CAPÍTULO 22
Nesta
El Equinoccio de Otoño había sido un día infernal. Si se suponía que debía ser una celebración de equilibrio entre la luz y la oscuridad, Nesta era de la opinión de que esta última había acaparado más de lo que le correspondía.
Era diferente de la gloriosa oscuridad de la Corte Noche. Diferente de la oscuridad estruendosa y salpicada de estrellas que emanaba del alto lord de dicha corte.
Nesta se había sentado en la silla que quedaba frente al escritorio de este, en su despacho tenuemente iluminado pese a lo temprano que era.
Había salido a rastras de la cama de Elain al mismo tiempo que Feyre, hacía apenas unos minutos, con la esperanza de conseguir robar una o dos horas de sueño en su propia habitación, cuando Rhys le había hablado mentalmente: Ven a mi despacho. Ya.
Se sentía tan exhausta, tan vacía, que ni se molestó en replicar de malos modos que no le diese órdenes.
Y allí estaban. Solo ellos dos. Nesta tenía una taza de té humeante frente a ella, en el escritorio. La que Rhys tenía delante no humeaba, o sea que lo que hubiese allí dentro no era té.
—¿Qué quieres? —preguntó ella por fin, demasiado cansada para intentar ser amable.
Llevaban días sin quedarse a solas, desde que Rhys la había rescatado del océano y ella había vomitado agua marina sobre aquella misma alfombra. En aquel momento, los ojos del alto lord ardían repletos de alarma y abatimiento.
Ahora esos mismos ojos estaban más oscuros de lo que Nesta los había visto jamás. No brillaba en ellos ni una sola estrella.
Ataraxia aterrizó sobre el escritorio con un golpe seco. Un segundo después, la Máscara, el Arpa y la Corona aparecieron a su lado con un repiqueteo. A continuación, la otra espada que ella había Hecho. Y, por último, Gwydion, de un negro abismal.
Nesta levantó, poco a poco, la mirada. La expresión de Rhys era pétrea e increíblemente seria.
—Quédatelas —le contestó.
—¿Por qué? —No hizo ademán de coger las armas.
—Porque el hecho de que las tuviera yo te costó unos segundos preciosos ayer, cuando te enfrentabas a Bryaxis. La próxima vez que alguien decida aterrorizar a mi hijo, te quiero armada de antemano. —Señaló el Tesoro con la cabeza—. Y me gustaría que uses estas para hacerlos pedazos.
Nesta le sostuvo la mirada, para que él observase bien todo lo que escondía la suya.
—Eso haré.
No se permitió pensar demasiado en que, hacía tan solo unos días, Rhys había cuestionado si era digna de confianza. Si debían dejarla acercarse de nuevo al Tesoro.
—Cassian me ha contado esta mañana lo que le dijiste anoche, que te aterroriza el Tesoro. Sobre todo, la Máscara —añadió el alto lord suavizando muy ligeramente el tono.
Nesta tuvo que hacer un sobreesfuerzo para impedir que su expresión reflejara la conmoción que sentía. Cassian era el único a quien había hecho aquella confidencia. No le había dicho explícitamente que no se lo contara a nadie más, pero… ¿Él iba y lo compartía con Rhys?
—No era consciente de que seguía causándote tanto temor —siguió diciendo el alto lord.
Ella reprimió aquel arrebato de indignación hacia su pareja y respondió con la verdad:
—El Tesoro siempre me ha asustado. No le presté la Máscara a Bryce Quinlan por falta de temor o porque no apreciase su verdadero poder. Lo comprendo demasiado bien. —A menudo la perseguía en sueños.
Rhys asintió, aunque continuaba teniendo la mirada apagada.
—Ahora lo entiendo. Y por eso te lo devuelvo.
No le cabía duda de que Cassian intentaba ayudar al hablarle a Rhys de los sentimientos que despertaba el Tesoro en Nesta. Para propiciar ese momento entre ambos. Sabiendo eso, no debería molestarle, pero lo hacía de todos modos.
Volvió a deshacerse de ese tenue dolor y cambió de tema.
—Enséñame a crear uno de esos bolsillos entre reinos para poder guardarlo todo ahí. Y enséñame a levantar protecciones alrededor de los objetos, esas que solo sabes crear tú. Quiero ser capaz de Hacerlas.
Él le dedicó un leve asentimiento. Nesta habría jurado que una estrella, solo una, volvía a iluminarle la mirada.
Ella levantó el mentón y añadió:
—Y enséñame a matar con magia. No con flechas, fuego, espadas, agua o lo que sea que utilicen los demás. Enséñame a matar como lo haces tú.
Tenía que saber cómo conseguir que un enemigo reventase en una explosión de sangre y fragmentos de hueso. Cómo acabar con la existencia de alguien solo con desearlo. Si eso la ayudaba a mantener con vida a sus seres queridos…, ambicionaba saber cómo lograrlo.
Rhys esbozó una salvaje sonrisa, enseñando los dientes.
—Será un placer.
Feyre
El gorjeo de la risa estridente de Nyx inundó mi estudio, tan gloriosa como la luz del mediodía que se colaba por las ventanas. Jamás había apreciado tanto ese precioso sonido.
Nyx estaba tumbado boca abajo sobre la afelpada y ornamentada alfombra, apoyado en las manos y agitando las alas mientras observaba con alegría cómo Cassian hacía rebotar su conejito de peluche favorito.
Cada vez que el conejo se acercaba lo suficiente a las mejillas regordetas de Nyx, «saltaba» sobre él y le daba un beso en la nariz.
Y todas las veces, en el momento justo, mi pequeño emitía un chillido encantado y golpeaba el suelo con las manos para exigir que lo repitiera.
No pude evitar sonreír ante aquella estampa: la alegría pura y sencilla y el entusiasmo que irradiaba mi hijo, con la camisa azul oscuro subida por encima de la barriga, mientras empezaba a aprender a coordinar brazos, espalda y cuello para sentarse recto.
Ya no quedaba ni rastro del miedo que había pasado el día anterior. Ni siquiera había gimoteado en sueños. Un pequeño consuelo, gracias a la Madre.
—Bueno —anunció Cassian desde el suelo, enfrente de Nyx—, por lo menos hay alguien en esta casa que está contento hoy.
El conejo volvió a saltar sobre la nariz de Nyx y mi hijo se desternilló mientras daba golpes con las palmas y los pies en la alfombra, presa de una diversión desenfrenada.
Su sonrisa de oreja a oreja amenazaba con hacerme estallar el pecho en mil pedazos, y su curiosidad casi felina por el conejito de peluche que saltaba ante él prácticamente consiguió que me lanzara a cogerlo en brazos para comerme a besos ese cuerpecito suave y de aroma tan dulce.
Nunca había querido nada ni a nadie tanto como a aquella criaturita feliz, y la fuerza de aquel sentimiento seguía dejándome sin aliento.
El día anterior no había hecho más que intensificar dicho sentimiento. Era tan valioso para mí que incluso noté un nudo en el pecho.
Miré de reojo a Rhys, que estaba sentado en una butaca a poca distancia de Nyx.
Nesta y él habían entrado juntos hacía unos minutos, ambos callados y pensativos.
Ahora, en cambio, la misma expresión desconcertada y abrumada, cargada de amor y asombro, adornaba el precioso rostro de mi pareja.
Sin embargo, cuando asimiló lo que había dicho Cassian, las estrellas en sus ojos titilaron, solo un poco, mientras respondía:
—Lo de anoche fue un absoluto desastre.
Nesta, sentada a mi lado en el sofá, resopló por la nariz.
Nos habíamos quedado con Elain hasta que mis sentidos daemati me habían alertado de que Nyx se estaba despertando, aunque yo ya llevaba un rato espabilada por culpa de los pechos, que me informaban de que era hora de darle de comer a mi hijo.
Nesta se había marchado al mismo tiempo que yo y habíamos dejado a nuestra hermana durmiendo. Dos horas después, allí estábamos todos.
Bueno, casi todos.
Elain todavía no había hecho acto de presencia y Mor no había venido a dormir.
Al preguntarle mentalmente cómo estaba, solo me había respondido que pasaría la noche fuera y que quería descansar para recuperarse de tantas emociones.
Yo era consciente de lo complicada que era la historia entre Azriel y ella, y entendía que a lo mejor necesitaba algo de tiempo para sí misma antes de volver a partir hacia Vallahan.
Y Azriel… No sabía qué pensar. Qué hacer. Conociéndolo, era probable que quisiera estar a solas unos días. O semanas.
Nyx extendió una rechoncheta mano hacia el conejo y su tío lo complació con dulzura. El peluche aterrizó justo en la boca de mi bebé, que lo mordió con las encías con una ferocidad que me hizo poner una mueca al pensar en mis pezones. Con razón los tenía irritados en todo momento.
—Al final, ¿adónde se fue Az? ¿A la Casa del Viento o a la de la ciudad? —le preguntó Nesta a Rhys, como si sus pensamientos hubieran virado en la misma dirección que los míos.
—¿Importa? —replicó él contemplando el despejado día otoñal al otro lado de la ventana.
—Rhys —lo advertí. Mi pareja se giró hacia mí con una expresión tormentosa. Puse los ojos en blanco—. No vamos a echar a Az de esta casa. Y mucho menos ahora que Bryaxis ha regresado.
Él apretó la mandíbula.
—En el solsticio del año pasado le advertí que se mantuviera alejado de Elain. Le avisé de que habría consecuencias si se pasaba de la raya. Y lo ha hecho. Ya me he hartado.
—Az siempre ha hecho lo que le ha dado la gana —le recordó Cassian—. Deberías saber que no iba a hacerte caso. No si ya lo tenía decidido.
—¿Acaso no soy su alto lord? —Una pregunta tranquila, letal.
Solté un quejido.
—Ay, por favor. No empieces con esas tonterías.
—Rhys me lanzó una mirada de incredulidad, pero yo me deslicé hasta el suelo para sentarme junto a Nyx, incapaz de resistirme a hacerle cosquillas en la barriga, que le asomaba por debajo de la camisa.
Nyx se rio encantado y mordió el conejo con más fuerza—.
A lo mejor si hubieses intentado hablar con Az como su hermano y no dándole órdenes como su alto lord, la cosa no habría llegado tan lejos.
Rhys me miró boquiabierto. Me mantuve indiferente.
—Lo que me gustaría saber a mí es por qué nadie me contó nada del tema cuando está claro que estabais todos al corriente —dijo Cassian.
—Porque eres el más bocazas de todos —respondió Nesta con sencillez.
Él se rio entre dientes.
—También es verdad.