Feyre & Rhys
FEYRE ¿cuántas veces me había centrado exclusivamente en mi propio terror mientras Elain sufría?
Rhys me observó con los ojos entornados, el vivo retrato de la elegancia perezosa.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
Me encogí de hombros y recliné la cabeza contra los cojines.
—Culpable. Ha dirigido toda su rabia hacia Nesta, pero yo también me la merezco.
Elain y yo habíamos desarrollado una relación más cercana desde el final de la guerra contra Hybern.
Era cierto que quizá nunca saldría de copas con ella como lo hacía con Mor, y a veces con Amren, pero…
, bueno, había un bebé en camino. De todos modos, no tenía permitido beber.
Y puede que mi hermana no llegara a ser nunca la primera persona a quien acudiría cuando tuviese un problema o necesitase un consejo, pero entre nosotras había un pacífico y amigable entendimiento. Su compañía me resultaba agradable.
Me pregunté si mi hermana se ofendería en caso de saber lo que opinaba de ella. Yo en su lugar me sentiría molesta, sin duda.
—¿Alguna vez la habías visto comportarse de ese modo? —me preguntó Rhys.
—No. —Me mordí el labio inferior. Rhys no perdió detalle del gesto—. Es decir, ha actuado con valentía cuando ha tenido que hacerlo, pero jamás ha buscado pelea.
—Es posible que nunca haya tenido la oportunidad de mostrar esa faceta.
Giré la cabeza hacia él con brusquedad.
—¿Crees que no la dejo ser ella misma?
Rhys levantó las manos.
—No me refiero solo a ti. —Echó un vistazo al estudio mientras pensaba—.
Pero como todo el mundo lleva tanto tiempo dando por sentado que Elain es dulce e inocente, me pregunto si ella misma siente que, si se comporta de forma diferente, acabará decepcionándoos a todos.
—Miró al techo y suspiró—. Si le damos tiempo y conseguimos que se sienta segura, es posible que veamos emerger un lado distinto de ella.
—Eso se parece peligrosamente a lo que ha dicho Nesta sobre que Elain se vuelva interesante por fin.
—Nesta no siempre se equivoca.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Elain te parece aburrida?
—Me parece amable, y siempre preferiré esa amabilidad por encima de la maldad.
No obstante, creo que todavía no hemos sido testigos de todo lo que puede ofrecer.
—Esbozó una sonrisa ladeada—. No olvides que con la jardinería suelen obtenerse resultados preciosos, pero eso implica ensuciarse las manos en el proceso.
—Y cortarse con las espinas —musité al recordar la mañana del último verano en que Elain había entrado en casa con la palma sangrando a causa de varias heridas.
Se las había hecho por culpa de un obstinado rosal que le había perforado los guantes.
Las espinas le habían rasgado la piel y se le habían clavado unos fragmentos afilados que yo había tenido que arrancarle.
No me había atrevido a mencionar que aquello no habría pasado de haberse puesto los guantes encantados que Lucien le había regalado el último solsticio.
Suspiré y me froté de forma distraída el estómago, que aún tenía plano.
—Centrémonos en ayudar primero a una hermana antes de empezar con la siguiente.
—Me parece bien —respondió lentamente Rhys.
Lo inmovilicé con los ojos.
—¿De verdad era necesario que fulminases de esa forma a Nesta con la mirada?
Él se incorporó con una expresión de pura inocencia.
—No sé de qué me hablas, querida Feyre. —Se inclinó hacia mí y el aire emitió un ligero brillo cuando hizo desaparecer el escudo que me rodeaba. Me dio un beso fugaz en la mejilla—. Yo jamás haría nada parecido. Debes de estar pensando en tu otra pareja.
—Sí, en el que es cruel, sobreprotector y está medio loco. —Sonreí mientras él me besaba en la mejilla y luego en el cuello. Se me encogieron los dedos de los pies.
—¿Cruel? —ronroneó Rhys contra mi piel—. Me hieres con esas palabras.
Le permití que me tumbara sobre los cojines y saboreé la sensación de su peso sobre mí mientras se erguía para apoyarse en los codos.
—Se te ve feliz —me dijo, con una sonrisa dulce y tierna que no muchos veían más allá de Velaris.
—Lo soy —contesté—. Y me hace feliz que nuestra familia comparta nuestra dicha. —Al margen de lo difícil que se hubiera vuelto mi relación con Nesta, su felicitación había prendido algo en mi pecho.
—Si me consideras sobreprotector a mí —comentó Rhys, cuyo pelo negro le cayó sobre la cara—, espera a que Mor regrese de Vallahan. No volverás a salir de casa sin escolta.
—Creía que por quienes tendría que preocuparme sería por Azriel y Cassian.
—Oh, ellos te volverán loca. Pero es probable que Mor añada un segundo escudo a tu alrededor y además compruebe seis veces al día que estés comiendo y durmiendo lo suficiente.
—Madre, ten piedad —gemí.
—Mmm —murmuró Rhys, cuyos ojos prácticamente me deslumbraron mientras jugueteaba con el extremo de mi trenza.
Durante un largo minuto nos sonreímos el uno al otro. Bebí con avidez de cada plano de su rostro, de cada rescoldo de calidez y felicidad que irradiaba.
—Cassian ha dicho que has estado de mal humor. ¿Por qué?
Me creía lo que había dicho nuestro amigo, solo que Rhys no se había mostrado malhumorado conmigo. Al contrario. Últimamente, cuando mi pareja me miraba, lo que brillaba en sus ojos era el amor más puro.
Jamás se me olvidaría el momento en el que habíamos descubierto que estaba embarazada del precioso niño que el Tallador de Huesos me había enseñado en una ocasión. Yo estaba sentada ante un caballete en la galería, bien entrada la noche, pintando la pesadilla que había tenido el día anterior.
Los niños ya se habían ido a casa y era la única que quedaba allí, lo cual era poco frecuente en los últimos tiempos, pero, cosa rara, sentía que me sobraba algo de energía después de las clases.
Lo que los niños pintaban a menudo me llenaba los ojos de lágrimas, aunque era muy cuidadosa y siempre lo ocultaba.
No obstante, pese a que aquel trabajo aumentaba la cantidad de emociones complicadas que experimentaba a diario, había resultado ser gratificante de un modo que jamás me habría esperado.
Me hacía sentir de un modo que ni toda mi considerable magia había logrado nunca.
Y lo único que podía hacer con todas aquellas emociones era pintar.
Las pesadillas me habían hecho sentir desequilibrada todo el día y habían permanecido en mi mente como una especie de moretón.
Había soñado que me hallaba en Bajo la Montaña, enfrentándome de nuevo a mi segunda prueba, y que esos afilados pinchos de metal descendían y acabarían por empalarme, a no ser que tirase a tiempo de la palanca correcta.
Por algún motivo, volvía a ser analfabeta y era incapaz de descifrar las marcas de la pared, por lo que me veía obligada a elegir al azar entre mi salvación o mi perdición.
En la vida real había sido Rhys quien me había salvado, pero en el sueño él no estaba allí.
La única presente era Amarantha, el rey de Hybern era una mera sombra a su espalda.
Y por algún motivo, nadie sabía dónde me encontraba, que me habían arrastrado hasta allí porque ella había descubierto que la primera vez había salido victoriosa haciendo trampas, y nunca podría escapar, nunca podría escapar, nunca podría escapar…
Ese fue mi último pensamiento antes de despertarme de golpe, empapada en sudor y con el corazón desbocado.
Rhys se había movido medio en sueños y me había acercado a él para taparnos a ambos con una de sus alas, y aunque me había acurrucado junto a su fuerza y su calidez, no había logrado volver a dormirme.
De modo que, al día siguiente, había esperado a que los niños abandonasen el estudio antes de sacar un lienzo en blanco y mi paleta. Me preparé una infusión caliente de té de menta y raíz de regaliz, y cogí el pincel.
Llevaba dos horas pintando aquella pesadilla, de espaldas a la puerta, cuando Rhys entró. Permaneció en completo silencio. Pero no se trataba del silencio satisfecho en el que a veces se sumía al observarme mientras pintaba. Era un silencio rebosante de la más absoluta conmoción.
Me giré para mirarlo justo a tiempo de verlo caer de rodillas.
A continuación empezó a llorar y a reírse, y la única palabra que pude distinguir en mitad de su eufórico balbuceo fue «bebé». Salté del taburete. Yo también estaba llorando cuando me lancé a sus brazos y los dos acabamos en el suelo. Rhys me tocó el estómago, maravillado.
Algo había cambiado en mi aroma desde que me despedí de él por la mañana, puede que incluso desde que me despedí de los niños. La vida al fin había enraizado en mi interior.