CAPÍTULO 17
Feyre
Bryaxis había regresado. Lo único que nos había mantenido unidos a Nyx mientras Rhys y yo permanecíamos cegados por nuestras propias pesadillas había sido la cinta de Clotho.
De no ser así, ¿lo habría dejado caer? ¿Habría sido consciente de que se me escurría entre los brazos mientras me hallaba perdida en mis propios temores y Bryaxis se alimentaba de él?
Supuse que debería sentirme agradecida con Clotho, aunque no nos la hubiera regalado específicamente para proteger a nuestro hijo y era imposible que supiera que la íbamos a necesitar para dicho propósito. Aunque bien que había elegido permitir que Bryaxis volviera a la Casa del Viento. Refugiarla.
Era la alta lady de cada rincón de aquel territorio con una única excepción: esa biblioteca.
Mi poder no servía de nada al otro lado de esas puertas.
Sin embargo, acababa de caer en la cuenta de que me daban absolutamente igual los límites o términos de cualquier acuerdo, e incluso el bien y el mal, si alguien ponía en jaque la seguridad de mi hijo.
Aun así, Bryaxis se quedaría allí. De momento. Primero tenía que hablar con Rhys y recomponerme.
Si pude centrarme fue gracias a aquella rabia contenida y al eco infinito del miedo.
Me ayudaron a recordar que tenía más gente de la que ocuparme, además de mí misma.
Que no podía ceder al impulso de dar vueltas a lo sucedido sin parar, replegarme o destrozar esa maldita montaña piedra a piedra hasta que no quedase biblioteca ni límites que mi poder no pudiese cruzar; hasta que tan solo existiésemos Bryaxis y yo y la muerte que le iba a conceder.
A ella. Al parecer, Bryaxis era una hembra. No suponía ni la más mínima diferencia.
Por lo menos, Nyx no había sufrido ningún daño. Lo único que me había permitido alejarme de las puertas de la biblioteca y no apartar a Clotho de mi camino de un empujón había sido el instinto maternal que me exigía confirmar que mi hijo estaba a salvo.
Lo encontré en la casa del río, con Rhys. Nyx no sonreía, pero estaba tranquilo. Mi pareja, sin embargo, mostraba una expresión vacía y seguía teniendo manchas de vómito en la ropa.
Madja ya había llegado y cuando acabó de examinar a Nyx con delicadeza y nos confirmó que se encontraba bien, tanto mental como físicamente, casi me puse a sollozar.
Lo que le hacía falta, nos dijo, era una buena siesta para no alterar sus horarios.
Por suerte, eso sí que podía ofrecérselo a mi hijo.
De modo que lo amamanté, acariciándole la cabeza sin cesar y luchando por contener las lágrimas mientras observaba su preciosa cara y le cantaba la nana más tierna que conocía.
Rhys permaneció junto a mi silla en todo momento.
Se marchó antes de que dejara a Nyx en su cuna; cuando salí de la habitación, mi pareja había desaparecido.
Supuse que había ido a encargarse de los deberes de ambos y a asegurarse de que la ciudad, nuestro pueblo, nuestra familia y nuestros amigos estuvieran a salvo.
Ese pensamiento me impulsó a alejarme también de la habitación pues recordé, de nuevo, que no había sido la única que había sufrido bajo el peso de las visiones de Bryaxis en ese templo.
Aunque había refrescado en el jardín, Elain no parecía haberse dado cuenta; ni de eso ni de que yo me estaba acercando cuando dejé atrás los macizos de flores que todavía se aferraban a un ligero rastro de color pese a que se estaban marchitando.
Mi hermana seguía llevando el mismo vestido que antes: uno de manga larga, pero no lo bastante abrigado para aquel tiempo otoñal.
No obstante, entendía ese entumecimiento. Era tan intenso que la brisa fresca de la tarde se convertía en algo secundario, y dejaba cuerpo y mente igual de alejados que las estrellas.
Sumida en un silencio terrible, Elain cortó una rosa que seguía en perfecto estado cerca de la base del tallo y la arrojó a lo que empezaba a ser una pila en la cesta de mimbre que había depositado a sus pies. Las últimas flores antes del invierno.
Me aclaré la garganta.
—¿Son para la cena de esta noche? —pregunté, aún con la voz ronca de tanto gritar.
Elain me miró por encima de su hombro esbelto; no parecía sorprendida en absoluto por mi repentina llegada. Sus ojos castaños estaban tan turbulentos y desolados como me sentía yo.
—Has quitado toda la decoración del salón —dijo con un hilillo de voz que a duras penas podía considerarse más que un susurro.
—No me parecía apropiada teniendo en cuenta lo que ha ocurrido esta mañana.
Al volver, lo último que me había apetecido era contemplar todo aquello. Con solo desearlo, la magia había recorrido nuestro hogar para hacer desaparecer toda la decoración. A lo mejor Rhys había ido al templo a hacer lo mismo; a reparar el daño que había causado Bryaxis.
Elain volvió a concentrarse en la maraña de rosales.
Recortó espinas marrones y marchitas, y las arrojó a un lado hasta que dio con otra flor que se aferraba a la vida y también la cortó.
A sus pies se alzaban dos pilas gemelas, una de cosas muertas y la otra de delicados rastros de vida.
Una, horrenda y afilada; la otra, dulce y gentil.
—Bueno, he pensado que querrías tener algo en la mesa —comentó con su terrible calma.
Observé el jardín moribundo que tan cerca estaba de su letargo invernal. Elain ya había cubierto algunos de los arbustos con sacos de arpillera para protegerlos de la escarcha.
—No quiero flores —admití a regañadientes.
Aun así, Elain cortó otra rosa.
—Aquí fuera se pudrirán. Ya puestos, podemos aprovecharlas.
—De acuerdo —accedí distraídamente.
Si aquella era la forma que había elegido Elain para sobrellevar lo que había visto bajo la influencia de Bryaxis, no sería yo quien se lo impidiese. A pesar de que sospechaba que colocaría las rosas en la mesa del comedor entre Lucien y ella para impedir que él la mirase.
—¿Has ido a ver cómo está Nesta? —me preguntó en voz baja.
—No. —Por algún motivo, seguía sintiendo la boca entumecida—.
Madja se está encargando del brazo que se ha roto.
—Y de la fractura de nariz, pero no hacía falta enumerar todas las lesiones horripilantes que había sufrido mi hermana mientras nos salvaba la vida—.
Además, no he creído que fuera necesario.
De todos nosotros, quien había resistido ante la oscuridad de Bryaxis había sido Nesta.
—Pero ¿conmigo sí? —inquirió Elain sin mirarme.
—Estabas gritando. —¿Se había enfadado porque me preocupaba por cómo se encontraba?—. No quería que estuvieses aquí fuera, lidiando con las consecuencias tú sola.
Puso otra rosa en la cesta.
—Te parezco patética.
—En absoluto. Lo de hoy nos ha afectado a todos.
Elain no respondió y yo me lo tomé como una aceptación de mis palabras.
—Aquí fuera está congelado —comenté cuando la intensidad de aquel aire gélido al fin logró atravesarme la piel—. Deberías entrar.
—Estoy perfectamente. Y, de todas formas, alguien tiene que hacer este trabajo.
Eché un vistazo al jardín con el ceño fruncido.
—No es tan importante como para que tengas que estar aquí fuera congelándote.
—Sí que es importante —respondió mi hermana en voz baja pero ni mucho menos débil—.
Me deshago de lo viejo para hacer sitio a lo nuevo.
—Partió una maraña de espinas marchitas para dar énfasis a sus palabras—.
La muerte puede generar vida. Sin ella, habría que desviar muchos recursos a partes innecesarias de la planta.
Se acerca el invierno; necesitan todo el sustento posible.
Estaba claro que seguía alterada. Sin embargo, yo no disponía de la energía necesaria para debatir si debería estar allí fuera, o para preocuparme por si se había ofendido por que me hubiese interesado por cómo estaba.
De modo que reprimí un bostezo antes de decir:
—Solo quería que supieras que prefiero que mi hermana esté calentita y cómoda a que se dedique a podar plantas con este frío.
Elain no añadió nada más. Se limitó a seguir cortando, limpiando y recolectando.
Me marché con un tenue:
—Te veo en la cena. No hagas un arreglo demasiado grande.
Solo me había adentrado unos pasos en la deliciosa calidez de la casa del río cuando me topé con la siguiente persona en mi lista de gente por la que estaba preocupada bajando por la gran escalera.
La mirada de Amren delataba su abatimiento, y llevaba su lisa melena, cortada a la altura de los hombros, más lacia que de costumbre.
Incluso los rubíes que le adornaban el cuello parecían apagados, como si el fuego innato que contenían se hubiese extinguido.
—A juzgar por tu aspecto, parece que nos sentimos igual —le dije a modo de saludo, incapaz de ocultar una mueca.
Amren levantó la cabeza con brusquedad y atisbé un destello en sus ojos plateados.
—Vengo de comprobar cómo está Nyx —me informó en un tono inusualmente bajo tratándose de ella.
—¿Sigue dormido?
Ella se miró la mano, con la que se aferraba a la barandilla pulida.
—Sí. Lo está vigilando Rhys.
Llegó al pie de la escalera y, aunque hacía años que la conocía, a veces todavía me sorprendía lo baja que era y el hecho de que apenas me llegaba a los hombros. Tuve la extraña sensación de estar mirándola desde las alturas cuando le pregunté:
—¿Estás bien?
No podía ni imaginarme los horrores que Bryaxis le habría enseñado a mi amiga. Sus más de quince mil años de pasado de los que extraer sufrimiento la convertían en una buena presa.
—Sí —contestó Amren suspirando.
No habíamos hablado desde esa discusión tan desafortunada, motivo por el cual la había situado en los puestos más altos de mi lista de gente por la que preocuparme. Así que levanté el mentón. Me desprendí de parte del entumecimiento en el que me había envuelto para decirle claramente:
—Lamento que discutiéramos después de la reunión de Storr. Te dije todo aquello porque estaba asustada, y lo siento. No mereces que te trate así.
A Amren le centellearon los ojos de tristeza.
—No tienes nada por lo que disculparte, muchacha.