Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Solo hizo falta un segundo para que el entrenamiento de Azriel tomara el control.

Le asestó un codazo en la cara a Lucien con tanta fuerza que se oyó el crujido del hueso.

La sangre salió disparada y el olor de esta permeó el aire.

Az retorció el cuerpo y se agachó para esquivar otra ráfaga de fuego que se dirigía directa a su cabeza.

La oscuridad sofocó las llamas.

Unos brazos fuertes como el acero rodearon a Azriel por el torso y lo obligaron a retroceder. Él hizo ademán de saltar hacia delante, pero Cassian lo retuvo con firmeza y le espetó al oído:

—Serás gilipollas...

Az se resistió, sin éxito. Al otro lado del muro de oscuridad, Rhys estaba hablando con Lucien, cuyas llamas rozaban el techo.

Luego, desparecieron. Y la oscuridad lo engulló todo.

Lucien se ha ido , lo informaron sus sombras. Rhys va a hablarte a ti y solo a ti…

—Largo de mi casa.

De la sorpresa, Cassian aflojó la fuerza con la que lo agarraba.

La voz de Rhys retumbó como un trueno desde detrás del muro de oscuridad. Cuando este cayera, no sería su hermano quien estaría al otro lado.

Una mano pequeña agarró la suya y le dio un buen tirón. Mor. En sus ojos como platos leyó una súplica.

—Tienes que marcharte. Ahora mismo.

Az no lo hizo. Que Rhys lo borrase de la faz de la tierra, que su hermano lo convirtiese en polvo de estrellas contra la pared.

—Azriel —le suplicó Mor, y lo que vio en su rostro fue genuino temor.

Elain seguía llorando en su cuarto. Empezó a girarse hacia ella.

—Imbécil de mierda… —lo insultó Mor.

Antes de que Az pudiera impedírselo, Mor lo transportó fuera de la casa. O, más bien, hasta la puerta de entrada, desde donde lo arrastró, escalón a escalón, pasada la valla del jardín.

El olor de Lucien flotaba en el aire, como cenizas en el viento. También se había marchado por allí.

No obstante, Mor agarró a Az por la nuca y siseó «Idiota» antes de volver a transportarlos.

Los envolvieron la oscuridad y un viento cortante, pero no fueron muy lejos.

Aterrizaron en uno de los elegantes puentes de la ciudad que se alzaban a lo largo del Sidra.

A esas horas, quedaban unas pocas personas en la calle que pudieran verlos aparecer, Mor con su camisón de seda roja y Azriel sin camisa y con los pantalones a duras penas abrochados.

Ella le arreó una bofetada. El ruido reverberó por la ciudad como el repique de unas campanas.

—¡¿Eres imbécil?! —le gritó—. ¿Has perdido la cabeza? —Az se limitó a mirarla mientras el dolor se le extendía por la mejilla y la mandíbula. Los ojos castaños de Mor reflejaban la angustia que sentía—. ¿En qué estabas pensando?

—Elain no es de su propiedad —gruñó Azriel, que reprimió el dolor gracias a cinco siglos de entrenamiento.

Alejó con brusquedad a las sombras que se arremolinaban a su alrededor, dispuestas a revelarle una verdad que no soportaba tener que escuchar—.

Puede hacer lo que le plazca. Puede elegir con quién comparte su cuerpo.

—Claro que puede, y eso hace, pero ¿tú no podías contenerte? ¿Solo por una noche? ¡¿No podías mantenerte alejado, joder?! —Mor nunca le había gritado de aquella forma—. ¿Por eso has provocado a Lucien de ese modo durante la cena con el tema de Hybern? ¿Tan bajo has caído? ¿Tan celoso estabas?

—¿Y a ti qué más te da? —No fue capaz de evitar la pregunta—. Si tampoco te importa.

Mor negó con la cabeza, injustamente preciosa a la luz de la luna y en camisón.

—Si necesitas preguntarlo es que no tienes ni idea de nada. —Lo miró de arriba abajo, sin pasar nada por alto—. No sé… No sé quién es la persona que tengo delante.

Él frunció el ceño y se giró hacia el río. No fue suficiente para bloquear el disgusto que manaba de ella en oleadas.

—Te sugiero que pases inadvertido durante un tiempo —le aconsejó ella con la voz igual de fría que la noche otoñal que los envolvía—. De hecho, si quieres evitar una paliza de Cassian, vete a la casa de la ciudad.

Le daba igual. Cassian podía hacer lo que se le antojara.

—¿Es por mí? —inquirió Mor al ver que no respondía.

Giró la cabeza hacia ella tan rápido como para que le diera un latigazo.

—¿Qué?

Ella abrió los brazos, tan pálidos como el alabastro bajo el manto de la noche.

—¿Esto es porque no te quiero? Por lo menos, no del modo en que a ti te gustaría. ¿Por eso has caído en esta conducta autodestructiva?

—No tiene nada que ver contigo —respondió en un tono frío como la muerte. Sus sombras se mantuvieron escondidas tras una de las farolas del puente—. ¿Y desde cuándo acostarse con alguien es autodestructivo?

—Desde que te has metido en la cama con la pareja de uno de nuestros principales aliados, que estaba a punto de ayudarnos a pesar de que fuera a correr un gran riesgo personal. Desde que te dijeron que buscaras a otra persona. A cualquier otra.

—¿Y si no quiero a nadie más?

Mor soltó una risa estrangulada.

—No te preocupes, estoy segura de que aparecerá alguna otra igual de poco disponible para tentarte.

Azriel la taladró con la mirada y un centenar de palabras, afiladas como cuchillos y aún más letales, flotaron entre ambos. Mor dio un paso atrás, no porque le tuviese miedo, sino por esas palabras. Las que no habían pronunciado.

Y como la situación ya no podía ir a peor, Az gruñó:

—Adelante, Mor, suéltalo.

Ella dio otro paso atrás, hacia la zona en penumbra que la farola no llegaba a iluminar, y el tono de su vestido se oscureció hasta recordarle al rojo de la sangre.

—No pienso darte el gusto de mantener esta conversación tan absurda. Si Lucien invoca el Duelo de Sangre, estarás solo.

Y, tras esas palabras, se transportó lejos de allí.

Las pocas personas que paseaban por la calle se detuvieron a mirar. Gracias a su fino oído de fae, debían de haber escuchado hasta la última palabra. Az los ignoró mientras desplegaba las alas y se lanzaba hacia el cielo. Sus sombras le concedieron unos segundos de ventaja más de lo habitual.

Como si les repugnase incluso a ellas.

Aterrizó en el tejado de la casa de la ciudad al cabo de unos instantes.

Abrió la puerta de par en par y prácticamente se catapultó escalera abajo.

Su habitación de siempre estaba en el tercer piso, y hacía tanto tiempo que nadie la usaba que olía a rancio.

Le hacían falta varias cosas: ropa, armas…

Miró de reojo a El que dice la verdad, que seguía en su cintura, aunque aguantaba de milagro.

Emerie no había mentido al afirmar que la correa estaba desgastada.

Una de las tiras se había partido del todo, sin duda cuando Lucien se había abalanzado sobre él.

La daga se balanceaba de forma precaria y le daba golpecitos en la pierna.

Un arma inútil y despreciable.

Az agarró la tira que quedaba, la vaina y la daga, y se lo quitó todo de un tirón.

Lo lanzó al otro lado del cuarto con ese mismo movimiento y el arma se estrelló contra la pared con tanta fuerza que agrietó el yeso.

Y cayó al suelo seguida de una lluvia de escombros que la sepultaron bajo una fina capa blanca.

En lo que a él respectaba, ese sería el lugar de descanso eterno de la daga. Podía quedarse en aquel rincón polvoriento hasta que ella misma se convirtiese en polvo. Hasta que el mundo olvidase su existencia.

Con suerte, a lo mejor el mundo se olvidaba también de la existencia de Az.