CAPÍTULO 21
Nesta
Elain no paraba de llorar.
Tanto Azriel como Lucien se habían marchado ya de la casa y Feyre había vuelto a la habitación hacía un instante, después de asegurarse de que Nyx siguiera a salvo, durmiendo plácidamente.
Nesta sabía que su hermana había tomado aquella precaución de forma instintiva al ver a esos dos machos sedientos de sangre dispuestos a enzarzarse en una pelea tan cerca de su bebé; en especial, después del encontronazo con Bryaxis.
Elain, que sollozaba en el regazo de Nesta, no se había movido del borde de la cama. Una cama que todavía olía a Azriel y a sexo. O, mejor dicho: a deseo. Nesta le sostuvo la mirada a Feyre por encima de la cabeza de Elain.
En los ojos de su hermana más joven brillaba la preocupación, además de una fuerza tenaz y cortante que antes no estaba ahí. En aquel momento Feyre le habló de mente a mente: ¿Qué hacemos?
Nesta negó sutilmente con la cabeza. No habían comentado cómo se miraban Azriel y Elain ni cómo se comportaban cuando uno estaba cerca del otro. Pero aquello…
Para consolarla, Nesta acarició en círculos la esbelta espalda de Elain.
—Todo irá bien.
—Claro que no. —Fue la respuesta amortiguada de su hermana—. Nada va bien y nada irá nunca bien. Eso es lo que me ha enseñado hoy ese monstruo. La verdad.
Feyre pasó la mano por el pelo dorado de Elain.
—¿Estás enamorada de Az?
Elain sollozó más fuerte.
—No puedo quedarme aquí. —Lloriqueó—. No puedo estar aquí.
—Tranquila —la calmó Nesta, que intercambió una mirada de alarma con Feyre—. Dinos adónde quieres ir y te llevaremos allí.
—No tengo ningún sitio al que ir.
Cada palabra iba impregnada de la más absoluta desolación.
Nesta volvió a acariciarle la espalda.
—Podemos hablarlo por la mañana. Deberías intentar dormir un poco.
¿Adónde había ido Azriel? ¿Estaba bien? No conseguía deshacerse de ese pensamiento. ¿Había ido alguien a comprobar cómo se encontraba, igual que estaban haciendo ellas con Elain?
Me la llevaría a la cabaña de la montaña, pero no creo que la soledad vaya a sentarle bien ahora mismo , le dijo Feyre.
Podría llevármela a la Casa del Viento , se ofreció Nesta.
Bryaxis vive allí abajo ahora, así que no. Además, también está bastante apartado.
Nesta enarcó las cejas. Pues no te supuso ningún impedimento para desterrarme a mí allí el año pasado.
Elain no está hecha de acero como tú. Sois diferentes.
Era un cumplido, y aun así… Nesta sintió una punzada en el pecho al mirar a su otra hermana y verla abatida y alterada. Y aunque lo que más le apetecía era regresar con su propia pareja y acurrucarse en su calor y en su fuerza para desgranar juntos aquel desastre, le dijo a Elain:
—Métete en la cama. Esta noche me quedo contigo.
—Nos quedaremos las dos —declaró Feyre.
Elain no dijo nada, solo siguió llorando, pero obedeció. Nesta y Feyre se tumbaron con ella, igual que habían hecho en aquella tienda de guerra el día en que habían rescatado a Elain de las garras de Hybern e igual que habían hecho hacía tantos años en la choza.
Sobre ellas pesaba una inmensa pena, tan tangible como el edredón de plumas bajo el que se acurrucaron. Al cabo de un rato, los sollozos de Elain se calmaron hasta adquirir la cadencia profunda del sueño.
Nesta permaneció despierta. Sabía que Feyre también lo estaba, y que seguramente estuviese hablando con su pareja a través del vínculo sobre cómo podían salvar la misión diplomática que tenían la esperanza de que Lucien llevara a cabo.
¿Había ido Cassian a buscar a Azriel? ¿Seguía Mor con él?
A pesar de que Nesta sabía que su obligación era para con la hermana que dormía a su lado, parte de ella se preguntaba si Azriel también necesitaba a alguien junto a él. En cierto modo, ahora era su hermano. Y estaba dispuesta a apostar a que se encontraba solo.
Azriel
Az aterrizó sin ningún cuidado en la terraza de la Casa del Viento, con la suficiente fuerza como para que las rodillas le crujieran con el impacto, pero echó a andar y aquel dolor punzante se desvaneció antes incluso de que pudiera ser consciente de él.
Había ido a recoger algo de ropa y varias armas (todo lo que tenía a su nombre y que realmente se preocupaba por llevarse a donde fuera), y luego volvería a bajar a la casa de la ciudad.
No tenía ningún interés en quedarse allí; no cuando estaba claro que ahora era el hogar de Cassian y Nesta.
No con Bryaxis morando de nuevo en las raíces de la montaña.
No cuando era incapaz de discernir si era su propia mente o una parte del poder de Bryaxis, que se abría paso hasta él desde allí abajo, lo que hacía que se planteara si la absoluta repugnancia que sentía Cassian lo llevaría a echarlo de la casa, igual que había hecho Rhys.
Az se dirigió a las puertas acristaladas del comedor, que eran la forma más rápida de llegar a su habitación, ubicada en el piso inferior. Si sus dos hermanos lo odiaban, no sabía si sobreviviría. O si podría superar el disgusto y la decepción de Mor.
No puedes , le susurraron sus sombras.
La Casa le abrió las puertas acristaladas antes de que él extendiera una mano cubierta de cicatrices hacia el pomo, y un aire cálido que contrastaba con el frescor otoñal lo atrajo hacia el interior. Dioses, seguía sin llevar camisa. Se estaba congelando.
Az recibió aquel frío con los brazos abiertos, sus huesos le dieron la bienvenida.
No le cabía la menor duda de que Elain estaba con sus hermanas, quienes, al contrario que los suyos propios, no parecían dispuestas a echarla a patadas de la casa. A lo mejor debería haberse llevado volando a Elain a… ¿Adónde?
Y si Lucien descubriera que Azriel había llevado a cabo tal acción, tendría todo el derecho a volver arrastrándose con su padre, revelarle todos sus planes y reunir un ejército para recuperarla.
Hostia puta, Lucien ya tenía todo el derecho a poner en práctica justo eso.
Az ralentizó el ritmo hasta detenerse antes de cruzar el umbral de la Casa. Cerró los ojos y respiró varias bocanadas de aquel gélido aire nocturno. Le perforó los pulmones como si de esquirlas de cristal se tratase. También le dio la bienvenida a ese dolor.
«Mierda. Joder».
No era la primera vez que cometía alguna estupidez, pero en esas ocasiones anteriores solo había puesto en riesgo su propia vida, que no valía nada. Ahora…
Una de sus sombras se estiró hacia arriba y se le apoyó con timidez en el hombro. Él se la sacudió de encima. Para lo que le habían servido, las muy desgraciadas…
Habría jurado que otra de sus sombras dejó escapar la encantadora nota aguda de una canción. Una melodía reconfortante y relajante. Eso también lo ignoró y se adentró en el interior iluminado de la Casa, un paso que se le antojó infinitamente más pesado que el anterior que había dado.
Sus sombras volvieron a cantar; más de una, esta vez. Una nota sin palabras.
Az se detuvo. Se dio la vuelta despacio. Sus sombras giraron y se arremolinaron tras él, y la melodía comenzó de nuevo.
Pero no procedía de ellas, que no proferían sonido alguno. Llegaba de algún lugar cercano.
Era una voz femenina. Cristalina pero suntuosa, potente.
En aquel momento comenzó la canción propiamente dicha, y Az se puso en movimiento al instante mientras se llevaba una mano al costado en busca de un arma que no estaba allí. Había alguien en la Casa. Y el muy tonto iba desarmado.
La voz flotó hasta él desde el otro extremo de la Casa, desde un balcón oculto a la vista que daba a un lado de la montaña.
Az acortó por el comedor y se dirigió al pasillo, tan silencioso como las sombras que le pisaban los talones. La Casa le abrió las ventanas a medida que avanzaba, permitiendo oír el sonido, guiándolo.
Era una voz etérea. Extraña y familiar al mismo tiempo. Un sencillo pensamiento consiguió que su sifón conjurase un cuchillo de luz azul. No era igual de bueno que El que dice la verdad pero, si se concentraba, podría infligir bastante daño.
De repente, sus sombras lo dejaron atrás y una ola de oscuridad lo adelantó enseguida. Cuando llegaron al siguiente recodo, se arremolinaron antes de impulsarse por el siguiente pasillo.
Contadme lo que veis , les exigió.
Sin embargo, sus sombras no le transmitieron ni una sola imagen mientras subían flotando por una angosta escalera que conducía a un pequeño balcón.
La luz de las estrellas se filtraba escalera abajo, casi como en respuesta a la canción. Az dobló la última esquina, apretando la mano alrededor del cuchillo mágico, y…
Una piedra impactó en su cabeza a toda velocidad y produjo un crujido reverberante.
—¡Ay!
La canción se interrumpió.
Quien estaba allí era Gwyn, vestida con su pálida túnica, con la capucha echada hacia atrás y el pelo resplandeciente bajo las estrellas. Sus sombras se acumularon a los pies de la sacerdotisa. Parecían perros meneando la cola, como si dijeran: «La hemos encontrado. ¿No vas a darnos un premio?».
—Lo… Lo siento mucho —tartamudeó ella, e hizo una mueca.
Az parpadeó y el cuchillo de luz azul se desvaneció.
No había ninguna amenaza, ningún enemigo. Solo era Gwyn.
Se agachó para recoger la piedra responsable mientras se frotaba la coronilla. La piedra azul pesaba más de lo que había previsto. A la luz de la luna, emitía un fuego turquesa que destacaba el relieve de las cicatrices que tenía en los dedos.
La piedra de invocación de una sacerdotisa.
Az nunca había tocado una. Jamás había sido consciente de cuánta presencia parecían tener; como sus sifones, pero totalmente diferente en cierto modo.
—¿Me has tirado esto?
Gwyn se atragantó.
—¡No! Solo estaba… jugando con ella mientras cantaba. Lanzándola al aire, más que nada. ¿Me la devuelves, por favor?
La sacerdotisa extendió una mano, pálida y delgada. Agitó los dedos en un énfasis silencioso.
Az calmó los latidos acelerados de su corazón y silenció el instinto que lo impulsaba a derramar sangre antes de lanzarle la piedra. Ella la atrapó con elegancia y la hizo desaparecer en su bolsillo con tanta destreza como si se tratase de un juego de manos.