Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) Feyre & Rhys #2
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Feyre & Rhys #2

Nos habíamos quedado tumbados en el suelo, entremezclando risas y lágrimas, y solo lo besé una vez que nos hubimos calmado.

Después de eso, nuestra ropa desapareció y lo monté en el suelo del estudio, dejando que la luz de mi interior brillase lo suficiente como para inundar la estancia de sombras.

Rhys se había echado a llorar mientras observaba cómo me movía, y derramó lágrimas silenciosas en mitad de la oscuridad plagada de estrellas que él mismo emanaba.

Cuando me incliné para lamerlas, se corrió con tanta fuerza que me hizo alcanzar también el máximo placer.

Y ahora, igual que había hecho en esa ocasión en el estudio, mi pareja trazaba círculos perezosos sobre mi estómago y mis pechos, que sentía pesados y doloridos por motivos que nada tenían que ver con el deseo que se me acumulaba entre las piernas.

Ese había sido uno de los primeros síntomas, además de los vómitos, que últimamente me aquejaban a todas horas: los pechos se me habían hinchado y me dolían.

Rhys dibujo un círculo alrededor de uno de los pezones, que se me endureció con la caricia. Él observó cómo se erguía bajo la camisa, igual que un gato que vigila a un ratón.

—Rhys —insistí al ver que no respondía a mi pregunta—. ¿Por qué ha dicho Cassian que has estado de mal humor?

Él cerró los labios alrededor de uno de mis pechos y me lo rozó con los dientes a través de la tela.

—Por nada.

—Mentiroso. —Le tiré del pelo para obligarlo a levantar la cabeza—. Cuéntamelo.

Él se soltó y hundió la cara en mi cuello al tiempo que bajaba el cuerpo lo suficiente para indicarme con claridad cómo iba a acabar aquello.

Yo no pude impedir que mis caderas se alzasen casi por voluntad propia para acudir a su encuentro.

Otro de los síntomas más tempranos: mi insaciable voracidad. Y no solo por la comida.

Algunas noches, a duras penas esperaba a que Rhys entrara en la habitación para arrancarle la ropa, o para ponerme de rodillas y meterme su polla en la boca, hasta el fondo, o para pedirle que me follara contra la pared.

Había días enteros en los que lo necesitaba dentro de mí con tanta intensidad que empleaba mis dones daemati para pedirle que se reuniera conmigo a la hora de la comida en la casa de la ciudad, puesto que quedaba más cerca del estudio que nuestro nuevo hogar.

Nuestro perfecto y encantador hogar, en el que habíamos diseñado una habitación infantil que, si el Caldero lo quería, estaría ocupada a finales de la siguiente primavera.

Rhys había correspondido a mi hambre insaciable con la suya.

A veces nos tomábamos nuestro tiempo, saboreando cada centímetro del cuerpo del otro y haciendo el amor a conciencia.

En otras ocasiones, las más habituales, follábamos sin ninguna delicadeza.

Como esa mañana, cuando la necesidad me había apabullado de tal forma que casi ni habíamos terminado el desayuno privado que nos habían servido en nuestra habitación antes de subirme a su regazo y montarlo hasta que el placer nos dejó casi inconscientes a ambos.

El día anterior, había preguntado a Madja al respecto, sobre si era… normal desear tanto a mi pareja.

«Sí —me había respondido con los ojos chispeantes—. No muchas embarazadas hablan del tema, pero tiene que ver con la esencia de tu cuerpo, que no deja de cambiar. No puedo explicarte por qué sucede, pero te aseguro que es normal. Así que disfruta de cada momento».

—He estado de mal humor porque alguien no me deja dormir —dijo Rhys contra mi cuello. Me lamió la garganta y bajó la mano hacia mis pantalones. No se lo impedí y sus dedos encontraron la humedad que los esperaba allí. Soltó un gruñido de satisfacción—. ¿Ves a lo que me refiero?

Sabía que estaba evitando el tema, pero se lo permití. Ya había aprendido que Rhys me contaría lo que le preocupaba cuando estuviese listo para ello. Puede que Cassian lo hubiera malinterpretado, puede que su mal humor estuviese dirigido a mi hermana.

Aunque sabía que era poco probable.

No obstante, cuando Rhys me metió los dedos y empezó a moverlos a un ritmo retorcidamente perezoso, me olvidé del tema. Nuestra amistad siempre había consistido en darle espacio al otro para decidir cuándo estaba preparado para hablar.

También estaba el asunto de nuestro último trato, que llevábamos tatuado en la piel desde que habíamos derrotado a Hybern…

Lo besé a conciencia, enredando la lengua con la suya.

No pasaríamos ni un instante en ese mundo que no fuera en la compañía del otro.

Lo único que me quedaba era rezar para que nuestro hijo hallase algún día un amor semejante.

Rhys me llevó casi hasta el límite antes de retirar la mano y hacer desaparecer mi ropa.

Se desabrochó los pantalones con provocadora lentitud y se concentró en mi cara al tiempo que liberaba su considerable longitud.

No despegó la vista de mí mientras me penetraba con una única y poderosa embestida.

Parecía paladear cada uno de mis gemidos y de mis súplicas jadeantes mientras se movía en mi interior.

Como si quisiera memorizarlo todo.

Cuando ambos estábamos resollando, Rhys con la cara enterrada en mi cuello y yo con los dedos enredados en la tela sudada de su camisa, dije:

—Ahora que los demás están al tanto, siento que es más real.

Él supo a qué me refería.

—Hay alguien a quien todavía no se lo hemos contado.

Sonreí y le tiré del pelo para que levantase la cabeza. Rhys me obedeció y me miró a los ojos.

—¿Quieres decírselo tú a Mor o puedo hacerlo yo? —Él la conocía desde hacía más tiempo, pero yo la consideraba mi amiga más querida. Una hermana, puede que más que las mías propias.

—Creo que deberíamos dejar que se lo cuente él —propuso mientras hacía un gesto de cabeza para señalarme la tripa.

Enarqué una ceja.

—¿Cómo?

Mi pareja esbozó una sonrisa irónica.

—La próxima vez que Mor esté en casa, anularé el escudo que te rodea. A ver cuánto tarda en detectar tu olor. Y el del bebé.

Le devolví la sonrisa.

—Me gusta la idea. —Deseé tener algún modo de inmortalizar la expresión de Mor en ese momento. Pasé una mano por el sedoso pelo de Rhys—. ¿Has pensado algún nombre?

Él sonrió de oreja a oreja.

—Por supuesto.

—No me fío de esa sonrisa.

—¿Por qué? —Salió de mí y nos limpió a ambos con una oleada de su magia. Calmé el hambre creciente que sentí al ver cómo volvía a abrocharse los pantalones—. Jamás le pondría un nombre ridículo.

—No te creo. —Le di unos golpecitos en la nariz—. Tu apellido…

—Mejor no hablemos de mi apellido —respondió antes de mordisquearme las yemas de los dedos.

Me reí.

—De acuerdo.

Sin embargo, la luz en sus ojos se atenuó.

—¿Qué te parece si lo llamamos como tu padre?

Sentí el corazón en un puño.

—¿Te parecería bien?

—Por supuesto.

Tuve que tragar saliva para deshacer el nudo de la garganta y me incorporé para mirarlo de frente.

—Puede que como segundo nombre, pero… no. Quiero que nuestro hijo tenga su propio nombre.

«Nuestro hijo». Esas palabras me resultaban extrañas al pronunciarlas, aunque maravillosas al mismo tiempo.

Rhys asintió y su expresión se dulcificó, como si mis palabras también lo hubiesen conmovido a él.

No me costaba visualizar el padre en el que iba a convertirse, ya lo veía riéndose mientras lanzaba a nuestro niño en volandas y los veía a ambos adormilados en aquel mismo sofá, con sendos libros abiertos en el regazo.

Nuestro hijo no dudaría nunca, ni por un segundo, de lo mucho que lo queríamos.

Y Rhys iría hasta el fin del mundo para protegerlo.

Sonreí ante aquellas ensoñaciones, que provocaron que me hormigueasen las manos por las ganas que tenía de pintarlas.

Rhys soltó un ruidito contemplativo.

—¿Qué te parece Nyx?

Parpadeé.

—¿Nyx?

Rhys señaló una de las paredes forradas de libros de su estudio. Un tomo encuadernado en cuero flotó hacia su mano extendida. Sin decir palabra, mi pareja pasó las páginas y me lo tendió.

Escaneé el texto que me mostró.

—¿Una antigua diosa de la noche?

—Más o menos de la misma época que el Tesoro, de hecho —me explicó él—. Hoy en día casi todo el mundo la ha olvidado, pero me gusta cómo suena su nombre. ¿Por qué no ponérselo a un chico?

—Nyx —sopesé, y el eco del nombre reverberó en el silencio del estudio. Me rocé el estómago con los dedos tatuados.

Rhys colocó la mano sobre la mía y ambos sonreímos al pensar en la pequeña vida que se estaba desarrollando dentro de mi cuerpo.

—Nyx —repetí una última vez, y podría jurar que una brizna de poder nocturno se alzó en respuesta.

Juntos, observamos nuestras manos entrelazadas sobre mi estómago.

Juntos, observamos a nuestro hijo, y le ofrecí un silencioso agradecimiento a la Madre por el precioso futuro que florecía ante nosotros.