Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Dieciséis

Entré en la habitación antes de que Cordelle me indicara que me acercara. Me dejé caer en su cama, estirando las piernas mientras él acariciaba un viejo libro que había estado hojeando. Era grueso, con las páginas amarillentas por el tiempo, y desprendía un olor a tinta y humo de vela.

—Hola —dije, en voz tan baja que los demás no pudieran oírme por encima de sus conversaciones.

Los ojos oscuros de Cordelle se posaron en mí, estudiando mi rostro. Siempre parecía saber cuándo algo andaba mal.

—Lamento que hoy lo hayas pasado mal.

Suspiré, frotándome las sienes.

—Kaelith está empeñada en hacerme la vida imposible.

Los labios de Cordelle se curvaron como si quisiera decir algo, pero se lo pensó mejor. En su lugar, tamborileó con un dedo sobre el libro que tenía en el regazo.

—Encontré algo.

Alcé una ceja.

—¿Sobre?

—Tu vínculo. O la falta de él.

Eso captó mi atención. Me incliné hacia delante.

—Continúa.

Pasó las hojas hasta una página desgastada, cubierta de una escritura elegante y fluida.

—Aquí hay un registro de un jinete que no lograba vincularse con su dragón. Dice: «Cuando la bestia se resiste al vínculo, no siempre es rechazo. A veces, es una guerra entre el pasado y el presente. Un dragón no sirve a un jinete que no sabe quién es».

Se me revolvió el estómago.

—¿Qué demonios significa eso, por Korhan?

Cordelle se encogió de hombros.

—Quizás Kaelith está esperando a que lo descubras antes de aceptarte del todo.

Resoplé.

—Sé quién soy.

—¿De verdad? —la voz de Cordelle era más suave ahora, su mirada casi… triste—. Porque no actúas como alguien que lo sabe. Peleas como si tuvieras algo que demostrar. Eres leal a un padre que te traicionó. Y ahora estás pensando en colarte en una mazmorra por una simple sospecha.

Aferré la manta con los dedos. No estaba equivocado.

Antes de que pudiera responder, Jax salió del baño secándose el pelo húmedo con una toalla.

—Joder, el agua está helada —murmuró antes de dejarse caer en su cama.

—¿Dónde está Tae? —pregunté, deseando cambiar de tema.

Riven sonrió con suficiencia.

—Tiene una… reunión con una noble de Guardia de la Corona.

—¿Zander? —pregunté.

Naia arqueó las cejas con picardía.

—Seguramente con la dama que lo saludó el otro día.

—Oh —sonreí—. Habría sido más divertido si fuera Zander.

Eso arrancó una ronda de risas en la habitación.

Cordelle, sin embargo, se limitaba a observarme, pensativo como siempre. Dejó que la conversación fluyera a nuestro alrededor, pero me di cuenta de que no iba a dejar pasar el tema.

Jax dejó caer la toalla y empezó a vestirse. La mayoría apartamos la mirada, pero Ferrula se quedó mirándolo.

—Es una lástima —dijo ella.

—¿Que sea tan guapo? —respondió Jax mientras se abrochaba los pantalones.

—Que estemos en el mismo escuadrón y que seas tan joven.

Jax se puso la camisa.

—Tienes treinta años. Solo soy tres años menor que tú. Además, las reglas están para saltárselas… o romperlas, según lo persuasivo que seas.

Ferrula sonrió con suficiencia.

—Apuesto a que romperíamos más que el protocolo.

Jax se rio y Naia gruñó.

—Ni de broma. No pienso poner el cartelito de «no molestar» en la puerta. Ya es bastante malo compartir el baño —dijo.

—Y ya veo demasiado el culo de Jax al aire —añadió Riven.

—La verdad es que tiene buen culo —dijo Ferrula.

—Gracias, Ferr —dijo Jax, tumbándose en su litera. Se volvió hacia nosotros—. Cordy, ¿en qué andas?

Cordelle sacó su diario personal.

—He escrito otro poema, ¿queréis escucharlo?

—Por supuesto, amigo.

Cordelle se aclaró la garganta antes de hablar.

—Te busqué con las manos abiertas,

un susurro anhelando ser oído.

Pero el silencio me envolvió en sus cadenas,

y ningún sonido fue emitido.

¿No ves las cicatrices que llevo?

¿El peso de batallas libradas en soledad?

Y aun así te alejas, inflexible, frío,

un corazón tras muros de piedra encerrado.

Si fuera digno, ¿te quedarías?

¿O es este destino un vínculo vacío?

Una atadura deshilachada por la mano cruel del hado,

un sueño que alcanzo, siempre lejano.

La habitación quedó en silencio cuando Cordelle terminó de leer. Me quedé mirando mis manos, sintiendo cómo las palabras se me hundían en la piel como algo tangible.

—Joder —murmuró Jax, frotándose la nuca—. Eso ha sido… intenso.

Cordelle se encogió de hombros, pero había algo en sus ojos.

—No todas las historias van de victorias.

No podía discutírselo.

El silencio tras el poema de Cordelle persistió, tan denso como una tormenta a punto de estallar. Sus dedos recorrieron los bordes desgastados del libro, la mirada perdida en algún lugar mucho más allá de nuestra pequeña habitación en penumbra.

Riven fue la primera en hablar, con voz suave y cuidadosa. —¿Qué historia hay detrás de ese poema?

Cordelle apretó la mandíbula. Cerró el libro sin levantar la vista. —Habla de la pérdida.

Esperamos, dejándole espacio por si quería continuar. Al cabo de un momento, exhaló y habló en voz queda. —Mi madre fue asesinada en el castillo hace diez años.

Un escalofrío me recorrió la columna. Me incliné hacia delante.

—¿Asesinada?

Cordelle asintió. Sus dedos se cerraron alrededor del libro como si quisiera aplastarlo. —Le rogué que se quedara en casa ese día. Le dije que no me sentía bien, que la necesitaba.

Tragó saliva, pero su rostro permanecía inescrutable.

—Dijo que tenía responsabilidades, que no podía eludirlas.

Un músculo le palpitó en la mandíbula.

—Nunca regresó.

La habitación parecía haberse encogido; el peso de sus palabras nos oprimía a todos.

—¿Descubrieron quién lo hizo? —pregunté.

Cordelle soltó una risa hueca y negó con la cabeza.

—Mi padre lo intentó, pero... era una plebeya. Ya sabes cómo es.

Lo sabía.

Naia dejó escapar un suspiro lento.

—Simplemente lo dejaron pasar.

Cordelle alzó la vista hacia mí, y por primera vez vi la furia silenciosa en sus ojos azul pálido.

—Eso es lo que pasa con la nobleza, ¿no? —murmuró—. Ellos deciden qué muertes importan.

Apreté la mano de Cordelle, ofreciéndole el poco consuelo que podía.

—Ella estaría tan orgullosa de ti, Cordelle —dije con voz suave, queriendo que lo creyera—. Yo lo estoy.

Me dedicó una pequeña sonrisa agradecida, una que me recordó al hermano menor que nunca tuve. No era mucho, pero vi cómo la tensión de sus hombros se aliviaba un poco.

El momento se rompió cuando Ferrula se sentó en su cama. Los demás volvimos a las nuestras. Retiró las mantas sin decir palabra, pero antes de que pudiera meterse, Jax palmeó el espacio vacío a su lado con una sonrisa.

—Puedes dormir aquí si quieres.

Ferrula resopló, mirándolo como si fuera la cosa más patética que hubiera visto jamás.

—No podrías con tanta mujer, Jax.

Esponjó la almohada.

—Y no quiero lidiar con las quejas por ruido.

Jax frunció el ceño, confundido.

—¿Quejas por ruido?

Ferrula se estiró con una sonrisa de suficiencia mientras se acomodaba bajo la manta.

—Confía en mí, serías un gritón.

A Jax se le descolgó la mandíbula; su expresión atónita no tenía precio mientras los demás luchábamos por contener la risa. Riven hundió la cara en la almohada, Naia se mordió el labio y yo me metí la manta en la boca para ahogar el sonido.

La habitación quedó en silencio; solo se oía el ritmo constante de nuestra respiración. Unos instantes después, Jax resopló con dramatismo.

—Mujer, me lo tomo como un desafío.

Sonreí para mis adentros antes de que el sueño finalmente me venciera.

La paz no duró mucho.

Unos gritos en el exterior me despertaron de golpe: voces agudas y urgentes en el aire fresco de la mañana. Mis compañeros de escuadrón se removieron, adormilados pero alertas, mientras todos nos incorporábamos y mirábamos hacia la puerta.

—¿Y ahora qué? —murmuró Naia, frotándose los ojos.

Aparté la manta y alargué la mano hacia las botas. Fuera lo que fuera, sonaba serio.

Nos vestimos rápidamente, abrochándonos la armadura de vuelo con urgencia practicada.

La tensión en el aire era inconfundible, un zumbido agudo de inquietud que se instaló en mi pecho mientras salíamos de la habitación.

Miembros de todos los escuadrones del Cuarto Gremio ya se dirigían hacia los Terrenos de Ascensión; el estruendo de voces aumentaba con cada paso.

En el centro de todo, Dorian, Zander y Theron estaban enzarzados en una acalorada discusión.

—¡Apenas saben montar! —siseó Zander; su compostura habitual se deshilachaba por los bordes.

Theron resopló, erguido con aire de autoridad.

—Pasaron la Prueba del Ala Mortal.

La expresión de Dorian se ensombreció mientras señalaba a Theron con el dedo.

—Estás haciendo esto porque tengo que irme.

Theron cuadró los hombros, pura arrogancia imperturbable.

—Tienes órdenes del rey de visitar los reinos periféricos y asegurar más... reclutas. Sugiero que te despliegues rápidamente.

Su tono era cortante, desdeñoso.

—Me han encargado proteger los puertos occidentales. Es poco probable que los agresores sean Fae de Sangre. Atacan los reinos orientales, no el oeste.

Dorian se acercó más; su presencia irradiaba una furia descontrolada.

—Estás enviando a nuestro hermano con un escuadrón lleno de jinetes sin vínculo.

Theron sonrió con suficiencia, su confianza tan exasperante como inquebrantable.

—¿Qué mejor escenario que forzar a un jinete y un dragón a trabajar juntos?

—Eres un completo imbécil —siseó Dorian.

Theron simplemente sonrió, imperturbable.

—Y tú eres un gilipollas pomposo, pero eso no cambia nada.

Se volvió hacia Zander con una inclinación arrogante de barbilla.

—Reúne a tu escuadrón... bueno, el escuadrón del que te has hecho responsable.

Vi el cambio en los ojos de Zander. El lavanda se tiñó de negro puro; su rabia crepitaba bajo la superficie como una tormenta a punto de estallar.

Se me cortó la respiración. Había visto esa mirada antes.

La oscuridad justo bajo su piel, el poder apenas contenido que amenazaba con consumir todo a su alrededor.

Dorian actuó rápido y le puso una mano firme en el pecho a Zander.