Nesta & Cassian #2
El olor de aquella mujer lo golpeó con tal intensidad que a duras penas fue capaz de seguir concentrado, y necesitó echar mano de sus cinco siglos de entrenamiento para sostenerle la mirada en lugar de poner los ojos en blanco, para mantenerse inmóvil en lugar de enterrar la nariz en el hueco entre el cuello y el hombro de Nesta, para impedirse a sí mismo aproximarse más o… tocarla.
Ella permaneció imperturbable y ni siquiera se sonrojó mientras Cassian se esforzaba por mantener las distancias, a pesar de que la separación entre sus caras era de unos pocos centímetros.
Nesta era joven. Tendría veintidós años, veintitrés a lo sumo.
Pero ¿había estado con un hombre? A Cassian no debería importarle, ni siquiera debería estar planteándoselo, y para él no suponía ninguna diferencia, solo que…
Por lo general, era capaz de intuirlo. Aunque…
no en el caso de Nesta. De modo que acercó la cara un poco más, provocando que un mechón de pelo oscuro le cayera sobre la frente, y ronroneó:
—Hay ciertas circunstancias en las que prefiero portarme mal, Nesta Archeron.
Nesta
El fae, Cassian, era peligroso.
Lo era, por supuesto, en el sentido que cabía esperar, pues era alto, musculoso y hábil con las armas y en la guerra.
Luego estaban esas enormes alas y el minúsculo detalle de que era un letal guerrero fae al servicio del alto lord más poderoso de la historia.
Un alto lord con el que su hermana tenía una relación cercana.
De quien se estaba enamorando, si Nesta lo había interpretado correctamente.
Él ya la amaba con locura, eso era obvio.
Sin embargo, Cassian era peligroso por un motivo del todo distinto. No por su atractivo rostro, sino por esos ojos color avellana… que tenían un modo muy particular de evaluarlo todo y a todos.
Pegada a la repisa, sentía el crepitar de las llamas ardiendo contra su costado izquierdo mientras Cassian se cernía sobre ella, lo bastante cerca como para compartir el aliento.
Nesta contó las respiraciones. Le sostuvo la mirada y deseó que él no viera más allá, que no se molestara en mirar más adentro.
Era mejor distraerlo con palabras punzantes, con el rechazo más absoluto.
O… con aquello. Con la prueba que él acababa de plantearle.
Sin duda, la intención del fae era encontrar otra debilidad. ¿Podría sobrepasar las defensas de Nesta en aquel sentido?
¿Quería portarse mal? Ella curvó los labios en una sonrisa.
—Si quisiera que un macho me pusiera las zarpas encima —le soltó negándose a bajar la mirada—, antes me acercaría a uno de los sabuesos.
No logró borrarle esa insoportable sonrisa. Y Cassian se lanzó directo a la yugular cuando le preguntó:
—¿Has estado alguna vez con un hombre, Nesta?
Podía contarle la verdad o una mentira. ¿Cuál de ellas le proporcionaría la mayor ventaja?
—¿Tú has estado con alguno? —se limitó a decir.
Cassian se rio entre dientes y ella sintió la caricia de su aliento en los labios.
—Yo he preguntado primero, encanto. —Ladeó la cabeza y unos mechones de su pelo negro como la noche se le deslizaron por la frente como si fueran de seda—. A no ser que prefieras la compañía femenina.
No constituiría ningún insulto si ese fuera el caso, pero él lo había dicho de forma tan burlona que Nesta apoyó una mano en su pecho de forma descarada.
Bajo la ajustada ropa de cuero, ideal para pelear, palpó un músculo esculpido, y el calor corporal de él le calentó la palma.
Fuego. Cassian le recordaba al fuego hecho carne.
Presionó con suavidad contra su torso y se fijó en que su propia mano parecía más pequeña en contraste con el ancho pecho de él.
Era un asesino entrenado, un depredador de nacimiento que además se había entrenado para ello.
Arrogante por naturaleza.
Cuando Nesta se acercó un paso más, Cassian se vio obligado a ponerse todavía más recto. De lo contrario, la distancia entre las bocas de ambos habría desaparecido por completo.
—Mis preferencias no te incumben —declaró ella—. Como tampoco…
—No has respondido a mi primera pregunta. ¿O acaso todas las demás que me has formulado eran una distracción?
—¿Qué más te da?
—Otra pregunta. —Cassian esbozó una sonrisa repleta de arrogancia.
Y así como así, Nesta encontró la respuesta que sabía que lo atormentaría.
De modo que se rozó contra el cuerpo del macho, poco más que el susurro de una caricia, pero de todas formas consiguió que él se quedara rígido. Las pupilas incluso se le dilataron hasta prácticamente devorar sus iris color avellana.
—No, no he estado con ninguno —canturreó.
Era la verdad. Apretó la mano contra aquel pecho recubierto de cuero—.
¿Para qué molestarme? Cuando alcancé la edad apropiada, estaba rodeada de brutos de origen humilde y bastardos.
Prefiero utilizar mi propia mano antes que permitir que me mancillen con las suyas.
Cualquier diversión que sintiera Cassian se desvaneció.
Nesta podría haber jurado que había oído cómo aquel dardo en forma de palabras acertaba de lleno en el objetivo.
Sabía lo suficiente sobre los orígenes del fae.
De modo que le había dicho la verdad, pero la había recubierto de suficientes espinas como para que se hiciera daño si le daba demasiadas vueltas al tema.
No, no había estado con nadie, ni fae ni humano.
Tomas había querido y Nesta… Una parte de ella había sabido que no tenía ningún futuro con él.
Sabía lo odioso que era su padre y las palizas que le daba a su madre, y que Tomas no movía ni un dedo para impedírselo.
Ella apenas había dejado que la besara, y el día en que había decidido poner fin a su relación, él…
Nesta tragó saliva y bloqueó el recuerdo de lo que Tomas había dicho y hecho.
El ruido que había producido su vestido cuando él se lo había desgarrado.
No, no consiguió llegar más allá, pero… Mientras lo intentaba, Nesta sintió un terror ciego.
Después, se puso a gritar y lo arañó hasta conseguir que la soltara. Nunca se lo había contado a nadie.
Su expresión o su olor debieron de delatarla.
Porque la irritación de Cassian desapareció. No, de hecho cambió. Se transformó en otra cosa, en algo que parecía… rabia.
Eso era lo que había invadido la expresión del fae.
Una rabia pura y abrasadora.
Le robó el aliento, así como también cualquier sensación de ser ella quien llevaba las de ganar.
—¿Quién fue? —gruñó él entre dientes.
Nesta odiaba a Tomas, lo suficiente como para fantasear de vez en cuando con que lo atropellase una carreta. No obstante, no le desearía a nadie el tipo de muerte que prometían los ojos de Cassian.
—No sé de qué me hablas —replicó, e hizo ademán de apartar la mano.
Él se la agarró, tan deprisa que Nesta casi ni detectó el movimiento, y se la retuvo contra su pecho.
En aquellos momentos el corazón de Cassian latía desbocado, un estruendoso y fuerte galope.
Qué peligroso era. Peligrosísimo.
Aunque solo fuera porque, con él, sentía que perdía el control. Porque no tenía ni idea de lo que haría Cassian, o ella misma, si llegaran a cruzarse en un momento de vulnerabilidad de Nesta, por mucho que fuera un único instante.
—¿Alguien te ha hecho daño? —preguntó él con una voz tan gutural que ella a duras penas lo entendió.
La ira, la inmovilidad que lo había invadido… Eran señales que delataban que estaba a punto de matar. Que tenía ganas de matar.
Nesta sintió el roce de los callos de la mano del fae cuando Cassian presionó la palma de ella contra su propio pecho.
Nesta no le había respondido.
—¿Cambiaría algo de haber sido así? ¿Me verías de forma distinta o me tratarías de un modo diferente?
—Perseguiría al culpable y le rompería hasta el último hueso del cuerpo.
Nesta sintió que un escalofrío le recorría la columna. No porque él la asustase, sino por la verdad que contenía aquella declaración. Por su sinceridad.
—No me conoces —soltó—. ¿Por qué ibas a molestarte?
Cassian gruñó y se acercó más a ella mientras le aferraba la mano con fuerza. Un instante después se detuvo. Como si hubiera asimilado la pregunta. La situación. Parpadeó.
—Lo haría por cualquiera.
Nesta sabía que lo decía en serio, que de verdad lo haría.
Puede que aquello fuese lo que la ponía de los nervios, lo que la impulsaba a querer herirlo. Aquella sinceridad absoluta. El hecho de que honrase sus promesas y que, el primer día que se habían visto, hubiese juzgado… el comportamiento de Nesta cuando vivían en la choza de su familia.
Su cobardía y su egoísmo. La rabia que la había consumido hasta tal punto que había deseado que todas muriesen de hambre, solo para comprobar si su padre se molestaría en salvarlas.
Pero luego, la pequeña Feyre había tomado las riendas y Nesta también la odió por ello, porque había hecho lo impensable y los había mantenido a todos con vida.
Nesta no sabía qué hacer con ella, con toda esa rabia.
Seguía persiguiéndola y ardiendo en su interior, seguía generándole ganas de romper cosas, de rugir y de reducir el mundo a pedazos.
Lo sentía todo, con demasiada intensidad, con demasiada vehemencia.
A veces pensaba que odiaba, se preocupaba, amaba y temía más que los demás.
Y podía pasar de una emoción a otra en cuestión de segundos, como si se estuviera probando distintos conjuntos, y nadie parecía darse cuenta, o a nadie parecía importarle.
Excepto a él. Él era capaz de verlo, de sentirlo.
Esa primera tarde, cuando Cassian la había mirado, lo había visto todo.
No la cara y el cuerpo en los que se fijaban los hombres humanos, sino a ella en su totalidad.
A Nesta le habían entrado ganas de hacerle daño antes de que pudiera revelarle todo aquello a alguien más, había querido encontrar la forma de quebrarlo para que no pudiese…
La mano que apretaba la suya contra el pecho de Cassian pasó a aferrarla con más delicadeza. Él le acarició el dorso con el pulgar, áspero a causa de los callos que tenía en la yema del dedo.