CAPÍTULO 21 #2
Sus sombras seguían apostadas a los pies de Gwyn, mirándola desde abajo como si también les hubiese maravillado la habilidad de aquel movimiento.
La persona que tenía delante apenas se parecía a la sacerdotisa a la que había rescatado en Sangravah.
Por un momento, y pese a que su mundo entero se estaba derrumbando a su alrededor, lo único que sintió fue admiración por lo diferente que era la sacerdotisa, la valquiria que tenía delante en aquel momento, de la que había sido en el pasado.
No vio ni rastro de la cinta blanca, ni tampoco del collar que había dejado para ella durante el último solsticio, pero supuso que nada de aquello importaba.
Era una valquiria, con o sin la cinta. Y en lo que respectaba a ese collar del que había estado tan ansioso por deshacerse y del que se había librado de forma precipitada a la primera de cambio después de que Elain lo rechazase…
Se obligó a concentrarse en la conversación actual.
Chasqueó los dedos y sus sombras se apresuraron a regresar junto a él, se apiñaron detrás de sus hombros; aparentemente más que dispuestas a obedecerlo de nuevo.
—¿Qué estás haciendo aquí arriba? —Su voz le sonó desganada incluso a él mismo.
Los enormes ojos verde azulados de Gwyn brillaron con irritación.
—Yo también me alegro de verte, Azriel. —Señaló con la cabeza su torso desnudo, arrugando la nariz—. ¿No te parece que hace un poco de frío para ir con tan poca ropa?
Él se dio unos golpecitos en los sifones que llevaba en las manos y las placas de su armadura aparecieron para cubrirle los brazos tatuados y el resto del cuerpo.
Sintió el frío mordisco del cuero y el metal contra la piel gélida.
Aun así, ignoró la incomodidad del dolor punzante en la cabeza en el punto donde lo había golpeado, y le preguntó de nuevo:
—¿Qué estás haciendo aquí arriba?
Aquello era lo último con lo que le apetecía lidiar en aquel momento.
Gwyn se cruzó de brazos.
—Nesta me comentó que podía venir aquí cuando me apeteciese. Creía que no había nadie. —A pesar de que mantuvo esa calma tan propia de las valquirias, le centellearon los ojos bajo la luz de las estrellas—. ¿Te ha despertado mi canción?
—Es más de la una de la mañana —repuso él con una evasiva. Las sombras asomaron la cabeza por encima de su hombro para mirarla—. Deberías estar en la cama.
Lo estudió, poco convencida y molesta.
—Estás de muy buen humor.
Si ella supiera…
—Bryaxis ha regresado; ¿cómo quieres que esté?
—Bueno, no es que esté viviendo en tu casa precisamente, ¿no?
Él le lanzó una mirada inexpresiva.
—¿Por eso has subido aquí? ¿Te estás escondiendo de ella?
—No. —Pasó su cobriza melena por encima del hombro. Le había crecido desde la última vez que se habían visto y ya casi le llegaba hasta la mitad del pecho—. No me estoy escondiendo. —Utilizó un tono más afilado al pronunciar esa última palabra—. Clotho dice que no va a molestarnos y yo la creo.
Una verdad a medias , le revelaron sus sombras.
No obstante, Gwyn continuó:
—¿A ti te preocupa que vuelva a atacar la ciudad?
—Me parece una posibilidad, diga lo que diga Clotho.
—Y de ahí que hayas llegado listo para destripar al enemigo.
Azriel no tenía ganas de sonreír.
—Sí.
Gwyn bajó su mirada brillante hasta la cadera de Az.
—¿Dónde está El que dice la verdad?
Que el Caldero tuviera clemencia… La sacerdotisa no pasaba nada por alto.
No le quedaban fuerzas para inventarse ninguna mentira, de modo que respondió:
—Decidió que ya no quería que la blandiera yo.
Gwyn enarcó tanto las cejas que resultó casi cómico. No obstante, Az se giró de nuevo hacia la escalera antes de que pudiera responder. Se sentía tan exhausto que le pesaban todos los huesos del cuerpo.
A lo mejor se quedaría esa noche allí y ya trasladaría sus cosas a la casa de la ciudad al amanecer. Después de eso, decidiría qué cojones hacer consigo mismo.
—Buenas noches —se despidió sin mirar hacia atrás.
—Perdona por haberte dado con la piedra —se disculpó ella.
—Me lo merecía —murmuró él mientras bajaba el primer escalón.
—Verás… —empezó a decir Gwyn, cuya voz sonó más cercana porque, dioses, lo estaba siguiendo. ¿Cómo podía ahorrarse aquello de forma educada pero firme?—. He subido aquí a lanzar la piedra porque Merrill quiere que reescriba un capítulo entero con una tesis distinta…
Az anduvo a paso ligero, con las alas bien plegadas para evitar rozar las paredes de la angosta escalera.
—Yo creo que modificar la tesis del capítulo creará una contradicción con la tesis general del libro, pero ella no está de acuerdo. Nunca está de acuerdo, ni siquiera cuando un cambio de opinión podría beneficiarla.
¿Cómo de larga era aquella escalera? Por lo general, no le molestaba hablar con ella, pero en ese momento lo único que deseaba era estar solo, maldita fuera la Madre, y…
—Necesitaba alejarme un rato de la biblioteca, así que he subido a ver si las estrellas me ayudaban a despejarme la cabeza y a decidir qué hacer.
Pero no solo con Merrill y el libro; también le he estado dando vueltas a lo que hago ahí abajo.
Y estaba lanzando la piedra cuando se me ha ocurrido que a lo mejor sí que estoy evitando la biblioteca esta noche mientras Bryaxis se instala, pero…
Entonces has aparecido tú. Justo en el peor momento posible. Lo siento.
Por fin. Habían llegado al pasillo que conducía a su dormitorio. Az se detuvo bajo el arco. Si Gwyn seguía bajando por la escalera, esta la llevaría de vuelta a la biblioteca.
—Buena suerte con tu trabajo —dijo con desgana—. Mantente alejada del fondo de ese pozo.
Cuando Az se adentró en el pasillo, la sacerdotisa no pronunció ninguna palabra más y, por suerte, tampoco lo siguió.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de entrar en su cuarto, juraría que la oyó murmurar con aspereza:
—Buenas noches a ti también. Gracias por el consejo.
Ignoró las palabras de Gwyn. Ignoró todas las palabras que le daban vueltas en la cabeza mientras abría la puerta de la habitación y sus sombras se escabullían dentro con él.
Debería haberse ofrecido a escoltarla de vuelta a la biblioteca (la Madre sabía que Gwyn era una presa perfecta para Bryaxis), pero a duras penas se las apañó para cerrar la puerta del dormitorio.
Apenas fue capaz de hacer que los sifones de las manos se tragaran de nuevo la armadura.
O de pensar en nada antes de caerse redondo sobre la cama y prácticamente desmayarse por el cansancio.
Gwyn
El cantor de sombras no estaba en su mejor momento.
Pese a que solía ser parco en palabras, aquello había sido patético, incluso tratándose de Azriel. Por supuesto que no esperaba que se mostrase parlanchín, pero habría apreciado un mínimo de cortesía.
Gwyn chasqueó la lengua mientras introducía la llave dorada en la portezuela que se abría en mitad de otras dos más colosales que se alzaban imponentes ante ella. Las puertas de la biblioteca estaban cerradas. Por primera vez desde que vivía allí, estaban cerradas.
Clotho les había entregado a todas una copia de la llave que abría la diminuta puerta y les había pedido que la cerraran cada vez que la usasen para entrar o salir.
Ninguna se había atrevido a preguntar si el hecho de cerrarlas era para que Bryaxis no saliera o si era para impedir que alguien más entrara.
Gwyn cruzó la estrecha puerta, echó la llave y se apoyó contra aquella madera antigua.
A aquellas horas, la biblioteca permanecía en penumbra y en silencio, puesto que la mayoría de las sacerdotisas ya se habían ido a dormir.
Era tan tarde que incluso Merrill se habría apartado ya de su investigación y se habría acostado en el camastro que tenía junto al escritorio.
Gwyn sacó del bolsillo la piedra de invocación y un pedazo de cinta blanca. Su cinta blanca, la que había cortado en el campo de entrenamiento, muy por encima de la biblioteca. La llevaba consigo a todos lados, en el mismo bolsillo que la piedra.
—Anda que has servido de mucho —le murmuró a esta última—. Por poco le abres la cabeza.
Su piedra de invocación pareció parpadear divertida mientras se la volvía a guardar en el bolsillo, donde acabó envuelta de nuevo entre los pliegues de la cinta blanca. Gwyn seguía percibiendo el olor a cedro y a fría niebla nocturna de Azriel.
No le había contado el otro motivo por el que había subido hasta allí.
Y es que, a pesar de que sabía que era poco probable que se topase con Nesta, puesto que seguramente se quedaría a pasar la noche en la casa del río después de lo sucedido en el Día del Nombre, Gwyn había ido en busca de su amiga de todas formas.
Ese mismo día había notado un cosquilleo procedente del brazalete, aunque había desaparecido casi al instante, y luego Merrill se había portado fatal con ella por la noche…
Sintió que necesitaba a su amiga. Necesitaba decirle a Nesta que por supuesto que la ayudaría a dejar por escrito todo lo que quisiera y a organizar la información para que las futuras generaciones lo entendieran todo sin problemas.
Sin embargo, lo único que había encontrado Gwyn habían sido pasillos y habitaciones vacías.
Se habían cernido sobre ella, enormes y a la vez demasiado pequeños, y le había hecho falta respirar aire fresco, contemplar las estrellas, de modo que había salido al primer balcón disponible y había tomado grandes bocanadas de aire.