CAPÍTULO 20
Azriel
¿Cómo cojones se había colado Lucien en la habitación sin que Azriel tuviera ni la más remota idea de que andaba cerca hasta que se había plantado boquiabierto en el umbral?
Sabía cómo. En algún rincón de su mente, Azriel era consciente de que se debía a que sus sombras habían huido en cuanto él había acudido en busca de Elain.
Se habían quedado en el pasillo, enfurruñadas, de modo que no habían estado allí para advertirlo de que Lucien se acercaba.
Y ahora ya era demasiado tarde para fundirse con ellas, para negar que aquello había sucedido.
—Yo… —empezó a decir Elain mientras se incorporaba y se cubría con las sábanas.
Ocultó esos preciosos pechos pequeños que Az había estado explorando, los primeros pasos en el camino que conducía a aquel punto entre sus piernas y que, pese a la desnudez de ambos, todavía no había tocado, saboreado…
—Sal de su habitación.
Lucien habló tan bajo que las palabras apenas le resultaron audibles.
Azriel estaba familiarizado con ese gruñido. Delataba que un depredador estaba entrando en un estado de violencia primitiva al que solo ponía fin el derramamiento de sangre.
Az no apartó su atención de él mientras se alejaba de Elain. Ni mientras se ponía de pie, con la erección ya no tan prominente, y adoptaba una posición defensiva. Mientras preparaba las alas.
—Es… —susurró Elain frenética—. Es un malentendido…
Se puso de pie con dificultad y se colocó junto a Azriel, que extendió un ala para concederle privacidad mientras volvía a ponerse el camisón. Privacidad para resguardarse del macho, de su pareja, que seguía mirándolos como si no se creyese lo que veían sus ojos.
—¿Un malentendido de qué? —preguntó Lucien con un tono gélido, aunque Az habría jurado que en sus ojos parpadeaban llamas al rojo vivo.
¿Dónde cojones se habían metido sus sombras? Ahí… Estaban en el pasillo. Viéndolo todo.
Venid , les ordenó. Ellas se negaron. No se acercaron ni medio centímetro.
Lucien señaló a Azriel y se le avivó una llama en la punta del dedo. La luz que emitía rebotó en el ojo mecánico, el dorado. ¿O es que su magia también estaba acumulándose ahí?
—Largo.
—No pienso dejarla a solas contigo.
Lucien hizo una mueca que expuso los dientes.
—Que te largues.
Del hijo menor del alto lord de la Corte Otoño emanó una abrasadora llamarada de poder. Az cerró el puño a un costado y el sifón que llevaba en el dorso de la mano tronó. Pero si sacaba a relucir ese poder, si invocaba un arma…
¿Acaso podía hacerle más daño a Lucien? Ya lo había pillado en la cama con su pareja.
—Voy a arrancarte el puto cuello de cuajo —soltó Lucien en un tono bajo y amenazador.
Az no pudo evitar reírse.
—Me muero de ganas de ver cómo lo intentas.
—Por favor —suplicó Elain mientras se situaba entre ambos.
Iba vestida con su camisón blanco y puro como un rayo de luna. Az tiró de ella para protegerla detrás de su cuerpo.
El gruñido de Lucien reverberó en el suelo.
—No la toques. Ni se te ocurra tocarla.
En el pasillo empezaron a abrirse varias puertas.
Los sollozos bajos y desgraciados de Elain contrastaban con el placer absoluto que la había embriagado momentos antes. Az había cedido al impulso de ir a verla pese a que su pareja estuviera bajo el mismo techo. Su salvación. Porque eso era ella para él, y estaba dispuesto a luchar por ello.
Pues bien, parecía que iba a tener la oportunidad de hacerlo.
Se oyeron pasos en el pasillo.
—Pero ¿qué cojones…? —Cassian se atragantó cuando entró en la habitación y reparó en la semidesnudez de Az y Elain, y captó el aroma de su excitación, que seguía espesando el aire. Az nunca había visto a su hermano con los ojos tan abiertos—. ¿Qué cojones, Az?
A continuación apareció Nesta, que empujó a un lado a Cassian y a Lucien. Este último tuvo la audacia de intentar pararle los pies, pero se ganó una mirada de advertencia tanto de ella como de su pareja.
Nesta escrutó el rostro de Az mientras se acercaba a ellos con una expresión consternada y decepcionada.
Él fue el primero en apartar la mirada para centrarla en las dos figuras que aguardaban en la puerta.
—Será mejor que lo discutamos en el pasillo —le indicó Cassian a Lucien en un tono bajo y tranquilizador. Aun así, un fuego color rubí se agitó en el sifón que llevaba en la mano.
—Estoy de acuerdo —retumbó una voz oscura.
Az se preparó mentalmente. Había llegado Rhys, con Feyre a la zaga. Mor iba un paso por detrás de ellos cual destello de oro y color. Az no soportaba mirarla a la cara.
Lucien giró sobre los talones y obedeció al alto lord, soltando un puñado de chispas a su paso.
Az se quedó con su familia en una habitación que, de repente, se le antojaba demasiado pequeña.
Aunque sus sombras estuviesen dispuestas a acudir a su llamada, no había forma de esconderse de aquello. De ellos.
—Vístete de una puta vez —le espetó Rhys desde el umbral, que llenaba con su oscuridad.
—No le hables en ese tono —intervino Nesta, y Azriel la miró sorprendido.
Sin embargo, Nesta ya se había sentado junto a Elain en la cama y había apoyado la mano en la espalda de su hermana mientras esta se tapaba la cara y se echaba a temblar.
Una parte de Az seguía siendo lo bastante funcional como para decidir ahorrarle a Elain más fealdad, de modo que se enfundó los pantalones. La camisa y la chaqueta las dejó en el suelo.
Le pesaban las piernas y sentía que tenía la cabeza muy lejos de allí mientras cruzaba el opulento dormitorio, que olía a sexo en ciernes, y salía al enorme y oscuro pasillo, que olía a furia y a muerte.
Sus sombras por fin se acercaron a él a toda prisa y se le enroscaron alrededor de los tobillos y las muñecas.
Las ignoró. Eran traidoras desalmadas y pusilánimes, todas ellas.
Feyre se colocó a su derecha con los brazos cruzados y una mueca en los labios. Alzó sus ojos de un azul grisáceo hacia él y le dirigió una mirada repleta de pena.
Az se puso a la defensiva. No le hacía ninguna falta su pena; no necesitaba nada de ellos, salvo…
—¿Lo sabías? —le preguntó Lucien a Rhys.
El noblecillo se había arrimado a la pared que quedaba enfrente de la puerta y arrugaba la nariz en un gesto furibundo.
No había nada que Az pudiera hacer mientras Rhys le sostenía la mirada y respondía con sencillez:
—Sí.
Cuando Cassian soltó el aire que estaba conteniendo, casi sonó como si dijese: «Hostia puta». Az no miró a ninguno de sus hermanos. Solo a Lucien, cuyo poder crepitaba incandescente.
Pero este se limitó a señalarlo sin dignarse mirar siquiera en su dirección. Az tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no partirle el dichoso dedo por la mitad.
—¿Has permitido que ese macho toque a mi pareja bajo tu techo y aun así me pides que haga el trabajo sucio por ti?
«Ese macho». Ese monstruo. Ese demonio. De no haber sabido que era verdad, Az le habría rugido.
A Rhys le latió un músculo de la mandíbula.
—Sí.
Lucien escupió a los pies del alto lord. Cerca de él, Mor le gruñó.
—Eres despreciable. —Lucien estaba que echaba humo. Lo que retorcía su atractivo rostro era pura repugnancia—. Tú y todos vosotros. —Posó la mirada en Feyre y tomó aire antes de acusarla—: Tú también lo sabías.
Az odió el dolor y la preocupación que tensaron la expresión de su alta lady.
—Tenía mis sospechas. —Miró de reojo a Nesta—. Ambas las teníamos. —Y no cabía duda de que se las habían guardado para sí mismas—. Pero yo… Lucien.
El susodicho también escupió a sus pies.
El rugido de Rhys ahogó el sonido que soltó Azriel. Pese a ello, su hermano empleó un tono terriblemente sereno al informar a Lucien:
—Échame en cara todo lo que quieras, noblecillo, pero como vuelvas a hacerle eso a mi pareja, acabarás sin lengua con la que escupir.
—Lucien. —Feyre lo intentó de nuevo, ignorando la amenaza de Rhysand—. Vamos abajo. Sé que es tarde, pero deberíamos hablarlo…
Azriel se cuidó de decir que no hacía falta hablar de nada. Se trataba de la vida de Elain, de su cuerpo. Ella era la única que podía decidir con quién lo compartía.
—Estoy harto de hablar contigo —le replicó Lucien respirando con dificultad—.
Estoy harto de todos vosotros. ¿Queréis que alguien os encuentre pruebas de lo que maquina Koschei?
¿Queréis un espía en la Corte Otoño? Apañáoslas solitos.
No contéis con mi ayuda. —El orbe Veritas apareció en sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
Se le está rompiendo el corazón, se le está partiendo el alma…
Az ignoró a sus sombras. Le importaban una mierda los sentimientos de Lucien.
—Lucien —le suplicó Feyre—. Escúchame.
Lucien volvió a apuntar a Azriel con aquel dedo acusador. Él sintió que se le tensaba todo el cuerpo, incluidas las alas; estaba listo para saltar. No obstante, el otro le habló en un tono espeluznantemente tranquilo:
—Espero que recibas tu merecido. Todo el sufrimiento que te has ganado.
Az le dedicó una burlona inclinación de cabeza.
Lucien se giró hacia la habitación, hacia Elain, que seguía llorando en la cama junto a Nesta.
—No volveré a llamar a tu puerta.
—No creo que esté llorando por eso —soltó Az sin poder evitarlo.
Lucien se volvió despacio. Y Az supo que, pese a que Rhys podría haberlo impedido, su hermano dejó que sucediese de todos modos. Lucien explotó en llamas.
Az apenas dispuso de un segundo para invocar un escudo de luz azul con su sifón. La luz se llevó la peor parte del impacto del fuego, pero resultó que Lucien también se había abalanzado sobre él en el mismo instante. Fue más rápido de lo que Az había previsto.
Lucien lo estrelló contra la pared con tal fuerza que la casa entera tembló. El yeso y la madera se resquebrajaron bajo el impacto de sus alas, de su espalda.
Feyre se ha ido a proteger al bebé. Lucien pretende matarte. Rhys se está planteando si permitírselo… , le susurraron sus sombras.