Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 24 #2
89%

CAPÍTULO 24 #2

—Ya me parecía a mí —dijo Amren en un tono un poco más bajo—. Y no te creas que Rhys no ha pensado en ello también.

—Feyre es mi hermana. Siempre le prestaré ayuda.

—Eso da igual.

—Entonces, ¿qué? —espetó Nesta incapaz de contenerse—. ¿Tengo que arrodillarme y jurar fidelidad?

El viento movió varios mechones del pelo de Amren hasta que impactaron en su pálida cara. Ella curvó los labios en una afilada sonrisa.

—No. Pero creo que ya sabes adónde te llevará tu camino, Nesta Archeron.

«Creo que tenías esa estrella de ocho puntas tatuada por algún motivo».

Amren asintió, como si de algún modo hubiese oído el eco de la voz de Bryce Quinlan en la mente de Nesta. Sus ojos adquirieron la tonalidad del mercurio cuando fijó la mirada en el horizonte septentrional, como si desde allí pudiera ver la Prisión.

—Así que síguelo.

¿Cómo lo había sabido Amren? ¿Cómo lo había averiguado?

—Está demasiado lejos. No logro reunir suficiente poder como para transportarme hasta allí.

—Te acompañaría si pudiera —admitió Amren en un tono descarnado.

Aun así, jamás volvería a poner un pie en aquella condenada isla.

Por culpa del miedo, de la rabia, de la amenaza que suponía cualquiera que pudiese intentar volver a sepultarla allí abajo—.

Pero, en lugar de eso, voy a contarte lo siguiente: transportarse depende tanto de la voluntad como del poder.

—Cuando los demás se transportan…

—Tú no eres los demás. No se te aplica ninguna regla a la que tú no quieras someterte.

Nesta tragó con fuerza.

—¿Sabes por qué…? ¿Sabes qué aguarda ahí fuera?

Amren contestó con solemnidad:

—Eso tienes que descubrirlo por ti misma. Y también debes decidir por ti misma si marcharte en esa dirección —señaló hacia Velaris— para servir a la corte y a la familia a las que amas.

—¿O? —se atrevió a preguntar Nesta.

Amren señaló hacia la Prisión.

—O ir hacia allí. Y comprobar si puede haber más.

—¿Más qué? —suplicó Nesta.

—Más formas; otras formas de servir. De salvar a tus seres queridos.

Nesta oyó en la cabeza el eco de la voz de Bryce: «Con amor, todo es posible».

—Debo decir —murmuró Amren— que el hecho de que puedas querernos, y que lo hagas, Nesta Archeron, es casi un milagro y me llena de una inmensa alegría.

Nesta sintió que un nudo le atenazaba la garganta.

—Encuentra la forma de salvarnos —continuó Amren—.

Explora los túneles y pasadizos olvidados.

Rhys ha modificado las protecciones de la Prisión para permitir la entrada a nuestro círculo.

Según él, porque parecemos empeñados en acabar allí.

Encuentra aquello que no deja de llamarte, aquello que te atrae hasta este risco en los confines del mundo.

—A lo mejor no es nada —le recordó Nesta.

—A lo mejor. Pero nunca estarás segura a menos que lo compruebes.

—¿No vas a advertirme de que no me adentre sola en la Prisión?

Por lo que Nesta sabía, ningún miembro de aquella corte se había atrevido jamás a hacerlo.

—A ninguno de los otros lo han llamado allí, no como a ti.

Ni siquiera tus hermanas están Hechas de la misma forma que tú.

Así que ve a explorar. Halla lo que tan desesperadamente quiere ser encontrado.

Quizá la Madre nos esté echando una mano.

—Miró a Nesta de pies a cabeza—. Y llévate a Gwydion contigo.

Nesta bajó la mano a la espada que llevaba en la cadera.

—Tengo a Ataraxia…

—Gwydion encontró la forma de acabar en tu mano. No le des la espalda a semejante bendición.

Nesta tragó saliva pero asintió. Tras pedir un pequeño deseo, la legendaria espada apareció envainada a su espalda.

Su poder le provocó un hormigueo a lo largo de la columna, como si del aliento de un amante contra la piel se tratara.

Rhys le había enseñado a invocar y a hacer desaparecer la espada.

Y, aunque lo más probable era que tardase una eternidad en aprender a hacer cosas más complicadas, por lo menos aquel truco había sido bastante fácil de dominar.

La aprobación iluminó los ojos plateados de Amren.

De modo que Nesta volvió a girarse hacia el horizonte y contempló el vasto y tranquilo océano que se interponía entre aquella isla y ella.

—Deséalo, muchacha. Concentra tu voluntad y tu poder —ordenó Amren—, y se hará realidad.

Nesta cerró los ojos. Concentró su poder al fondo de su mente. La Prisión. Voy a ir a la Prisión.

En su cabeza vio una mano resplandeciente hecha de puro poder que se alargaba hacia ella desde el horizonte. No dudó. La agarró. Viento y oscuridad y presión y…

Naturaleza. Niebla. Silencio.

Como si hubiese pasado de una habitación a otra, Nesta avanzó y pisó el musgo frío que cubría el suelo de las bajas tierras de la Prisión.

La montaña solitaria se alzaba como una ola. Solo rocas musgosas y hierba se interponían entre ella y su objetivo, cerca de la cumbre.

Los portones de hueso.

La niebla y el viento que se arremolinaron a su alrededor, sin embargo, ella no despegó su atención de esos distantes portones que en aquel momento se abrían con un gemido, como empujados por unas manos fantasmales.

Como si la invitaran a pasar.

Cuando alcanzó lo alto de la ladera, estaba temblando y no solo de cansancio. ¿Los portones de hueso habían sido siempre tan altos? ¿La oscuridad del interior había sido siempre tan densa, como si la luz del sol no fuera capaz de traspasarla?

Tardó un momento en conseguir cerrar los dedos, entumecidos y temblorosos, alrededor de la empuñadura negra de Gwydion.

En hacer caso a la sugerencia de Amren y desenvainar la espada, cuyo metal negro destellaba cuando incidía en él la luz de las estrellas.

Pero incluso esta parecía engullida por la amenazadora oscuridad de la Prisión.

Sin embargo, aquel centelleo logró hacerla entrar en calor.

Aferró la empuñadura con firmeza. Sintió cómo la fuerza le fluía por el brazo.

No le importaba si se debía a su propio coraje o a la espada.

Nesta respiró para tranquilizarse y cruzó las puertas. Entró de lleno en la oscuridad.

Gwydion brillaba como una estrella oscura en mitad de aquel silencio negro como el carbón. Cuando se hubo adentrado unos pocos pasos, la luz plateada que emitía iluminó los muros de roca y el camino pedregoso que seguía por las profundidades de la montaña. Sin necesidad de ninguna luz inmortal.

—De acuerdo —murmuró en mitad de aquella quietud—. Vamos a ver qué…

La luz de Gwydion se apagó.

La oscuridad la envolvió con fuerza. Nesta soltó un chillido y el instinto la llevó a invocar una diminuta luz inmortal mientras dejaba caer la espada, como una principiante…

Sin embargo, no se oyó el repiqueteo del metal contra la piedra. Giró en redondo, con los dedos alrededor de una empuñadura que ya no estaba ahí. El suelo a su alrededor estaba vacío. Solo había rocas y polvo.

Tardó un segundo en entenderlo.

La luz de Gwydion no se había extinguido. La espada había desaparecido de su mano.

La Prisión se la había robado.

Mor

Pese a las bromas de Cassian, cinco baúles de ropa no eran, ni mucho menos, suficiente. Mor había metido sus pertenencias a presión hasta en el último recoveco. No solo ropa, sino también joyas, accesorios para el pelo, zapatos…

Para Cassian era fácil. Entraba en cualquier lugar con la armadura puesta y parecía aterrador. Y, por lo general, solía salirse con la suya.

Los atuendos de Mor (su armadura) requerían más planificación en función de con quién tuviera que reunirse, qué quisiera conseguir, qué quisieran conseguir ellos y el lugar del encuentro.

Se había despedido a la hora del desayuno, que no había sido especialmente alegre.

Pero había cubierto de besos la carita de Nyx, manchada del pringue triturado que Rhys le estaba dando de comer, y luego había besado a Cassian en la mejilla aposta para traspasarle aquel mejunje antes de dirigirse a la puerta.

Feyre se había reído. Nesta había mirado a Mor con todo el recelo del que era capaz una hembra que acababa de ver a otra besando a su pareja.

Mor le había guiñado un ojo, como diciendo: «Tranquila, es todo tuyo».

Si se hubiera tratado de otra, Mor podría haber añadido un: «Yo ya me divertí con él», pero era suficiente con haber tenido que lidiar con un desastre enorme hacía unas pocas horas.

Y unas horas antes de eso se habían enfrentado a Bryaxis.

No le hacía ninguna falta añadir a la lista una pelea con Nesta.

Riéndose gracias a ese recuerdo, Mor dio un paso para cruzar el umbral de la puerta y salir al jardín bañado por el sol. Prefería despedirse así, no alargarlo con abrazos o advertencias de los machos sobreprotectores de su vida.

Aunque el más sobreprotector de ellos no hubiese estado presente.

Sintió un nudo en el estómago. La noche anterior había estado más cerca de contárselo todo a Azriel de lo que se había atrevido nunca.

Por qué no había correspondido ni una sola vez al amor y el deseo que había visto en sus ojos desde el instante en que se conocieron.

Por qué habría sido injusto por su parte concederle aquello, aunque fuera una única vez, sabiendo lo que él sentía…

y siendo consciente de cuál solía ser la preferencia de su corazón.

No obstante, lo que Bryaxis le había enseñado en el templo había cimentado su resolución de no contárselo nunca. Apenas había pegado ojo esa noche porque se había pasado las horas reproduciendo la visión en su mente, una y otra vez, y obsesionándose con aquellos agonizantes detalles.

Echó los hombros hacia atrás mientras atravesaba el jardín y el rocío le hacía cosquillas en los tobillos.

Iba arrastrando por el suelo el pesado vestido (de gruesa seda verde, manga larga y más modesto de lo que solía gustarle) y la capa forrada en piel que llevaba; ambas prendas eran demasiado abrigadas para el tiempo otoñal de Velaris.

Sin embargo, si no iba vestida de forma adecuada, se echaría a temblar de frío en cuanto pisara Vallahan, y no podía permitirse demostrar ni siquiera esa pizca de vulnerabilidad.