Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Diecisiete

Los Terrenos de Ascensión bullían de energía mientras el escuadrón llamaba a sus dragones.

El aire se estremecía de poder cuando los vínculos entre jinete y bestia se conectaban, una orden tácita que los lanzaba al vuelo desde la Isla del Dragón.

Exhalé por la nariz, concentrándome en el hilo familiar de mi mente.

¿Kaelith?

Silencio.

De pronto, un rugido resonó desde el horizonte.

Levanté la vista justo a tiempo para verla irrumpir desde el oasis verde de las islas; su forma masiva eclipsaba el sol.

No estaba sola. Hein lideraba el vuelo con sus enormes alas plateadas que hendían el aire, y Zola volaba justo detrás de él.

Riven sonrió mientras su dragón mantenía una formación perfecta.

Koddos, azul oscuro, casi negro, surcaba el cielo como una tormenta que se aproximaba, mientras Temil, Narvea y los demás llenaban los espacios intermedios.

Y entonces, al final de la formación, un destello rojo rubí me llamó la atención. Siergen.

Era un espectáculo digno de contemplar: dragones de todos los colores que formaban un arco inmenso en el cielo, con la luz de la mañana reflejada en sus escamas relucientes. Como un arcoíris de dragones, feroz e indómito.

Descendieron en una ráfaga de viento y poder, levantando polvo al aterrizar. Kaelith tocó tierra la última; sus escamas violeta oscuro se ensombrecieron bajo la sombra mientras sus ojos dorados se clavaban en los míos con pura irritación.

Me acerqué a ella con cautela. ¿Cómo quieres hacer esto?

Sus fosas nasales se dilataron. Preferiblemente, contigo en el suelo, que es donde debes estar.

No es una opción. Crucé los brazos. Tenemos un vuelo largo por delante. Me llevarás de una forma u otra, así que podemos hacer esto más fácil o más doloroso para las dos.

Su cola se agitó y me lanzó una ráfaga de viento. Das por hecho que me importa.

Resistí el impulso de frotarme la sien. Bien. No usaré silla. Solo la cuerda. Y llevaré mis provisiones en una mochila en lugar de atártelas.

Resopló, mirándome como si fuera algo pegado a su garra. Al menos empiezas a conocer tu sitio. Aunque dudo que ni siquiera una cuerda te impida caerte de culo. Ponte el artilugio, pero no des por hecho que haré esto cada vez que necesites volar.

Sonreí con sorna. Me encanta tu lado tierno y entrañable.

No respondió, pero tampoco salió volando. Era lo más parecido a cooperar que iba a conseguir de ella.

Me volví hacia Zander, que ya se acercaba a las barandillas.

—Ha aceptado.

Por ahora, murmuró Kaelith en mi mente.

Zander arqueó una ceja, pero en vez de cuestionarme, agarró su silla de la sección de Guardia de la Corona y se dirigió hacia Hein.

—Observa con atención. Esto te salvará la vida algún día.

Levantó el voluminoso cuero sobre el lomo de Hein, apretó las correas bajo el vientre del dragón y enrolló arneses adicionales alrededor de su pecho. El diseño era intrincado pero práctico, pensado para sujetar al jinete y a la vez permitir movilidad suficiente para ajustarse en pleno vuelo.

—Coged las sillas según vuestro tamaño —instruyó Zander.

Ya sabía qué tamaño necesitaba. Grande.

Jax, Ferrula y yo fuimos a coger las nuestras, pero en cuanto levanté la mía hacia su lomo, Kaelith retrocedió un paso y dejó que resbalara de mis dedos y se estrellara contra el suelo con un fuerte golpe.

Cerré los ojos un segundo. ¿En serio?

Zander suspiró, se acercó y levantó la silla sin esfuerzo. Su cuerpo estaba cerca, su calor perceptible incluso a través del frío matutino. Olía a cuero y a algo inconfundiblemente masculino: humo de leña, quizá, o a lo que fuera que olieran la tormenta y el acero.

—Primero tienes que abrochar el arnés del pecho —murmuró con voz queda mientras se inclinaba hacia delante, pasando junto a mí para enrollar la correa bajo el amplio cuello de Kaelith.

Su aliento me rozó la mejilla y tragué saliva, concentrándome en cualquier cosa menos en cómo su brazo presionaba contra el mío.

Sus dedos se movían hábiles sobre el cuero y apretaban las correas con soltura, pero sus ojos se desviaron hacia los míos: perezosos, cómplices.

—A menos que disfrutes pasándolas canutas, Rebec, te sugiero que prestes atención.

Resoplé con desdén para disimular el calor que me subía por la espalda.

—Ya iba llegando.

Su sonrisa fue lenta, deliberada.

—Claro que sí.

Maldito sea.

Me concentré en la silla, siguiendo sus movimientos mientras aseguraba cada pieza con precisión calculada.

Pero cuando fui a coger la siguiente correa, nuestros dedos se rozaron.

Una descarga de calor me subió por el brazo y lo sentí tensarse: solo un destello de vacilación, la mandíbula apretada como si luchara contra su propia reacción.

El aire entre nosotros cambió.

Una inhalación lenta.

Un instante de más.

Mi pulso me traicionó y martilleaba contra mis costillas mientras mantenía los ojos bajos, fingiendo que la tensión en el aire eran solo imaginaciones mías.

Pero no lo eran.

—¿Pasa algo? —pregunté, ladeando ligeramente la cabeza. Mi voz sonó más suave de lo que pretendía.

Zander exhaló. Sus dedos se tensaron en la correa antes de tirar con fuerza, demasiada fuerza. El cuero se ajustó en su sitio con un tirón que lo sacudió hacia delante, lo justo para que mi pecho rozara el suyo.

Un músculo le palpitó en la mandíbula.

—En absoluto.

Mentiroso.

Kaelith resopló y su irritación me atravesó la mente. ¿Habéis terminado de follaros con los ojos? Me gustaría despegar antes del próximo siglo.

El calor me subió al rostro mientras le echaba la cuerda al cuello.

Zander se rio entre dientes, una risa oscura y divertida.

—Esperemos que esta vez decida mantenerte en el aire.

Resoplé al subirme a la espalda de Kaelith, agarrando la cuerda. —Oh, seguro que se muere por mantenerme a salvo.

Kaelith ronroneó en mi mente, destilando sarcasmo. Por fin empiezas a pillar cómo funciona esto.

En cuanto nos lanzamos al cielo, mi cuerpo se meció al ritmo de los aleteos de Kaelith.

La montura lo cambió todo: ya no tenía que aferrarme a la cuerda como si me fuera la vida en ello, ya no tenía que rezar para que Kaelith no me dejara caer solo por demostrar algo.

El cuero era suave, firme bajo mis manos, y esa seguridad apaciguó algo en lo más hondo de mi pecho.

La verdad es que esto está bastante bien, admití a regañadientes por nuestro vínculo.

Kaelith soltó un gruñido mientras sus enormes alas hendían el cielo, manteniendo el ritmo con Hein. Te conformas con poco, murmuró, aunque habría jurado que había algo casi presumido en su tono.

Ascendimos más alto, sobrevolando la Isla del Dragón.

Desde aquella altura, solo se veía la isla más grande, con sus acantilados irregulares que se extendían hasta el horizonte.

Las islas más pequeñas quedaban más al oeste, difuminándose en la niebla, pero nosotros viramos hacia el sur, rumbo directo a Thubia.

Zander había dicho que eran seis horas de vuelo. Seis horas, y Thubia ni siquiera estaba en el extremo sur del continente. De pronto fui consciente de la inmensidad de todo, de lo vasto que era nuestro mundo y de cuánto me quedaba por ver.

Llevábamos unas cinco horas volando cuando algo centelleó en la distancia.

Un extraño pulso de luz recorrió el cielo, como una explosión silenciosa.

—¿Qué demonios ha sido eso? —rugió Jax por encima del viento.

En cuanto me atravesó, el estómago se me revolvió y mi conexión con Kaelith empezó a titilar, como una linterna que lucha por mantenerse encendida.

—¡No invoquéis vuestros poderes! —la voz de Zander cortó el caos.

Tiró de Hein en un ascenso brusco mientras escudriñaba los cielos.

—¡Es un hechizo de ruptura! ¡Desestabiliza la conexión entre jinete y dragón!

Me quedé rígida, aferrándome al pomo de la montura mientras Kaelith trastabillaba un instante antes de recuperar el equilibrio.

—¿Quién lo ha lanzado? —gritó Riven.

—No lo sé —gruñó Zander—. ¡No hay nadie entre nosotros y Thubia!

El aire volvió a cambiar.

Gotas de lluvia me azotaron el rostro, frías y repentinas.

Luego granizo.

¿Qué está pasando?

—¡Alguien está manipulando el clima! —grité, protegiéndome los ojos mientras el hielo repiqueteaba contra mi armadura.

Zander se giró y clavó sus ojos en los míos con una mirada dura, evaluadora.

—¡No soy yo! —espeté antes de que pudiera decirlo.

Pero mi escuadrón no estaba convencido.

Vi las miradas recelosas que se cruzaban entre ellos. La ligera vacilación.

Apreté la mandíbula y me concentré en Kaelith. Si me dejaras anclar mi poder, podría detener esto.

Su respuesta fue inmediata. Los dragones no se derriten con el agua.

Bien, gruñí.

La tormenta arreció, los vientos se volvieron brutales mientras volábamos a toda velocidad hacia Thubia.

En cuanto las enormes garras de Kaelith tocaron la arena húmeda, solté el aire y me sacudí el malestar persistente del vuelo. La lluvia había amainado hasta convertirse en una llovizna fina, pero el aire estaba cargado de humedad, y el olor a sal y madera carbonizada se pegaba a cada respiración.

Zander se deslizó de la montura de Hein con soltura practicada y aterrizó con ligereza antes de volverse hacia nosotros.

Los demás lo imitamos; las botas se nos hundían en la orilla húmeda mientras nuestros dragones volvían a despegar, y sus poderosas alas levantaban ráfagas de viento en todas direcciones.

—¿Adónde van? —preguntó Naia, viendo cómo Temil desaparecía entre los árboles más allá del puerto en ruinas.

—Cazarán en los bosques de las afueras de Thubia mientras realizamos la inspección —respondió Zander, ajustándose las correas de los guantes—. Puede que tengamos que pasar la noche aquí si el tiempo no mejora.

—¿Dónde nos quedaremos? —pregunté.

—En el castillo, por supuesto. Somos jinetes requeridos. Nuestra presencia aquí es un privilegio.

Jax gruñó. —Vaya. Me pregunto si podrías sonar más pomposo y estirado.

Sonreí con sorna. —Créeme, podría.

Riven resopló y los demás se rieron. Pero Zander, siempre tan regio, se limitó a hacernos un gesto para que lo siguiéramos sin inmutarse.