Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Traspasó las protecciones que rodeaban la propiedad y sintió el cosquilleo que indicaba que había cruzado la frontera establecida.

Sus baúles ya estaban guardados en ese bolsillo entre reinos que tan útil resultaba a la hora de viajar (el suyo no era tan grande como el de Rhys, pero le permitía cargar con cinco baúles llenos hasta reventar), y lo único que le quedaba por hacer era imaginarse el lugar de aterrizaje de los visitantes, un punto al otro lado de las doradas murallas de Thrudheim, invocar casi la totalidad de su poder y transportarse hasta allí.

Un último intento para tratar de impedir aquella locura antes de que causara estragos en el mundo.

Feyre y Rhys ya habían diseñado un tratado alternativo, por si acaso Storr les fallaba.

Mor iba a presentárselo primero a Vallahan para comprobar si al rey se le antojaba más aceptable, dado que parecía el más inclinado a dejarse convencer por ella.

O, como mínimo, el más predispuesto a escuchar lo que tenía que decir.

Flexionó las manos a los costados para deshacerse del leve temblor que las atenazaba. Aquel esfuerzo sería en vano. Mor era consciente. Rhys y Feyre eran conscientes. También lo era Vallahan. Pero lo intentaría. Una última vez.

Mor cogió aire y el vetusto poder nocturno que dormía en lo más profundo de su ser despertó con un gruñido. Era diferente al de Rhys. Más antiguo. En una ocasión, su odioso padre intentó imponerse al de Rhys por ese mismo motivo y Keir había acabado con dos piernas rotas como resultado.

Fue una de las pocas ocasiones en las que Mor apreció al anterior alto lord. Y una de las pocas ocasiones durante su infancia en la Ciudad Tallada en que sonrió.

Sin embargo, Keir vio esa sonrisa. En plena agonía la vio en las sombras, riéndose por lo bajo de sus alaridos. Al recuperarse, él mismo le rompió una pierna a su hija y le preguntó si seguía pareciéndole gracioso.

Eso también formaba parte de lo que había visto el día anterior.

En aquel entonces su madre no movió ni un dedo. Y, a pesar de que el cuerpo fae de Mor soldó el hueso roto y enseguida le apareció una cicatriz en la espinilla, no volvió a sonreír en mucho, muchísimo tiempo. Hasta que tres arrogantes y temerarios jóvenes ilyrios dieron un vuelco a su vida.

Dioses, qué mal había dejado las cosas con Azriel… A lo mejor debería ir a buscarlo y hablar con él antes de marcharse. Solo la Madre sabía cuándo iba a regresar y…

—Llévame contigo.

Mor se giró en redondo. Por culpa del muro que alzaban las protecciones, no había tenido los sentidos lo bastante aguzados como para detectar que alguien se le acercaba desde la casa.

Pero allí estaba Elain, inmaculada y abrigada con un vestido rosa y capa. Llevaba un bolso pequeño en sus temblorosas manos.

Mor parpadeó despacio.

—¿Cómo dices?

Elain tenía los ojos marrones cubiertos por una película plateada y la miraba suplicante mientras atravesaba las protecciones.

—Llévame contigo adondequiera que vayas. No puedo quedarme aquí.

Mor retrocedió un paso y luego otro.

—Marcho a territorio enemigo en una misión diplomática —le explicó con todo el tacto que pudo—.

Sé que estás disgustada, pero… —La noche anterior le había costado creerse lo que veían sus ojos y aún le seguía costando: Azriel y Elain.

En la cama. Aquella dulce y tímida joven se había escabullido a hurtadillas y a espaldas de su pareja para llevarse a la cama al mismísimo cantor de sombras—.

No puedes acompañarme. Aunque poseo una finca en el campo, Athelwood.

Podrías quedarte allí, si quieres. La única compañía que tendrías sería la de mi yegua, Ellia.

Es muy noble y dulce, podrías montarla todos los días.

Dispondrías de todo el lugar para ti solita, y las protecciones son impenetrables…

—No quiero permanecer en una casa vacía.

No quiero que me encierren lejos de aquí y se olviden de mí.

—Elain dio otro paso con sus ojos de cervatillo bien abiertos, en plena búsqueda—.

Deja que te acompañe. No te estorbaré. No hablaré con nadie ni haré nada que ponga en peligro tu misión.

Me encargaré de tu ropa y de peinarte, de lo que sea que necesites.

—Eres la hermana de la alta lady de la Corte Noche —replicó Mor, sorprendida—. Tu presencia tendrá un efecto notable y es posible que incluso te convierta en un objetivo.

—Puedo protegerme sola —declaró Elain alzando el mentón. Mor tuvo la decencia necesaria para no mofarse de ella—. Y en cuanto a lo de ser la hermana de Feyre… Creo que mi presencia aportará más legitimidad, más urgencia, a tu petición de paz.

—¿En qué sentido? —preguntó Mor.

No le costaba nada seguirle la corriente.

Elain echó un vistazo de reojo a la casa del río a su espalda. Estaba claro que no le había hablado a nadie de aquel plan.

Si Mor se la llevaba a Vallahan, ¿quién la mataría primero? ¿Rhys? ¿Feyre? ¿Nesta? ¿Azriel? ¿Lucien? La lista de posibles asesinos llegaría hasta la puerta.

No obstante, Elain se explicó:

—Dará la impresión de que Feyre está dispuesta a mandar a alguien de su propia sangre como muestra de buena voluntad. De que confía en ellos.

Mor se cruzó de brazos.

—Mmm.

—Y también está el hecho de que tú y yo somos bastante atractivas —añadió Elain, algo más tímida.

Mor enarcó una ceja.

—¿Qué tiene eso que ver?

—Suele influir en que la gente… acceda a hacer cosas que, en otras circunstancias, tal vez no haría.

En esa ocasión, Mor soltó una risita.

—Por muy halagador que sea que creas que yo, o nosotras, vayamos a impedir esta invasión porque somos lo bastante atractivas hasta para eso…

La cosa no funciona así. Esas personas son tan viejas y avariciosas como para que, por mucho que les tiente acostarse con una de las dos, la perspectiva de reconquistar vastas franjas de territorio les resulte más seductora.

Elain hizo una mueca y volvió a intentarlo.

—También está el hecho de que me Hicieron.

Mor se quedó inmóvil, y Elain la presionó.

—Y soy vidente. Es posible que no esté al tanto de todo lo que decís en vuestras reuniones, pero no soy ninguna tonta. Presto atención. Soy bastante lista, aunque todos creáis que no es así.

Algo parecido a la vergüenza atenazó a Mor. Pero se obligó a decir:

—¿Adónde quieres llegar?

Elain entornó los ojos.

—Pues a que entiendo lo que teméis que esté sucediendo en Vallahan.

Que o ya tienen o están a punto de conseguir un arma Hecha.

Mis hermanas nunca se molestan en pedirme ayuda, pero…

—Se encogió de hombros—. A lo mejor podría encontrarla para ti o averiguar si Vallahan la tiene ya en su posesión.

Es posible que me hable. Lo igual llama a lo igual.

Y he oído que necesitáis presentar pruebas a nuestros posibles aliados; pruebas de que esos enemigos están compinchados con ese al que llaman «Koschei el Inmortal».

También puedo ayudarte a recabarlas de cualquier forma que esté a mi alcance.

La gente suele olvidarse de mi presencia.

A lo mejor no es una característica demasiado atractiva, pero podría resultar útil de todas formas.

—Pronunció las últimas palabras en voz muy baja, apenas más que un susurro—.

Aunque no tengo las mismas habilidades que poseen mis hermanas, puedo intentarlo. Lo intentaré.

Mor no le contestó. Se limitó a mirarla. Sopesándolo.

Elain se desinfló. Hundió los hombros y bajó la cabeza. Como si supiera de antemano lo que le iba a responder. Lo mismo que le habían dicho otros en un centenar de ocasiones a lo largo de los últimos años.

Era horrible. Ese movimiento hacia dentro, como si se desmoronase y se doblase sobre sí misma.

—No puedo… —continuó Elain con la voz ronca por la emoción—. No puedo quedarme aquí —repitió—. No puedo. —Se le rompió la voz—. Y quiero ser útil. Por una vez.

Mor echó un vistazo de reojo a la casa del río. Nunca conseguiría el perdón de los demás. Jamás. Puede que incluso fuera peor que cuando Nesta había prestado la Máscara.

—¿Y qué pasa con Az? —preguntó con delicadeza.

Mor sintió una punzada al recordar la discusión que habían mantenido en el puente. Una parte de ella, una considerable, se sentía aliviada de tener que marcharse, aunque solo fuera para no tener que enfrentarse a él durante un tiempo.

Estás huyendo , la acusó una voz interior. Como siempre.

La mirada de Elain se tornó desolada.

—No puedo quedarme aquí —susurró una vez más.

Mor dedujo a qué se refería, las palabras que Elain no era capaz de formular todavía.

Necesitaba tiempo y distancia; necesitaba alejarse para poder pensar y sentir sin que nadie tirase de ella en una dirección u otra.

Mor sabía exactamente cómo se sentía, lo necesario que era para ella marcharse.

Tener espacio. Conocía la necesidad de echar a correr sin parar y no mirar atrás.

Y además de eso, Elain estaba en lo cierto. Una vidente (y una vidente Hecha, para más inri) sería útil en Vallahan. Era imperativo que encontrasen ese objeto Hecho. Saber si había caído ya en manos de Vallahan.

—Si te llevo… —empezó Mor con cuidado.

A Elain se le iluminaron los ojos y la esperanza transformó el marrón prácticamente en oro.

—Haré lo que sea necesario, obedeceré todas las órdenes que me des, no me interpondré. Te lo prometo.

Mor contempló el cielo azul con los ojos entornados y soltó un suspiro.

—Por favor, no hagas que me arrepienta de esto.

Le tendió la mano a Elain, que sonrió con lágrimas en los ojos a causa del alivio y se la tomó.

—Gracias —le dijo con efusividad, y le apretó los dedos tan fuerte que le hizo daño—. Gracias.

Mor volvió a suspirar y, en esta ocasión, invocó todavía más poder; el suficiente para transportar dos cuerpos hasta la otra punta del mundo. Cuando llegasen a Thrudheim, estaría tan agotada que no podría hacer casi nada.

—Espera a que sientas el frío que hace en Vallahan para darme las gracias —murmuró.

Y se marcharon.