Una corte de siervos y espinas (El Cuarto Gremio nº 1) Capítulo
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Capítulo

Siete

Zander estaba en el centro del cuadrilátero, con los brazos cruzados y la expresión indescifrable. Su voz cortó el aire fresco de la mañana, autoritaria pero serena.

—Naia, Ferrula, os toca.

Las dos mujeres dieron un paso adelante, ambas claramente luchadoras talentosas, con las posturas afiladas y seguras mientras comenzaban a rodearse. Todos los ojos estaban puestos en ellas, observando cada movimiento calculado, cada finta de tanteo.

Todos los ojos excepto los suyos.

Podía sentir la mirada de Zander sobre mí.

Al principio, pensé que era ira, un rencor persistente por el puñetazo que le había dado, pero cuanto más lo ignoraba, más se me encendían las mejillas.

Sus ojos no ardían de furia.

Contenían algo más.

¿Curiosidad?

¿Obsesión?

Tragué saliva y me obligué a concentrarme en el combate, pero mis ojos me traicionaban y se desviaban hacia él con demasiada frecuencia. Cada vez que lo miraba, él seguía observándome, y solo apartaba la vista cuando tocaba asignar el siguiente combate.

Riven me dio un codazo, con la voz baja y divertida.

—Creo que tienes un admirador.

Gruñí.

—Sí, uno que quiere verme muerta.

Se rio, pero yo no estaba bromeando.

Terminamos el entrenamiento con el sudor pegado a la piel y los moretones formándose donde habían caído los golpes. Zander volvió al centro del cuadrilátero, con la postura aún afilada, aún demasiado indescifrable para mi gusto.

—Tenéis una hora —anunció—. Lavaos y volved aquí.

El escuadrón no tardó en volver al barracón. Con un solo cuarto de aseo, nos turnamos; algunos más rápidos que otros. Estaba sentada en mi cama, secándome la cara con una toalla, cuando Tae se dejó caer en el colchón a mi lado.

—Hoy lo has hecho bien —dijo, mirándome de reojo—. Nunca he visto a nadie darle un golpe a Zander.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—Fue suerte. Solei empezó a entrenarme en cuanto Cyran me acogió. No soy tan buena como ella, pero sé defenderme.

—Ya lo creo.

Me recosté contra el cabecero.

—Tae, llevas un año vinculado. ¿Has desarrollado alguna habilidad?

Tae vaciló y luego exhaló profundamente.

—No puedo decírtelo. Es un poder de rango superior.

Alcé una ceja.

—¿Poder de rango superior?

—Es algo que solo conocen los rangos superiores. Pero puedo decirte que les cabrea mucho —su sonrisa se volvió maliciosa—. Que alguien como yo lo posea.

Eso me intrigó más de lo que quería admitir.

Incliné la cabeza.

—¿Puedes hablarme de Zander, entonces? ¿Siempre es tan...?

—¿Imbécil? —Tae sonrió con malicia.

Me reí.

—Sí. Cade dice que siempre ha sido así, pero creo que son mejores amigos de lo que deja ver.

Tae parpadeó.

—¿Has hablado con Cade? —silbó—. Vaya. Sí, son muy unidos. El padre de Cade entrenó a Zander y a sus hermanos. Era el mejor espadachín del reino.

Fruncí el ceño.

—¿Qué le pasó?

La expresión de Tae se ensombreció ligeramente.

—Lo mismo que le pasa a todo espadachín que envejece. Se volvió más lento y perdió un combate.

Algo en su forma de decirlo me oprimió el pecho.

Tae se inclinó hacia delante.

—Cade era un adolescente cuando ocurrió. Para entonces, Zander no le permitía alejarse de su lado. Puede que Cade sea de baja cuna, pero él y Zander son iguales en el cuadrilátero.

Lo estudié.

—Entonces, ¿Zander me odia por sistema?

Tae guardó silencio un largo momento.

—No —dijo al fin—. Creo que contigo es personal.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Tae vaciló y se frotó la mandíbula.

—Estaba muy unido a su hermano mayor. Los dos tenían dragones plateados. Parecían gemelos, aunque Zander era el menor.

Se me cayó el alma a los pies.

—Mierda.

Tae asintió.

—Sí. Ese apellido tuyo sería tu sentencia de muerte en cualquier otro sitio que no fuera el Cuarto Gremio.

—Pero se suponía que iba a ser sanadora —dije.

Tae gruñó.

—No habrías durado dos días en los Jardines de Milenrama —su voz se volvió más grave, cargada de peso—. Tenemos muchos sanadores, Ashlyn. Pero la perspectiva de tener a la Centinela en el campo de batalla... Eso es lo único que te mantiene con vida.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

Jax cogió el pergamino del mensajero y frunció el ceño mientras lo leía.

—Parece que tienes otra cita real —dijo, y me lo entregó.

Tomé el papel y rompí el sello, pero no era de Zander.

Ni del gremio.

Forcé una sonrisa, aunque las entrañas se me revolvían de inquietud. Cyran nunca me convocaba a menos que necesitara algo.

—Parece que tengo que irme —dije mientras me guardaba el pergamino en la chaqueta—. Os veo en el cuadrilátero en media hora.

Tae, Riven y Jax intercambiaron miradas cautelosas, pero no hicieron preguntas. Bien.

Me puse la chaqueta y me dirigí hacia la puerta principal, con pasos uniformes y expresión neutral. Busqué en la fila de guardias hasta que encontré al de los ojos verdes y la cicatriz en la mano.

Apenas reparó en mí cuando me acerqué a grandes zancadas y le entregué la orden con el sello real. Era falsa, pero para los demás guardias, yo simplemente estaba siguiendo instrucciones.

—Vuelve en treinta minutos —dijo con voz áspera, aunque con un dejo de reticencia.

Asentí, como si respetara su autoridad, cuando en realidad sabía que estaba en la nómina de mi padre.

Después, corrí por las calles serpenteantes de Warriath hasta la taberna, zigzagueando entre mesas vacías. Era demasiado temprano para que la ciudad cobrara vida; el bullicio habitual de la multitud clandestina aún no había comenzado.

Me deslicé por la puerta trasera del establecimiento, de aspecto anodino; la puerta se fundía a la perfección con el muro de piedra. Un pasillo corto me condujo a una escalera tallada en la tierra que descendía en espiral hacia el corazón oculto del imperio criminal de mi padre.

El complejo olía igual: incienso que enmascaraba el omnipresente aroma a acero, tinta y sangre.

Cyran levantó la vista de su escritorio cuando entré con paso decidido en su inmaculado despacho. En cuanto su aguda mirada se posó en mí, sus ojos se abrieron ligeramente, aunque lo que permaneció en ellos no fue sorpresa, sino cálculo.

—¿Eres una jinete de dragones?

—Sí —respondí con frialdad—. Y al parecer, habría muerto si hubiera entrado en el Gremio de Sanadores.

Cyran se encogió de hombros, como si perder mi vida no hubiera sido más que un tropiezo desafortunado en su gran plan.

—Siempre hay riesgos en la guerra.

—¿Y tú y yo estamos en guerra ahora?

Cyran sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—En absoluto. Eres mi activo más valioso.

—¿Eso es lo que soy? —pregunté con amargura destilando en cada palabra.

Su sonrisa no se inmutó.

—Necesito que te infiltres en la bóveda real.

Parpadeé.

—¿La bóveda real? ¿La del castillo?

—Sí.

Solté una risa seca, sin pizca de humor.

—Estás loco.

—En absoluto. He invertido mucho dinero y recursos en tu entrenamiento.

La rabia me hervía bajo la piel.

—No, no lo hiciste. Octavia me entrenó personalmente.

La expresión de Cyran no cambió, pero su voz adquirió un filo cortante.

—Sí, pero nadie recibe ese entrenamiento sin mi aprobación. Cada aspecto de tu vida ha sido cuidadosamente dirigido desde que caíste en manos de Stella.

Un pavor frío y nauseabundo se me instaló en el estómago.

—Stella y Dalila murieron por tu culpa, ¿verdad? —susurré.

Su labio se crispó, la primera señal de irritación.

—No, querida. Murieron por culpa tuya.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué?

—Stella fue asesinada porque la favorecí. Le di mi clientela cuando era una modista mediocre, como mucho. Una decisión que tomé después de que me mostrara a su hija de cabello blanco. Sospeché que sabía más sobre tu madre, pero se mantuvo en su versión, por mucho que le ofreciera.

Se me subió la bilis a la garganta.

—Pero Octavia... la pillaron robando —me tembló la voz.

Cyran se recostó en su silla, observándome con una suerte de diversión distante.

—Cuando Stella murió y Octavia pasó a cuidarte, le di trabajos preferentes: menor riesgo y mayores recompensas.

—Y eso hizo que la mataran.

La expresión de Cyran no cambió, pero su voz se suavizó, casi burlona.

—Uno de mis competidores se enteró de tu existencia. La asesinaron en tu suite mientras dormías. Planeaban llevarte, pero yo tenía a alguien vigilándote. Él eliminó a los aspirantes a secuestradores, y te puse bajo el cuidado de Dalila.

Se me cerró el pecho; los pulmones me costaba expandirlos.

—Así que nunca amaste a Dalila —susurré.

La sonrisa de Cyran se tornó gélida.

—Al contrario. Ya salía con ella. Arreglé que fueras suya, pero te quiso como a una hija propia. Había sufrido un aborto espontáneo años antes y no podía tener más hijos.

Sentí que iba a vomitar.

—Eres más cabrón de lo que pensaba.

Cyran se limitó a reír.

—Puede que sea cierto, pero te infiltrarás en la bóveda por mí.

Me crucé de brazos.

—¿Como si no fueras ya bastante rico?

Su diversión se esfumó.

—No necesito dinero. Necesito información. Alguien está colaborando con el enemigo.

Me quedé helada.

—Imposible. No en el castillo.

—Estoy seguro. Y se han infiltrado en mi organización. No sé cómo, pero necesito saber quién.

Exhalé y me froté la sien.

—¿Qué busco exactamente?

—Correspondencia. Quienquiera que sea tiene autorización real. Solo las caravanas reales están exentas de inspección.

Solté una maldición por lo bajo.

—Buscaré, pero no hay garantía de que guarden nada incriminatorio en la bóveda.

—Con suerte, lo reconocerás cuando lo veas.

Gruñí, arrepintiéndome ya de toda esta visita.

Al girarme para irme, casi choqué con Solei.

—¡Solei!

La abracé por instinto, y ella me dio unas palmaditas en la espalda sin mucho entusiasmo, más por costumbre que por afecto.

Era hija de su padre, y toda una vida de entrenamiento no se desvanecía fácilmente.

Se apartó y me recorrió con la mirada.

—Joder, eres jinete.

Asentí.

—Sí. Pero mi dragona no es precisamente receptiva. Estamos en ello.

—He oído que pueden ponerse bastante ariscas —dijo con una sonrisa burlona—. La conquistarás. Eres capaz de encandilar a cualquiera.

Resoplé.

—¿Qué andas tramando?

Solei me guiñó un ojo.

—Tengo una cita esta noche.

Arqueé una ceja.

—¿Una de verdad? ¿O este tipo estará criando malvas mañana?

Se rio, una risa poco frecuente y genuina.

—Una de verdad. A menos que sea un imbécil. Entonces será lo segundo.

—¿Sabe lo que haces para la Orden?

—Por supuesto que no. ¿Crees que saldría conmigo si lo supiera?

—Buen punto.

Me lanzó una mirada intencionada.

—¿Y tú? ¿Algún lío de esos que te dejan sin aliento desde que te uniste al ejército?

Gruñí.

—Qué va. Todo el escuadrón tiene que compartir habitación.

—Sí, pero los nobles tienen habitaciones propias —bromeó, moviendo las cejas sugestivamente.

Puse los ojos en blanco.

—Odias a los nobles. ¿Por qué me sugieres eso?

Solei sonrió con malicia.

—Puedes tirártelos hasta dejarlos atontados. Así son más fáciles de manipular. Pero no te enamores de ninguno. O tendré que matarlo.

Negué con la cabeza.

—Aún no estoy lista.

Su expresión se tornó seria.

—Tienes que superar lo de Remy en algún momento, Ashe. Él habría pasado página si hubieras sido tú.

Hice una mueca. Duro, pero probablemente cierto.

Los asesinos no eran de los que se mantenían célibes. Una vez que Remy llegó por fin a mi cama, solo dormía sola cuando él estaba de misión.

Miré la hora.

—Gerane dijo media hora. Tengo que irme.

Solei me guiñó un ojo mientras me dirigía a paso rápido hacia las escaleras que subían a la taberna.

Cuando regresé al campo de entrenamiento, mi escuadrón ya estaba reunido junto al cuadrilátero.

Jax permanecía con los brazos cruzados, observando a Cordelle intentar —y fallar estrepitosamente— ejecutar una maniobra básica de combate.

—No, no, no —gimió Jax, frotándose la cara—. Cordelle, no estás escribiendo poesía, estás lanzando un puñetazo. Deja de mover la muñeca como si estuvieras firmando una maldita carta de amor.

Cordelle resopló y ajustó su postura.

—Discúlpame por no haber nacido peleador.

Sonreí, divertida por un momento, antes de que mi mente regresara al despacho de mi padre, a los secretos que había desentrañado.

La bóveda real. Un traidor en el castillo. Toda una vida de mentiras cuidadosamente construidas.

Apreté los puños.

Siempre había comentado mis preocupaciones con Solei o Remy.

Ahora no tenía a nadie.

Miré hacia Riven, preguntándome si debía confiar en ella. Era inteligente, serena, y de todos los de mi escuadrón, era en quien más confiaba.

Pero la confianza era algo peligroso.

Especialmente ahora.

Aparté el pensamiento e intenté concentrarme, tratando de sacudirme la inquietud que se me enroscaba en el estómago.

Entonces Naia se acercó.

Sus ojos oscuros se entrecerraron, calculadores.

—¿Dónde fuiste?

Me quedé rígida, pillada por sorpresa.

—¿Qué?

—Saliste de los terrenos del castillo —afirmó, como si fuera un hecho.

Mi cuerpo se tensó, pero mantuve la expresión neutra. ¿Cómo en nombre de Charrem lo sabía?

—Tenía órdenes —mentí con soltura.

Naia resopló y se cruzó de brazos.

—Mentira.

La tensión se espesó entre nosotras, la acusación patente en su tono.

Antes de que pudiera encontrar cómo desviar la conversación, Riven intervino.

—Déjala en paz, Naia —dijo con voz firme—. Todos tenemos secretos, y si Ashe tenía órdenes, no es asunto nuestro.

Naia me sostuvo la mirada durante un segundo largo e incómodo antes de encogerse de hombros.

—Vale —murmuró, retrocediendo—. Por ahora.

Exhalé, obligándome a mantener la compostura. Tenía que andarme con cuidado. Un desliz, un movimiento en falso, y acabaría en las mazmorras.

Un silbido agudo rompió la tensión y nos giramos para ver al mayor Kaler, que se acercaba.

—Jax, Cordelle, habéis terminado —les indicó con un gesto que retrocedieran antes de pasar la mirada por el resto.

—Escuadrón Thrall, estáis a punto de embarcaros en vuestra próxima prueba —su voz resonó por el patio de entrenamiento, atrayendo la atención de algunos cadetes cercanos.

—Vuestra misión es recuperar la Lágrima del Dragón.