CAPÍTULO 19
Lucien
Lucien odiaba hasta el último detalle de la casa de Rhysand y Feyre.
Sobre todo porque le encantaba hasta el último detalle.
Si él hubiese podido diseñar su propia residencia, aquel habría sido el resultado.
La mezcla de lo excesivo y lo acogedor, la fusión natural del esplendor y la intimidad.
La mansión de la Corte Primavera era un conjunto de mármol duro y filigranas de oro.
Y pese a que la casa del río no era menos opulenta… , era un hogar.
La Madre sabía que hacía muchísimo tiempo que no tenía uno propio.
Estaba tumbado en la cama de aquella agradable habitación con vistas al río Sidra, que se hallaba más allá del jardín, y el aroma de su pareja flotaba en el aire cual lazo primaveral y llegaba hasta el ala de invitados donde se encontraba él.
Había olido a Elain nada más poner un pie en el templo.
No la había visto desde el Solsticio de Invierno, hacía más de nueve meses. En aquella ocasión ella había fruncido el ceño ante el regalo que le había llevado, como si de veneno se tratase, lo había rechazado y lo había dejado en la mesa que quedaba junto a su silla.
No esperaba nada de ella. Sabía perfectamente que no la merecía. No tenía ni idea de por qué la Madre los había hecho pareja. Estaba claro que ella no estaba interesada en él, y aunque Lucien había tratado de conocerla… La cosa no había salido bien.
Claro que eso no impedía que se le hiciese la boca agua cuando estaba cerca de ella y que todos sus instintos depredadores tomasen el control mientras la sangre le rugía que la encontrase, que la cortejase, que la reclamase.
Lucien se consideraba razonable y civilizado. Lo que experimentaba cuando pensaba en Elain y en su aroma floral era todo lo contrario. Su polla empalmada era todo lo contrario.
Se giró de lado y apretó los dientes. ¿Sería una deshonra para Elain si se ocupaba él mismo de sus necesidades?
Aunque jamás se permitía hacerlo pensando en ella, aquel había sido el período más largo de su existencia sin sexo, sin ningún tipo de contacto físico.
Y ver a Elain ese día, pese al terror que Bryaxis les había hecho sentir a todos, pese a que ella no le había dirigido la palabra durante la cena y ni siquiera se había dignado a mirarlo… Dioses, cuánto la deseaba.
Lucien se concentró en las elegantes molduras del techo y su dorado ojo de metal, el mágico, emitió un chasquido. Belleza artesana , lo informó. Ni rastro de ningún hechizo.
Aquel ojo era tanto un regalo como una maldición. Le permitía ver igual que antes de que Amarantha le arrancase el auténtico de la cuenca con la uña, pero también hacía que viera la magia a su propia manera. Auras, por lo general.
La de Feyre era un arcoíris de colores, por las magias que los altos lores le habían concedido, con cierto toque plateado y radiante que provenía únicamente de ella.
Era diferente del plateado ardiente de Nesta.
O del aura de Elain: una mezcla de dorado centelleante y rosa, como el mismo amanecer. No, la de Feyre era singular, sin duda.
La chica famélica y taciturna a la que había conocido al principio había desaparecido.
Quien había estado con él ese día, quien lo había guiado hasta el comedor para la cena, con plena confianza en su rol en aquel lugar, había sido una alta lady, una madre.
Incluso su aroma proyectaba esa nueva esencia, junto con cierta novedad.
La primera capa de su aroma remitía a algo pequeño y suave (la fragancia de un bebé) envuelto alrededor de lo que Lucien dedujo que era el dulce olor de su leche.
Después estaba el aroma de Rhys, y la Madre sabía que aquello era una señal para que él y cualquier otro macho se mantuvieran alejados de su pareja.
Lucien se dio la vuelta hacia el otro lado, pegando patadas a las sábanas. ¿Era Feyre consciente de aquello?
Se rio por lo bajo. Por supuesto que sí.
Como mínimo, sabía que los miembros de una pareja marcaban al otro con su aroma una vez que aceptaban el vínculo, pero Rhys era aterrador.
¿Se olvidaba Feyre alguna vez de quién era su pareja?
¿De quién era el padre de su hijo? ¿Del tipo de monstruo que acechaba bajo aquella superficie tranquila?
Sí, se habían convertido en una suerte de aliados.
Sí, él mismo había sido testigo de la bondad de Rhys, aunque también había visto de lo que era capaz.
Su crueldad, sus maquinaciones y la completa falta de misericordia.
Había un motivo por el que la gente aún temblaba al oír el nombre de Rhysand, incluso después de la guerra contra Hybern.
Y, por último, debajo de todo aquello brillaba el aroma propio de Feyre, el que era inherentemente suyo.
Ese resplandor plateado que Lucien había detectado cuando la conoció en la Corte Primavera, que se había amplificado y se había tornado más claro al convertirse en alta fae.
En alta lady. Su aura parecía aumentar gracias a la felicidad que le hacía sentir la familia que la rodeaba. Las amistades que había forjado.
A Lucien le dolía recordar que, en el pasado, él mismo se había contado entre dichos amigos.
«Me abandonaste —le había siseado ella hacía tantos años—. Te lo rogué tantas veces, te pedí que me ayudaras …».
Apartó ese antiguo remordimiento. Por lo menos, la erección ya no era un problema.
Lucien soltó un largo suspiro. Su intención había sido ofrecerles ayuda después de la ceremonia para encontrar pruebas de que quien tiraba de los hilos en la corte de su padre era Koschei.
Parte de él, una parte estúpida, tenía la esperanza de que acceder a manipular a la Corte Otoño consiguiese que, como mínimo, Elain lo mirase sin aquella expresión de desdén.
Sin embargo, el ataque de Bryaxis le había estropeado el plan. No le había parecido correcto sacar el tema cuando todos tenían los nervios a flor de piel, y se pasó la cena preguntándose si los gritos de Elain en el templo se debían a que se había visto a sí misma encadenada a él de por vida.
La Madre sabía que los gritos de su pareja habían hecho que sintiera la frenética necesidad de protegerla a pesar de que su propia pesadilla lo hubiera dejado hecho añicos. Aunque no tenía del todo claro si las visiones de Bryaxis habían sido peores que la realidad a la que debía enfrentarse.
No sabía si sería capaz de mantener aquel precario equilibrio mucho más tiempo.
De todos modos, ¿cuál era su rol en la Corte Noche?
¿Dejarían de necesitarlo en algún momento o seguiría moviéndose entre diferentes tierras?
¿Primavera, el territorio humano y aquella corte? Y ahora también la Corte Otoño.
Pero ¿cómo iba a oponerse? Después de lo que Rhys y Feyre le habían contado sobre la inminente invasión de las tierras humanas en el continente, y teniendo en cuenta que dos de sus amigos (sus únicos amigos en aquel momento) eran humanos, ¿cómo iba a negarse a ayudarlos?
Sabía que Feyre no lo presionaría si decía que no. Incluso era probable que, pese a todo, Rhys tampoco lo hiciese. Por más monstruo que fuera, tenía conciencia.
Sin embargo, ni siquiera todo el poder de Rhys había servido contra Bryaxis. Sí, le había proporcionado la espada a Nesta (una espada claramente Hecha, detalle que nadie se había molestado en explicar), pero ni siquiera el alto lord de la Corte Noche era inmune al efecto del miedo.
Lucien no lo culpaba; no por ello. No cuando las cosas que él mismo había visto esa mañana… Bloqueó esos recuerdos. Seguía con la piel sensible en los puntos en los que él mismo se había clavado las uñas.
No era así como Lucien había visualizado el resto de sus días cuando habían salido de Bajo la Montaña, con Amarantha muerta y convertida ya en una mera mácula en el recuerdo de esas tierras.
Se había imaginado una vida larga y feliz en la Corte Primavera, y que quizá algún día encontraría a alguien que le hiciese sentirse vivo como no se había sentido desde la muerte de Jesminda…
Claro que Jesminda no había muerto sin más. La habían asesinado. El padre de Lucien la había ejecutado y sus hermanos no habían hecho nada para impedirlo.
Bryaxis le había enseñado aquel momento con todo lujo de detalles.
Y le había mostrado cosas aún más duras, posibilidades que ni sus peores pesadillas eran capaces de evocar.
Pese a que había sabido que lo que estaba viendo no era real, entre lo vívida que había sido la visión y que no tuvo forma de mirar a otro lado…
Había acabado deseando que Amarantha le hubiese arrancado también el otro ojo.
Volvió a rechinar los dientes. Ahora era el turno de evocar un tipo de pesadilla diferente: la Casa del Bosque, donde había nacido.
Donde lo habían atormentado y donde lo había perdido todo.
No había puesto un solo pie allí desde que presenció cómo la vida abandonaba los ojos de su amante.
Dejó de ser un hogar para él en ese preciso instante.
Y dejó de tener familia cuando sus hermanos lo persiguieron por orden de su padre para arrastrarlo de vuelta a casa.
Se pasó una mano por el pelo. Tamlin lo había salvado. Y Lucien se había reconstruido a sí mismo; había reconstruido su vida.
Y luego Feyre la había hecho volar por los aires.
No, eso no era justo. Había sido Tamlin quien la había hecho saltar por los aires al aliarse con Hybern; pero Feyre, con toda su rabia y su venganza, se había asegurado de aniquilar la confianza entre el alto lord y él para siempre.
Aunque hubiese sido un juego al que Feyre había recurrido para erosionar dicha confianza…
, la realidad era que había roto algo entre ambos.
También era posible que Lucien hubiera permitido que se rompiese al elegir ir en pos de su pareja y dejar atrás la Corte Primavera.
Había albergado la estúpida esperanza de que encontraría a Elain…
Y de que ella le sonreiría. De que a lo mejor ella también estaría buscando un hogar en el mundo y estaría deseosa de encontrarlo junto a él.
Lucien no estaba enamorado de ella (todavía, al menos), pero, como mínimo, estaba abierto a la idea.
Habían transcurrido dos años desde aquello y ella no le había dedicado ni una sola sonrisa. Apenas habían intercambiado una docena de palabras. A Lucien, el corazón le pesaba como un ladrillo en el pecho.
Pero ¿acaso había intentado conocerla? ¿Lo había intentado de verdad?
Aunque siempre se decantaba por mostrarse respetuoso y darle espacio, a lo mejor debería insistir en que por lo menos se sentaran a hablar y así poder explicarle que no esperaba nada, pero que quería ver si había algo entre ellos, algo que mereciese la pena construir juntos.
Como mínimo, hacía tiempo que le debía una disculpa por todo lo que había sucedido en Hybern. Lucien había sido el responsable del cambio trascendental que había sufrido Elain. Y Nesta. Ambas habían acabado en el Caldero como consecuencia de sus actos.
Y, después de lo que el cantor de sombras había comentado durante la cena, se había dado cuenta de que jamás se había disculpado con su pareja por aquello.
¿Acaso ella también revivía aquellos desdichados días y lo culpaba a él por el papel que había desempeñado?
¿Era eso lo que Elain había visto esa mañana?
Lucien se incorporó y soltó un pesado suspiro. El reloj había dado la medianoche hacía doce minutos, pero a lo mejor Elain seguía despierta. Una parte de él le susurró que sí lo estaba.
Si existía un momento propicio, era aquel, después de haberse enfrentado a sus peores pesadillas y de que estas lo hubiesen abierto en canal.
A lo mejor Elain también lo veía todo más claro ahora.
A lo mejor accedía a escuchar su explicación sobre lo que había hecho antes de la guerra contra Hybern; a lo mejor aceptaba sus disculpas.
A lo mejor era justo lo que necesitaba oír ella.
Se puso los pantalones y la camisa, pero no se molestó con la chaqueta.
Quizá se había mostrado demasiado reservado.
Siempre le gustaba estar presentable, pero tal vez no fuese lo que ella quería o necesitaba.
Puede que solo necesitase a una persona, no un título ni un cometido, sino a una persona real con quien hablar…
Lucien no se permitió cambiar de opinión mientras salía al pasillo.
Siguió el aroma de Elain hasta lo alto de la enorme escalera y, luego, por otro pasillo. En el ala privada de la casa de Rhys y Feyre se alojaba la familia más cercana. Detectó una mezcla de los aromas de todos: Mor, Cassian, Nesta, Azriel y Amren.
El dormitorio de Elain era el último, pasado el de Nesta y Cassian.
A Lucien le retumbaba el corazón en el pecho y notó que se le secaba la garganta. Tal vez fuese una pésima idea. Incluso las sombras que había amontonadas en el pasillo parecían observarlo boquiabiertas, como si le dijeran: «¿Qué narices haces tú aquí? ¡Vuelve a tu habitación!».
Debería esperar hasta que amaneciera. O hasta… nunca.
Pero no. Tenía que hacer el esfuerzo; se lo debía a sí mismo y a aquel posible futuro.
Luchó contra el temblor de las manos mientras llamaba a la puerta con suavidad, dado que no quería despertar a los demás. En respuesta, oyó la voz amortiguada de alguien, de Elain.
Lucien había aprendido a dominar su dolor. Había sobrevivido a la crueldad de su padre y a un duelo tan profundo que le había modificado el alma. Después de los horrores que había visto aquel día, seguro que podía enfrentarse a su pareja y a todo lo que había hecho para contribuir a su sufrimiento.
Tras elevar una plegaria silenciosa a la Madre, abrió la puerta del dormitorio de Elain.
Tardó un segundo en entender lo que contemplaba en ese instante. No era una pesadilla conjurada por Bryaxis.
Aquellas monstruosas alas de murciélago pertenecían a un macho de cuerpo fuerte y tatuado.
Elain estaba debajo de él, con la cabeza girada hacia Lucien, las mejillas ruborizadas de placer y esos pechos que él nunca había visto al descubierto. Y tenía los pezones duros y resplandecientes, como si el otro se los hubiera estado chupando…
Azriel estaba en la cama de su pareja, desnudo. Igual de desnudo que Elain.