Capítulo
Catorce
La sesión de entrenamiento apenas empezaba a resultar manejable —si es que recibir una paliza de Zander podía considerarse así— cuando él se detuvo de repente, ladeando la cabeza como si escuchara algo que solo él podía oír.
Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento antes de que se volviera hacia mí.
—Tenemos que volver a los Terrenos de Ascensión. Mis hermanos quieren reunirse.
Intenté no gemir. «Genial. Más realeza con la que lidiar».
Aun así, lo seguí por los sinuosos escalones de piedra. Mis piernas ya protestaban después de haber subido hasta allí antes.
Los barracones de los guardianes ocupaban la mayoría de los niveles inferiores de la torre, con habitaciones talladas en las paredes curvas. Mientras descendíamos, un rostro familiar asomó de una de ellas: un joven de cabello castaño claro y amables ojos avellana.
Lo reconocí de inmediato.
—Hola —llamé, aflojando el paso—. Eres Quinn, ¿verdad?
Quinn se volvió al oír su nombre, con el ceño fruncido como si no me reconociera del todo. Pero al cabo de un segundo, algo encajó en su mirada.
—Sí —asintió, observándome—. ¿Eres jinete de dragón?
—Lo soy —dije, poniéndome a su altura—. Estábamos entrenando en lo alto de la torre.
Zander ya se había adelantado y había desaparecido escaleras abajo sin molestarse en esperarme. Lo que significaba que solo tenía unos momentos.
—¿Cómo estás? —pregunté—. ¿Te tratan bien por aquí?
El rostro de Quinn se iluminó y su postura se irguió con algo parecido al orgullo.
—Son muy buenos con nosotros —dijo, casi radiante—. Me preocupaba ser uno de los primeros guardianes plebeyos, pero nos tratan como si fuéramos nobles.
Me quedé inmóvil medio segundo, intentando que mi sorpresa no se reflejara en el rostro.
—Vaya. Eso es genial —dije despacio—. No puedo decir lo mismo de los jinetes de dragón.
La sonrisa de Quinn vaciló un poco.
—He oído que los plebeyos de infantería y los sanadores también tienen algunas... dificultades.
Sí. Eso era interesante.
Forcé una sonrisa irónica.
—Bueno, tengo que irme. Me alegro de haberte visto, Quinn.
Se despidió con la mano mientras yo aceleraba el paso y bajaba los últimos escalones al trote para alcanzar a Zander.
Los gritos me llegaron antes incluso de salir de la torre.
No era una sola voz, sino varias, que resonaban por los Terrenos de Ascensión.
Zander ya estaba delante de mí, con los hombros tensos mientras avanzaba hacia sus hermanos y los oficiales reunidos.
Exhalé despacio, preparándome.
Fuera lo que fuera... no era nada bueno.
Para cuando Zander y yo pisamos los Terrenos de Ascensión, la discusión ya había alcanzado un punto crítico.
Dos hombres se encontraban en el centro de la tormenta: el príncipe Dorian, vestido con sus habituales cueros negros, y el príncipe Theron, ataviado con toda la regalia militar y con la espada ancha sujeta a la espalda.
Soldados del Primer Gremio se encontraban detrás de Theron, con los rostros tensos e incómodos, mientras que una mezcla de jinetes de dragón y oficiales al mando se agrupaba cerca de Dorian.
Zander apenas tuvo tiempo de asimilarlo todo antes de que Theron se volviera hacia él con la furia ardiendo en sus ojos oscuros.
—¿Qué está pasando? —exigió Zander.
Su voz cortó la tensión.
Theron señaló a Dorian con el dedo.
—Pregúntale a él. Estábamos en plenos ejercicios de entrenamiento cuando sus jinetes de dragón se apoderaron de los terrenos.
Dorian cruzó los brazos con soltura, completamente imperturbable.
—Tienes tu propia sección del patio para entrenar, hermano —dijo con suavidad.
—Es demasiado pequeña —espetó Theron—. Estábamos usando todo el espacio. Mis hombres necesitan entrenamiento de resistencia, y tú y tus jinetes entrasteis como si fuerais los dueños del maldito castillo.
Dorian ladeó la cabeza con burla.
—Lo soy, en parte. Que yo sepa, estamos librando una guerra que requiere dragones. Tú estás entrenando infantería, Theron. Soldados de a pie.
Su voz se volvió más cortante.
—¿De verdad crees que tus hombres sobrevivirán en el campo de batalla sin apoyo aéreo?
—¡No puedes dictarme cómo entreno a mis tropas! —replicó Theron—. No todos podemos volar por encima de la batalla. Algunos tenemos que mantenernos firmes en el suelo. Mis hombres son tan importantes como los tuyos.
—¿Lo son? —preguntó Dorian con tono burlón, aunque había un destello peligroso en sus ojos.
Eso bastó.
Theron se abalanzó hacia delante con los puños apretados, pero varios de sus hombres lo sujetaron antes de que pudiera plantarse frente a Dorian.
Todo el patio quedó en silencio.
Los soldados de ambos bandos alternaban la mirada entre los príncipes, con la inquietud pintada en el rostro.
Zander se interpuso entre ellos con los hombros cuadrados.
—Basta —dijo con voz baja y de advertencia—. Ya hay tensión entre los gremios. Si dividimos nuestras propias fuerzas, nos destrozarán antes de llegar siquiera a la batalla.
Theron apenas lo miró, con la atención fija únicamente en Dorian.
Dorian suspiró como si todo aquello le resultara tedioso.
—No estamos divididos. Simplemente le estaba recordando a nuestro querido hermano que sus soldados de a pie no son la prioridad.
Todo el cuerpo de Theron se tensó y su furia se desbordó, pero esta vez no arremetió: clavó la mirada furiosa en Zander.
—Siempre te pones de su lado —gruñó—. Porque ahora eres uno de ellos.
Zander se puso rígido y apretó la mandíbula.
—No me pongo del lado de nadie —dijo con voz controlada—. Pero lucho por mantener este reino en pie. Y eso significa que trabajamos juntos.
Theron resopló. —Dejaste de ser parte de este reino en el momento en que te vinculaste con uno de ellos.
Las palabras golpearon como un puñetazo.
Por primera vez, vi un destello de algo en el rostro de Zander: algo visceral.
Aislamiento.
Como si llevara años intentando mantener la paz y solo hubiera recibido desconfianza a cambio.
Dorian también lo notó.
—Ya es suficiente, Theron —dijo, esta vez sin rastro de burla en la voz.
Pero Theron ya se alejaba a grandes zancadas, con sus hombres pisándole los talones.
La tensión persistió incluso después de su partida; los oficiales reunidos se removían incómodos.
Zander se quedó inmóvil un momento, con el rostro inexpresivo. Luego soltó el aire despacio y se volvió hacia Dorian.
—Podrías haberlo llevado mejor —murmuró.
Dorian se limitó a esbozar una sonrisa burlona. —Sí. Pero ¿qué gracia tendría eso?
Zander le lanzó una mirada fulminante, pero no replicó.
Lo observé con atención, invadida por algo que no había sentido antes: una extraña compasión.
Porque pese a todo su poder, Zander seguía siendo el príncipe atrapado entre dos mundos.
Y a juzgar por las apariencias, ninguno de los dos lo aceptaba del todo.
—Forja de Tormenta entrenará primero. Los demás escuadrones, a descansar —dijo Dorian.
Estaba a punto de dirigirme hacia nuestros barracones cuando Zander se puso a mi lado, igualando mis pasos sin esfuerzo con sus largas zancadas.
—Eso ha sido tenso —comenté con desenfado, mirándolo de reojo.
Zander gruñó. —Por desgracia.
Caminamos en silencio unos instantes mientras los sonidos del campo de entrenamiento se perdían a nuestra espalda. La tensión de la discusión entre sus hermanos aún flotaba en el aire, densa como nubarrones de tormenta.
—¿Hacen eso a menudo? —pregunté, rompiendo el silencio.
Zander se frotó la barbilla. —Más de lo que deberían. Theron y Dorian llevan años enfrentados, pero últimamente... la cosa ha empeorado.
Arqueé una ceja. —¿Por qué ahora?
Zander vaciló y apretó la mandíbula, pero respondió de todos modos.
—Cambios en el equilibrio de poder del reino.
La guerra con los Fae de Sangre no solo está desangrando nuestros ejércitos, también nuestras alianzas.
Theron cree que deberíamos reforzar nuestras propias tierras, fortalecer las defensas y centrarnos en las fuerzas terrestres.
Dorian piensa que deberíamos ampliar nuestro alcance, avanzar y usar los dragones para recuperar el territorio perdido.
—Parece que ambos tienen razón.
Zander me miró de soslayo con sus penetrantes ojos lavanda. —La tienen. Ese es el problema.
Fruncí el ceño, pensativa. —¿Y tú qué?
La expresión de Zander se endureció, como si hubiera tocado un punto sensible. —¿Qué pasa conmigo?
—¿Cuál es tu postura en todo esto?
Una sombra cruzó su rostro, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, fijó la vista al frente, con una expresión hermética, indescifrable.
—Warriath es más fuerte cuando luchamos unidos —dijo al fin—. Pero últimamente, parece que estamos demasiado ocupados peleándonos entre nosotros.
Sus palabras quedaron flotando entre nosotros, cargadas de significado.
Al acercarnos a los barracones, le lancé una mirada. Había algo en la forma en que me había hablado, como si por un momento hubiera olvidado quién era yo.
No una plebeya.
No una forastera.
Solo otra jinete de dragón.
Debió de darse cuenta él también, porque aflojó el paso, como si de pronto fuera consciente de cuánto había revelado.
Su habitual máscara de frialdad volvió a cubrir su rostro mientras se apartaba de mí.
—Warborn va después de Forja de Tormenta —dijo con tono cortante, las defensas de nuevo en alto—. Aprovecha el descanso mientras puedas.
Y sin decir nada más, se dio la vuelta y se alejó, dejándome plantada en la puerta.
Nada más entrar en los barracones, percibí la tensión. Mi escuadrón estaba apiñado alrededor de la cama de Cordelle, con los rostros iluminados por una mezcla de curiosidad y algo más... algo casi reverencial.
Jax fue el primero en levantar la vista, con su sonrisa habitual en los labios, aunque algo más serio asomaba bajo ella.
—¿Qué pasa? —pregunté mientras cerraba la puerta tras de mí.
Cordelle, encaramado en su catre, señaló el libro gastado que tenía en el regazo.
—Le pedí a mi padre que buscara algunos textos antiguos —dijo con la voz cargada de emoción.
—¿Encontraste algo sobre la guerra? —pregunté mientras me acercaba.
—Mejor —dijo Jax, cruzándose de brazos.
Fruncí el ceño. —¿Qué?
Cordelle señaló una página descolorida, con los bordes amarillentos por el paso del tiempo.
—Creo que podría tener algo que ver contigo.
Se me encogió el estómago, pero me obligué a sentarme en el catre junto a él.
—¿De qué estás hablando? —insistí.
Cordelle giró el libro hacia mí con cuidado, deslizando el dedo por un pasaje escrito con una elegante caligrafía de trazos ondulados.
—Este texto tiene más de cien años —explicó—, pero los fae viven diez veces más que los humanos. Por eso los mestizos pueden llegar a los ciento cincuenta años en las condiciones adecuadas. Y más aún si son jinetes de dragón.
Tragué saliva, con la mirada fija en los bordes gastados del libro que sostenía.
—¿Qué tiene que ver un libro viejo conmigo?
Me lo pasó.
—Lee —me instó.
Bajé la mirada al pergamino envejecido y el pulso se me aceleró a medida que asimilaba las palabras.
Y mientras leía, la sangre se me heló en las venas.
El pasaje describía a un fae auténtico, uno de los últimos de su especie. Los fae de antaño, de antes de que los Fae de Sangre corrompieran su magia, de antes de que su piel se tornara gris y sus ojos sangraran en carmesí.
Era increíblemente viejo, pero su apariencia permanecía inalterada, intacta ante el paso del tiempo, como una reliquia de una era olvidada.
Aquel que camina entre reinos, al que la muerte no alcanza, invisible para el destino.
Su cabello plateado brillaba como luz de estrellas, sus ojos violetas ardían con un saber ancestral: la marca de un fae nacido antes de la Unificación. Pero fue la parte final del pasaje la que me provocó un escalofrío.
El hijo de la profecía le fue arrebatado antes de la primera helada, escondido de la mirada del destino, pero el linaje perdura.
Me quedé mirando las palabras hasta que se difuminaron.
—¿Crees que esto está relacionado conmigo? —dije finalmente, con la voz apenas un susurro, casi reacia a pronunciarlo en voz alta.
Jax se frotó la barbilla.
—Eres la primera mestiza de pelo blanco en cincuenta años. Yo diría que hay muchas posibilidades.
Riven me tocó el brazo con dedos suaves, vacilantes.
—¿Podría ser... tu padre biológico?
Tenía la boca seca.
—Pero ¿qué le pasó?
Cordelle se encogió de hombros, pero pude ver la frustración en su expresión.
—No lo sé. El libro no dice qué fue de él, solo que... desapareció de los registros.
Un recuerdo me asaltó de golpe.
Los guardias que susurraban fuera del comedor.
—No, te lo digo, el rey tiene una especie de bestia ahí abajo.
—No es una bestia. Ese prisionero lleva allí desde antes de que mi padre trabajara en el castillo. Es una especie de rebelde, aunque ya debe de rondar los ochenta.
Contuve el aliento. El corazón me martilleaba en el pecho.
—Está en el castillo —susurré—. Oí a los guardias hablar de un prisionero. Lleva décadas encerrado.
La habitación quedó en silencio. Un Fae de Luz no era el enemigo. Si el rey lo había esclavizado, estaba violando la ley.
Jax me miró con curiosidad.
—¿Qué estás pensando?
Le sostuve la mirada y dije lo único que podía decir.
—Voy a colarme en las mazmorras.