CAPÍTULO 21 #3
Se había topado con una noche estrellada que ahora parecía estar a miles de kilómetros de esta montaña, de este silencio y pesadumbre tan particulares. La oscuridad se adentraba en la biblioteca, interrumpida solo por los recipientes dorados de luz inmortal en forma de manos ahuecadas.
Los dormitorios se localizaban cinco niveles por debajo. Cinco niveles, y únicamente se podía bajar dando vueltas y más vueltas alrededor del pozo que se hallaba en el corazón de la biblioteca.
Donde Bryaxis acechaba.
Clotho no les había proporcionado demasiados detalles, salvo: «Bryaxis ha vuelto a casa. No os hará daño a ninguna, siempre y cuando no os aventuréis en su guarida».
Gwyn echó un vistazo al río de oscuridad que se interponía entre el dormitorio y ella, y tragó saliva. ¿Cómo de segura estaba Clotho? Tenía una confianza casi ciega en la sacerdotisa, pero aquello…
Gwyn tomó impulso para alejarse de la puerta y echó a andar hacia la rampa que descendía en espiral con unos pasos demasiado ruidosos, demasiado rápidos.
¿Bryaxis dormía siquiera? ¿Estaba la criatura allí abajo, ojo avizor y escuchando cómo se acercaba Gwyn? ¿Conocía la forma y el sabor de su miedo? Se le secó la boca mientras extendía la mano para aferrarse a la barandilla que empezaba en lo alto de la rampa.
¿Las luces que iluminaban el descenso siempre habían estado tan separadas unas de otras?
—Ya basta —susurró para sí.
A pesar de ello, echó un vistazo hacia abajo, más y más abajo. Hasta que percibió una oscuridad más negra que nada que hubiese visto nunca.
Eso no era cierto. Ya se había enfrentado antes a aquella oscuridad, la noche en la que Hybern había hecho añicos su vida. La noche en que había conocido a Azriel o, más bien, la noche en que él la había encontrado. Salvado. Sí, esa misma oscuridad también había estado presente aquella noche.
Gwyn conocía la sensación, el peso, el sabor de la oscuridad.
Conocía sus ruidos: los gritos aterrorizados de los niños, el rugido desafiante de su hermana mientras le ordenaba que no le contara nada al comandante, el golpe húmedo de una cabeza al caer al suelo de la cocina y, a continuación, la risa fría y cruel de un macho…
Notó algo caliente en el muslo y detectó con el rabillo del ojo el brillo de una luz turquesa.
Gwyn se alejó tambaleándose de la barandilla, de la oscuridad, y sacó la piedra de invocación del bolsillo con dedos torpes. La piedra brillaba y estaba caliente, aunque no tuviera nada que ver con que la hubiese llevado pegada al cuerpo.
Estás aquí , parecía susurrarle la piedra. Estás a salvo. El pasado no puede hacerte daño.
Gwyn negó con la cabeza. Discrepaba.
Había decidido que el Rito de Sangre le había enseñado una única cosa: que el mundo estaba repleto de odio, y que a lo mejor no le apetecía tener nada que ver con él.
Y no era solo por los ilyrios que las habían perseguido y atormentado, tanto a ella como a Emerie y a Nesta, sino también por lo que había descubierto sobre sí misma cuando había sucedido.
La facilidad con la que había matado a aquel macho.
Con la que había herido a los otros. Lo mucho que lo había disfrutado.
Había sido una tonta al pensar que se estaba entrenando como valquiria con fines educativos.
En su cabeza lo había clasificado todo como teoría y práctica.
Había leído sobre los eficaces métodos para matar que habían desarrollado aquellas guerreras, pero nada de aquello había sido real.
No había tomado verdadera conciencia de lo que hacía hasta aquel primer corte que le infligió a su víctima.
Hasta que sintió la calidez de su sangre, el choque del cuchillo contra el hueso, y se maravilló por la facilidad con la que se podían rebanar la piel y los músculos.
Y por si eso no fuera suficiente, al acabar le había robado la ropa.
Se deshizo de su camisón, roto y manchado de sangre, desnudó al cadáver que ya empezaba a enfriarse y se enfundó sus ropas de cuero como si fuera algún tipo de parásito.
Quemó aquellas prendas en cuanto regresó a casa después del Rito.
Para ella era mejor, más seguro, quedarse allí. Aunque Bryaxis acechase bajo la biblioteca.
Gwyn volvió a guardarse la piedra en el bolsillo.
Esta continuó brillando. La luz turquesa que emitía quedó atenuada por la tela mientras descendía por la rampa, pero la ignoró.
Ya le había acarreado suficientes problemas por una noche.
Cerró los ojos un instante, respiró hondo, retuvo el aire y lo soltó poco a poco. Iba serenando la mente sobre la marcha.
Volvió a respirar profundamente y se concentró en cómo se le expandían las costillas, en la tirantez del torso.
«Soy la roca contra la que choca el oleaje. Nada puede romperme».
Esas palabras la calmaron en lo más profundo de su ser y, antes de haber terminado de exhalar, ya había echado a andar de nuevo. En esta ocasión puso todo su empeño en no mirar a la derecha, hacia la oscuridad que había en el corazón de la biblioteca.
Sin embargo, incluso mientras descendía, incluso cuando llegó a su habitación y se acurrucó en su estrecho colchón, podría haber jurado que la oscuridad se estaba riendo. Como si supiera la verdad.
Como si supiera que no era el único monstruo allí abajo.