CAPÍTULO 22 #4
—Han sido unos años intensos —contesté con evasivas. Tenía el presentimiento de que los próximos también iban a serlo. Saqué del bolsillo la figurita en forma de conejo que Lucien le había regalado a Nyx—. Aprendí bastante de nuestro padre, por destrozado que estuviera —admití.
Observé cómo mi hermana recorría con la mirada el contorno de la madera que con tanto amor y habilidad había tallado nuestro padre. Aquel pedazo de él iba a recibirlo un nieto que jamás lo conocería en persona.
—Estaría muy orgulloso de ti —me dijo Nesta en voz baja.
Sentí que la emoción me atenazaba la garganta y le di un apretón en la mano.
Entonces ella me miró a los ojos y comprobé que en ellos ya no quedaba ni rastro de las llamas plateadas.
—He estado aprendiendo a transportarme yo sola —me soltó de sopetón.
Tosí, pero le apreté la mano.
—¿Fue así como cruzaste la ciudad tan deprisa ayer, mientras perseguías a Bryaxis? —La velocidad de mi hermana me había dejado pasmada, porque creía que, sencillamente, había corrido hasta allí, y había achacado su rapidez a su entrenamiento como valquiria.
Nesta asintió.
—Y también fue así como conseguí que Ataraxia volara tan lejos. También transporté la espada. Hace unos días intenté llegar hasta la Prisión, pero me fallaron las fuerzas y por poco me ahogo en el océano.
Dejé que todas esas palabras calaran hondo. Nesta. Transportándose. Ahogándose.
—Rhys me encontró. Me salvó —continuó. Las palabras le salían atropelladas, como si no pudiera contenerlas—. Antes de que llegara, percibí algo bajo el agua. Ya no estaba allí, pero era como… la sombra de algo que sí lo había estado. Me dijo que lo buscara.
—¿Qué era? —No podía ser nada bueno.
—Me pareció que era como el Tesoro —respondió Nesta a la vez que me soltaba la mano—. Pero creo… En realidad, creo que la sensación que me transmitió me recuerda más a eso —sentenció señalando las espadas que había diseminadas por la alfombra.
Las observé.
—Por cierto, será mejor que las hagas desaparecer.
—Rhys por fin ha permitido que me las quede. No te preocupes, que no va montar un berrinche.
Me reí entre dientes.
—No es por eso. Me refería a que no quiero que mi bebé las encuentre cuando regrese aquí y se lastime con ellas.
El conejo de peluche de Nyx estaba tirado en medio de todas aquellas armas.
Nesta se rio y las espadas se desvanecieron, pero volvió a ponerse seria.
—¿Crees que debería investigar qué fue lo que percibí?
—No estoy segura —confesé—. ¿Nos hace falta otra espada mágica, si es que se trata de eso? Ya tenemos tres. —Me froté la nuca—. Pero ¿y si resulta que viste ese eco mágico por algún motivo? ¿Y si ese es el objeto Hecho a por el que van los del continente?
A Nesta se le tensó el rostro, como si hubiera metido el dedo en la llaga. No obstante, respondió:
—Deberíamos preguntárselo a Amren cuando regrese.
A lo mejor conoce otras armas que puedan estar perdidas por ahí.
—Frunció el ceño mientras reflexionaba al respecto—.
También podría tratarse de una trampa. Es posible que uno de esos reinos haya abandonado un objeto Hecho ahí de forma deliberada, para que lo encontremos y así poder seguir acusándonos de que nos estamos armando.
También podría formar parte de lo que estuviese maquinando Hybern, fuera lo que fuese.
—¿Te parece que podría ser eso?
—No. —Nesta se mordió el labio inferior y soltó de pronto, sorprendiéndome—: Deberías venir conmigo a entrenar con las valquirias.
—Creía que habías dejado de ir —comenté con cuidado.
—Sí. Pero voy a retomar el entrenamiento. —Ladeé la cabeza curiosa. Nesta se explicó—: Ayer me sentí muy lenta, muy torpe; sobre todo con el maldito vestido ese. —Curvó los labios en una mueca de disgusto—. Tengo que… Quiero volver a entrenar. Y creo que deberías venir conmigo.
Me lo planteé.
—¿Estás segura? Siempre me ha dado la sensación de que el tiempo que compartes con las valquirias es… para ti. Ten en cuenta que, para tus amigas, no seré solo tu hermana. También seré su alta lady.
—En ese caso, no te comportes como tal. Asiste solo como Feyre. Si son capaces de soportar el fanfarroneo de Azriel y Cassian, no les supondrá ningún problema que estés allí.
Me reí.
—¿Esos dos van a volver a impartir lecciones?
Nesta se acomodó entre los almohadones del sofá.
—Después de lo de ayer, no estoy segura de que debamos consentir que Azriel vaya a la suya durante mucho rato. A lo mejor le vendría bien volver a entrenarnos. En cuanto a Cassian… —Curvó la boca en una sonrisa de suficiencia—. Hará lo que yo le diga.
Me pareció bien que no estuviera dispuesta a compartir nada más sobre la relación con su pareja.
Tenía suficiente con que confiara en mí lo bastante como para contarme algo de todo aquello.
Y, después del Día del Nombre, después de pasarme toda la noche oyendo el eco de los gritos de Nyx…
Sí. Me uniría encantada a las sesiones de entrenamiento de las valquirias para aprender nuevas formas de cargarme a mis enemigos y de proteger a mis seres queridos.
—Bryce Quinlan me dijo que creía que tenía esa estrella de ocho puntas tatuada por algún motivo.
Parpadeé.
—¿De verdad?
Nesta asintió y detecté algo parecido al alivio iluminando su expresión. ¿Se había estado guardando aquello?
—Me lo comentó justo antes de volver a su mundo. —Tragó saliva—. Y su madre, mientras estuvo aquí, me dijo que creía que… que encontraría mi camino.
Permanecí en silencio, concediéndole espacio para que pensara bien adónde quería llegar con aquello.
Nesta me sostuvo la mirada. Acero y llamas plateadas.
—Quiero averiguar si estaban en lo cierto.
—Pues descubrámoslo. Tu destino te pertenece solo a ti, Nesta.
Mi hermana me estudió por un instante antes de materializar a Gwydion en sus manos.
—Quédatela —dijo. Volví a parpadear. Ella continuó—: No sé qué hacer con tantas espadas. Las otras dos las Hice yo, pero esta… —Se encogió de hombros—. Bryce me la dio a mí, y ahora yo te la entrego a ti.
—Esta espada perteneció al alto rey y a la alta reina de Prythian —le advertí—. Además, ¿no la usaron para matar a uno de los dos?
La sonrisa de Nesta rezumaba oscuridad en estado puro.
—Seguro que encuentras un uso mejor que darle.
Por un instante compartí la visión que percibía en sus ojos. Nosotras dos, hermanas, luchando codo a codo contra nuestros enemigos. Protegiendo a nuestra familia.
No obstante, señalé la espada.
—Por ahora, mejor quédatela tú. Custódiala un poco más. —Fruncí el ceño mientras echaba un vistazo por la ventana, al mundo que había más allá—. Hasta que sea del todo necesario empezar a derramar sangre.
Hasta que yo hiciera exactamente lo que debía.