Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Nesta

—Me sorprende que te quedes aquí esta noche —le dijo Cassian como quien no quiere la cosa en el silencio terriblemente espeso de su dormitorio de la casa del río—. Estaba seguro de que volverías a la Casa a toda prisa después de la cena, al margen de lo que haya pasado con Bryaxis.

Al oír ese intento de provocación, tan poco habitual en los últimos tiempos, Nesta lo miró desde el asiento de su tocador, donde estaba en camisón y quitándose las horquillas que le recogían los tirabuzones en lo alto de la cabeza.

Muy bien, pues.

Él ya se había despatarrado en mitad de la cama, sin camisa, con las alas desplegadas debajo del cuerpo.

Cassian sabía exactamente qué aspecto tenía, con todos esos músculos relucientes bajo las doradas luces inmortales y esa media sonrisa arrogante en los labios.

Un verdadero festín de masculinidad ilyria.

Nesta se obligó a concentrarse de nuevo en su reflejo y se quitó una horquilla con un rubí en la punta.

—Lucien se queda a dormir.

—¿Y qué?

Nesta captó movimiento con el rabillo del ojo y miró de reojo a Cassian, al que descubrió lanzando y atrapando el cuchillo como si de una pelota se tratara. Chaqueó la lengua.

—Pues que quiero estar aquí por si Elain me necesita.

Él se quedó inmóvil y Nesta se fijó en que sostenía el cuchillo por la punta, como si lo hubiese atrapado de esa forma.

—¿Elain necesita que la protejas de Lucien? —La expresión de Cassian era totalmente seria.

Al margen de la situación actual de su lazo de pareja, si su hermana necesitaba ayuda, él se la ofrecería al instante. Sin pedir explicaciones.

Él era así. Bueno. Valiente. Leal. Nesta sintió que tenía el corazón en un puño.

La noche anterior, había preparado lo que iba a decir y había estado dispuesta a abrirle el corazón, que sentía que le iba a estallar (en especial, después de que la Casa le dejara tan claro con aquel montón de astillas que la causante de aquello había sido ella misma y que solo ella podía arreglarlo), pero Cassian no había regresado a su lado.

Y esa mañana, cuando había aparecido fanfarroneando y actuando con total normalidad, Nesta se había enfadado.

Se había enfurecido tanto con él que le habían entrado ganas de ponerse a gritar. O a llorar. O ambas cosas a la vez.

—No —respondió con la voz ronca mientras dejaba la horquilla junto a las demás en el cajón del tocador—. Pero Elain siempre se pone de los nervios cuando él anda cerca.

Podría haberlo dejado ahí, podría haber caído de nuevo en ese tenso silencio, pero se descubrió a sí misma intentando ir más allá.

—Creo que la consuela saber que estoy cerca. Sobre todo después del día que hemos tenido.

—Mmm.

Cassian volvió a lanzar el cuchillo.

Nesta cerró el cajón y miró su propio reflejo en el espejo. Tenía los ojos demacrados, vacíos y… tristes. Lo odiaba. Odiaba todo lo relacionado con aquel vínculo retorcido y espinoso que compartían ahora.

Él ni siquiera había estado presente esa tarde mientras Madja le curaba el brazo roto y la fractura nasal. Ya no quedaba ni rastro de esas lesiones. Como si los horrores por los que la había hecho pasar Bryaxis no hubieran sido reales.

Sin embargo, como mínimo, daba la sensación de que Cassian intentaba charlar con normalidad. Y parecía albergar la intención de quedarse allí esa noche. En la cama que compartían. Con ella.

—¿Qué has visto hoy? —le preguntó Nesta mientras sacudía la melena y disfrutaba del placer de sentir el cuero cabelludo libre tras haberse soltado el recogido.

Él volvió a dejar quieto el cuchillo.

—No me apetece hablar de eso —contestó con aspereza.

—¿Era lo mismo que viste hace tantos años en la biblioteca?

—No. Ha sido peor.

Ella lo miró a los ojos a través del espejo.

—¿En qué sentido?

Su hermoso rostro palideció y sus ojos castaños mostraron una mirada distante mientras murmuraba:

—Cuanto más tienes en la vida, a cuantas más personas amas, peores son tus miedos.

Nesta no soportaba ver en sus ojos la respuesta a la pregunta que se moría de ganas de plantearle: «¿Sigo estando en esa lista de gente?». De modo que volvió a girarse hacia el espejo y empezó a cepillarse el pelo.

No sabía qué pensar de ese día. Por lo menos, Nyx parecía estar tranquilo y no haber sufrido ningún daño, y Nesta rezaba por que siguiera siendo así.

La cena había ido… bien. Aunque no había sido una reunión precisamente alegre, estaba claro que tampoco había sido el lúgubre sufrimiento que ella esperaba.

Sin embargo, Amren no había hecho acto de presencia. Se había marchado a ver a Varian para recomponerse. Algo que a Nesta le habría gustado poder hacer con Cassian, pero no había logrado encontrarlo antes de la cena. Y no habían tenido ocasión de hablar hasta ese momento.

Él carraspeó. Nesta sabía que estaba buscando algo que decir. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja.

—¿Qué ibas a regalarle a Nyx?

Ella volvió a contemplarse en el espejo. Examinó cada ángulo de su expresión triste y su mirada vacía antes de responder:

—Ataraxia.

Oyó el movimiento de las sábanas cuando él se sobresaltó.

—¿Tu espada?

—No. —Acarició las cerdas finas del cepillo con un dedo —. Iba a desearle que encontrara ataraxia: paz interior.

Cassian se sumió en un silencio breve y ella volvió a peinarse el pelo.

—¿Estás… Estás bien? ¿Después de lo de hoy? —le preguntó por fin.

Nesta dejó el cepillo en el tocador.

—No ha ocurrido nada. —Sintió la garganta atenazada por la tensión que suponía contener las emociones y hablar en tono inexpresivo—. He intentado matar a Bryaxis y he fracasado, fin de la historia.

Cassian se incorporó en la cama y pasó las piernas por el borde hasta tocar el suelo con los pies, pero se quedó allí sentado.

—Nadie esperaba que la matases…

—Yo sí.

Él se pasó las manos por el pelo, que ya casi le rozaba los hombros.

—No es necesario que cargues con ese peso sobre los hombros.

Nesta se giró para mirarlo a la cara.

—¿De modo que este fracaso no te supone un problema, pero sí el hecho de que consiguiera salvar el mundo de Bryce Quinlan?

No había podido evitarlo. Ya lo había soltado.

Él plegó las alas de golpe, pero guardó silencio.

Nesta echó su silla hacia atrás. Se acercó a la cama con un andar amenazador. Se detuvo a treinta centímetros de él.

Cassian siguió cada uno de sus movimientos mientras una rabia al rojo vivo le burbujeaba en los ojos.

—De acuerdo, Nes, vamos a sacarlo todo. No te contengas.

Involuntariamente, ella bajó los puños a los costados. Él no lo pasó por alto.

—Adelante —la provocó—. Rodéame el cuello con las manos y aprieta. —Le ofreció la garganta.

Nesta se abalanzó sobre él. No para estrangularlo, sino para acunarle el rostro suavemente y acercar la boca a la suya.

Cassian se quedó rígido. Ella se apartó y le apretó la mandíbula con los dedos.

—¿De verdad crees que te estrangularía? —le preguntó.

Él tenía los ojos muy abiertos, estaba anonadado. Nesta le enseñó los dientes mientras su furia ardía como un incendio forestal e hizo ademán de levantarse de su regazo.

Él apoyó las manos en sus caderas y la retuvo con firmeza.

—¿Quieres que lo resolvamos así? —Su tono gutural derritió el sexo de Nesta. Empezó a respirar con dificultad, como si le costase contener todas las palabras en el pecho, y Cassian bajó la mirada para observarla con atención—. ¿Cómo quieres que lo hagamos, Nes?

Con el pulgar, trazó unos círculos lentos sobre las caderas y la cintura de ella.

Nesta sintió un nudo en la garganta. No había pensado tan allá. Solo que verlo allí, mirándola de ese modo… No había podido soportarlo más.

Cassian pasó los labios por su cuello. Con aquella suave caricia, ella estuvo a punto de poner los ojos en blanco.

—¿Quieres que hagamos el amor y lloriqueemos sobre lo mucho que nos hemos echado de menos y que prometamos no volver a pelearnos nunca más?

Detuvo los dientes en el mismo punto que acababa de besar y le dio un pequeño mordisco.

—¿O… —añadió contra su piel— quieres que follemos hasta que los dos acabemos gritando y el primero que se corra será quien tenga que arrodillarse y humillarse por lo que ha ocurrido estas últimas semanas?

Nesta volvió a levantar las manos hasta su cara. Le clavó las uñas en las mejillas, como pago al mordisco que él le había dado en el cuello. Lo obligó a mirarla a los ojos. Vio todo el deseo, la ira y el anhelo que contenían. Y supo que sus propios ojos reflejaban lo mismo.

Era posible que, un año atrás, le hubiera dicho que no deseaba ni una cosa ni la otra; que se las hubiera negado a ambos. Se habría convencido de que lo estaba castigando solo a él, que ella tenía la ventaja y que había ganado aquella pelea en particular.

Pero no quería ganar ninguna pelea si era contra él.

De hecho, no quería pelearse con él; no de aquel modo.

Provocarse el uno al otro y discutir por nimiedades, sí, pero aquello…

Ese día Cassian no había estado a su lado.

Cuando por fin había asimilado lo mucho que le dolían el brazo y la nariz.

Cuando la había aturdido la conmoción de lo sucedido con Bryaxis.

Incluso durante el ataque propiamente dicho, ni Cassian había estado ahí ni ella había estado ahí para él.

Se sintió mortificada al sentir que le ardían los ojos por culpa de las lágrimas.

—Eh —le dijo Cassian, que suavizó el tono al instante—. Nes…, Nes.

Ella cerró los ojos, como si así pudiese evitar echarse a llorar.

—Nesta —la llamó su pareja, y al instante notó que le acunaba el rostro entre sus tiernas y dulces manos—. Nesta…

Sentía tal nudo en la garganta que fue incapaz de seguir conteniéndose, y en la siguiente exhalación soltó un sollozo estrangulado.

Cassian la rodeó con los brazos y las alas, y curvó el cuerpo sobre el suyo, atrayéndola hacia esos músculos y esa calidez y ese aroma que se habían convertido en su hogar. Había echado tanto de menos todo eso que cada día había tenido la sensación de que se moría.