Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) Nesta & Cassian
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Nesta & Cassian

NESTA & CASSIAN

Cassian

No estaba buscando pelea, se dijo Cassian mientras describía el quinto círculo por encima de la extensa finca, pese a aquel frío de principios de primavera tan impropio de la estación y tan despiadado como para dejar sin aliento incluso al guerrero ilyrio más curtido en la batalla.

Al fin y al cabo, Rhys le había pedido que entregara la última carta que les había escrito a las reinas humanas, dado que Az estaba ocupado intentando traspasar las molestas defensas que ellas habían alzado alrededor de su palacio y que Mor no quería poner un pie en el reino mortal a menos que fuera imprescindible.

Amren quedaba descartada, por supuesto, sencillamente porque era Amren y habría sido como soltar a un gato salvaje en un corral lleno de corderos. De modo que solo quedaba él.

Bueno, también Feyre, pero Rhys y ella estaban… ocupados.

Y, de acuerdo, puede que Cassian hubiese aceptado demasiado deprisa, pero…

Estudió la finca, los enfangados terrenos, que ya empezaban a descongelarse, el pueblo a lo lejos y el amenazante bosque, que comenzaba a echar brotes.

Después de su primer encuentro, Cassian se había marchado de allí sin tener claro lo que había pasado o quién había tenido las de ganar.

Y, por la Madre, en las últimas semanas se había descubierto analizando una y otra vez cada palabra y mirada que había intercambiado con ella.

Ni una sola había sido agradable, cada sílaba que había escupido aquella mujer había sido hiriente y despiadada, y…

Cassian suspiró y el viento dispersó las nubecillas blancas de su cálido aliento.

No habría sabido decir qué era peor: lo mucho que había pensado en aquel encuentro o la prisa que se había dado para llegar hasta allí. Y ahora estaba… perdiendo el tiempo.

Ese pensamiento consiguió que se lanzase de cabeza, raudo y de forma casi imprudente, hacia la finca de tejado verde, utilizando magia para que nadie percibiese más que un viento feroz y un sordo aleteo.

A pesar de ello, en los establos cercanos, los caballos se agitaron y relincharon al detectar que se acercaba, pero cuando sus cuidadores escrutaron las inmediaciones, no detectaron nada alarmante, de modo que volvieron a la faena.

Cassian intentó no pensar en lo fácil que le había resultado, en que, probablemente, aquella falta de percepción, aquella falta de instinto, acabaría costándoles la vida si el muro caía. Si alguien como él convertía aquella finca en su coto de caza privado.

Él mismo había visto cómo sucedía durante la anterior guerra, pese a que no existían demasiados humanos lo bastante ricos como para poseer terrenos.

No obstante, Cassian había sido testigo del estado en el que habían quedado campos enteros de esclavos después de que un fae decidiera divertirse un poco.

Aquel pensamiento bastó para obligarlo a rechinar los dientes, y se concentró en la puerta de entrada que tenía delante.

El día anterior habían mandado un mensaje para informar de la hora de su llegada. En consecuencia, cuando llamó a la puerta, apenas transcurrió un instante hasta que alguien la abrió de un tirón.

Aquel brusco movimiento le indicó cuál de las hermanas lo estaba esperando.

Sin embargo, gracias a la magia que lo ocultaba, Nesta Archeron, con su rostro desconcertantemente perfecto, no vio más que algunas zonas en las que la nieve era más fina a lo largo del enfangado jardín y el camino en pendiente que lo atravesaba, cuyos adoquines refulgían a causa de los riachuelos que formaba el hielo que empezaba a descongelarse.

Con aire indiferente, la hermana de Feyre abrió la puerta por completo para permitirle el paso e informó a la entrometida e insufrible ama de llaves de que nadie había llamado a la puerta y de que lo que habían oído era solo el ruido del viento.

Por supuesto. Porque conseguir que todos los sirvientes abandonasen la casa tan a menudo levantaría más sospechas que otra cosa. Sobre todo teniendo en cuenta que la tercera hermana estaba prometida con un imbécil que se dedicaba a cazar fae.

El ama de llaves se escabulló hasta el inmaculado vestíbulo para confirmar por sí misma que no hubiera ninguna visita, pero Nesta se limitó a señalarle que iba a subir a su habitación y que no la molestase durante la siguiente hora.

Aunque la mujer abrió la boca para objetar, Nesta repitió la orden con voz monótona y empezó a subir por la enorme escalera alfombrada.

Mientras su joven señora se alejaba, el ama de llaves entornó los ojos hasta que no fueron más que dos rendijas. Cassian, sumido en un silencio sepulcral, rodeó a la mujer mayor y empezó a subir también por la escalera.

Dado que puso el suficiente empeñó en ser sigiloso y en mantener las alas bien pegadas al cuerpo para no rozar nada, apenas prestó la más mínima atención al pesado vestido de un tono violeta pálido que llevaba Nesta.

Era más sencillo que otros que le había visto puestos, con un corpiño lo bastante entallado como para resaltar su estrecha cintura.

Las mangas ajustadas le permitían exhibir sus esbeltos brazos.

Era de constitución más delgada que Feyre y Elain, salvo por los generosos pechos que vio de reojo cuando ella llegó a lo alto de la escalera y giró a la izquierda.

Aunque no era que se fijase en ellos. Demasiado.

Para mantener las apariencias, Nesta se limitó a entrar fatigosamente en su habitación, puede que un poco gruñona y adormilada.

No obstante, en cuanto entró en el espacioso dormitorio, adornado con terciopelo y sedas en distintos tonos azules y plateados, y cerró la puerta de roble un instante después, esos ademanes pesados y lentos desaparecieron.

Al igual que la magia que lo ocultaba a él.

La única señal de desconcierto o sorpresa por parte de Nesta fue un parpadeo, y era posible que Cassian abriese un poco más las alas bajo su escrutinio.

—Llegas diez minutos tarde —se limitó a reprocharle ella, que ya avanzaba hacia el extremo más alejado de la habitación, donde unas llamas crepitantes contrarrestaban las frescas temperaturas de principios de primavera.

Seguramente allí el sonido del fuego ahogaría el ruido de sus propias voces. Chica lista.

—Por si no lo sabes, tengo otras responsabilidades —repuso él con la misma calma y dedicándole una amplia sonrisa.

Como sobrevolar aquella casa en círculos mientras compilaba una lista de insultos, entre los que pudiera elegir cuando estuviesen cara a cara, y pensaba respuestas para su discusión imaginaria. Igual que haría un auténtico estúpido.

—Y yo que creía —contestó Nesta, que se erguía como una columna de hielo y acero junto al fuego— haberte oído aleteando ahí fuera durante diez minutos. Debía de ser una paloma atrapada en una de las chimeneas.

Él clavó los ojos en ella, que le devolvió la mirada.

Los ánimos de Cassian crecieron a una velocidad vertiginosa ante sus palabras, ante la absurda perfección de aquella mujer. Una espada hecha humana, eso era Nesta.

Le dedicó una sonrisa lenta y feroz, justo del tipo que había descubierto que hacía que ella enfureciera. Una sonrisa con la que sabía que conseguiría que sacara sus encantadoras garras al instante.

—Hola, Nesta. Me alegro de verte.

No obtuvo ninguna reacción, y en el aroma de aquella mujer humana no se produjo ningún cambio al distinguir la sonrisa que solía provocar que los enemigos de Cassian huyeran despavoridos. No consiguió nada, salvo un ligero movimiento de las delicadas aletas de la nariz.

—¿Qué tal está mi hermana?

«Se está recuperando —estuvo a punto de responder—.

E intenta escapar del hecho de que empieza a sentir algo por Rhys, además de ignorar deliberadamente que él lleva muchísimo tiempo enamorado de ella.

Todas las señales apuntan a que son pareja, pero no soy tan estúpido como para sacarles el tema a ninguno de los dos».

De modo que se limitó a responder:

—Ocupada.

Nesta tragó saliva.

—Tanto que no puede ni dignarse a visitarnos, por lo que veo.

—Feyre ya tiene bastante con lo que lidiar, tanto por la situación con Hybern como por otros asuntos.

El fuego destacó el brillo dorado de la melena de Nesta cuando esta ladeó la cabeza. Un depredador estudiando a un digno oponente.

—¿Y cuál es tu papel en todo esto?

Cassian plantó los pies en el suelo, bien separados.

—Estoy al mando de los ejércitos de Rhys.

Sus ojos azules grisáceos le dieron un repaso capaz de cortarle las pelotas a alguien con menos arrojo.

—¿Todos ellos?

—Los importantes.

Tras soltar un bufido, Nesta se giró hacia el fuego. Cassian tenía claro que acababa de desdeñarlo y menospreciarlo como nunca en su vida.

Se puso tenso.

—Exactamente, ¿qué haces tú que sea importante?

Ella levantó la cabeza con brusquedad. Vaya, había dado en el clavo.

—¿Por qué debería tomarme la molestia de justificarme —replicó Nesta con una frialdad letal— ante alguien que está encantado de conocerse y que su enorme ego apenas cabe en esta habitación?

En esta ocasión le tocó parpadear a Cassian.

De inmediato, echó a andar hacia ella y recorrió con sus largas zancadas la ornamentada alfombra que los separaba.

Nesta no se amedrentó, no retrocedió ni un solo paso.

Solo levantó la cabeza para sostenerle la mirada cuando Cassian se cernió sobre ella, abrió ligeramente las alas y le dijo entre dientes:

—¿Has sabido algo de las reinas?

Ella frunció el ceño.

—Por mucho que lideres los ejércitos del alto lord, sigues siendo un bruto. Como no has logrado acobardarme con tus palabras, ahora buscas intimidarme con tu descomunal tamaño.

—Descomunal…

—Me necesitas más que yo a ti. Así que te sugiero que te limites a portarte bien, pliegues esas alas de murciélago y me lo preguntes con amabilidad.

Cassian no hizo nada parecido.

Lo que sí que hizo fue acercarse un paso más, apoyar una mano en la repisa e inclinarse lo suficiente como para aspirar su aroma.