Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—No. Sí que lo tengo. Todo lo que dijiste era verdad.

Lo que ha ocurrido hoy lo confirma. —Negué con la cabeza—.

La visita a la Corte Verano ha sido infructuosa; Tarquin no piensa aliarse con nosotros.

Y es posible que Fomoria no me parezca la mejor alianza posible a nuestra disposición, pero ahora entiendo a qué te referías con lo de que no nos queda tiempo.

Con lo de que tenemos que pensar y actuar a mayor escala.

—Tragué saliva con fuerza—. Hoy me he sentido exactamente como me advertiste.

—Bloqueé las imágenes de mi hijo que me había enseñado Bryaxis—.

He visto lo que intentabas explicarme. Debería haberte hecho caso.

Amren levantó la mano y en su expresión vi un dolor genuino.

—Ahora solo nos queda seguir avanzando. Pero por mi parte… —Ella también tragó saliva, con sus ojos del color del mercurio brillantes—. Yo también lo siento, Feyre. Lo siento muchísimo.

Su disculpa (tan poco habitual en alguien tan feroz) me calmó, me estabilizó y me serenó pese a todo lo que habíamos vivido unas horas antes. Sabía lo que tenía que hacer a continuación y me consideraba afortunada de contar con la ayuda de Amren.

—¿Vendrás a cenar esta noche? Me gustaría que te sentaras a mi lado y…

—Me marcho a ver a Varian. —Amren miró a todas partes menos a mí—. Tengo… Necesito verlo.

Asentí, pero estaba desilusionada.

—Lo entiendo. —No sabía a qué había tenido que hacer frente ella, pero quería procesarlo junto a la persona que le era más cercana, la persona que la hacía sentir más segura que nadie y que le había regalado esos rubíes que rara vez se quitaba—.

Aunque te echaremos de menos. Y, cuando regreses —añadí con una sonrisa sombría—, hablaremos de estrategia.

Amren correspondió a mi sonrisa con otra tensa y compungida, soltó un largo suspiro y se dirigió a la puerta de entrada. Estaba extendiendo la mano hacia el pomo cuando de repente le solté:

—¿Sabes? Me siento agradecida. —Amren se detuvo y me miró—.

Por tener una amiga sincera como tú. Alguien a quien no le da miedo llamarme la atención cuando me equivoco.

Que me dice la verdad, aunque no quiera oírla.

—Me llevé una mano al pecho y la coloqué justo encima del corazón.

Sentí la frialdad de las gemas diminutas que adornaban mi vestido bajo la palma tatuada—.

Me siento agradecida por tenerte, Amren.

Ella solo bajó la cabeza un poco, sus ojos plateados desolados. Se marchó sin añadir nada más.

Azriel

Sentado a la mesa del comedor de la casa del río, Azriel no podía dejar de mirarse las manos para asegurarse de que no las tuviera cubiertas de sangre, tal y como había visto en el templo. Que no le habían quedado reducidas a unos colgajos de carne y al reluciente hueso blanco de debajo.

Bryaxis había regresado. El miedo personificado.

Le había pasado algo desde la guerra contra Hybern.

Adondequiera que hubiese ido, lo que quiera que hubiese hecho con su libertad, la había retorcido hasta acabar convertida en algo peor.

Lo que en su día había sido un horror en las profundidades de la biblioteca se había transformado ahora en algo diferente.

Aunque por lo menos volvía a estar contenida en la biblioteca, si es que podían fiarse de Clotho. Feyre les había explicado mentalmente a todos, en tono cortante, lo que había ocurrido allí.

Mientras caía la noche, Rhys había escrito a los líderes de la ciudad para informarles de que iban a alzar nuevos escudos, del tipo que no permitirían entrar ni salir a nadie, salvo a los miembros de su círculo íntimo.

Ni siquiera a un pájaro. Si Bryaxis se había colado sin que la detectasen, ¿qué más podría atravesar sus salvaguardas?

¿Y si ella solo era la primera de una oleada de asaltantes?

A Amren la habían afectado profundamente los acontecimientos de esa mañana.

Al parecer, se había marchado en busca de cualquier consuelo que pudiera proporcionarle Varian.

Az nunca la había visto tan blanquecina, con los labios tan pálidos como los de un espectro mientras todos volvían en sí después del terror que les había hecho sentir Bryaxis.

No había dejado de murmurar «Has sobrevivido; lo has superado» para sí misma. Una y otra vez.

—Si nos limitamos a empujar la comida de un lado a otro del plato en silencio —dijo Feyre sin alzar la voz desde un extremo de la mesa del comedor—, va a ser una cena deprimente.

Azriel y los demás se habían reunido en el comedor, aunque solo fuese porque la comida ya estaba preparada. ¿Qué otra cosa iban a hacer? ¿Mortificarse por los matices de sus miedos?

El simple hecho de pensar que esa esencia oscura volvía a acechar desde la biblioteca le había provocado unas ligeras náuseas.

Clotho había dicho que a Bryaxis la había convocado la canción que llamaba a las hermanas perdidas de vuelta a casa, pero le resultaba imposible sentir ningún tipo de empatía hacia esa criatura.

Bryaxis les había arrebatado lo que debería haber sido un recuerdo eterno de felicidad.

El porqué era lo que estaba consumiendo vivo a Azriel.

Se había pasado las horas posteriores al ataque peinando la ciudad, sobrevolando en círculos la Casa del Viento, ordenando a sus sombras que descubriesen todo lo que les fuera posible.

Habían vuelto sin nada que contarle. Absolutamente nada.

No le habían sido de ninguna utilidad contra Bryaxis. Tampoco tenía claro por qué había esperado algo mejor de ellas tras el ataque.

—Después del día que hemos tenido —le dijo Rhys a su pareja mientras dejaba el tenedor a un lado con la gracia de un cortesano—, ¿de verdad estás de humor para trivialidades?

—No —respondió Feyre torciendo la boca en una mueca ladeada—, pero me encantaría dejar de pensar en ciertas cosas. Así que no diría que no a unas cuantas trivialidades.

Se había cambiado y ahora llevaba un sencillo vestido de terciopelo plateado, de manga larga para protegerse del frío otoñal nocturno, y se había hecho un bonito recogido en lo alto de la cabeza.

La única joya que lucía era su anillo de apareamiento, el zafiro en forma de estrella.

Se había deshecho de todo el esplendor de por la mañana.

Incluso Rhys se había desabotonado el cuello, dejando a la vista la camisa y el torso tatuado de debajo.

Él también se había cambiado, pero tenía el pelo hecho un desastre y la piel salada por culpa del sudor seco.

Az no pudo evitar pensar que su hermano tenía aspecto de no haberse podido sentar hasta aquel momento.

El único ausente era Nyx, quien, según Rhys, ya estaba dormido. Az sabía que ambos padres tenían sus habilidades daemati centradas con extrema precisión en el cuarto infantil, junto a su dormitorio, para detectar hasta el más mínimo gimoteo.

No obstante, costaba imaginar que cualquier oscuridad, incluso la de Bryaxis, fuese a hallar la forma de colarse en aquel encantador hogar.

Las luces inmortales del comedor desprendían un brillo suave y cálido, y conferían a la seda púrpura del tapiz un seductor tono amatista.

En la tela, con abalorios dorados y plateados, habían bordado estrellas, lunas y remolinos celestiales, y en las molduras que quedaban por encima y por debajo habían tallado una sucesión de flores nocturnas.

Al llegar, Az apenas había podido lanzarle una mirada de reojo a Elain, pese a que sus sombras le habían revelado todo lo que necesitaba saber.

O, más bien, el silencio de estas, su negativa a poner un solo pie en la misma habitación, hablaba a gritos de la presencia de Elain.

Ella estaba allí, lo cual implicaba que sus sombras no.

Estaban arremolinadas justo al otro lado de la puerta del comedor. Bien.

El hecho de no haber podido acercarse antes a ella había estado a punto de matarlo, pero no podía, no con Lucien allí. Lo último que les hacía falta ese día era una pelea entre aliados como guinda del pastel.

—Trivialidades, trivialidades… Deja que piense… —intervino Cassian despacio, dando golpecitos con el tenedor en la mesa.

Az se preparó para el desastre. Cuando Cassian empleaba ese tono y lo acompañaba de esa media sonrisa y ese brillo en la mirada, lo más seguro era apostar a que sus próximas palabras iban a traer problemas. Si había alguien capaz de fingir normalidad tras el ataque, ese era Cassian.

El susodicho se giró hacia Lucien y le soltó:

—Pareces bastante sereno aunque hoy hayas tenido que enfrentarte a tu peor temor. ¿Te gustaría compartir lo que has visto?

—No me refería a eso, capullo —siseó Feyre mientras Lucien apretaba los labios.

A Az se le escapó una sonrisa de satisfacción. No podía mostrarse hostil con Lucien (de lo contrario, la situación sería demasiado obvia), pero le parecía perfecto cederle ese papel a Cassian.

Elain estaba sentada entre Nesta y Mor, tan lejos de Lucien como había podido.

Y dado que Azriel también se había colocado lo más lejos posible de él, había acabado sentado justo enfrente de ella.

Aunque no era que Elain hubiera reconocido su presencia de ningún modo.

Tenía la vista clavada en el plato y, de vez en cuando, movía sus largas y espesas pestañas mientras murmuraba un agradecimiento a Nesta y a Mor por ponerle la comida delante.

¿Qué había visto ella? ¿Qué pesadillas la habían hecho gritar tan fuerte? ¿Se lo había preguntado alguien? Seguía llevando el mismo vestido que antes. ¿Se había fijado alguien en que estaba manchado de tierra? ¿En los arañazos que cubrían sus manos de marfil? Había estado en el jardín.

—Gracias por permitir… que me recuperase en tu estudio —le dijo Lucien a Feyre en un tono de lo más cortés, haciendo caso omiso de Cassian—. El tapiz que tienes colgado detrás del escritorio es impresionante.