Capítulo
Tres
Una calidez inundó mi pecho, un pulso suave que se expandía.
La magia surgió, una fuerza ajena pero íntimamente familiar.
Sobre nosotros se formó un velo resplandeciente: hilos plateados y translúcidos que se tejían con rapidez.
Cada hebra atrapaba el tenue fulgor de las velas, extendiéndose hasta conectarse y sellar la habitación bajo una cúpula de protección cristalina.
Sentí el zumbido en lo profundo de mis huesos —fuerza, seguridad, certeza—, pero supe instintivamente que no era mío.
Era como si alguien más sostuviera los hilos, guiando el escudo hasta su lugar.
Un latido después, la conexión se desvaneció, escurriéndose entre mis dedos como humo y dejando solo un eco de calidez.
Tae se arrodilló a mi lado y me sujetó las piernas temblorosas con sus manos fuertes mientras yo luchaba por levantarme.
—Tranquila —dijo, con un tono entre preocupado y burlón.
La habitación aún estaba caliente por la explosión; las paredes de piedra y la pequeña ventana nos habían salvado de acabar completamente incinerados. Logré esbozar una sonrisa torcida mientras me incorporaba.
—¿Eso pasa a menudo? —intervino Jax, arqueando una ceja mientras observaba las paredes chamuscadas y el aire humeante.
Tae negó con la cabeza, incrédulo.
—Nunca había visto a la Centinela acercarse tanto al castillo, y mucho menos atacar así. Evítala si la vuelves a ver —aconsejó con firmeza.
¿No habían notado el escudo? Quizá lo había imaginado.
Riven, que se inspeccionaba la camisa ahora marcada por una quemadura fresca en el hombro, intervino con una risa:
—Ni que lo digas.
Mientras recogíamos nuestras pertenencias dispersas y preparábamos las literas, la conversación fluyó con la misma naturalidad que el calor residual del fuego. Naia se apoyó contra una de las paredes de piedra áspera y comentó con sequedad:
—Bueno, si no fuera por la famosa suerte de los Rebec, podrías estar muerta.
Puse los ojos en blanco y repliqué:
—Oh, vamos, Naia. Si la incineración fuera mi destino, al menos me iría con una explosión. No con una salida humeante a medias.
Mi voz destilaba sarcasmo.
Jax estaba preparando su litera junto a la puerta.
—Deberías alejarte de la ventana, Ashe.
—La verdad, solo estoy agradecido de que estas paredes de piedra hicieran su trabajo. Nada como una buena barrera de piedra para evitar acabar chamuscado por un dragón —dijo Tae.
—Este día va de maravilla en maravilla —bromeó Jax, arrancando una risa al grupo.
Riven me miró mientras ordenaba con cuidado sus escasas pertenencias.
—Oye, Ashe, ¿siempre te las arreglas para enfurecer a un dragón y casi acabar incinerada, o es que hoy es un día especial?
Le dediqué una sonrisa burlona.
—Solo intentaba causar una impresión duradera.
Naia negó con la cabeza, aunque una leve sonrisa le asomaba a los labios pese a su severidad anterior.
—Lo digo como lo veo: los Rebec atraen los problemas como las polillas a la llama.
—Créeme, Naia —repliqué en tono juguetón pero desafiante—, si los problemas fueran un accesorio de moda, los llevaría bordados en oro.
Estaba guardando mis cosas en el pequeño armario junto a mi litera cuando Riven se sentó.
—¿Necesitas ayuda?
—Solo compañía —respondí en tono cordial.
Tenía que aliarme con quienes pudiera confiar, y de momento eso era el Escuadrón Thrall.
—¿Cómo acabaste aquí? O sea, ¿cuál es tu historia?
Riven suspiró y se recostó contra uno de los marcos de las literas.
—Mi familia tiene una pequeña taberna en las afueras de la ciudad.
Lleva años pasándolas canutas, y necesitamos hasta la última moneda.
Con suerte, el dinero que traje les dará para vivir durante años.
Mi madre siempre ha mostrado algunas habilidades...
inusuales, pero ni mi hermano ni mi hermana heredaron ese don.
Arqueé una ceja.
—¿Pero tú sí?
Riven sonrió con pesar y asintió.
—Sí. Puedo mover cosas sin tocarlas. No es nada espectacular, pero algo es algo.
—Pues es bastante útil, la verdad.
—¿Y tú? He oído que tienes un don de curación. Esperaba que estuvieras en el Segundo Gremio, aunque no sé lo buena que eres curando a otros.
Antes de que pudiera responder, la voz de Jax resonó y llenó la habitación con su tono burlón de siempre.
—¿Qué haces, hombrecito? —llamó desde una litera cercana, donde Cordelle garabateaba con ahínco en su diario.
Cordelle levantó la vista con timidez.
—Escribo poemas —murmuró.
Jax sonrió con suficiencia y lo retó:
—¿En serio? ¿Por qué no nos recitas uno?
Cordelle vaciló un momento y luego recitó en voz baja:
Cabello ceniciento, blanco como sueños,
largo y salvaje en la brisa crepuscular.
Hebras sedosas, danza susurrada,
olas bañadas de luna en dulce romance.
Hilos fantasmales, besados por el aire,
fluyendo libres, suaves, singulares.
Estrellas entrelazadas en cada hebra,
cabello ceniciento, bajo el mando nocturno.
Jax sonrió de oreja a oreja.
—Está muy bien, chaval.
Me miró.
—Pero no creo que tengas muchas posibilidades.
Riven se inclinó hacia mí y bajó la voz a un susurro cómplice.
—Creo que alguien está coladito por ti.
Me reí, con un punto de sarcasmo mezclado con diversión genuina.
—Oh, por favor. Es un poco joven para mí. ¿Qué tiene, dieciocho?
Riven negó con la cabeza, enternecida.
—Cordelle tiene veinte, como nosotras. Su familia vive cerca de la nuestra. Su padre es el cronista del castillo, así que creo que el rey sabe de sus dones desde que era pequeño.
No la corregí sobre mi edad. Técnicamente tenía razón, aunque cabía la posibilidad de que no.
—¿Qué dones exactamente?
—Tiene un don increíble para encontrar cosas en los libros y... bueno, si le pides que localice algo, casi siempre lo consigue. Puede que simplemente sea increíblemente inteligente: lleva leyendo y escribiendo frases filosóficas completas desde los tres años.
Me reí incrédula. —Vaya, eso sí que es raro. No hay muchos niños que se pongan a filosofar antes de aprender a caminar.
Riven se inclinó hacia delante, con la mirada más dulce, y cambió de tema. —Ashe, ¿quieres hablar de lo que pasó antes? Vi algo en tus ojos. Hiciste algo para protegernos.
Dudé un momento y luego me senté a su lado, hablando casi en un susurro. —La verdad, pensé que lo había imaginado. Por un segundo, sentí una oleada de poder recorrer mis venas, pero ya ha desaparecido. Ni siquiera sé si era mi propio poder.
Riven me dio unas palmaditas suaves en la pierna. —Lo averiguaremos. Para bien o para mal, ahora somos familia.
—Supongo que sí.
—Entonces, Ashe, ¿cómo fue crecer con un asesino? —la voz de Naia sonaba baja pero penetrante; estaba apoyada contra su litera—. ¿Te arropaba por las noches cuando eras bebé?
Exhalé lentamente y cambié de posición, sintiendo la piedra fría bajo mi cuerpo mientras me acercaba a la pequeña ventana.
La luz de la luna se derramaba sobre el agua allá abajo y brillaba como joyas dispersas.
—Cyran no me adoptó hasta más adelante —comencé con tono firme, aunque los recuerdos se agitaban en mi interior—.
Tuve tres madres de la Orden antes de que él me acogiera.
Naia entrecerró los ojos. —¿Tres madres? ¿Cómo funciona eso?
Me quedé mirando el agua resplandeciente mientras ordenaba mis pensamientos. —Nadie sabe quién fue realmente mi madre —dije en voz baja—. Probablemente una criada que se quedó embarazada de un noble. Al menos mi cabello sugiere que tengo un linaje feérico bastante fuerte.
—Sin duda —asintió Tae con un deje de curiosidad tranquila, uniéndose a nuestra conversación.
Continué: —Mi primera tutora fue Stella.
Era la costurera de la Orden. Me acogió cuando mi madre me abandonó.
Apenas la recuerdo; murió cuando yo tenía unos cuatro años.
La asesinaron. —Hice una pausa y se me cerró la garganta al recordar el dolor—.
Luego me acogió su amiga Octavia, una ladrona de la Orden.
Me enseñó a birlar carteras y a entrar en casi cualquier sitio.
Pero capturaron a Octavia y la mataron, y entonces me acogió su mejor amiga, Dalila.
Suspiré; el peso de aquellos recuerdos flotaba en el aire quieto. Era tan difícil hablar de Dalila. —La quería mucho, y su muerte casi me destruyó. —Se me quebró la voz al recordar la dulce fortaleza de la mujer que me había dado una segunda oportunidad.
Me enderecé mientras los recuerdos se arremolinaban.
—Dalila era una mujer de la noche —dije, con un atisbo de sonrisa amarga en los labios—.
Cyran estaba bastante prendado de ella. La rescató de aquella vida, y nos fuimos a vivir con él.
Murió cuando yo tenía catorce años. Seguramente la envenenaron para hacer daño a Cyran.
Naia guardó silencio, con expresión indescifrable. Podía notar que mi historia no era lo que había esperado. La habitación, llena del suave murmullo del dormitorio que se acomodaba para la noche, mantuvo una pausa frágil mientras los demás escuchaban, igual de callados.
La puerta se abrió de golpe y el príncipe Zander Rayne entró con paso firme. Su presencia cortó nuestro ánimo sombrío como una hoja afilada. —Hora de vuestro primer desafío —anunció con un tono que no admitía réplica.
Se hizo a un lado con la puerta aún abierta. Su mirada estaba fija en mí: una orden silenciosa de que debíamos salir. Todos se levantaron y salieron de la habitación sin decir nada, pero cuando llegué al umbral, su mano enguantada salió disparada y me agarró del brazo.
—No más experimentos sin un líder de escuadrón presente —declaró con tono entre divertido y de reproche.
Sentí un ligero hormigueo, como si su contacto me hubiera quemado la piel, y entonces me soltó de golpe. Parpadeé sorprendida. —¿Experimentar? —dije, mirando las literas—. No tenemos camas privadas. ¿Pensabas que estábamos montando una orgía?
Zander parpadeó y sus ojos oscuros se abrieron un instante antes de responder con una sonrisa seca. —Eso sería desaconsejable —dijo.
—¿Está todo bien? —preguntó Jax desde fuera; su voz resonaba suavemente en el viento.