Azriel #3
Ella abrió la boca para seguir preguntando, pero Az no tenía ganas de dar explicaciones. Ni de hacer ninguna demostración, y estaba seguro de que eso era lo que iba a pedirle a continuación. De modo que hizo un gesto con la cabeza para señalar la espada de Gwyn.
—Vuelve a intentar cortar la cinta.
—¿Qué? ¿Mientras tú me observas?
Él asintió.
Ella se lo planteó y Az se preguntó si se negaría, pero Gwyn suspiró, plantó los pies en el suelo, controló el equilibrio y se lanzó. Fue un movimiento elegante y preciso, pero no logró cortar la cinta.
—Otra vez —le ordenó él, que se frotó las manos para calentárselas y se sintió agradecido por el frío vigorizante y la distracción que le proporcionaba aquella lección improvisada.
Gwyn volvió a intentarlo, pero la cinta permaneció intacta.
—Giras ligeramente la espada cuando la colocas en paralelo al suelo —le explicó Azriel mientras desenvainaba su arma ilyria, que llevaba a la espalda—.
Observa. —Le hizo una demostración en la que se movió muy despacio y giró la mano justo cuando ella lo hacía—.
¿Te has fijado en cómo doblas la muñeca?
—Corrigió la postura—. Mantenla siempre así. La espada es una extensión de tu brazo.
Gwyn imitó el movimiento tan despacio como lo había hecho él, que observó cómo se autocorregía y luchaba contra el instinto de doblar la muñeca y rotar la espada. Lo repitió tres veces antes de deshacerse por completo de aquella mala costumbre.
—La culpa la tiene Cassian. Últimamente está demasiado ocupado poniéndole ojitos a Nesta como para fijarse en este tipo de errores.
Azriel soltó una carcajada.
—Eso no te lo discuto.
Gwyn esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias.
Él inclinó la cabeza en una suerte de reverencia y sintió que la tranquilidad sustituía a su inquietud anterior. Incluso sus sombras se habían calmado. Como si se sintieran satisfechas solo con reposar sobre sus hombros y observar.
Sin embargo… Dormir. Por lo menos tenía que intentar conciliar el sueño.
—Feliz solsticio —dijo Azriel antes de dirigirse hacia la entrada de la Casa—. No te quedes fuera mucho rato o acabarás congelada.
Gwyn asintió a modo de despedida. Ya estaba concentrada de nuevo en la cinta. Era una guerrera evaluando a su oponente, con todo el rastro de su encantadora irreverencia desvanecido.
Azriel entró en la calidez de la escalera y, mientras descendía, podría haber jurado que oyó una tenue y bonita melodía que lo seguía, así como que sus sombras cantaban en respuesta.
Durmió tan bien como cabía esperar, pero cuando regresó a la casa del río a recoger sus regalos antes del amanecer, encontró el collar de Elain encima de la pila.
Se lo guardó en el bolsillo. Durante el resto del día, incluso durante la pelea de bolas de nieve, albergó la firme intención de devolverlo al Palacio de Hilo y Joyas.
No obstante, cuando volvió de la cabaña en las montañas, no se dirigió a la plaza del mercado.
En vez de eso, terminó en la biblioteca bajo la Casa del Viento, de pie ante Clotho mientras el reloj daba las siete de la tarde.
Azriel deslizó la cajita por la mesa de la sacerdotisa.
—Si ves a Gwyn, ¿podrías entregarle esto?
Clotho ladeó la cabeza y su pluma encantada escribió en un pedazo de pergamino:
«¿Un regalo del solsticio? ¿De tu parte?».
Azriel se encogió de hombros.
—No le digas que es mío.
«¿Por qué?».
—¿Es necesario que lo sepa? Dile que es un regalo que le hace Rhys.
«Eso sería mentir».
Azriel no cedió al impulso de cruzarse de brazos, porque no quería resultar intimidante. Bloqueó el recuerdo que resurgió en su mente: el de su madre acobardada ante su padre, que se erguía de brazos cruzados de una forma que hacía patente su descontento mucho antes de que abriese esa odiosa boca.
—Verás, yo… —Azriel buscó las palabras adecuadas y bajó la voz—. Si hay alguna otra sacerdotisa que creas que sabría apreciarlo, dáselo ella. Pero no pienso llevarme el collar conmigo cuando me marche de aquí.
Esperó a que la pluma de Clotho dejase de escribir.
«Tu mirada es triste, cantor de sombras».
Él le ofreció una sonrisa sombría.
—He perdido la pelea de bolas de nieve.
Clotho era lo bastante lista como para ver a través de su evasiva.
«Se lo entregaré a Gwyn y le diré que un amigo lo ha dejado aquí para ella».
Azriel no sabía si llamaría «amiga» a Gwyn, pero…
—De acuerdo. Gracias.
La pluma de Clotho se puso en movimiento de nuevo.
«Se merece algo tan bonito como esto. Te doy las gracias por la alegría que sentirá al recibirlo».
Una chispa prendió en el pecho de Azriel, pero se limitó a inclinar la cabeza a modo de agradecimiento y se marchó.
Sin embargo, se lo imaginó perfectamente mientras subía la escalera que lo conduciría a la Casa.
La luz que iluminaría los ojos turquesa de Gwyn cuando viera el collar.
Por algún motivo… no le costaba nada visualizar la escena.
No obstante, Azriel apartó aquel pensamiento y eliminó conscientemente cualquier asomo de sonrisa de la cara. Enterró aquella imagen a mucha profundidad, donde se dedicó a brillar en silencio.
Una belleza secreta y encantadora.