero los dedos se me tensaron alrededor de la taza de té que me había traído Cordelle—. Tres hombres de negro. No llevaban armadura de jinete, pero uno tenía un tatuaje de Colmillo de Hierro.

Zander soltó una maldición entre dientes y se volvió hacia los demás.

—Id a los Terrenos de Ascensión. Ahora.

Nadie lo cuestionó. Tae agarró sus botas, Jax murmuró algo sobre «no tener ni un maldito respiro» y los demás salieron en fila. Sabía que debía seguirlos, pero la mirada de Zander seguía fija en la mía y me clavaba en el sitio.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, cruzó la habitación y se dejó caer pesadamente en mi cama, tan cerca que su muslo rozó el mío. Su aroma —cuero, humo, algo levemente metálico como el acero— me envolvió, y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no inclinarme hacia él.

—¿Por qué no puedes mantenerte alejada de los problemas ni cinco minutos? —Su tono era seco, pero sin verdadera irritación.

—No andaba precisamente buscando peleas —repliqué—. Volvía del desayuno.

Soltó un suspiro y se pasó una mano por la cara.

—Es como si fueras un imán para el caos.

—¿Sí? Pues quizá si mi dragona me quisiera de verdad, no estaría medio muerta un día sí y otro también. —La amargura en mi voz me sorprendió.

Zander soltó una risa seca, sin pizca de humor.

—Kaelith no te odia. Solo es... terca.

—Como su jinete —murmuré.

Su boca se torció como si quisiera sonreír pero no se atreviera. En lugar de eso, clavó la mirada en mí, y algo cambió en sus ojos: esa tormenta oscura y arremolinada que cobraba fuerza. Sus pupilas se dilataron, devorando el lavanda hasta que sus ojos quedaron completamente negros.

Debería haber tenido miedo. Sabía lo que significaba: Fuego Oscuro bullendo bajo su piel, poder apenas contenido. Pero en lugar de alejarme, me acerqué más.

Estúpida. Qué estúpida.

—Deberías tenerme miedo —murmuró con voz más queda, como si no supiera muy bien qué hacer conmigo.

—Lo sé —dije. El corazón me latía con fuerza en los oídos, pero no retrocedí—. Pero no te lo tengo.

Soltó un suspiro quedo y, por un instante fugaz, alzó la mano —como si fuera a tocarme— pero se contuvo y cerró los dedos en un puño.

—Deberías —repitió, pero esta vez no sonó a advertencia.

Sonó a arrepentimiento.

Aún sentía su calor cuando se levantó y se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo y se volvió hacia mí.

—No vuelvas a deambular sola por el recinto —dijo—. No hasta que yo diga que es seguro.

—Claro.

Zander frunció el ceño.

—Ojalá esto fuera lo peor que te va a pasar hoy.

—¿Qué quieres decir?

—Ve a los Terrenos de Ascensión, Ashlyn. Estás a punto de averiguarlo.