Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo #2
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Capítulo #2

Zander se volvió y señaló con la cabeza a Cade, que se apoyaba perezosamente en un poste fuera del cuadrilátero, con la espada a la espalda.

—Cade, te toca —dijo Zander.

Cade suspiró con dramatismo, pero avanzó. Se desabrochó la espada, la dejó en el suelo, agarró el bajo de la camisa y se la quitó de un tirón.

Riven soltó un silbido suave y apreciativo.

Entonces Zander hizo lo mismo: se quitó la chaqueta de vuelo y luego la camiseta negra de debajo.

Riven se atragantó.

Le di un mordisco al bollo y le arqueé las cejas.

Jax gruñó.

—¿En serio, señoritas?

Ferrula, que rara vez hablaba, asintió.

—A cualquiera de los dos le hacía un favor.

Naia se rio y negó con la cabeza. La mirada afilada de Zander se clavó en ella.

—¿Hay algún problema, aspirante Naia?

Naia sonrió sin pudor.

—Ningún problema, teniente. Solo disfrutaba del espectáculo... quiero decir, de la instrucción.

Cade se volvió hacia ella y le guiñó un ojo.

Zander resopló y rotó los hombros antes de plantarse frente a Cade.

—Empecemos. Cade, usa la daga —dijo Zander.

Las bromas se esfumaron cuando Cade y Zander se encararon, con movimientos precisos, como tormentas a punto de desatarse.

Ambos adoptaron posturas de combate, con las manos relajadas a los costados y las dagas relucientes en los puños.

Cade atacó primero, veloz como un rayo. Su daga trazó un arco ascendente hacia las costillas de Zander.

Zander giró en el último segundo y la hoja cortó el aire en lugar de carne.

Antes de que Cade pudiera recuperar la postura, Zander contraatacó: un golpe seco con la empuñadura de la daga directo al hombro de Cade.

Cade lo bloqueó y desvió el golpe justo a tiempo. Luego pivotó agachándose y lanzó una patada de barrido hacia la rodilla de Zander.

Zander saltó hacia atrás y esquivó el golpe por los pelos. Su movimiento fue demasiado fluido, demasiado instintivo, como si supiera lo que Cade iba a hacer antes de que lo hiciera.

Cade esbozó una sonrisa de suficiencia mientras ajustaba el agarre en la daga. Un desafío brillaba en sus ojos.

Se rodearon con los músculos en tensión, cada uno a la espera de que el otro cometiera un error.

Entonces Zander se lanzó.

Cade esquivó por poco. Zander era demasiado rápido, y la fuerza repentina del ataque hizo que Cade perdiera el equilibrio.

Zander vio el hueco y se abalanzó.

Amagó a la derecha, pero en el último segundo se agachó y le barrió las piernas. Cade se estrelló contra el suelo con un jadeo brusco. Zander ya estaba encima de él.

Antes de que Cade pudiera apartarse rodando, la rodilla de Zander le presionó el pecho, con la punta de la daga peligrosamente cerca de su garganta.

Silencio.

Entonces Cade soltó una risa entrecortada, con la vista clavada en el cielo.

—Tan dramático como siempre —murmuró, con una sonrisa asomando en los labios.

Zander mantuvo la posición un momento más, lo justo para afirmar su dominio. Luego retrocedió, envainó la daga y le tendió una mano a Cade.

Cade vaciló, pero al final la aceptó y dejó que Zander lo pusiera en pie.

Terminé el bollo y me lamí las migas de los dedos mientras me volvía hacia Riven.

—¿Crees que podría ganarle? —reflexioné.

Resopló.

—Creo que disfrutaría demasiado tumbándote.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me limité a encogerme de hombros y sonreír.

—Supongo que pronto lo averiguaremos.

En cuanto Zander y Cade salieron del cuadrilátero, la energía cambió. La tensión de su brutal demostración aún crepitaba en el aire, pero los aspirantes que observaban, sobre todo los de otros escuadrones, estaban ansiosos por entrar y demostrar lo que valían.

Apenas tuve tiempo de coger la cantimplora antes de que una voz familiar y presumida cortara el murmullo de conversaciones.

—¿Qué me dices, Copito de Nieve?

Me volví, ya preparada para cualquier tontería que fuera a salir de la boca de Perin.

El aspirante de Colmillo de Hierro lucía una sonrisa arrogante; la confianza le rezumaba por los poros.

Llevaba el pelo dorado recogido en un moño tirante en la nuca, con los brazos cruzados sobre el pecho como si ya esperara que le dijera que no.

Arqueé una ceja.

—¿A qué exactamente?

Señaló el cuadrilátero con la cabeza.

—Un combatito de práctica. A ver de qué está hecha la jinete del Centinela.

Jax ni siquiera me dejó contestar.

—Me encantaría jugar —dijo Jax en voz alta, y se interpuso entre nosotros con una sonrisa demasiado amplia para ser amistosa.

Acto seguido, con un movimiento fluido, se quitó la camisa y la lanzó al banco.

Normalmente no miraría a Jax de esa manera, pero madre mía.

Jax era macizo como una roca, con brazos gruesos como troncos y un pecho ancho surcado de cicatrices de incontables batallas. Estaba casi tan definido como Zander, pero con más volumen, más fuerza bruta.

No era la única que se había dado cuenta.

Al menos tres mujeres de los otros escuadrones se acercaron disimuladamente, sin quitarle ojo al pecho desnudo de Jax.

Riven murmuró entre dientes:

—Deberíamos tocar una campana y abrir la subasta de una vez.

Perin, sin embargo, no estaba admirando nada.

Su sonrisa de suficiencia vaciló y su confianza se resquebrajó un poco.

—No te estaba preguntando a ti, Barmon —dijo con un gesto desdeñoso de la mano.

Jax se encogió de hombros, impasible.

—Vaya. Perdona. Parecía que querías pelea de verdad.

Perin apretó la mandíbula, pero retrocedió.

—Quizás en otra ocasión —murmuró mientras se volvía hacia su escuadrón.

Jax soltó un suspiro teatral y se estiró los hombros.

—Vaya. Qué pena. Tenía muchas ganas.

Resoplé y negué con la cabeza.

—Lo has espantado, imbécil.

Jax sonrió con suficiencia mientras flexionaba los brazos de forma exagerada.

—No es culpa mía que el tipo no confíe en sus habilidades.

Ferrula, que rara vez hablaba, asintió con aprobación.

—Es una lástima que estés en mi escuadrón, Jax.

Jax le guiñó un ojo.

—Me gustan las mujeres mayores, Ferr.

Ferrula le sonrió.

—Lo siento, novato. No cago donde como.

Todos nos echamos a reír, incluido Jax. Hasta Cordelle esbozó una sonrisa tímida.

Zander silbó, un sonido agudo y autoritario, y así, sin más, todos los combates se detuvieron.

—Todos los aspirantes, a los Terrenos de Ascensión —su voz atravesó el aire de la mañana con una autoridad natural—. Y llamad a vuestros dragones. Vamos a comenzar las Pruebas de Vinculación.

Una oleada de expectación recorrió a los aspirantes reunidos.

Exhalé y busqué el hilo en mi mente, la conexión que me unía a Kaelith.

«¿Kaelith?»

El vínculo cobró vida, pero en lugar de una respuesta inmediata, sentí una irritación que fue creciendo lentamente antes de que por fin hablara.

«¿Tan ansiosa estás por conocer al Dios de la Muerte?»