Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Azriel

Azriel tenía la frente, la nariz y los hombros perlados de sudor mientras hacía una plancha apoyado sobre los antebrazos.

Pese al fresco viento otoñal, el sol era implacable y había conseguido que rompiera a sudar al poco de haber empezado el entrenamiento matutino.

Le temblaban los músculos del abdomen, que también estaba cubierto de sudor, y le dolía la espalda por el esfuerzo de impedir que le cayeran las alas al suelo.

Fueron pasando los segundos, uno detrás de otro. Se tragó la incomodidad, el agotamiento. El sol le quemó la espalda y también soportó ese calor.

Sus sombras se habían quedado en el interior de la montaña, en absoluto interesadas en la luz brillante y cegadora del campo de entrenamiento.

Al despertarse esa mañana, durante el segundo que tardó en abrir los ojos, albergó la esperanza de encontrarse en la casa del río, en su cama, y de que no hubiera sucedido nada tan catastrófico como lo de la noche anterior.

No obstante, percibió el familiar aroma de las rocas rojas de la Casa del Viento; sintió cómo la brillante luz del sol se colaba por el ventanal (no se había molestado en echar las cortinas), y lo supo.

Había sucedido de verdad. Aquel miedo infeccioso. Y luego el deseo, la necesidad, el placer… y la implosión.

Se le antojaba extraño que Velaris, el mundo, aún estuviera en pie. Que la gente de allí abajo continuara con sus vidas como si tal cosa. ¿Cómo podía ser que todo siguiera su curso habitual cuando su propia vida había acabado patas arriba?

Le temblaron los brazos, pero echó los talones hacia atrás e hizo más fuerza con las piernas, con todo el cuerpo. La presión que sentía en el pecho no se debía solo a la plancha.

—Y las valquirias, ¿por qué no están entrenando?

Az se las apañó para levantar la cabeza lo justo para distinguir a Cassian, que estaba de brazos cruzados y apoyado en el arco de la entrada.

—Cuando he llegado, ya habían acabado —gruñó Az.

Había empezado a bajar al suelo cuando Cassian le dijo:

—Treinta segundos más.

Había utilizado su voz de líder. La voz del general de la Corte Noche.

Genial. Otro hermano dispuesto a hacerlo trizas. Se refrenó para no decirle que no quedaba mucho que destrozar, obedeció y mantuvo la plancha.

—Diez. —Cassian empezó la cuenta atrás—. Nueve…

¿Qué iba a hacer cuando terminase el entrenamiento? ¿Qué podía hacer si no? ¿Lamerse las heridas?

—Dos…

Az apretó los dientes, a sabiendas de que Cassian estaba alargando el último segundo, obligándolo a hacer cinco, diez segundos más. Pedazo de cabrón…

—Uno —declaró Cassian.

Az se dejó caer al suelo. La gravilla y las piedrecillas le arañaron el torso, pero aceptó aquel leve escozor.

Enterró la cabeza entre los brazos y apoyó la frente en los fríos sifones mientras jadeaba y tomaba grandes bocanadas de aire para recuperarse.

Sus sombras seguían agazapadas en la penumbra de la puerta. No las perdonaría nunca por lo sucedido la noche anterior, por no avisarlo de que Lucien se acercaba, por provocar todo aquello…

—Te doy treinta segundos de descanso y luego hacemos otra plancha.

Azriel levantó la cabeza y vio que Cassian se alejaba del arco, se quitaba la camisa y se agachaba junto a él.

Su hermano le sonrió y separó los dedos para colocarse en posición.

—La has cagado bien cagada.

A Az se le escapó el aire por la nariz en lo más parecido a una risa que podría llegar a soltar ese día.

—Lo sé.

Cassian se impulsó con facilidad e hizo la plancha, con las alas dobladas con elegancia sobre su ancha espalda.

—¿Quieres que te obligue a entrenar hasta que no puedas ni moverte?

Az soltó un resoplido por la nariz y lo imitó. No merecía la bondad de su hermano, no merecía aquella oferta de normalidad para ayudarlo a sobrellevar todo lo que le daba vueltas en la cabeza. No se merecía ni una pizca de aquello. Y sin embargo…

—Por favor.

El ejercicio le había servido de ayuda. No lo había solucionado todo, pero para cuando Cassian acabó con él, Azriel estaba tan exhausto que le hizo falta toda su concentración para llegar a su habitación.

Cassian descendió la escalera con arrogancia, como si apenas le faltase el aire.

Desgraciado. Al parecer, les había dicho a los demás que pasaría el día en el Refugio del Viento y todavía planeaba hacerlo.

Pero, además de la fuerza sobrenatural que poseía, su hermano era excepcionalmente bondadoso, de modo que primero había ido a comprobar cómo se encontraba Az.

Mientras se lavaba y se vestía, lo único en lo que podía pensar Az era en que no era digno de la amabilidad de Cassian.

Sobre todo cuando se dejó caer en el sofá de su habitación en la Casa del Viento y ordenó a sus sombras que se dispersaran por la ciudad, que fueran de caza.

Y diez minutos después, en respuesta a la llamada de dichas sombras, apareció Erebos.

Había ciertos espías idóneos para ciertas misiones. Para ciertos actos. Nuala y Cerridwen sobresalían en lo que a cuestiones políticas se refería, se les daba bien escuchar, aguardar y pasar inadvertidas.

El terror que infundía Erebos conseguía hacer hablar a la gente. Era el tipo de criatura que los niños temían que acechara debajo de la cama. Y, en la mayoría de los casos, lo hacía. Por lo menos si se trataba de las camas de los padres.

Al fin y al cabo, si la Corte Noche tenía tan aterradora reputación era a causa de ciertas pesadillas. ¿Y quién mejor que Az para utilizarlas?

Erebos, constituido mayormente por sombras, pese a que él mismo no era del todo una de ellas, no poseía rasgos discernibles. Aunque tenía un cuerpo humanoide y larguirucho, carecía de nariz y boca y solo se le veían unos ojos dorados que ardían como ascuas calientes.

Milenios atrás los humanos llamaban «hombres de sombra» al pueblo de Erebos, aunque Az opinaba que «cosa de sombra» era un término más acertado.

Eran seres que viajaban a través de las sombras y la oscuridad, y que se alimentaban del miedo que estas inspiraban.

Seres que disfrutaban jugando con sus presas y aterrorizándolas durante el máximo tiempo posible.

A Az no le gustaba tratar con Erebos (Mor llevaba años diciéndole que se deshiciera de esa abominación), pero la criatura era eficaz.

Cualificada para el trabajo, incluso. Era capaz de resistirse al impulso de alimentarse de los objetivos mientras se servía de sus horribles instintos de caza para recabar toda la información posible.

Y, dado que su pueblo había adorado a los cantores de sombras desde tiempos inmemoriales, le profesaba una lealtad absoluta a Azriel.

De hecho, había sido Erebos quien había acudido a su encuentro hacía siglos. Atraído por su oscuridad, la criatura había ofrecido todos sus servicios a Az y a aquella corte de por vida. Puede que se tratase de un aliado desagradable, pero tenía su utilidad.

Y, para aquella tarea en concreto, Erebos era justo la persona (la cosa) que le hacía falta a él.

Las sombras de Azriel se habían retirado a los rincones de la habitación, como si buscaran cualquier grieta o fisura por la que escapar.

Para evitar estar en presencia de Erebos.

El poder de los sifones que llevaba en las manos parecía un tanto distante, como si también quisiera estar lejos de allí.

Az pensó, con no poca repulsión, que ni siquiera Bryaxis había provocado tales reacciones.

Sus sombras y Bryaxis estaban hechas de algo diferente a Erebos; su esencia era distinta a la de la cosa de sombra.

—¿Sí? —siseó su espía.

Era una mancha de negrura sólida e impenetrable que contrastaba con la luminosidad del sol de la mañana. La criatura se dobló por la cintura en una profunda reverencia.

Az reprimió el escalofrío de repulsión que le provocó esa única palabra al deslizársele sobre la piel y suspiró mientras se frotaba la cara. Tenía agujetas en los brazos por culpa del entrenamiento. No obstante, aquel dolor físico era el menor de sus problemas.

—¿Alguna noticia sobre el castillo o el lago de Koschei? —Hacía meses que había mandado a Erebos allí.

—Nada —respondió este, que sonó ni más ni menos que aburrido—. No puedo acercarme lo suficiente para descubrir algo interesante.

—En ese caso, asigna la vigilancia a uno de tus subordinados —le exigió con firmeza.

Erebos tenía sombras que trabajaban para él, como las de Az.

Las similitudes entre ambos eran demasiado perturbadoras para pensar en ellas a menudo, pero al menos las diferencias habían demostrado ser útiles.

Erebos podía dejar atrás a los suyos («partes de sí mismo», según los había llamado una vez la cosa de sombra) para que lo mantuvieran informado—. A ti voy a asignarte una nueva misión.

—¿Cuál?

Az quizá hubiera acabado con cualquier posibilidad de que Lucien los ayudara, pero debía asegurarse de que este no hiciese nada que pusiera en peligro a su corte. La Madre sabía que ya contaban con una gran amenaza dentro de sus propias fronteras.

—Ve a territorio humano —ordenó— y sigue a Lucien Vanserra. Ve adondequiera que vaya. Si hace cualquier cosa fuera de lo normal, quiero saberlo. Si contacta con la Corte Otoño, me informas de inmediato. ¿Entendido?

Dos idénticas llamaradas de deleite parpadearon en los ojos dorados de Erebos.

—El noble de la Corte Otoño será un objetivo interesante.

—No es un objetivo —advirtió Azriel—. No le pongas ni un dedo encima.

Podría haber jurado que Erebos hizo un puchero. Las sombras de Az se mantuvieron cerca de los rincones de la estancia, más por repulsión que por miedo.

La criatura desvió la vista hacia ellas y entornó los ojos en un gesto complacido, como si fuera perfectamente consciente del desagrado que les causaba. No obstante, se limitó a hacerle una nueva reverencia a Azriel.

—Como ordene, cantor de sombras. —Cuando Erebos se incorporó, señaló el costado de Azriel con un dedo del que manaban oleadas de oscuridad—. ¿Dónde está la daga? La que canta.