Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) Azriel
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Azriel

AZRIEL

El silencio al fin había descendido sobre la casa del río tras la estrepitosa fiesta del Solsticio de Invierno, y las luces inmortales se habían atenuado hasta proyectar pequeños charcos dorados entre las profundas sombras de la noche más larga del año.

Amren, Mor y Varian por fin se habían acostado, pero Azriel se descubrió matando el tiempo en la planta de abajo.

Era consciente de que debería dormir un poco.

Iba a necesitar estar descansado cuando rompiera el alba, para la pelea de bolas de nieve que librarían en la cabaña.

Esa noche, Cassian había mencionado no menos de seis veces que tenía un plan secreto que lo llevaría a su inminente victoria.

Az había dejado que su hermano se pavoneara.

Sobre todo porque él mismo se había pasado un año planeando su propia victoria.

Cassian no tenía la más mínima idea de lo que le esperaba. Y Az pensaba aprovecharse de lo improbable que era que Nesta dejara descansar mucho a su hermano esa noche.

Az se rio disimuladamente para sí mismo y para las sombras, que, dispuestas a su alrededor, lo escuchaban.

Duerme , le susurraron al oído. Duerme .

Ojalá pudiera , respondió él en silencio. En los últimos tiempos le costaba bastante conciliar el sueño.

Cada vez que se tumbaba el tiempo suficiente, lo torturaban un millar de pensamientos afilados.

Demasiados deseos y necesidades provocaban que le ardiera la piel, que además sentía tensa sobre los huesos.

De modo que únicamente dormía cuando su cuerpo se rendía e, incluso entonces, solo durante unas pocas horas.

Azriel escrutó aquella estancia familiar, en la que los regalos y los lazos inundaban la superficie de los muebles. Cassian y Nesta no habían vuelto a bajar, aunque aquello no era sorprendente. Se sentía exultante por su hermano, y aun así…

Azriel no podía evitar los celos que le atenazaban el pecho. Celos de Cassian y de Rhys.

Sabía que lo consumirían si subía a su dormitorio, de modo que se quedó abajo, junto a la moribunda luz del fuego.

No obstante, incluso el silencio pesaba demasiado, y aunque las sombras le hacían compañía, como siempre, se descubrió abandonando la habitación y dirigiéndose al vestíbulo.

Oyó unos pasos delicados bajo el arco de la escalera, y allí apareció ella.

Las luces inmortales arrancaban destellos dorados a la melena suelta de Elain y la hacían brillar como el sol al amanecer. Ella se detuvo, con la respiración entrecortada.

—Yo… —Observó cómo tragaba saliva. Elain aferraba un objeto pequeño entre las manos—. Iba a dejar esto en tu pila de regalos. Se me ha olvidado dártelo antes.

Mentira. Bueno, al menos la segunda parte.

A Azriel no le hacía falta ninguna de sus sombras para interpretar su tono o la ligera tensión que reflejaban sus facciones.

Elain había esperado hasta que todo el mundo se había ido a la cama para aventurarse de nuevo hasta la planta baja, donde, con sutileza y sin que nadie reparase en ello, iba a depositar su regalo entre los demás, que ya estaban abiertos.

Elain recorrió la distancia que los separaba y se le aceleró la respiración cuando se detuvo de nuevo, ahora a un escaso paso de distancia. Con una mano temblorosa, le tendió el regalo envuelto.

—Aquí lo tienes.

Az intentó no fijarse en las cicatrices de sus dedos mientras aceptaba el presente.

Elain no le había comprado nada a su pareja.

Sin embargo, el año anterior le había hecho un regalo a él: unos polvos para los dolores de cabeza que ahora guardaba en la mesita de noche de la Casa del Viento.

No para usarlos, sino solo para contemplarlos.

Cosa que hacía siempre que dormía allí. O siempre que lo intentaba.

Azriel desenvolvió el regalo y echó un vistazo a la tarjeta, que solamente decía: «Puede que te resulten útiles en la Casa estos días». Abrió la tapa.

En el interior encontró dos pequeños objetos de tela en forma de alubia.

—Tienes que ponértelos en las orejas para bloquear cualquier sonido. Ahora que compartes casa con Nesta y Cassian…

Incapaz de reprimir el impulso, Azriel se rio entre dientes.

—Ahora entiendo por qué no querías que lo abriese delante de todos los demás.

Elain contrajo los labios en una sonrisa.

—No creo que Nesta apreciase la broma.

Él le correspondió con otra sonrisa.

—Yo no estaba seguro de si debía darte tu regalo.

Dejó el resto sin decir. Porque la pareja de Elain estaba allí, durmiendo en la planta de arriba.

Porque Lucien había estado presente en el salón y Azriel había tenido que quedarse cerca de la puerta en todo momento, ya que no soportaba aquella imagen ni el olor de su vínculo de pareja, y necesitaba tener la opción de marcharse si llegaba a sentirse agobiado.

Elain parpadeó con sus grandes ojos marrones, perfectamente consciente de todo aquello. Y Azriel sabía que también era consciente de por qué él rara vez acudía ya a las cenas familiares.

No obstante, esa noche, amparados por la oscuridad y el silencio, sin que nadie los viera… Azriel sacó una cajita de terciopelo de las sombras que lo rodeaban y la abrió para ella.

Elain tomó aire con suavidad y él percibió esa respiración como un susurro sobre su propia piel. Sus sombras retrocedieron al oír aquel sonido. Tendían a desvanecerse cuando ella andaba cerca.

El collar de oro parecía normal y corriente: la cadena no tenía nada de especial y el colgante era lo bastante pequeño como para tomarlo por un dije cualquiera.

Se trataba de una pequeña rosa plana hecha de cristales de colores y diseñada para que la auténtica intensidad de sus matices se tornara evidente cuando la luz incidiera de lleno sobre ella. Una belleza secreta y encantadora.

—Es precioso —susurró Elain al sacarlo de la caja. La dorada luz inmortal brilló a través de las diversas caras del cristal e hizo que el colgante reluciese en distintos tonos de rojo, rosa y blanco—. ¿Me lo pones?

Azriel sintió que se le quedaba la mente en blanco. Sin embargo, cogió el collar y abrió el broche mientras ella se giraba para darle la espalda y se levantaba el pelo con una mano para exponer su largo y pálido cuello.

Sabía que aquello estaba mal, pero allí estaba él, colocándole la joya alrededor de la garganta.

Permitiendo que sus dedos cubiertos de cicatrices tocaran aquella piel inmaculada.

Permitiéndose rozarle el lateral del cuello y deleitándose con su textura aterciopelada.

A Elain la atravesó un estremecimiento y él se tomó mucho más tiempo del necesario para cerrar el broche.

Azriel no retiró los dedos de inmediato, sino que los dejó apoyados en la nuca de Elain, sobre la primera vértebra de la columna. Muy despacio, ella se inclinó hacia su contacto. Hasta que él acabó apoyándole toda la palma en el cuello.

Nunca habían llegado tan lejos. Habían intercambiado miradas y algún roce ocasional de los dedos, pero jamás algo como aquello. En ningún momento se habían tocado sin restricciones y de forma tan descarada.

Mal. Aquello estaba mal.

Y le daba igual.

Azriel necesitaba degustar la piel del cuello de Elain. Conocer el sabor de esos labios. De sus pechos. De su sexo. Quería que ella se corriese en su lengua…

Sintió cómo la polla se le tensaba contra los pantalones, tan dura que incluso le costaba pensar. Rezó para que ella no bajase la mirada. Rezó para que no entendiese a qué se debía el cambio en su olor.

Azriel solo se había concedido aquella clase de pensamientos a altas horas de la noche.

Únicamente se había permitido cerrar la mano alrededor de la polla y pensar en Elain entonces, cuando incluso sus sombras se habían ido a dormir.

Se había imaginado su expresión cuando la penetrase, los ruidos que haría.

Elain se mordió el labio inferior y él necesitó hasta la última migaja de su voluntad para evitar mordisqueárselo él mismo.

—Debería irme —dijo ella, pero no hizo ademán de marcharse.

—Sí —respondió él, que empezó a rozarle el cuello con el pulgar para realizar unas largas caricias sobre su piel.

La excitación de Elain le inundó las fosas nasales y aquel dulce aroma estuvo a punto de hacerle poner los ojos en blanco. Sería capaz de suplicar de rodillas por la oportunidad de saborearlo. Sin embargo, se limitó a acariciarle el cuello de nuevo.

Elain se estremeció y se acercó todavía más.

Tanto que, si inspiraba hondo, rozaría el torso de Azriel con los pechos.

Levantó los ojos para mirarlo con una expresión tan confiada, esperanzada y abierta que él supo que no tenía ni la menor idea de las atrocidades que había cometido y que le desfiguraban las manos más allá de las cicatrices.

Atrocidades tan horribles que constituía un sacrilegio que le tocara la piel con los dedos y se la manchase con su contacto.

Pero podía concederse este momento. Solo un momento, una pequeña muestra, y ahí acabaría todo.

—Sí —susurró Elain, como si hubiese detectado su resolución. Solo se permitirían aquel instante en mitad de la noche más larga del año, allí donde la Madre sería su única testigo.

Azriel le subió la mano por el cuello y la enterró en su espesa melena. Le hizo ladear la cabeza de la forma que quería. Elain entreabrió los labios y lo estudió con la mirada antes de cerrar los ojos.

Aquel gesto era tanto una oferta como un permiso.

Él estuvo a punto de gemir de alivio y necesidad mientras acercaba la cara a la de ella.

Azriel .

La voz de Rhys lo atravesó como un trueno y lo obligó a detenerse a pocos centímetros de la dulce boca de Elain.

Azriel .

Había una orden implacable entrelazada con su nombre, y Azriel levantó la vista.

Rhys se hallaba en lo alto de la escalera. Fulminándolos con la mirada.

A mi despacho. Ahora.

Rhys se desvaneció y él se quedó plantado frente a Elain, que seguía esperando a que la besara. A Azriel se le revolvió el estómago mientras le apartaba la mano del pelo y daba un paso atrás.

—Esto ha sido un error —se obligó a decir.

Ella abrió los ojos, en cuyas profundidades luchaban el dolor y la confusión, antes de susurrar: