CAPÍTULO 24
Nesta
Nesta inspiró por la nariz y contó hasta tres. La sal y la humedad del océano le inundaron las fosas nasales, junto con el dulzor matutino de la hierba y la ligera podredumbre de las hojas caídas.
Se hallaba de nuevo en el risco desde el que había intentado transportarse a la Prisión hacía unos días. Pero la imagen que tenía ante sí era completamente diferente.
El agua estaba en calma, de un azul cegador y tan plana como una tabla.
Todo lo opuesto al rugido de las olas grises y agitadas por la tormenta con las que se había topado la última vez.
Las gaviotas volaban en círculos en lo alto, chillándose unas a otras.
Nesta soltó el aire por la boca mientras el sol otoñal le acariciaba la espalda como una mano amiga.
Hizo acopio de fuerzas y concentración para aquel salto colosal hacia el horizonte. Se concentró en los dedos de los pies, metidos en el cálido interior de las botas y apoyados en la suave y acolchada hierba del prado que se extendía hasta el borde del risco.
Nadie sabía que estaba allí. Había dicho muy en serio lo que había compartido con Cassian.
No sabía cuál era su lugar en aquella corte, solo que amaba a muchas de las personas que pertenecían a ella.
Había creído que eso implicaba que debía darle la espalda a aquel horizonte, pero ¿y si significaba que debía seguir en aquella dirección?
¿Y si lo que buscaba (un modo de salvarlos, de protegerlos) la aguardaba allí fuera, por algún motivo?
Si es que podía dar el salto final. Aunar lo suficiente del poder que le quedaba para cruzar hasta la Prisión y descubrir cualquier secreto que contuviera. Rhys le había dicho que le pidiese ayuda para aquello, pero Nesta sabía que tenía que hacerlo sola.
Volvió a coger aire y se centró de nuevo en los dedos de los pies, en la tierra, en el cielo.
Exhaló. Reunió la voluntad necesaria para volver a acumular poder, para disponer de un flujo constante.
Ordenó a los pulmones que dejasen de jadear, al corazón que ralentizara aquella marcha desenfrenada.
Unos minutos más. Descansaría unos minutos más y luego intentaría dar el salto.
Aunque aquella vocecita en el fondo de su mente le advirtiese que no lo hiciera. Que no se atreviera. No poseía ni el poder ni la habilidad necesarios. Acabaría de nuevo en el fondo del océano, muerta esta vez…
—Así que Bryaxis ataca —manifestó una voz femenina a su espalda—, ¿y lo primero que haces es venir a pararte en un prado y respirar hondo?
Nesta se giró en redondo mientras se llevaba la mano al costado donde descansaba Ataraxia.
De algún modo, Amren había aparecido en el prado, pese a que no era capaz de transportarse. Nesta dejó caer los hombros y soltó el aliento que estaba conteniendo.
—Necesitaba un momento a solas —mintió—. Lejos de todo el mundo. Quería oírme pensar.
Amren esbozó una sonrisa, con los labios pintados de nuevo de su color habitual.
—A veces cuesta, con tanto parlanchín correteando por la casa del río, ¿verdad?
Nesta se rio por lo bajo.
—Pues sí. —Se colocó un mechón suelto detrás de la oreja con la esperanza de que su amiga se tragase la mentira que le había contado—. ¿Cuándo has vuelto?
—Es que no he vuelto —contestó Amren despacio—.
Todavía, al menos. Varian me estaba llevando a Velaris cuando he detectado tu presencia aquí, pensando y respirando en mitad de la hierba.
Le he pedido que me dejase ahí —señaló con la cabeza el lugar donde la ondulante pradera verde descendía hasta el acantilado que tenía a la espalda—, y le he pedido que vuelva en diez minutos, aunque quizá tú misma puedes transportarme.
—Le lanzó una mirada cargada de ironía—.
Dado que parece ser que ahora eres capaz de ello.
Nesta se enderezó.
—No lo estaba guardando en secreto. Es que… No quería que nadie lo supiera hasta aprender a hacerlo bien. —Todavía no se lo había contado a Cassian, aunque ahora que Feyre estaba al tanto, sabía que debía hacerlo.
Amren desestimó su preocupación con un delicado gesto de la mano.
—Hoy en día todos guardamos secretos. No te preocupes.
«Ah».
—¿Por eso estás aquí?
Tenía que haber una razón de peso para que Amren se hubiera detenido allí, por mucho que hubiera detectado su presencia y hubiera querido saludarla. Además de localizar a Nesta, quería decirle algo importante, donde nadie pudiera oírlas.
—Podría decirse que sí. —En los ojos plateados de Amren halló un atisbo de lo que la señalaba como un ser longevo y de otro mundo—. Rhys te ha entregado el Tesoro, ¿verdad?
—Y las espadas.
Nesta hizo un gesto para señalar con el mentón a Ataraxia, que llevaba envainada a un costado.
Después de lo sucedido el otro día, había decidido que iba a llevarla siempre encima.
Y si sus enemigos descubrían que poseía una espada Hecha…
Pues bien, se aseguraría de que no vivieran lo suficiente como para contárselo a nadie más.
Y, si fracasaba, Rhys tomaría el relevo.
En última instancia, no importaba que Cassian le hubiera contado al alto lord que Nesta le tenía miedo al Tesoro, pero ser consciente de que lo había hecho le producía cierto resquemor del que no conseguía librarse.
No obstante, su pareja respondía ante Rhys y, como su general, debía informarlo de todo.
Supuso que tendría que ajustar las expectativas respecto a qué secretos le guardaría Cassian; en especial si estaban relacionados con sus poderes o con el Tesoro.
—Bien. —Amren inclinó la cabeza en señal de aprobación ante Ataraxia—.
Con todas las fuerzas que se preparan para atacarnos, no podemos permitirnos que una de nuestras mejores armas —señaló a Nesta— vaya por ahí sin espada o sin cualquier otra herramienta que pueda salvarnos.
Sobre todo si tenemos en cuenta que pareces la única capaz de hacer lo que hay que hacer, aunque se trate de una misión ingrata e imposible.
Nesta se quedó petrificada.
—¿A qué te refieres?
A Amren le resplandecieron los ojos.
—Le entregaste la Máscara a Bryce Quinlan a sabiendas de que eso te acarrearía la furia y el desdén de tu familia.
Sabías lo que te iba a costar, pero lo hiciste de todos modos porque el riesgo para mundos enteros era demasiado elevado.
No lo debatiste con nadie, no pediste permiso, no malgastaste el tiempo.
Sabías que eso pondría a prueba los vínculos que más valoras; y, aun así, lo hiciste.
Ese es el tipo de persona que necesitamos que blanda el Tesoro y esas espadas.
Y ayer, contra Bryaxis, tus actos le sirvieron a Rhys como un recordatorio más que necesario de que debe volver a confiar en ti y entregarte de nuevo esas armas.
Comprobó no solo lo que puede perder si sigue reñido contigo, sino también lo que puede implicar el hecho de no tener a mano el Tesoro o las espadas cuando atacan nuestros enemigos.
Con su hijo presente, descubrió que incluso esos pocos segundos que tardó en decidir si entregarte las armas implican el riesgo de perder lo que más ama.
Y puede que lo más importante de todo sea que ahora Feyre está decidida.
Centrada. La gran bestia que alberga en su interior ha despertado de nuevo y se ha percatado de que solo siendo totalmente implacable podrá proteger a su bebé.
No existe fuerza más poderosa en ningún mundo que el amor de una madre por su hijo.
Nesta negó despacio con la cabeza.
—No entiendo por qué me cuentas todo esto.
—Porque quiero asegurarme de que entiendes bien cuál es mi postura antes de recomendarte que, en beneficio de esta corte, te disculpes con Rhys por lo que sucedió con la Máscara.
Nesta se sobresaltó.
—¿Crees que tengo que disculparme yo? —preguntó haciendo hincapié en esa última palabra.
No había oído a Amren pronunciar la palabra «perdón» en la vida. Y esa mañana Nesta había sentido que el alto lord y ella empezaban a entenderse.
Amren se encogió de hombros, su camisa de seda gris resplandeció con el movimiento.
—Entiendo la decisión que tomaste, pero prestar la Máscara no fue ninguna nimiedad. Es vital que recuperes su confianza, muchacha.
Nesta se cuadró de hombros.
—A Rhys debería bastarle que Feyre confíe en mí.
—Creo que —dijo Amren mientras la despeinaba el viento—, si lo hubieses consultado con él antes de prestar la Máscara, habría acabado por mostrarse de acuerdo.
Al principio se habría opuesto, pero al final habría cedido.
No habría sido capaz de pegar ojo por la noche sabiendo que su negativa a ayudar suponía condenar a un mundo entero.
—Amren se estudió las brillantes uñas rojas—.
Sin embargo, el hecho de que no se lo consultaras y de que te limitaras a actuar y a prestar la Máscara a la señorita Quinlan…
lo asusta. Más de lo que admitirá jamás.
Así que discúlpate y dale una cosa menos por la que preocuparse.
Es obvio que vuelve a confiar en ti, dado que ha dejado el Tesoro en tus manos, pero necesita saber que, cuando la situación lo requiera, obedecerás.
Eso será clave para sobrevivir al mal que se cierne sobre nosotros.
Nesta se cruzó de brazos.
—¿De modo que esto va de controlarme?
La indignación y el fastidio volvieron a prender en su interior y, pese a que la mayor parte de su poder había regresado al Caldero, sabía que en su mirada todavía ardían unas llamas plateadas.
—No —replicó Amren con frialdad—. Va de cuál es tu sitio en esta corte.
—Soy una valquiria. Eso es lo único que hace falta saber.
Había sudado y sangrado por ese título.
—¿Y a quién sirven las valquirias? —Al reparar en la expresión repentinamente neutral de Nesta, Amren añadió—: ¿Son Rhys y Feyre tu alto lord y tu alta lady?
Nesta nunca había jurado lealtad a ninguno de los dos. Ni como persona ni como valquiria. Y cuando se imaginó hincando la rodilla ante ambos, por mucho que los respetara y se preocupara por ellos…
Apretó los dientes.