Azriel #2
—Lo siento.
—No tienes que… No te disculpes —se las apañó para decir Azriel—. No te disculpes nunca. Soy yo el que debería… —Negó con la cabeza, incapaz de soportar ser el culpable de su expresión desolada—. Buenas noches.
Se fundió con las sombras antes de que ella pudiese decir nada y se plantó ante las puertas del estudio de Rhys un instante después. Sus sombras le susurraron al oído que Elain había subido la escalera.
Rhys se había sentado tras su escritorio. La furia había transformado su expresión en una noche sin luna.
—¿Has perdido la cabeza? —inquirió en voz baja.
Azriel se colocó la máscara de frialdad que había perfeccionado en el calabozo de su padre.
—No sé de qué me hablas.
El poder de Rhys recorrió la habitación como una nube de oscuridad.
—Hablo de ti, besando a Elain en mitad del pasillo, donde cualquiera podría veros —gruñó—. Incluida su pareja.
Azriel se puso rígido. Permitió que su gélida rabia saliera a la superficie, una rabia que solo permitía que viese su hermano, porque sabía que él podía igualarla.
—¿Y si el Caldero se equivocó?
Rhysand parpadeó.
—¿Y qué pasa con Mor, Az?
Él ignoró la pregunta.
—El Caldero escogió a tres hermanas. Dime cómo es posible que mis dos hermanos estén con dos de ellas, pero que la tercera se la hayan entregado a otro. —Era la primera vez que se atrevía a verbalizar aquel pensamiento.
Rhys se puso pálido.
—¿Crees que mereces ser su pareja?
Azriel puso mala cara.
—Lo que creo es que Lucien nunca será lo bastante bueno para ella y que, de todos modos, a Elain él no le interesa.
—¿Y cuál es tu plan? —La voz de Rhys era puro hielo—. ¿Seducirla para apartarla de él?
Azriel no respondió. No había llegado tan lejos como para planear nada más allá de las fantasías con las que se daba placer a sí mismo.
Rhys gruñó.
—Permíteme que deje algo muy claro. Vas a mantenerte alejado de ella.
—No puedes ordenarme algo así.
—Claro que puedo, y eso es lo que estoy haciendo. Si Lucien se entera de que intentas conquistarla, tiene todo el derecho a defender su lazo como considere necesario. Y eso incluye invocar un Duelo de Sangre.
—Esa es una tradición de la Corte Otoño.
—Aquel enfrentamiento a muerte era tan brutal que rara vez se llevaba a cabo.
Pese a pertenecer a otra corte, el propio Azriel había querido invocarlo tras encontrar a Mor todos esos años atrás.
Había estado preparado para retar tanto a Beron como a Eris a sendos Duelos de Sangre y matarlos a ambos.
Solo se había refrenado porque le correspondía a Mor reclamar sus muertes como venganza por lo que le habían hecho.
—Como hijo de Beron, Lucien está en su derecho de exigirte que participes.
—No me costaría demasiado esfuerzo vencerlo. —Cada una de sus palabras estaba impregnada de pura arrogancia, pero era cierto.
—Lo sé. —Los ojos de Rhys centellearon—.
Y, al hacerlo, destrozarías la frágil paz y las alianzas que hemos conseguido, no solo con la Corte Otoño, sino también con la Corte Primavera y con Jurian y Vassa.
—Dejó los dientes al descubierto antes de proseguir—: De modo que vas a dejar en paz a Elain.
Si necesitas tirarte a alguien, ve a un salón de placer y paga por ello, pero mantén las distancias con ella.
Azriel gruñó por lo bajo.
—Gruñe todo lo que quieras. —Rhys se reclinó en su silla—. Pero si vuelvo a descubrirte jadeando por ella, te aseguro que haré que te arrepientas.
Rhys rara vez amenazaba con castigarlos o hacía valer su rango. Aquello sorprendió lo suficiente a Azriel como para que su rabia se evaporase.
Rhys señaló la puerta con el mentón.
—Sal de aquí.
Azriel plegó las alas contra el cuerpo y se marchó sin añadir nada más. Recorrió la casa y acabó en el jardín delantero, donde se sentó bajo la glacial luz de las estrellas y permitió que el hielo en sus venas igualara la frialdad del aire que lo envolvía.
Hasta que ya no sintió nada. Hasta que volvió a no ser nada.
Después voló hasta la Casa del Viento, porque sabía que, si se quedaba a dormir en la mansión junto al río, acabaría haciendo algo de lo que luego se arrepentiría.
Había estado muy pendiente de mantenerse tan alejado de Elain como fuera posible, y se había alojado en la Casa para evitarla, y esa noche…
Esa noche había demostrado que había hecho bien.
Se dirigió al campo de entrenamiento para quemar con ejercicio físico la tentación, la rabia, la frustración y la acuciante necesidad.
Al llegar allí descubrió que ya estaba ocupado. Sus sombras no lo habían advertido.
Era demasiado tarde para marcharse sin que pareciera que estaba huyendo. Azriel aterrizó a pocos pasos de donde Gwyn entrenaba, pese al frío que hacía esa noche. Su espada relucía como el hielo a la luz de la luna.
Ella se detuvo en mitad de un movimiento y giró en redondo para mirarlo a la cara.
—Lo siento. Como sabía que todos ibais a cenar en la casa del río, creía que a nadie le importaría que subiese aquí y…
—No hay ningún problema. He venido a buscar algo que se me ha olvidado. —La mentira le salió sola, tan fría y tranquila como su expresión. Sus sombras le echaron un vistazo a Gwyn por encima de su hombro.
La joven sacerdotisa sonrió, y a Azriel le dio la sensación de que aquella sonrisa iba dedicada a sus curiosas sombras. Sin embargo, Gwyn se colocó la melena cobriza detrás de la oreja puntiaguda.
—Estaba intentando cortar la cinta. —Señaló con su espada el pedazo blanco de tela, que parecía emitir un brillo plateado.
—¿No tienes frío? —El aliento de Azriel formó nubecillas blancas ante él.
Gwyn se encogió de hombros.
—Cuando empiezas a moverte, dejas de notarlo.
Él asintió y el silencio cayó sobre ellos. Por un segundo, sus miradas se encontraron. Azriel bloqueó el violento recuerdo que resurgió en su mente y que tanto contrastaba con la Gwyn que tenía ante sí en aquel momento.
Ella bajó la cabeza, como si también lo estuviera recordando. Que había sido él quien la había hallado aquel día en Sangravah.
—Feliz solsticio —dijo ella, tanto a modo de despedida como para felicitarle el día.
Él se rio por lo bajo.
—¿Me estás echando?
La alarma inundó los ojos turquesa de Gwyn.
—¡No! Es decir, a mí no me importa compartir el campo de entrenamiento. Solo que… sé que prefieres estar solo. —Torció la boca hacia un lado, gesto que le arrugó las pecas de la nariz—. ¿Por eso has subido aquí?
Más o menos.
—Se me ha olvidado algo —le recordó él.
—¿A las dos de la mañana?
Su mirada delataba la diversión que sentía. Aquello era mejor que el dolor y la pena que Azriel había detectado en sus ojos hacía unos instantes. De modo que le ofreció una sonrisa torcida.
—No puedo dormir sin mi daga favorita.
—El típico consuelo que buscan todos los niños.
A Azriel le temblaron los labios. Evitó añadir que, en efecto, siempre dormía con una daga. Con más de una, de hecho. Y siempre escondía una debajo de la almohada.
—¿Qué tal ha ido la fiesta? —El aliento de la sacerdotisa se condensó al abandonar su boca, y una de las sombras de Azriel se adelantó para bailar con una de aquellas nubecillas antes de volver junto a él haciendo una pirueta. Como si estuviese escuchando una silenciosa melodía.
—Bien —contestó. Un instante después se percató de que aquella no era una respuesta socialmente aceptable—. Ha sido agradable.
Tampoco era mucho mejor. De modo que preguntó:
—¿Las sacerdotisas lo habéis celebrado?
—Sí, aunque el servicio ha sido el momento culminante.
—Lo entiendo.
Ella ladeó la cabeza y su melena brilló como el metal fundido.
—¿Cantas?
Él parpadeó. Que alguien lo sorprendiera no era algo que sucediera todos los días, pero…
—¿Por qué lo preguntas?
—Te llaman «cantor de sombras». ¿Es porque cantas?
—Soy un cantor de sombras, no es ningún título inventado.
Ella volvió a encogerse de hombros en un gesto irreverente. Az la estudió con los ojos entornados.
—Bueno —insistió ella—. ¿Y cantas?
Azriel no pudo evitar la suave carcajada que se le escapó.
—Sí.