Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Diez

Los ronquidos de Jax eran tan fuertes que hacían temblar las vigas.

Naia gruñó, se dio la vuelta y lanzó su almohada al otro lado de la habitación, y le dio de lleno en la cara.

Jax gruñó mientras forcejeaba con la almohada hasta quitársela de la cabeza.

Luego, con un bufido de fastidio, se la devolvió.

—Déjame en paz —dijo.

—¡Suenas como una cerda con doce lechones! —le espetó Naia mientras se frotaba los ojos.

Jax apartó las mantas de un tirón sin dejar de refunfuñar.

—De todas formas, ya es hora de levantarse. Si perdemos nuestro turno en el comedor, nos tocará comer con los guardianes.

—Sí, eso es nuevo —dijo Tae mientras se ponía la camisa.

Lo miré.

—¿Cómo es eso?

Tae se encogió de hombros.

—El Cuarto Gremio siempre tenía el último turno. El orden era sanadores, infantería, guardianes y luego jinetes de dragón. Este año, los dos últimos están invertidos. Supongo que es porque hay plebeyos en el gremio.

—Pero hay plebeyos en todos los gremios —señalé.

—Cierto. Quizá tengamos más —dijo Tae—. Pero tendrías que preguntarle al mando.

—Zander podría decírtelo —comentó Riven con la cara perfectamente seria.

Jax gruñó.

—Lo dudo.

Terminamos de vestirnos rápidamente, nos ajustamos los cinturones y nos calzamos las botas antes de dirigirnos al comedor en grupo. El aire de fuera era fresco, el cielo aún teñido con los suaves tonos del amanecer mientras el castillo cobraba vida.

Al acercarnos al edificio, algo a la derecha captó mi atención.

Un guardia le pasó un pergamino a otro, con el sello real estampado en la cera.

Interesante.

Aminoré el paso y me incliné hacia Riven.

—Dame cinco minutos. Tráeme algo de comer.

Riven apenas parpadeó.

—Entendido.

Al separarme del grupo, oí a Naia preguntar:

—¿Adónde va?

—A Ashe le gusta uno de los guardias —dijo Riven con naturalidad.

Casi me eché a reír, pero mantuve el paso silencioso mientras me dirigía hacia el lateral del edificio y me deslizaba por la esquina para poder oír la conversación.

Fingí inspeccionar una de mis dagas, con el cuerpo girado para darles la espalda, aguzando el oído para captar sus voces.

—Te lo digo —murmuró el primer guardia con voz baja y tensa—, el rey tiene algún tipo de bestia ahí abajo.

—No es una bestia —se burló el segundo guardia—. Ese prisionero lleva ahí desde antes de que mi padre trabajase en el castillo.

¿Un prisionero?

Mis dedos se tensaron en torno a la daga.

El primer guardia resopló.

—Entonces, ¿qué es?

—Algún tipo de rebelde —dijo el segundo—. Aunque ya debe de andar por los ochenta.

—Pero nunca lo has visto —insistió el primero.

—Solo el rey puede entrar en esa parte de la mazmorra —murmuró el segundo—. Y no pienso jugármela para averiguar quién es.

El pulso se me aceleró.

¿Un prisionero encerrado en la mazmorra del castillo durante décadas?

¿Un rebelde?

¿Qué narices estaba ocultando el rey?

Me quedé rígida cuando Zander apareció a mi lado; su presencia fue como un peso repentino en el aire.

Había estado tan concentrada en la conversación de los guardias, tan pendiente de cada palabra, que ni siquiera me había dado cuenta de que se acercaba.

Solei me habría arrancado la cabeza si hubiera visto ese error.

—¿Algo interesante? —preguntó con un tono suave, demasiado suave.

Forcé a mi pulso a calmarse y mantuve el rostro cuidadosamente neutro mientras me volvía hacia él.

—Más o menos.

Se le torció el labio, apenas un atisbo de diversión.

—¿Me lo vas a contar?

Me encogí de hombros y recurrí a la primera excusa que se me ocurrió.

—Estoy pasando una mala racha —dije, cruzándome de brazos—. Estaba pensando en invitar a salir al guardia con barba.

Zander tosió, como si intentara disimular una risa.

Su expresión se mantuvo serena, pero sus ojos lavanda brillaban con una diversión apenas contenida.

—Puedo presentártelo —dijo, ladeando ligeramente la cabeza—, pero no creo que el novio de Theo esté dispuesto a compartirlo.

Apenas logré contener un gruñido de frustración.

Maldita sea, iba a matar a Riven.

Suspiré con dramatismo y me llevé una mano al pecho.

—Bueno, no puedes culpar a una chica por intentarlo.

—Por supuesto —dijo Zander con soltura—. Pero deberías saber que te animarán a buscar pareja con linajes compatibles.

Entrecerré los ojos.

—¿Te refieres a sangre feérica?

Su mirada no vaciló.

—Eres una jinete de dragón. Hay responsabilidades que...

—Para.

Mi voz sonó más cortante de lo que pretendía, pero me dio igual.

Arqueó ligeramente las cejas, pero seguí adelante.

—Si mi prometido plebeyo siguiera vivo, ningún decreto habría podido alejarme de él —dije, con las palabras saliendo más frías de lo que esperaba.

La reacción fue inmediata.

El rostro de Zander palideció, la mandíbula se le tensó, no de ira, sino de algo más.

Conmoción.

Durante un breve segundo, su máscara, construida con tanto cuidado, se resquebrajó, y lo vi.

Riven tenía razón.

Había tocado un nervio. Estaba furioso.

¿Se habría enamorado el poderoso príncipe Zander Rayne de una plebeya?

Mantuve la expresión serena, pero los pensamientos me bullían en la cabeza.

Elara tenía ojos lavanda.

Eso significaba que tendría poder feérico.

Si era hija de Zander, entonces ¿qué le había pasado a la madre?

Los guardias enmudecieron cuando una sombra se cernió sobre nosotros.

Siergen.

El dragón rojo avanzó con paso firme; las escamas le relucían como cobre bruñido bajo la luz. Se movía con gracia fluida, con las alas plegadas con elegancia contra el cuerpo mientras los ojos dorados se clavaban en mí.

«¿Cómo está mi pequeña princesa rebelde hoy?», ronroneó Siergen en mi mente.

Una segunda voz, ni la mía ni la de Siergen, atravesó mis pensamientos.

«¿Princesa rebelde?». La voz de Zander resonó dentro de mi cabeza con incredulidad.

Giré la cabeza hacia él de golpe; la conmoción me sacudió como un rayo.

Estaba mirando a Siergen, no a mí.

«Estaba hablando con ella, Real». La voz de Siergen destilaba diversión. «Y cuida esa lengua. No olvides quién te salvó el trasero cuando decidiste que ya eras mayor para cargarte a una bestia salvaje».

A Zander se le tensó la mandíbula. «Tenía diez años».

Siergen gruñó. «Ni siquiera fuiste lo bastante listo para traer el arco».

Miré fijamente a Zander. «¿Tú también hablas con Red?».

Los ojos lavanda de Zander se clavaron en mí. «¿Tú lo oyes?».

Arqueé una ceja. «Pues claro. Y Siergen, soy hija de la Orden, no princesa rebelde».

Siergen soltó una risa profunda y retumbante. «Por eso me cae bien».

Zander, en cambio, no parecía nada divertido.

«El tratado...», comenzó con tono cauteloso.

Siergen mostró los dientes en algo que no era exactamente un gruñido, pero casi.

«No me dictes aquello que yo creé», retumbó. «Ni siquiera eras un destello en los ojos de tu madre cuando se concibió el tratado. Yo estuve allí, y respeto sus leyes hasta el día de hoy, pero no se me aplican. Nunca lo olvides».

Zander asintió secamente. «Por supuesto».

Pero su mirada volvió a encontrarse con la mía, algo indescifrable tras su expresión controlada.

Crucé los brazos.

—Entonces... ¿tú también eres telepático?

—No —dijo Zander—. Siergen creó este vínculo y eligió compartirlo.

«Debo irme».

Y así, sin más, el vínculo parpadeó y se extinguió.

El silencio se extendió entre nosotros hasta que lo rompí.

—Habla contigo —entrecerré los ojos al mirar a Zander—. Y lo ha hecho desde que eras un niño.

Zander no parecía cómodo con mi pregunta. Durante un segundo, pensé que no respondería.

Entonces, finalmente, dijo:

—Sí.

Esperé.

—Mi padre no fue muy dado a ejercer de tal —admitió Zander—. Siergen... me mantenía ocupado cuando era más joven.

Solté una risa suave.

—¿De verdad cazaste una bestia salvaje con diez años y sin arco?

Se le tensó un músculo en la mandíbula.

—Tenía un estoque pequeño, pero la verdad es que Siergen me salvó.

Sonreí con suficiencia.

—¿Y qué pasó con la bestia salvaje?

Zander suspiró.

—Siergen dijo que estaba sabrosa.

—Ah.

Zander exhaló, se pasó una mano por la mandíbula y me dirigió una mirada dura.

—Es hora de entrenar —dijo con voz plana, indescifrable.

Entonces se dio la vuelta y se alejó sin decir otra palabra; sus largas zancadas lo llevaron rápidamente al otro lado del patio.

Lo observé marcharse, con los pensamientos aún enredados en la extraña conversación que acabábamos de tener. Siergen nos había vinculado. No sabía qué significaba eso, pero la reacción de Zander era reveladora.

El sonido de papel al arrugarse interrumpió el hilo de mis pensamientos.

Me tensé y pegué el cuerpo al muro de piedra.

Los guardias habían abierto la carta.

No me atreví a asomar la cabeza por la esquina, no cuando ya estaban en alerta. Pero escuché, con el corazón latiéndome acompasado y la respiración apenas audible.

—¿Qué es? —preguntó el segundo guardia.

El primer guardia vaciló y luego murmuró:

—Mierda. La Orden quiere ojos en las cámaras privadas del rey.

Se me revolvió el estómago.

—Eso es imposible —siseó el segundo guardia.

—Sí. Necesito hablar con nuestro enlace.

Un momento después, el sonido de pasos que se acercaban a la puerta hizo que ambos guardias callaran cuando alguien entró.

Volvieron a sus obligaciones. La conversación había terminado.

Pero me quedé paralizada, con la mente hecha un torbellino.

La Orden intentaba infiltrarse en los aposentos privados del rey.

¿Qué Orden? ¿Era mi padre?

¿Quién era el enlace?

Nunca había cuestionado sus verdaderos motivos.

Pero esto era traición.

Cuando llegué al cuadrilátero, mi escuadrón ya se había reunido. Estiraban y se ajustaban el equipo nuevo.

Riven me pilló la mirada y me lanzó algo.

Lo atrapé al vuelo: un bollo hojaldrado y un puñado de fruta.

—Supuse que lo necesitarías —dijo.

—Bendita seas —murmuré, y le di un mordisco mientras me colocaba a su lado.

Zander estaba en el centro del cuadrilátero, con su expresión indescifrable de siempre.

¿Por qué le interesaba tanto nuestro escuadrón?

No era nuestro instructor oficial. Salvo Cordelle y Tae, ni siquiera nos consideraban cadetes todavía. Entonces, ¿por qué se había interesado tanto en nosotros cuando era dolorosamente obvio que nadie más lo haría?