CAPÍTULO 16 #3
Nesta cogió de la mano a su hermana. O lo intentó. Por algún motivo, no lograba mover el brazo. Lo tenía totalmente entumecido. Pero mantuvo la vista clavada en el papel de Clotho a medida que unas nuevas palabras aparecían en él:
«Lamento vuestro sufrimiento…».
—¡Mi hijo estaba gritando! —exclamó Feyre.
Temblaba tanto que Nesta alcanzó a oír cómo le castañeteaban los dientes.
La conmoción estaba empezando a adueñarse de ella—.
Lo tenía en brazos y ni siquiera era consciente.
Y él tampoco era consciente de que yo lo sostenía.
Vamos a bajar ahí ahora mismo y voy a destruir a esa cosa de una puñetera vez…
Una oleada de poder reverberó a través de la piedra de la Casa del Viento. Suficiente poder como para que Nesta lanzase una mirada a su hermana. A veces se le olvidaba lo letal que era Feyre.
No obstante, Clotho se mantuvo firme en el umbral, bloqueándoles el paso.
El papel rezaba:
«No puedo dejaros entrar. Bryaxis ha respondido a la llamada y debemos honrar su decisión».
—¿Qué llamada? —exigió Feyre, pero Nesta sintió que un escalofrío le recorría la columna.
—La canción —murmuró—. La que llama a las hermanas perdidas para que regresen a casa.
Clotho asintió.
«Bryaxis ha residido en este lugar durante milenios. Si ella desea regresar, no seré yo quien se lo impida».
—¿Ella? —repitió Feyre.
—Nos ha atacado —intervino Nesta.
—Me traen sin cuidado los juramentos que hayáis hecho —espetó Feyre—. Ella es la que ha ido a por mi hijo y…
«La Madre ha ofrecido su protección a Bryaxis. No vais a vulnerarla».
Feyre se puso rígida. El poder se arremolinó a su alrededor como si de una niebla viviente se tratara.
A esa mínima distancia, Nesta habría jurado que Clotho irradiaba algo cercano a la ira. La sacerdotisa escribió:
«Este es mi hogar. Tú no tienes autoridad más allá de este umbral, alta lady. Yo decido qué almas cruzan mi puerta. Qué almas acojo bajo mi protección».
Feyre parpadeó increíblemente despacio. La furia llevó su poder al punto de ebullición.
Nesta no pudo evitar quedarse boquiabierta. Que Clotho tomara partido justo a favor de Bryaxis…
«Todas las criaturas de la Madre tienen su valor. Aunque nosotros no lo veamos. Ella ha vuelto al único hogar que ha conocido. Y me disculpo de nuevo por el miedo de tu hijo».
Los dientes de Feyre destellaron entre tanta penumbra.
—¿Quieres tener a esa criatura ahí abajo otra vez? Tú misma. Pero como abandone esta biblioteca, la mato.
Nesta no tenía ni idea de qué hacer. Había llegado allí frenética, furiosa; lista para eliminar a aquella criatura a la que era imposible matar; preparada para vengar el miedo y el sufrimiento de su familia y sus amigos.
Y ahora Clotho se interponía en su camino. Defendía a aquella criatura con su fuerza y elegancia habituales. La alta sacerdotisa se había plantado al otro lado de la línea. Se había convertido en alguien desconocido para ella.
Con la respiración más acompasada que antes, Nesta le preguntó:
—¿Les ha sucedido algo a las demás sacerdotisas? ¿Gwyn está bien?
Clotho giró su encapuchada cabeza hacia ella.
«Bryaxis ha accedido a no hacer daño a nadie entre estas cuatro paredes, a menos que se aventuren en su pozo. Las demás han sido advertidas y se mantendrán alejadas, como han hecho siempre. Ahora mismo se han refugiado en sus aposentos hasta que os marchéis».
—¿Que nos marchemos nosotras? —protestó Feyre, cuyo poder se avivó como unas brasas, marcando bien la última palabra.
«No deseaba que presenciaran nuestra diferencia de opiniones».
Desde debajo de la capucha, le dedicó un asentimiento a Nesta.
«Gwyn está bien; la noticia no le ha causado ningún tipo de conmoción. Retomaremos la ceremonia y las celebraciones tan pronto como nos sea posible».
En cuanto Feyre y Nesta se marchasen de allí.
Su hermana dio un paso adelante, como si estuviera dispuesta a romper la ancestral promesa de autonomía entre esas cuatro paredes, y Nesta intentó agarrarla del hombro. Como su brazo no cooperó, utilizó el otro. Descubrió que tenía los dedos sucios y cubiertos con su propia sangre.
—Vámonos —le dijo en un tono ronco a Feyre—. Nyx te necesita.
—Bryaxis ha ido a por mi hijo.
A Feyre le temblaba la voz tanto como el resto de su cuerpo. Tenía los ojos, entre azules y grises, abiertos como platos. Era como si no pudiera deshacerse del terror que había sentido. Como si siguiera corriéndole desenfrenado por las venas.
En el papel de Clotho no aparecieron más palabras. La conversación había llegado a su fin.
Con una última mirada fulminante, Feyre se dirigió hacia la escalera mientras su poder ondeaba tras ella. Nesta se quedó unos segundos más. Clotho permaneció inmóvil, callada.
—Por favor, tened cuidado —le susurró Nesta.
No obstante, la alta sacerdotisa se limitó a girar sobre los talones con un revoloteo de su túnica y se adentró en sus dominios.
Las puertas de la biblioteca se cerraron con un reverberante gemido. Nesta cayó en la cuenta de que nunca las había visto cerradas. Ni una sola vez.
Sin embargo, mientras seguía a su hermana, oyó el chirrido metálico del pestillo.